Tras tres semanas de masivas e históricas movilizaciones en todo Irán, el régimen de los mulás reimpone su mandato a fuerza de masacres. La teocracia vivió la mayor ola de protestas registrada en el país desde la revolución y la consiguiente contra-revolución de 1979. Con una economía colapsada y una sociedad mayoritariamente hostil al régimen, la élite clerical – militar desplegó un masivo operativo represivo para sofocar lo que se había convertido rápidamente en un conflicto existencial: una crisis de Estado desencadenada por la actividad y radicalización del movimiento de masas en un contexto de crisis objetiva (económica, social y geopolítica).
El aplastamiento (temporal o no) de las protestas no cierra ninguno de los problemas que las desencadenaron. En lo económico, la principal «concesión» del gabinete de Pezeshkian es una tarjeta alimentaria de 7 dólares. El rial sigue siendo una moneda desvalorizada por la elevada inflación.
En el plano político – democrático, la primera sentencia del proceso es la demostración de que ningún gobierno ministerial moderado puede contrapesar la razón de Estado profundamente reaccionaria del régimen de los ayatolás. Pezeshkian llegó al gobierno como un moderado extraño a los sectores de la llamada línea dura iraní (aquellos que se oponen por principio a cualquier modernización de la institucionalidad teocrática). Que Jameneí aceptara su candidatura se leyó como una concesión simbólica tras un año de desastres.
Los últimos meses estuvieron marcados por la guerra de los 12 días contra Israel (a la cual se sumó Estados Unidos), que expuso la inferioridad militar de Irán ante el Estado sionista e hizo colapsar la estrategia defensiva articulada en torno al “eje de la resistencia”. Asimismo, también por una crisis social polifacética, motorizada por una economía ingobernable, pero también por problemas ambientales (la falta de agua potable) y por el largo descontento de masas que anida en la sociedad respecto al régimen político como tal. La falta de derechos políticos y civiles, la opresión de las mujeres y de las nacionalidades no persas minan la legitimidad de la teocracia.
Tras pocos meses de gobierno, cualquier diferencia entre el moderado Pezeshkian y la línea dura se cerró definitivamente. El gabinete moderado se embanderó en la represión brutal de Jameneí y la Guardia Iraní.
Los traspiés geopolíticos que le restaron estabilidad al régimen durante el último año no parecen sino profundizarse. Si bien Trump evitó concretar sus amenazas de intervención militar, la situación regional es precaria para la teocracia. Los bombardeos de junio pasado demostraron la absoluta superioridad militar de EEUU e Israel. Y Medio Oriente está plagado de conflictos que llevarán a un reordenamiento de influencias en el mediano plazo.
La mecánica de la represión
Con el corte de las telecomunicaciones impuesto la noche del 8 de enero comenzaron jornadas de militarización y represión letal en todo el país. Las ONGs emigradas iraníes, dan estimaciones que llegan a los 12.000 o 20.000 muertos y más de 300.000 heridos. Es imposible calcular el número efectivo de víctimas por la falta de información en tiempo real.
A esto se suma que el gobierno iraní está manipulando las cifras de distintas maneras. Según las denuncias que llegan desde el país persa, la Guardia Iraní está exigiendo varios miles de dólares para que cada familia pueda retirar los cuerpos de los fallecidos. De no pagar se amenaza con contabilizar a los fallecidos como miembros de la Basij (fuerza paramilitar que responde a la teocracia) o incluso con arrojar los cuerpos a fosas comunes.
Los cálculos de las ONGs no parecen nada descabellados. Las imágenes de la represión son bestiales: pelotones de la Guardia disparando Kalashnikovs contra multitudes desarmadas. Francotiradores apostados en los edificios. Puertas de hospitales desbordadas con bolsas de cadáveres. Después de la represión, las fuerzas represivas irrumpieron en hospitales para evitar que las víctimas recibieran atención médica, desconectando pacientes e interrumpiendo cirugías.
La brutalidad de la represión es directamente proporcional a la magnitud de la crisis que se le abrió al régimen durante la ola de protestas.
El gobierno esbozó tres posiciones durante las últimas semanas. La primera fue de «diálogo» hacia las manifestaciones, encabezada por el fusible de Pezeshkian. Esto duró dos o tres días. La segunda fue de represión discrecional en un intento por contener las protestas.
Pero hacia el 8 de enero, día en que el régimen suspendió las comunicaciones, quedaba claro que no alcanzaba con represión discrecional para sofocar las movilizaciones masivas. Las protestas se extendieron a las 31 provincias iraníes y a todas las grandes ciudades, incluso las que se consideraban santuarios de la reacción por su tradición religiosa.
En varias ciudades se registró la pérdida de control del espacio público por parte de las fuerzas represivas. Cada noche las movilizaciones se tornaban más masivas y tendían a endurecerse. En las redes sociales se registró este procedimiento como la «liberación» de las ciudades. Miles de personas que desplazaban a las fuerzas represivas, ocupando plazas, edificios públicos, bancos y otras instituciones. En varias localidades se quebró la policía local, que retrocedía o se negaba a reprimir las protestas.
Tras la aparición de las primeras víctimas fatales las masas radicalizaron su accionar. El fuego se convirtió en metonimia de la rebelión. Los manifestantes se habituaron a prenderle fuego a cualquier obstáculo: bancos, edificios públicos, monumentos, comisarías, locales de la Basij, paredones de concreto con los cuales el gobierno pretendía bloquear las autopistas.
En distintos puntos se reportaron tiroteos cruzados entre la policía y los manifestantes, que parecían desarrollar elementos de autodefensa. Se registraron decenas de víctimas entre las fuerzas represivas, que tampoco podemos contabilizar fehacientemente (el gobierno adujo 119 muertos al 13 de enero). Pero basta para dimensionar el rumbo que tomaban las protestas en su pico de actividad.
Un régimen militarizado
El tercer momento del proceso lo marca la decisión del gobierno de aplastar a sangre y fuego la rebelión, sin importar cuáles fueran los costos. A partir del 8 de enero, la teocracia encaró la represión como una cuestión de supervivencia y barbarie.
Para sofocar este enorme proceso se desplegó un operativo en todo el territorio iraní. El control de la represión pasó definitivamente a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica. Esta fuerza militar especial responde directamente a la teocracia y fue especialmente diseñada para la represión interna. A sus 125.000 efectivos se suman 90.000 de la Basij. Y el régimen movilizó además unos 50.000 milicianos de las llamadas FMP (Fuerzas de Movilización Popular) de Irak, una organización paramilitar que funciona como proxy de los ayatolás.
La mecánica del operativo refleja dos elementos. Primero: que el principal (o único) elemento de gobernabilidad del régimen reside en la máquina represiva de la Guardia Islámica. La crisis de legitimidad es tal que se puso en cuestión la idoneidad de la policía regular para reprimir las protestas.
Segundo: que el aparato represivo del Estado corría riesgo de ser desbordado. Las escenas de las últimas semanas, con ciudades fuera del control de las fuerzas represivas y decenas de efectivos muertos, no son normales ni siquiera para un régimen teocrático que ejecuta 2.000 personas al año, como el iraní. Son imágenes que reflejaban la radicalización de la rebelión (y su potencial tránsito hacia una guerra civil).
El régimen de los mulás y la Guardia Islámica respondió como un monstruo acorralado. Sólo en dos jornadas (8 y 9 de enero) las víctimas fatales se contaron por miles. Una vez sofocadas las protestas, las ciudades iraníes viven en estado de sitio de facto. Patrullas militares, puntos de control en los centros urbanos y toque de queda por la noche.
El apagón informático le sirvió al régimen no tanto para ocultar la represión como para desorganizar y atomizar a los manifestantes. Durante las semanas anteriores ya se habían tomado medidas para desarticular espacios de reunión, virtualizando las clases universitarias y haciendo redadas en las residencias estudiantiles. El corte de internet dejó sin un elemento de organización básico a una población que se estaba movilizando con altos niveles de espontaneidad, sin organismos de dirección estructurados.
Trump y el imperialismo
Todavía nadie sabe a ciencia cierta por qué Trump no concretó sus amenazas de intervención. Lo seguro es que nada tiene que ver con la cantidad de víctimas o el futuro de los procesos judiciales. El miércoles 14, el mundo estuvo expectante mientras se sucedían las señales de alarma por movimientos militares. Entre ellos el traslado de portaaviones yanquis, el cierre del espacio aéreo iraní y actividad de drones en territorio israelí. Pero parece ser que a Trump no le daban los cálculos.
Entre las informaciones cruzadas de los servicios de inteligencia, trasciende como evidente que, aún en plena crisis, el régimen iraní mantiene poder de fuego y respuesta militar. No parece haber una hipótesis Venezuela posible para Irán. Un ataque estadounidense habría desencadenado una respuesta de misiles balísticos hacia las bases yanquis en Medio Oriente.
«La preocupación fue repetida por oficiales israelíes y árabes, que le dijeron a la administración de EEUU que el régimen iraní no era todavía tan débil para que bombardeos americanos lo derriben» (The Guardian). Los Estados del Golfo y Turquía comunicaron a Trump su rechazo a una intervención. Los saudíes incluso le negaron el uso de su espacio aéreo para realizar operaciones militares. La reapertura de un conflicto armado con Irán podría generar desequilibrios agudos en la economía de la región, sobre todo en el transporte marítimo del Golfo. Y, en un contexto de guerra civil abierta en Yemen y Siria, era una Caja de Pandora que las potencias regionales no deseaban abrir.
Esto sin mencionar que a ninguno de dichos Estados (ni a Trump mismo) le interesa ver la caída de un régimen político vecino a manos de una rebelión popular radicalizada. «Muchos de estos estados resienten la interferencia de proxys iraníes. Aún así, pocos de ellos recibirían bien el ejemplo de un régimen autoritario siendo derribado por protestas callejeras motivadas por estándares de vida en caída, y llevando a una transición democrática, o incluso a la fragmentación de un Estado iraní unificado».
Lo mismo corre para el imperialismo yanqui. Como demostró el caso venezolano, Trump no busca cambios de régimen sino cambios de alineamiento. Busca operativizar al régimen que sea en función de sus intereses y subsumirlo a su esfera de influencia colonial.
Un proceso de masas abierto y sin representación saldada
Los casi 20 días de movilizaciones ininterrumpidas marcaron el mayor proceso de protestas en el país desde la Revolución y Contrarrevolución que le dio nacimiento al régimen en 1979. Sólo la masacre contrarrevolucionaria de los mulás y la GRI pudo cortar un proceso que no dejaba de crecer. La represión fue masiva porque atacó un movimiento que involucraba a una abrumadora mayoría social.
El régimen buscó frenar las protestas generando un trauma de masas. «El impacto ha sido desastroso y adormecedor. Todavía lo estamos digiriendo. Estamos hablando de las acciones más brutales por parte de la República Islámica desde los 1980s. La amplia mayoría de los iraníes no recuerda nada como esto. Ahora está emergiendo que casi todos conocíamos a alguien que fue asesinado«. Pero la magnitud del trauma necesario para frenar el proceso hace que sea apresurado catalogarlo como una victoria de la teocracia. El terrorismo de Estado es una receta tradicional del régimen desde su nacimiento. Y esa vía llevó al país al estallido del último mes. ¿Cuánto puede sostenerse un régimen que sólo se legitima en la represión cuando no puede garantizar siquiera la normalidad económica del país, niega derechos democráticos a las masas y acumula derrotas militares y geopolíticas?
La masacre detuvo las movilizaciones, pero no borró el descontento. Probablemente lo haya acrecentado. Los funerales de los manifestantes fallecidos reúnen decenas y cientos que cantan contra la teocracia. En las calles se oyen cánticos y bocinazos entre los resquicios que deja la militarización. En todo caso, la última ola de protestas marcó un nuevo escalón en la larga historia de descontento en Irán. Y por su alto desarrollo marca también algunos de los problemas a los que se enfrentaron los manifestantes al intentar avanzar.
El principal de ellos es la falta de una alternativa política clara. Obviamente, esto no es una sorpresa. La teocracia lleva cuatro décadas trabajando para suprimir toda oposición organizada. Se trata de un régimen nacido de una contrarrevolución clerical y oscurantista que ahoga la vida social, cultural y política de una sociedad diversa y riquísima. Hoy no existen organizaciones opositoras al régimen con alcances para organizar y orientar movimientos de masas.
En ese vacío de representación logró ganar relevancia el príncipe emigré Reza Pahlavi. Este personaje que sueña con la restauración de la monarquía persa lleva la marca del fracaso histórico. La clase trabajadora y el pueblo tiraron la monarquía a la basura en la Revolución del ’79. Desde entonces, la familia del shá se pasó las décadas paseando por Norteamérica, mendigando de salón en salón. «Ha sido un problema perenne desde fines de los ’90. Mientras la élite iraní empezó a fracturarse y las protestas crecieron, Pahlavi hizo varios intentos de construir coaliciones de oposición [en el exilio]. La mayoría sufrió por desacuerdos internos. La coalición diversa formada en Georgetown durante el movimiento ‘Mujer. Vida. Libertad’ en 2023 rápidamente se derrumbó«.
A esto hay que sumarle el vergonzoso prontuario político de Pahlavi. El príncipe mendigo es un cipayo lamebotas del imperialismo estadounidense. Pidió que Trump bombardee el país para facilitar la caída de Jameneí. Promete reconocer al Estado de Israel y visitó Jerusalem en pleno genocidio. No hay elemento democrático que pueda convivir con esta figura.
Tampoco existe organización ni elemento de poder dentro de Irán que le de puntos de apoyo reales a una perspectiva restauracionista. Hasta el propio Trump dejó en claro que no confía en Pahlavi como vía para un cambio de régimen. Si los slógans monárquicos salieron a primer plano en las protestas es por la falta absoluta de alternativas. «Pahlavi es, para muchos iraníes nacidos después del mandato represivo del shá, poco más que una conveniente página en blanco. ‘Los llamados por el retorno de la monarquía son una muestra de desesperación por parte de algunos manifestantes. Bajo la represión de la República Islámica no han sido capaces de agruparse en torno a ninguna figura política dentro del país«.
Basta seguir cronológicamente la cobertura mediática de las protestas para ver que las consignas restauracionistas no aparecieron con el despertar del movimiento. Se introdujeron desde afuera. Fue un trabajo de los medios pro – monárquicos y voceros de otras potencias. Muchos de los videos que circularon con consignas restauracionistas resultaron ser editados con IA. Y si algún sector de la población construyó ilusiones alrededor de Pahlaví, podría ya sentirse decepcionado. El príncipe llamó a marchar hacia la guerra civil pocas horas antes de la masacre, prometiendo la ayuda celestial de Trump. Hoy está más que claro que las masas dependen de sí mismas.
Rebelión y autodeterminación en Irán y Medio Oriente
La figura de Pahlavi representa el opuesto simétrico a las reivindicaciones que el pueblo iraní postuló en la calle. El príncipe mendigo es pro imperialista e intervencionista, apoya al sionismo que bombardeó Irán hace meses y propone una transición hacia una monarquía anacrónica y títere de Trump.
La rebelión iraní es un movimiento democrático que se levanta contra un enorme aparato represivo y parasitario. Un movimiento que se transversalizó hacia distintas capas de la sociedad, especialmente a los sectores pobre – populares de las ciudades, a la juventud y a las mujeres. Es además un movimiento transnacional, que involucró rápidamente no sólo a la población persa, sino al conjunto de las nacionalidades oprimidas al interior de Irán. Los intereses históricos de estos sectores son incompatibles con la restauración de la dinastía persa.
Parece evidente que la ausencia de organismos propios de la clase trabajadora obstruye una perspectiva de alternativas al poder de Teherán. En 1979 la clase trabajadora iraní tuvo los shoras como alternativa de poder propia. Sin acciones organizadas de la clase trabajadora es difícil golpear los puntos de apoyo del poder de los mulás (especialmente el petróleo). Pero los sectores involucrados en las protestas expresan el potencial de la rebelión iraní. Una rebelión triunfante en Irán podría cambiar el signo de la situación en Medio Oriente, hoy plagado de elementos barbáricos con el genocidio sionista, el avance anti kurdo en Siria y la guerra civil de proxys en Yemen.
La caída del régimen del ’79 a manos de las masas podría abrir procesos mucho más profundos si conlleva la destrucción de la cárcel de pueblos construida por los mulás. Podría salir a flote el derecho a la autodeterminación del pueblo kurdo, la primera minoría étnica de Irán y también oprimida en otros Estados (Siria y Turquía). Esto temen los voceros de las potencias cuando hablan del peligro de «desintegración» del «Estado unificado» iraní. Los efectos de una rebelión victoriosa podrían no respetar las fronteras administrativas.
Es cierto que la rebelión iraní se ve sitiada por enemigos y dificultades, desde la teocracia local hasta el imperialismo yanqui y sionista. Justamente por eso, toda esperanza de una salida progresiva para los pueblos y las masas iraníes radica en su propia actividad y auto determinación. Sólo los trabajadores, los sectores populares y las mujeres de Irán pueden superar la barbarie teocrática sin retornar al pasado vetusto de los shás.




