Introducción: un mundo sin reglas claras tras el colapso del orden anterior

Impacto, lecciones y perspectivas (provisorias) de la tercera guerra del Golfo.

La guerra entre EEUU (con Israel como socio menor) e Irán presenta a la vez desarrollos nuevos y la confirmación de otros anteriores. Es consecuencia de disrupciones anteriores en el orden geopolítico global y seguramente será causa de otros, de profundidad difícil de medir hoy en la medida en que se trata de un conflicto en curso (al cierre de redacción de este texto se cumplían dos meses de guerra).

Desde la invasión a Ucrania por parte de Rusia no ha habido en el mundo un solo momento en que una potencia importante no esté involucrada en un conflicto bélico internacional. Y no sólo por la continuidad de la guerra en Ucrania, sino por el genocidio israelí en Gaza, la campaña de EEUU contra Venezuela con el posterior secuestro de su presidente Nicolás Maduro y ahora la entrada en guerra abierta con Irán, mientras Israel continúa su agresión expansionista en toda la región.

Es ya una conceptualización aceptada entre analistas internacionales de todos las vertientes (liberales, marxistas o de derecha), y que nuestra corriente ha trabajado en elaboraciones previas,[1] que el mundo ha entrado en una nueva etapa signada por la ruptura y crisis del orden global heredado de la Guerra Fría y que había sobrevivido al fin de ésta, primero como parte de un “momento unipolar” de hegemonía yanqui sin rivales ni socios a su altura, y luego con el surgimiento del desafío de China.

Para no reiterarnos, sólo recordaremos que en este nuevo período o colapsan o se cuestiona seriamente el sentido y funcionamiento de las instituciones pilares del orden anterior (ONU, OTAN, OMC y otros organismos multilaterales). Junto con ellas, empieza a romperse el consenso de “orden liberal basado en reglas” que, aunque sin duda hipócritamente, operaba como fundamento político y “moral” de las acciones del Occidente capitalista y su líder EEUU. El cinismo, oportunismo y desprecio por todo lo que no sea explícitamente ventaja política, económica o militar que exhibe Trump –y casi todo su equipo de gobierno, en ese aspecto mucho más alineado y homogéneo que el de su primer mandato– son la expresión más grosera del fenómeno, pero no su factor explicativo único o fundamental.

En ese sentido, es instructivo comparar la manera de actuar del imperialismo yanqui en ocasión de las dos guerras del Golfo anteriores y la actual. La primera guerra del Golfo, en 1991, fue quizá la inauguración del mayor “momento unipolar” de la historia reciente, con el liderazgo y hegemonía indiscutidos de EEUU como garante del orden internacional contra los “estados canallas” y los regímenes que cuestionaban ese lugar de EEUU. La coalición militar que actuó contra Saddam Hussein incluyó 41 países y tuvo un impresionante consenso imperialista y la bendición de la ONU. El resultado fue llamar rápidamente al orden a Saddam, que había invadido Kuwait y debió retirarse.

La segunda guerra del Golfo, en 2003, ya tuvo otras características: ni había tanto consenso ni sus resultados fueron tan exitosos. De hecho, aunque en términos militares fue aparentemente más apabullante, con el desalojo del poder de los talibanes en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak, el resultado real para EEUU fue un empantanamiento de décadas en ambos países.

El resultado en términos de “poder blando” fue aún peor: la justificación formal de la entrada en la guerra fue una mentira escandalosa: que el líder iraquí tenía armas de destrucción masiva y cobijaba a Bin Laden. El origen falso de la intervención fue imposible de ocultar al resto de la opinión pública mundial –en EEUU fue otro cantar– y derivó en un fuerte movimiento contra la guerra en aliados clave de EEUU como el Reino Unido. El desprestigio de EEUU fue imperceptible en EEUU, más serio en sus aliados europeos y devastador en Medio Oriente.

El saldo político fue una larga, penosa y sangrienta transición en Irak –con fuerte presencia de milicias chiítas aliadas a Irán, que continúan ahí hasta hoy– y un gobierno títere en Afganistán tan débil que terminaría con el regreso de los talibanes a Kabul en 2021. El fantasma de este nada halagüeño balance de la intervención militar yanqui en Medio Oriente está en la base de una bandera muy cara al Partido Republicano, al movimiento MAGA (Make America Great Again, consigna fundadora del trumpismo) y a las campañas electorales de Trump, especialmente la de 2024: basta de “guerras eternas” en la región.

Pero es exactamente en ese pantano en el que Trump parece haberse metido, una vez más. Y el precio a pagar puede ser todavía más alto en muchos planos, desde el daño político electoral para el Partido Republicano hasta la profundización de las fracturas en la OTAN y el aumento de la desconfianza de los aliados de EEUU hasta el punto de buscar caminos alternativos en su política de seguridad.

En efecto, Trump se metió solo –veremos luego el papel de Netayahu e Israel en la ecuación, pero la decisión última fue del presidente yanqui– en un problema del que no sabe bien cómo salir sin aparecer como débil, irresoluto y hasta derrotado, pero a la vez corriendo los riesgos de una intervención posiblemente larga, desgastante en muchos sentidos y, a diferencia de las guerras del Golfo anteriores, sumamente impopular desde el inicio, y cada vez más.

Es también un lugar común de los analistas internacionales que EEUU ha sido el único actor del conflicto que entró a la guerra sin haber definido objetivos claros. Trump se ha revelado como un táctico muy dudoso y un estratega inexistente. Lo que configura un grave problema para una superpotencia, cuya conducción de la hegemonía global no puede llevarse a cabo con la lógica de un especulador inmobiliario o un mega influencer ávido de lucro y ego.

¿Cómo pudo haber tenido lugar una decisión tan evidentemente equivocada y peligrosa para los propios intereses mediatos e inmediatos de EEUU y del propio Trump como el ataque a Irán? Aunque es difícil saber cómo razona el presidente yanqui –en primer lugar, sin duda, para él mismo–, hay patrones que parecen repetirse: “Trump está actuando, al igual que en Venezuela, no porque su adversario es fuerte (…), sino porque es débil (a tomar nota, Cuba). (…) Los ataques de EEUU e Israel del año pasado degradaron las defensas antiaéreas de Irán. Con ese trasfondo, Trump vio la oportunidad de un nocaut fulminante. También está actuando porque aprendió de su primer mandato. Entonces, titubeó. (…) Esta vez, para mejor o, probablemente, para peor, está seguro de su juicio, y sus asesores no lo contradicen” (“The audacity of Donald Trump”, The Economist –en adelante TE– 9489, 7-3-26).

La misma hipótesis sostiene el ex embajador de EEUU en Israel durante la segunda guerra del Golfo, Daniel Kurtzer: Trump buscaba una reedición de la victoria rápida y fácil de junio pasado, tras el ataque conjunto con Israel a las instalaciones nucleares de Irán: “Creo que simplemente quería ser parte del desfile de la victoria”, señala (“The blame-Israel lobby”, TE 9490, 14-3-26). Es decir, en lo esencial una reedición de la exhibición de un trofeo cómodo al estilo Venezuela. Hablar de error de cálculo es quedarse francamente my corto.

Una explicación que ha ganado mucho terreno es que Marco Rubio no mentía cuando se le escapó, en conferencia de prensa, que EEUU debió iniciar las operaciones militares “porque si no Israel lo hubiera hecho por su cuenta”, lo que dejó la indeleble sospecha de que EEUU fue arrastrado a la guerra por Israel y no a la inversa.

No es una teoría conspirativa, sino una posibilidad que por ejemplo el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, asume con toda claridad: “El mayor error de cálculo del gobierno de EEUU, desde ya, fue, por empezar, permitirse ser arrastrado a esta guerra. Ésta no es la guerra de EEUU [obvia referencia a Israel. MY], y no hay escenario plausible en el que tanto EEUU como Israel logren con ella lo que pretenden. Esperemos que el compromiso de EEUU con el cambio de régimen sea sólo retórica, mientras que Israel busca explícitamente el derrocamiento de la República Islámica y probablemente le importa poco cómo se gobierne el país, o por quién, una vez que esto se haya logrado. (…) Los líderes israelíes parecen haber convencido a EEUU de que Irán estaba tan debilitado por las sanciones, las divisiones internas y los bombardeos de EEUU e Israel a sus instalaciones nucleares en junio pasado que al ataque inicial y el asesinato de su líder supremo seguiría la rendición incondicional. Pero debiera ser claro ahora que para que Israel logre ese objetivo será necesaria una larga campaña militar para la cual EEUU deberá comprometer tropas sobre el terreno. (…) Esto no es lo que quiere el gobierno de EEUU. Ni su pueblo, que por cierto no ve esta guerra como propia. (…) La pregunta para los amigos de EEUU es simple. ¿Qué podemos hacer para sacar a la superpotencia de este atolladero no buscado? Primero (…) hay que decir la verdad. Hay dos partes en esta guerra que no tienen nada que ganar con ella, y los intereses nacionales tanto de Irán como de EEUU residen en el fin más pronto posible de las hostilidades. Es una verdad incómoda de decir, porque implica indicar hasta qué grado EEUU ha perdido el control de su propia política exterior. Pero debe decirse” (By invitation, TE 9491, 21-3-26).

A nuestro juicio, la última afirmación es completamente exagerada; como veremos, Israel ha quedado fuera de la mesa de decisiones respecto del curso de la guerra y las negociaciones (quizá en parte como sobrecompensación por el elemento de verdad que hay sobre el rol de Israel en la iniciación de la guerra). Pero, como vemos, parte de la hipótesis de Albusaidi, canciller de un país del Golfo declaradamente “amigo de EEUU”, es que al menos al principio Trump efectivamente decidió seguir a Israel –siguiendo sus propios (malos) cálculos, claro está– en vez de, como fue siempre la norma, actuar primero y obligar a Israel a seguirlo.

A la torpeza de esta decisión hay que agregar, como parte inseparable del “estilo Trump”, el carácter chapucero de su liderazgo (incluidos los principales miembros de su equipo de gobierno), algo que salta a la vista en cuanto se hace, nuevamente, la comparación más básica con el manejo de las guerras anteriores en la región. La construcción de consensos, la definición precisa de objetivos, el uso cuidadoso de la información de inteligencia, el momento de declarar la victoria y hasta la sobriedad del lenguaje utilizado por George Bush en 1991 no pueden ofrecer un contraste más lapidario con Trump: decisiones caprichosas en todos los terrenos; relación errática con los aliados a los que primera ignora, luego ruega y finalmente reprende; objetivos cambiantes por semana, por día y hasta por minuto; desprecio deliberado e irresponsable de los briefings de inteligencia que le advirtieron que lo de Irán no sería ningún paseo; declaraciones hiperbólicas de victoria que luego se relativizaban o negaban para repetirse días después y, aunque a esta altura es anecdótico, una total falta de profesionalismo y seriedad mínimas en la comunicación política, fuere en conferencias de prensa o (más usualmente) en redes sociales.[2]

El nivel de improvisación de la decisión de Trump queda de manifiesto cuando se constata que sólo cinco meses atrás, un documento de Estrategia de Seguridad Nacional sintetizaba la agenda para Medio Oriente con la idea de promover la paz para poder transferir recursos a áreas más prioritarias (“shift burdens, build peace”). En pocas palabras, sostener el rumbo estratégico que viene al menos desde la presidencia de Obama de levantar campamento de una región que trae más problemas que soluciones y enfocarse en el eje Asia-Pacífico, que es donde se decidirá la geopolítica global en las próximas décadas. Esa agenda es uno de los muy pocos puntos que tenían y tienen consenso bipartidario en la política yanqui. Trump eligió ponerla en riesgo haciendo exactamente lo que había denunciado y prometido no volver a hacer jamás.

Este contraste en la capacidad de manejo estratégico del imperialismo yanqui es una expresión muy simbólica de la distancia entre el “momento unipolar” de los 90 a que hacíamos referencia, con EEUU como líder indiscutido en todos los órdenes (económico, militar, tecnológico y geopolítico) y portador de los “valores de Occidente” en su carácter de triunfador de la Guerra Fría, por un lado, y el evidente declive político de EEUU en esta época de crisis hegemónica. Bush era el razonable representante del policía del mundo que vigilaba el orden global con criterios aceptados por todos; en cambio, Trump no genera el más mínimo respeto entre sus pares de las potencias aliadas o enemigas, para no hablar del establishment político estadounidense.[3] Todo lo que queda es la inercia de su poderío económico, militar y tecnológico… cuya primacía está cada vez más cuestionada, en primer lugar por el ascenso ya no sólo económico sino tecnológico de China.

No vamos a hacer aquí una cronología del conflicto ni un análisis detallado de los acontecimientos militares; son en general harto conocidos y, como en cualquier guerra, tiene poco sentido hacer especulaciones sobre lo que ocurre en el campo de batalla; la relación de fuerzas puede dar vuelcos inesperados en cuestión de días o incluso horas. Por lo tanto, nos concentraremos aquí en los vectores político-estratégicos que actúan en el conflicto y las conclusiones (provisorias) a que habilita la marcha de los acontecimientos desde una mirada de mediano plazo.

En ese sentido, es posible que, más allá de los ceses de fuego temporarios, se esté llegando a una encrucijada donde los caminos son la negociación y solución del conflicto, aun precaria, o una escalada que conduzca a una larga guerra de desgaste (¿con ofensiva terrestre?). Todo está abierto, porque, como siempre sucedió y como se volvió a confirmar en Ucrania y ahora en Irán, las guerras son impredecibles: se sabe cómo y por qué comienzan, pero no cómo continúan y mucho menos cómo terminan.

Dicho esto, parece cierto lo que señalan varios especialistas en cuanto a que no hay mucho más que EEUU pueda lograr desde el aire; en ese sentido, no es del todo falso decir, como lo han hecho espasmódicamente Trump y su ministro de Guerra Hegseth, que “los principales objetivos militares se han cumplido”. El punto es que, sin haber conmovido el régimen y sufriendo las consecuencias del bloqueo, primero ajeno y después propio, del estrecho de Ormuz, las movidas posibles con el estado actual del tablero se agotan.

El final, naturalmente, está tan abierto que puede ir desde una retirada “victoriosa” de Trump hasta algo que parecía impensable pero que en esta nueva etapa definitivamente no se puede descartar: el uso de armas nucleares. De hecho, cuando a horas del vencimiento del “ultimátum” de Trump a Irán el presidente yanqui habló de “aniquilar (obliterate) una civilización entera”, el mundo entero no pudo evitar preguntarse si no se estaba refiriendo a la opción nuclear.

Felizmente, volvió a darse la salida TACO (Trump Always Chickens Out, es decir, Trump siempre termina retrocediendo) y el presidente yanqui terminó anunciando un cese de fuego que como vimos presentó, en el colmo del ridículo, como “el comienzo de una Era Dorada” para la región. Pero del hecho de que Trump suele volver sobre los pasos de sus amenazas más extremas no cabe inferir ninguna garantía de conducta futura.

¿Qué cabe esperar del compás de espera que representa el cese del fuego “de diez días”, que se vienen prorrogando por ahora indefinidamente? Los ceses de fuego tienen una historia muy mixta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial como preludios de acuerdos de paz; en una importante proporción de los casos, no fueron más que una pausa en el conflicto, si bien a veces con menos virulencia. Pero, parafraseando a Clausewitz, y según las circunstancias, suelen ser “una continuación de la guerra por otros medios”, o al menos una variante de “regateo estratégico”, como lo llama Valerie Sticher, del think tank suizo Centre for Security Studies.

Una muestra de esto es que cinco días después de anunciado el cese del fuego, EEUU comenzó su propio bloqueo, que se mantiene hasta el cierre de este texto, así como la interrupción de las hostilidades abiertas. Este precario estado de cosas puede cambiar rápidamente en uno u otro sentido, mientras las negociaciones en la capital pakistaní, Islamabad, se han convertido en una especie de comedia de enredos seguida con ansiedad y escepticismo por el resto del mundo. Ya no por su resultado, sino, incluso, por si van a tener lugar, y en qué términos.

La gran pregunta que todos se hacen respecto del bloqueo cruzado (de EEUU a los puertos iraníes, de Irán al estrecho), es quién puede sostener por más tiempo el daño que produce. Irán probablemente estaba preparado para esa contingencia –ya vimos que el gobierno de EEUU, insólitamente, no–, y aunque sin duda sufrirá presiones de abastecimiento, inflacionarias y políticas, del otro lado las consecuencias pueden ser más gravosas. El bloqueo yanqui no puede ser selectivo –salvo que EEUU decida, no por primera vez, pasar por alto cualquier norma de derecho marítimo internacional–, y la lista de países perjudicados es tan grande que cuesta creer que las presiones mayores para el levantamiento del bloqueo no vengan antes de los “aliados” que de Irán.

Ese carácter asimétrico de este verdadero “chicken game”[4] explica lo tajante del pronóstico del Economist: “No todas las guerras tienen un ganador. Pero toda guerra tiene al menos un perdedor, y si –un ‘si’ muy grande– el cese de fuego marca el fin de la guerra en Irán, el gran perdedor será Donald Trump” (“Trump’s foolish war”, TE 9494, 11-4-26).

Más allá del saldo último de la guerra en lo inmediato, cabe recordar una lección que el imperialismo yanqui no parece haber asimilado del todo, y mucho menos hoy que es comandado por uno de los líderes de visión más corta y menos estratégica de toda su historia. Esa lección es que las consecuencias de una intervención militar en Medio Oriente no sólo no se agotan una vez evacuadas las tropas, sino que tienden a hacerse más profundas hasta estallar varios años o una década después.

Veamos: incluso la campaña aparentemente más exitosa de todas, la de la primera guerra del Golfo de 1991, dejó una estela de resentimiento por la presencia militar yanqui en la región cuyo resultado mediato fue el ascenso de Al Qaeda, Osama Bin Laden y el atentado a las Torres Gemelas diez años después, en 2001. Tras la segunda guerra del Golfo, en 2003, la continuidad de la ocupación yanqui dio lugar, también una década después, al surgimiento y desarrollo de Estado Islámico, una milicia fundamentalista que llegó a ocupar un territorio de más de 250.000 km2, el 40% de la superficie de Irak y Siria juntas, y que no ha desaparecido hasta hoy, con filiales en la región y en África.

De modo que aunque la guerra de EEUU contra Irán aún no tenga desenlace, ya desde ahora es plausible suponer que, sea cual fuere el resultado, las semillas del odio a los yanquis y a sus aliados van a germinar, no necesariamente en lo inmediato, y casi con seguridad con brotes inesperados.


[1] Ver al respecto, de Roberto Sáenz, “La era de la combustión”, y de Marcelo Yunes “Trump 2.0: economía y política globales en una nueva era” ambos de 2025, en izquierdaweb.

[2] Un repaso de algunas de esas expresiones configura un verdadero catálogo del ridículo y la vergüenza ajena: “Ganamos, todo terminó en una hora” (11 de marzo); “¡Abran el Puto Estrecho, locos de mierda, o van a vivir en el Infierno! ¡MIREN! Loado sea Alá” (5 de abril); “vamos a borrar una civilización entera” (7 de abril); un día después: “¡Esto puede ser la Era Dorada de Medio Oriente! ¡Se va a hacer mucho dinero!” Es uno de los rasgos de esta época que los líderes mundiales, acostumbrados a una diplomacia con reglas versallescas, se ven arrojados al barro de la inefable grosería, vulgaridad e ignorancia del “líder de Occidente”. Por supuesto, no le faltan émulos e imitadores en otras latitudes menos civilizadas. En cuanto a la falta de profesionalismo, citemos un ejemplo reciente: el 20 de abril Trump anunció que el vicepresidente J. D. Vance estaba camino a Islamabad… cuando horas después entraba lo más fresco a la Casa Blanca.

[3] Es sabido que los exabruptos de Trump generan directamente carcajadas de conmiseración, al menos en privado, entre los líderes europeos, aunque luego deban disimular en público. Pero en los propios EEUU, tanto entre los legisladores demócratas como, crecientemente, entre los republicanos, se va consolidando una caracterización de Trump que pocos se atrevían a aventurar en voz alta: es un hombre que no está en condiciones psicológicas, cognitivas y morales para conducir un país, mucho menos si se trata de EEUU. La palabra “desquiciado” (unhinged) ya se repite en público; el senador Tim Kaine (demócrata de Virginia) habló con preocupación real de que el presidente “muestra una creciente inestabilidad mental y moral”. El famoso tuit “Open the Fucking Strait, you crazy bastards! (…) Praise be to Allah”, así como la insólita imagen que posteó donde se representaba a sí mismo como Jesucristo, dieron pie a las primeras discusiones serias de pensar en plantear el uso de la enmienda 25 de la Constitución yanqui, que lista las causales de remoción de un presidente por incapacidad.

[4] La expresión alude a la demencial práctica, conocida en EEUU, en que dos conductores lanzan sus autos a toda velocidad uno contra otro hasta que uno de los dos decide desviarse para evitar la colisión. Se usa como metáfora de una situación potencialmente letal para ambas partes que puede resolverse si una de las dos decide eludir el choque. al precio de quedar como el que se acobardó (chicken).

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