Huelga campesina

India: «la huelga más grande de la historia» le ganó al gobierno Modi

Tras un año de protestas, la huelga campesina derrotó las 3 leyes agrícolas que impulsaba el gobierno neoliberal de Narendra Modi. Llegó a haber hasta 250 millones de personas en huelga.



En la India, más de la mitad de la población económicamente activa es campesina (un nivel inusitadamente alto para la mayor parte del globo). En un país con 1.380 millones de habitantes, eso es mucha gente. Y el gobierno de Narendra Modi se ganó el rechazo de todos ellos.

Desde noviembre del 2020, se estima que alrededor de medio millón de campesinos acamparon en las rutas de acceso a Nueva Delhi, la capital india. Decenas de ellos murieron debido a las olas de calor, de frío y al Covid. Pero a pesar del clima, la pandemia (que en la India tuvo saldos trágicos) y la represión del gobierno de Modi, los huelguistas permanecieron en la capital.

El 26 de noviembre del año pasado, la huelga campesina confluyó con decenas de sindicatos urbanos en una huelga general de la que participaron 250 millones de trabajadores. Algo así como el 3,3% de la población mundial. No hace falta más que ver los números para entender por qué se la denominó «la huelga más grande de la historia». 

Huelguistas se enfrentan a la represión policial

 

Modi en retirada

En las últimas horas, Narendra Modi anunció el retiro de las 3 leyes. Las mismas habían sido presentadas y aprobadas en septiembre del año pasado, pero la Justicia las puso en suspenso tras comenzar las movilizaciones campesinas.

La «batida en retirada» de Modi llamó la atención de la prensa internacional. Es claro que no es el estilo del mandatario indio, de corte netamente neoliberal y derechista. Miembro del «nacionalismo hindú», Modi ha sido criticado en todo el mundo por su desprecio hacia las libertades democráticas y los DDHH. En 2002, cuando era gobernador del Estado de Guyarat, ocurrió el tristemente célebre «pogromo» que se cobró la vida de 800 musulmanes. Por este episodio, Modi fue «vetado» del Reino Unido y de Estados Unidos.

Modi es, además, apoyada por grupos paramilitares como el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), conocido por haber asesinado al Mahatma Gandhi el 30 de enero de 1948.

Desde 2014 en adelante, Modi comenzó una serie de reformas neoliberales en el Estado y la economía indios. Recortó los presupuestos de salud, educación, asistencia alimentaria y de acceso al agua potable, privatizó sectores de la banca y los ferrocarriles. Aumentó la deuda pública en un 50% en tan sólo 4 años.

En 2018 reformó la legislación laboral para facilitar despidos sindicales y restringir las huelgas, convirtiéndose en enemigo declarado de la clase trabajadora india. Ya en 2016, 2019 y comienzos del 2020, Modi había enfrentado huelgas obreras, con centro en las ciudades.

Menos sorprendidos que los analistas políticos y los periodistas, los campesinos indios se mostraron poco dispuestos a confiar en la palabra de Modi, y aseguraron que permanecerán en sus acampes de ser necesario. El Primer Ministro deberá reafirmar el retiro de las 3 leyes agrarias este lunes, en una sesión parlamentaria.

Las 3 leyes de Modi

La huelga campesina comenzó en respuesta al intento de Modi de aplicar 3 leyes al sistema agrario indio. Las mismas pretendían cambiar la regulación de la venta, la valuación y el almacenamiento de los productos agrícolas.

El sistema de producción agrícola indio es bastante diferentes al que domina en la mayor parte del mundo. Desde hace varias décadas, los productores agrícolas cuentan con lo que se conoce como «mandis», una serie de 7.000 mercados agrícolas mayoristas regulados por el gobierno. Allí, los agricultores pueden vender su producción con el beneficio de un «precio mínimo de apoyo», un «piso» que el Estado indio (a través de los «mandis») impone a 23 cultivos considerados clave. Además, los agricultores cuentan con un sistema de subsidios a la producción y de la exención del impuesto sobre la renta.

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La explicación de este inusual sistema de producción y distribución agrícola responde a las formas de propiedad de la tierra extendidas en la India. El 68% de los agricultores del país poseen parcelas de menos de 1 hectárea (una extensión minúscula). Un contraste muy marcado con las  formas propiedad agraria dominantes en la mayoría de los países del mundo, que durante el último siglo han atravesado un proceso de extensión, centralización y concentración de la propiedad de la tierra en las manos de unos pocos latifundistas. Este proceso fue acompañado (y posibilitado) por la introducción de tecnología y la creciente automatización de la producción agraria.

Las 3 leyes de Modi apuntaban a «equilibrar» la agricultura india con las formas de producción y distribución que dominan en el resto del mundo. La idea es eliminar los «mandis» y los «precios mínimos de apoyo» para permitir el intercambio comercial directo entre los productores minifundistas y las grandes empresas privadas compradoras de grano, además de eliminar los subsidios a cultivos que se consideran «poco productivos», como el trigo o el arroz. Según Modi, esta liberalización del comercio agrícola aumentaría la «eficiencia» del sector y los ingresos de los agricultores. En esto hay una pequeña parte de verdad y una gran parte de vil mentira.

Liberalización y contrarreforma agraria

Cuando se habla de «eficiencia» del campo, de lo que realmente se habla es de la productividad: producir más con menos recursos, gastar menos y conseguir mayores ganancias. Y es real que las formas de «pequeña propiedad» agraria son menos productivas que las formas de gran propiedad. Entre otras cosas, por la atomización de la fuerza de trabajo entre distintas mini – explotaciones y la falta de capital para introducir nuevas tecnologías que aumenten la productividad. En el caso indio, en concreto, más de la mitad de la población económicamente activa trabaja en la agricultura, pero dicha actividad representa menos de una sexta parte del PBI nacional. Durante los últimos años, además, la tendencia ha sido la reducción del tamaño de las parcelas, como también de los ingresos.

Lo que es abiertamente mentira es que la liberalización del comercio agrícola derive mecánicamente en un aumento de los ingresos de los minifundistas. Eliminando los «mandis» y la regulación de precios por parte del Estado, los precios de los productos agrícolas quedan librados a la negociación directa entre productor y comprador. Pero se trata de una negociación muy asimétrica, en la que productores que trabajan 1 hectárea se enfrentarían directamente a grandes empresas, con mucha mayor capacidad de especular y presionar los precios a la baja.

Un cambio legal de este tipo hubiera impuesto en realidad una tendencia hacia el cambio de las formas de propiedad en el campo indio. Librados a la voluntad de las grandes empresas privadas, miles de pequeños propietarios agrícolas habrían ido a la quiebra, abriendo la puerta a la expropiación de sus tierras o directamente teniendo que venderlas a grandes capitales. Una vez que un proceso de este tipo comienza, es imparable: las grandes empresas comienzan a producir en parcelas más grandes y con mayor cantidad de capital y tecnología disponibles, superando la productividad de los pequeños productores, y tendiendo a hacerlos desaparecer.

De haberse aprobado y aplicado las 3 leyes de Modi, lo que se hubiera puesto en marcha no hubiera sido una simple «liberalización» del agro, sino una especie de «contrarreforma agraria»: la expropiación (directa o indirecta) de los pequeños agricultores y la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. Así lo señalaron los propios agricultores indios. «Si dejas que las grandes empresas decidan los precios y compren cultivos, perderemos nuestras tierras, perderemos nuestros ingresos», declaró algunos meses atrás Gurnam Singh Charuni, referente de la huelga campesina.

Las consecuencias sociales podrían haber sido enormes. La miseria y el hambre en el campo habrían desatado migraciones de a millones hacia las grandes ciudades. En las ciudades, la aparición de nueva mano de obra barata habría aumentado el «ejército de reserva» de trabajadores desocupados y presionado los salarios hacia abajo.

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Eso sí: la «eficiencia» de la producción agraria habría seguramente aumentado. Pero bajo el capitalismo la «eficiencia productiva» no significa siempre «eficiencia social». Muestra de esto son las aberraciones naturales que ha generado la producción agraria capitalista: desastres climáticos, desertificación del suelo, intoxicación con agrotóxicos. Incluso pandemias como la de la gripe porcina o el Covid – 19.

Una inmensa gesta de trabajadores

La huelga campesina del último año ha confluido y coordinado sus acciones con los trabajadores de las grandes ciudades del país. El 26 de noviembre del año pasado, se sumaron a las movilizaciones contingentes de trabajadores de distintos sectores (transporte, aeroportuarios, bancarios, mineros del carbón, trabajadores de la energía, trabajadores informales) así como miles de estudiantes y jóvenes.

Los campesinos montaron enormes campamentos en las rutas que bordean Nueva Delhi. No fueron carpas improvisadas, sino grandes despliegues. Algunos de ellos incluyen comedores comunitarios y hasta hospitales de campaña con unidades de terapia intensiva.

La asistencia campesina a estos acampes fue de centenas de miles, y se realizó a través de rotaciones periódicas. Los agricultores se turnaron entre sí para mantener los acampes al tiempo que sostuvieron la producción agrícola en el campo, a cientos de kilómetros de distancia de la capital.

Los huelguistas llegaron a ganarse el apoyo de reconocidos activistas como la militante ecologista Greta Thunberg. Hasta celebridades como Rihanna se manifestaron en solidaridad con ellos.

Las acciones de los campesinos fueron radicalizándose, llegando a chocar fuertemente con la policía el 26 de enero (día de la República de la India) de este año. En esa oportunidad, los manifestantes rompieron los retenes policiales y ocuparon las inmediaciones del Fuerte Rojo, un edificio simbólico con casi 500 años de historia emplazado en Nueva Delhi.

 

Huelguistas campesinos rodean el Fuerte Rojo en Nueva Delhi

 

El proceso de huelgas y movilizaciones del último año no fue un rayo en cielo estrellado, sino el estallido de un descontento acumulado durante largos años. Así lo señala la erosión de las condiciones de vida de la población del país.

En el campo la situación es acuciante. Diversos analistas señalaron, en referencia a las 3 leyes de Modi, que, paradójicamente, casi el 90% de los agricultores ya vende su producción a compradores privados. Pero sucede que en las transacciones privadas los precios varían caóticamente, siempre en perjuicio de los campesinos. Esto explica que el ingreso anual promedio de una familia campesina india fue de 20.000 rupias en 2016, algo así como 271 dólares. En la cotización de ese año, era el equivalente a $4.000 argentinos.

El ingreso de las empresas privadas al campo indio ya ha generado una miseria rampante entre los campesinos. La aplicación de la (contra)reforma agraria de Modi habría significado el hambre de millones.

En ese contexto, la derrota de las 3 leyes (de reafirmarse definitivamente) constituiría una enorme victoria del movimiento de masas indio, y una derrota declarada del gobierno de Modi. Esto no significa, obviamente, que la ofensiva neoliberal de Modi haya sido derrotada o vaya a detenerse. Pero el enorme despliegue organizativo y sindical de los trabajadores indios (del campo y la ciudad) del último año configura una enorme conquista de organización obrera en sí misma.

La derrota de las 3 leyes de Modi podría generar un punto de inflexión en la situación política india, sentar un precedente para enfrentar futuros ataques. Y, en un país de 1.300 millones de habitantes, el precedente podría ser internacional.

 

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