¿Hacia una nueva crisis general?

Presentamos a continuación una suerte de “extracto” del informe otorgado por el dirigente nacional del Nuevo MAS en el último Comité Central de la organización (domingo 10 de julio 2022)

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  1. La crisis más grave en cuatro años

Es evidente que estamos en la crisis más grave del gobierno del Frente de Todos. Hace exactamente cuatro años se vivió una crisis similar del gobierno de Macri. En aquella oportunidad se había debido a un golpe de la lucha de clases con las Jornadas de Diciembre de 2017, en un contexto donde la deuda tomada en dólares no podía ser afrontada.

Con Macri se (re) abrió una de las recurrentes crisis de la deuda externa argentina, con la diferencia que en aquella oportunidad Macri tenía la posibilidad de apelar al FMI para que lo asistiera con miles de millones de dólares. Esa crisis de la deuda continuó, y ahora nos encontramos en el apogeo de esa crisis, con una estructura de deuda de 350 mil millones de dólares, de los cuales unos 260 o 270 es deuda externa privada y pública en dólares sin nadie a quien acudir…

Esta crisis, a pesar de que todavía no hay una irrupción del movimiento de masas –salvo el movimiento de desocupados, que sí tiene una especie de irrupción, y que se puede volver a transformar en un nuevo movimiento piquetero si es que se hace más combativo al calor de la crisis–, es más grave que la de 2018 –o potencialmente más grave-.

Primero, porque no hay nadie a quién acudir. Segundo, porque la dinámica económica de la crisis es más grave que cuatro años atrás. Tercero, porque es –aunque hay que ver la dinámica de la lucha de clases– una de las pocas crisis generales que eventualmente se desencadena bajo el peronismo[1].

Este último es un dato importante. Porque el peronismo siempre actuó como reserva –para decirlo de alguna manera, y las crisis que vivimos en el 89 (hiperinflacionaria), la del 2001 (marcada por el default y la hiperdesocupación) y la de Macri (con peligro de cesación de pagos), ocurrieron con el peronismo como oposición. La crisis actual es –potencialmente- muy grave porque impacta de manera directa –aunque la gente trabajadora no entienda todavía demasiado de qué va la crisis– en un gobierno peronista.

Si llega a irrumpir el movimiento de masas se empezaría a dialogar con fenómenos similares al 2001. Similares, no iguales: hay polarización política y social y no un giro general de la sociedad hacia la izquierda (es decir, una parte de la clase media está a la derecha, pero no toda) y no hay desocupación de masas: la clase trabajadora –en general- está contenida por la burocracia, pero en mejores condiciones que dos décadas atrás[2].

La crisis está en pleno desarrollo, y su desarrollo superestructural y económico -por ahora- es más dinámico que su desarrollo social y de la lucha de clases. (Aunque acá caben dos precisiones al momento que publicamos este texto: Alberto se ratificó, es decir, no renunció; y Batakis reafirmó, corregido y aumentado, el ajuste del gasto público que pedía el FMI para el segundo semestre, razón por la cual, desde ese punto de vista, la dinámica de la crisis, aún atada con alambre, se mediatizó por algunas jornadas; por otra parte, la ratificación del ajuste está metiendo presión en los dirigentes sindicales y sociales oficialistas de “hacer algo”…)

En las crisis se repiten una serie de características de la Argentina contemporánea. Cada diez años el país hace crisis. Y ahora ocurre en un escenario de polarización que le da un rasgo propio. Al ocurrir en pleno intento de encauzar –prematuramente- el país hacia las elecciones, a lo que iba de cabeza Juntos después de ganar las elecciones el año pasado, la crisis que se abre no es por derecha ni tiene que ver con las elecciones, sino con la situación económica y social, con la política y, eventualmente, con la lucha de clases.

Se iba electoralmente a un triunfo de Juntos. Y puede ser que más adelante se vaya a eso. Pero, por ahora, eso está suspendido en el aire y el elemento dominante es la crisis, no las elecciones (lo que por otra parte era esperable dado el contexto general, cuestión que parece que algunos sectores de la izquierda no leyeron bien cuando se anticiparon -de manera electoralista- al lanzar la fórmula presidencial del FITU…[3]).

Resumiendo, es la crisis más grave en cuatro años y se verá cómo evoluciona. Aquellas corrientes que anunciaron candidaturas presidenciales quedaron desubicadas porque es evidente que hay un capítulo previo que es la crisis.

  1. Vectores de la crisis

Hay tres vectores de la crisis, dos desarrollados y uno sin desarrollar aún. El primer vector es la crisis política. Alberto, Massa y Cristina dan vueltas en calesita pero no tienen un programa alternativo al acuerdo con el FMI. Lo de Cristina es un escándalo, le dice a Guzmán “ingrato, se fue, daño institucional”, etc, pero es ridículo porque ella lo echó (la que bombardeó la “línea de flotación” del gobierno fue la propia Cristina y su gente). Estaban todo el día Máximo y Larroque puteando a Guzmán, y ahora es un “ingrato” porque se fue[4]

El más “simpático” es Massa: “nos engañó a todos”, dice de Guzmán. O sea, un funcionario de 38 años sin ninguna experiencia de gestión engañó a Cristina, a Massa, a Alberto y a Georgieva. Ridículo por donde se lo mire.

La crisis política del FdT es fratricida: hundís un gobierno por una perspectiva electoral, para zafar en las elecciones, pero si hundís al gobierno no llegás a las elecciones y, por lo demás, lo hundís sin programa alternativo alguno (que es lo que explica porque luego de la vuelta de campaña se ratificó a Alberto y el ajuste del gasto de manera más categórica que bajo Guzmán).

La línea de los K parecía ser que la devaluación pasara y compensarla con un “ingreso universal” de 15 mil pesos, amén de aumentos salariales en los sindicatos desde arriba con sumas fijas. La línea del campo y la derecha es “sinceren los precios”; o sea, convalidar la devaluación. Pero finalmente, en lo ultra inmediato, al parecer la línea ratificada por Alberto y Cristina es el ajuste fiscal de Batakis –en línea con los pedidos del Fondo en sus últimas recomendaciones- intentando evitar convalidar una devaluación abrupta del dólar oficial[5].

Hay una crisis política porque ningún ala del FdT tiene una alternativa programática. Cristina no quiere asumir porque no sabe qué otra cosa hacer. Más allá de bombardear día y noche a su propio gobierno, son “imposibilistas”: no se puede hacer nada, no se puede tomar ninguna medida progresista. Es un bombardeo fraticida. Por lo demás, Massa quería ir de Jefe de Gabinete dejando pintado a Alberto, pero para aplicar el acuerdo con el Fondo (¡fue él el que logró vehiculizar su votación en el Congreso Nacional!). Y por su parte, Alberto amenazó con renunciar (Liotti, La Nación) salvo que le dejen aplicar el acuerdo con el Fondo, definición agónica que parece haberse tomado al menos de momento.

Las crisis tienes sus ritmos. Antes del 2001 hubo un año entero de degradación para que explotaran las jornadas de diciembre (amén de la constante degradación del país durante la década del 90[6]); ahora empieza una nueva degradación pero con empleo (empleo hay en todo el mundo sólo que es precario), entonces son otras las condiciones. Pero en el fondo, todas las piruetas de la crisis política tienen que ver con que no hay programa alternativo[7].

El otro vector es evidente: está en marcha la devaluación –ahora en parte mediada por los anuncios de Batakis-. El dólar blue alcanzó los $300  (ahora está en algo en torno los $280) y el oficial en $135; el campo va al paro para exigir la devaluación. Con la devaluación, todo el que está en dólares sale ganando, y todo el que está en pesos sale perdiendo (entre otras cosas esa es una razón evidente por la cual los campestres no liquidan divisas). Los capitalistas, la clase media alta, pueden hacer un montón de negocios estos días para estar en dólares; los que no pueden hacerlos son las y los trabajadores.

Las personas de ingresos fijos en pesos son las que pagan la devaluación. Y ahí se opera una redistribución de riqueza: los empresarios exportadores e importadores ganan; los empresarios en general ganan porque el salario –real- cae; la clase media alta que está en dólares gana porque el país se hace más barato en pesos; el gasto público se licúa en pesos -aunque el país pierde porque la deuda se hace mayor en dólares-. El que pierde es el que vive del salario; el que no puede multiplicar por tres o por cuatro sus ingresos (como sí pueden hacerlos los que tienen posiciones o rentas en divisas).

Ahora, el problema es que si convalidan la devaluación vamos a más del 100% de inflación en el año (de ahí que Batakis haya decidido –al menos por ahora- no convalidar e ir por el lado del ajuste explícito del gasto). Y esa devaluación, si la crisis no para, te acerca a la hiperinflación como hace décadas no ocurre. Porque, además, no hay reservas: si traen 10 mil millones de dólares al Banco Central, frenan la carrera, pero el FMI no te las va a dar, el mercado financiero internacional tampoco y el gobierno no está dispuesto siquiera a obligar a los exportaciones a liquidar sus divisas[8]

Por eso hay que plantear en “castellano” –es decir, bajado a tierra-, la nacionalización del comercio exterior y la banca, porque en este momento el campo no está ni siquiera obligado a liquidar divisas; solamente liquidan las retenciones porque Macri autorizó que no liquiden (como señalamos arriba).

También está la bola del endeudamiento en pesos. El Fondo mandó cuatro mil millones de dólares en derechos especiales de giro (DGE, un dinero especial del organismo), pero este segundo semestre hay que pagar 4.900 millones de dólares de deuda externa, es decir, faltan 900… Y el lunes se pagan 700 u 800 millones, como ya adelantó el gobierno.

Entonces, no alcanzan los derechos especiales de giro para pagar la deuda externa, no logran juntar un maldito dólar. Y encima tienen una deuda interna inflacionaria brutal a tasas de interés locoides, que si no la pagan los bancos privados le devuelven los bonos al Estado y se van a comprar dólares[9]

La crisis devaluatoria e inflacionaria se transforma en la vida de todos los días en el sentimiento –muy real- que los “pesos queman”, nadie quiere quedarse en pesos, todo el mundo sale a cubrirse, la gente compra víveres en cantidad, los materiales de construcción se entregan sin precios en los corralones de los barrios, el que se quería comprar una computadora con su aguinaldo quizás ya no puede porque está carísima, etc.

El reflejo, repetimos, es salir a cubrirse y desprenderse de los pesos en una circunstancia donde, por lo demás, nadie sabe cuánto cuestan las cosas (ninguna mercancía tiene precios y los mismos varían enormemente de negocio en negocio).

La situación es compleja. Hay un gobierno peronista que todavía tiene el control del movimiento de masas, pero se arrimó estos días al abismo. El gobierno está atado de un hilo muy fino con una incertidumbre política enorme, y la economía cuasi descontrolada. La reafirmación de Alberto con Batakis quizás “calme” las cosas por unos días, logre una suerte de “tregua” en la dinámica de la crisis, pero todo es tan frágil que cualquier ondulación generada por el vuelo de una mariposa podría llevar toda la débil “estabilización” lograda estos últimos días al demonio.

  1. Algo comienza a moverse

¿Cuál es el elemento principal que tiene todavía a su favor el gobierno? Que el movimiento de masas entiende poco de qué se trata la crisis; no hay (aún) un ambiente tipo 2001. Habrá que ver, si se desata un proceso de lucha de clases más radicalizado, qué estructura social tiene (es decir, qué rol cumple cada actor social explotado y oprimido).

Por ahora hay contención, la CGT, el triunvirato piquetero, etc, aunque están saliendo a cubrirse con “una marcha en agosto contra los formadores de precios”, o el malestar que expresa “Cachorro” Godoy de la CTA Autónoma por el ajuste en el Estado, o Grabois que se abraza con “Chiquito” del Polo Obrero… Hay cierto ruido de que se convoque a alguna medida, cuestión en la que el partido tiene que terciar con la idea de imponer desde abajo un paro activo nacional (también, a no olvidar, está el paro del SUTNA que hasta el momento la dirección de la Negra, Crespo, se ha negado a radicalizar, creando una ilusión de que el conflicto se ganaba fácil).

En fin, de todas maneras por la base trabajadora en general, hay todavía poca comprensión de la crisis; poca metabolización de la gravedad de la misma aunque varios compañeros y compañeras están detectando un franco crecimiento de la bronca contra el gobierno.

El kirchnerismo, posibilista al máximo, no se mueve. Aunque más que posibilista, es imposibilista; nada se puede hacer: ni anular el acuerdo con el Fondo, ni mucho menos romper con él, ni aumentar las retenciones, ni estatizar el comercio exterior, ni eliminar el impuesto a las ganancias a la cuarta categoría, ni nada de nada de nada. En todo caso, a lo sumo, aumentar las sumas de los planes sociales y no mucho más (¡aunque con Batakis siquiera eso!).

Lógicamente, no le pidan a los K un reflejo antiimperialista y mucho menos anticapitalista, ¡Dios nos salve y guarde! A los tipos no se les cae una idea, de ahí que les haya dado pánico la amenaza de renuncia de Alberto, porque Cristina no tiene nada alternativo para poner en práctica… (toda su movida, en el fondo, no era –es- más que electoral aunque, obviamente, no está cómoda con el status quo generado, con tener que hacerse cargo de la deuda generada por Macri; pero “marche preso”, porque no está dispuesta a desconocerla).

Y de cualquier manera, repetimos, como hay presiones, algunos dirigentes murmuran por lo bajo la posibilidad de convocar a algo que no se sabe qué es ni con qué programa (esto tendremos que verlo en concreto si es que se abre la mínima posibilidad de hacer acciones contra el ajuste y el gobierno).

Tienen a favor de su imposibilismo que en el mundo cuesta traspasar la barrera anticapitalista. La consciencia progresiva es abstractamente antiliberal, pero no anticapitalista. Sin embargo, y por otra parte, mundialmente crece la polarización política y social a derecha pero también a izquierda (fenómeno que también se da en nuestro país) y, por lo demás, dada la presión inflacionaria, es un dato que crecen los conflictos por salario en Europa occidental o por la organización de la nueva clase obrera en los Estados Unidos (Amazon, Starbucks, etc).

De cualquier manera hay un elemento nuevo: la crisis comienza a trasladarse al campo político-social. El sábado 9/7 salíamos de la Plaza de Mayo y entraban los caceroleros. En la semana en curso hay dos eventos de importancia: el paro del campo exigiendo que “devalúen si quieren que liquidemos divisas” (los propietarios que están en dólares salen al paro contra los trabajadores que están en pesos; es decir, se trata de un paro reaccionario). También la marcha de la “Unidad Piquetera” (sector de los movimientos independientes del gobierno) a la que podrían mandar delegaciones la CCC (enojada por los allanamientos de la justicia a sus locales) y también algún representante de la CTEP de Grabois (que en Constitución acaba de abrazarse con Belliboni).

En la Argentina no hay derrota. Puede haber –hay- cierto “adormecimiento pos pandémico”; y también hay contención. Las definiciones aquí son importantes: el PTS habla de “pasivización” (“Sobre la situación nacional, hacia el XIX Congreso del PTS[10]) y el PO de “contención” (“Informe político al XXVIII Congreso Nacional del Partido Obrero). Ambos fenómenos son reales siempre y cuando se los maneje dentro de determinadas proporciones. Es evidente que hay cierta pasivización heredada de la pandemia y, por lo demás, desde ya, hay contención de parte de las direcciones.

Sin embargo, hay que tener cuidado de no absolutizar ninguna de los dos términos: la pasivización, el adormecimiento, existen, pero no han habido grandes derrotas. Por otra parte, la contención es una barrera difícil de franquear, es verdad, pero tampoco es absoluta (de ahí que haya que maniobrar si es que la burocracia o las direcciones oficialistas de los movimientos sociales llaman a alguna acción mínimamente contra el ajuste y el gobierno.)

En todo caso, nuestra línea si balbucean críticas al ajuste es la misma que en febrero pasado cuando la pelea contra el acuerdo con el Fondo: ¡que pasen de las palabras a los hechos! No les exigimos que rompan con el gobierno como condición para hacer acciones comunes sino, precisamente, que llamen a acciones y no sólo palabras, una acción en la cual nosotros participaremos de manera independiente y con una perspectiva anticapitalista opuesta al gobierno, evidentemente[11].

Hay que cuidarse de dar definiciones demasiado categóricas del tipo que “domina la pasividad entre los trabajadores” o que “el estudiantado está a la derecha”… No hay que dar definiciones de los actores sociales por fuera de la crisis que se abre –por fuera de la lucha de clases-.

Los chacales que controlan al movimiento obrero existen y puede ser que el reflejo siga siendo conservador. Pero no estamos en el 2001 cuando había “pánico social” al desempleo (en aquella oportunidad hablábamos de la “muerte social” que significaba quedar desempleado).

Además, el mercado de trabajo es distinto que en 2001 (había desempleo de masas y la gente revolvía la basura). Hoy hay más empleo, si bien mucho de él precarizado. Además existe una franja de desempleo estructural para la cual hay que darse una política, evidentemente (son los movimientos los que están en la calle; enseguida volvemos con esto).

Es mejor que la tasa de desempleo esté más baja, porque da más posibilidad de que irrumpa el movimiento obrero ocupado. A pesar de que en el mundo la situación de la clase obrera es compleja (aunque parece haber más luchas), la situación hoy es más favorable para irrumpir que veinte años atrás –más favorable, no que sea algo sencillo-. Quizás no venga ningún ascenso. Pero la situación estructural de los trabajadores hoy es mejor que la del 2001, a pesar de la precarización laboral rampante.

Por otra parte, es evidente la centralidad recobrada por los movimientos sociales y la necesidad de darnos una política hacia ellos. No se puede andar con esquemas mentales. Hay que poner sobre la mesa un programa de unidad de clase de ocupados y desocupados alrededor de trabajo genuino asalariado y contra la idealización de la socialización de la miseria al estilo Grabois.

Defender un programa mínimo –en realidad, de transición- de unidad de ocupados y desocupados: obra pública -en serio- bajo control obrero, trabajo genuino asalariado, salario mínimo de 160 mil pesos, salarios indexados mensualmente, rechazo a la precarización laboral y reconocimiento del SiTraRepA, control obrero de las empresas que dicen estar en crisis, etc.

Un programa clasista, no cooperativista ni “piqueterista”, que separe a las y los trabajadores en vez de unirlos (un déficit enorme del PO es que no tiene ninguna política real que no sea la mínima de los planes, lo que imposibilita cualquier puente hacia los trabajadores ocupados, puente fundamental para revertir las campañas de estigmatización de los desocupados).

Tenemos que tener política hacia el movimiento piquetero, es el actor que está en la calle y que en el contexto de la crisis deja de ser rutinario.

En síntesis: si la crisis sigue, se va a trasladar del campo político al social. Juntos está preocupado porque ya se sentían gobierno… Larreta salió a decir “estamos acá para ayudar”, no apoyaron el banderazo, van a ir con el campo pero eventualmente sin hacer olas; López Murphy sacó declaraciones apoyando el ajuste de Batakis; Macri habla del 2023, nadie quiere correr al gobierno ahora y las acciones de Milei parecen en baja.

El camino hacia las lejanas elecciones está suspendido de momento. Primero hay que ver si el gobierno de Alberto Fernández encamina las cosas, logra sortear la crisis (llegar a septiembre como su elenco afirma). Todo el mundo de los partidos patronales está en la misma y nadie quiere hacer muchas olas de momento. Si las aguas se calman un poco volverán las críticas, las diferenciaciones, etc; es decir, la campaña electoral, pero siempre sobre la base de no cuestionar la gobernabilidad (¡repetimos la crítica a la falta de timming electoralista del PTS que en vez de salir de su Congreso exigiendo un paro general activo o presentando un programa anticapitalista alternativo al ajuste, salió con la fórmula electoral!).

  1. Programa anticapitalista y autoorganización  

En materia de la orientación partidaria, hay que reafirmar las resoluciones del Plenario Nacional, que están más vigentes que nunca: ir a buscar por abajo la construcción de frentes únicos, coordinaciones, que puedan surgir en la lucha, en los barrios, ollas populares, sectores de ocupados que tengan sensibilidad; todo lo que haga que el partido se potencie más en la vanguardia si estalla la crisis, sin un gramo de sectarismo.

También es fundamental hacer trabajo político entre el activismo, con IzquierdaWeb, con nuestro periódico impreso, con nuestro portal. Hay muchísimo espacio para eso por la pérdida de densidad militante –y de entusiasmo militante- de la mayoría de las corrientes.

Hay que poner en acción a las figuras. El centro es el programa anticapitalista. El eje es contra el gobierno. Los K dicen que “no podemos tocarle un peso al campo; ya vimos con Vicentin que la sociedad estaba en contra”… Les planteamos el ejemplo del IAPI; exigimos reestablecer la obligación de liquidar divisas, además del aumento de las retenciones; salario mínimo a 160 mil pesos; anulación del acuerdo con el FMI y un plan en serio de obras públicas; trabajo genuino asalariado (en términos propagandísticos son formas concretas de plantear la nacionalización de la banca y el comercio exterior).

Lógicamente también peleamos por la irrupción de la clase obrera en la crisis: de ahí el planteo de imponer desde abajo y exigir también un paro activo nacional.

¿Cómo es el programa de transición? Hay que derrotar el “imposibilismo”. Hay dos “tendencias políticas” que proponen cosas, y una intermedia imposibilista. La primera es la del campo y la derecha: devaluar, sincerar los precios, etc. El FdT y los K es imposibilismo: el acuerdo con el Fondo, el ajuste del gasto, no se puede hacer otra cosa salvo planes sociales, no se pueden tocar las retenciones, ni obligar a liquidar divisas, ni anular el acuerdo con el Fondo, etc.

La izquierda y nuestro partido proponen un programa anticapitalista. Nuestro programa arranca que “sí se puede”, pero que “no quieren”. Enfrenta la naturalización de las cosas que domina a todo el kirchnerismo, que a su vez es una parte muy grande de la clase media (es decir, la clase media está dividida entre el sector que está más a la derecha tipo los campestres, etc, y el sector progre imposibilista).

La “consigna de poder” hoy es fortalecer todo lo que pueda surgir por abajo, independiente. ¿Por qué la gente tiene pasmo? Porque no ve ninguna alternativa. En cuanto surja alguna asamblea (por caso, lo decimos en sentido figurado) que tome en sus manos la alimentación o lo que sea, ahí veremos.

En cuanto a desocupados, las leyes constructivas del partido las reafirmamos. Pero no podemos ignorar los elementos de la realidad. Militamos en las estructuras, en las fábricas, en las facultades, en los colegios, pero tenemos reflejo –sensibilidad- frente a cualquier elemento de frente único que surja, de organización y, además, en todo barrio donde surja una olla popular, un corte de calles o lo que sea de manera independiente, donde se expresen elementos de auto organización, tratamos de conectar.

 


[1] La gran crisis general desencadenada bajo el peronismo fue la del Rodrigazo en 1975. Una devaluación del peso del 300% que el gobierno de Isabel Perón y López Rega intentaron hacer pagar a los trabajadores con aumentos de salarios de sólo el 100% y que llevó a una irrupción obrera que doblegó esta maniobra –uno de los ascensos y desbordes obreros más importantes de la historia argentina- pero terminó siendo frenada por el golpe militar del 24 de marzo de 1976.

[2] El mercado laboral es hoy día tripartito: un sector empleado en blanco, una gran masa de trabajadores y trabajadoras precarizada y el sector vinculado a los movimientos sociales marcados por la desocupación estructural. Aún así, esta situación es mejor que veinte años atrás, donde cundía el hambre y el desempleo de masas.

[3] Es significativo que el principal anuncio del reciente Congreso del PTS haya sido la proclamación de la fórmula Bregman-Vilca cuando falta un larguísimo año –y no “apenas un año”, como dicen en algún documento- para las PASO.

[4] Otra cosa es que estos funcionarios de Economía son más representantes del FMI y los empresarios en el gobierno que la situación inversa. Cuando renuncian, casi inexorablemente lo hacen pensando en sus próximas carreras en las instituciones internacionales o en los mercados.

[5] Vinculado a esto el gobierno también inició gestiones para asegurar que los bancos privados mantengan sus compromisos con los títulos públicos y no los vendan pasándose al dólar.

[6] En realidad, la decadencia de la Argentina capitalista acumula largas décadas. En las últimas generaciones no las hay que no sean de crisis: los años 70, 80, 90, 2000 y 2010, han sido todas décadas continuas de crisis tras crisis. Quizás haya que remontarse al desarrollismo de los años 1960 para -golpes y proscripción del peronismo y todo- apreciar una década que no sea de decadencia nacional. Pero sin duda, desde los años 1970, estructuralmente, el país burgués entró en un tobogán imparable.

[7] Está claro que la oposición de derecha en sus distintas variantes tienen un programa alternativo que es el de shock y contrarreformas estructurales (recordemos que Macri fue un gobierno agente directo del empresariado y reaccionario; operó una redistribución regresiva del ingreso pero en modo “gradualista”); otra cosa es que lo puedan imponer.

[8] Anteriormente los exportadores estaban obligados a liquidar sus divisas a 90 o 180 días de concretada la exportación. Eventualmente, luego iba por otra ventanilla y las recompraba, pero de esta manera el BCRA se hacía de las divisas de la exportación. Ahora no: Macri retiró esa obligación y los exportadores pueden retener sus divisas cuanto tiempo quieran… lo único que están obligados a pagar a plazo son las divisas correspondientes a las retenciones.

Esto es un escándalo que al menos en época del peronismo clásico, años 50, era distinto porque mediante el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), y aunque duró sólo unos años, el Estado argentino contó con cierto monopolio del comercio exterior que, más allá de las avivadas de los funcionarios, en los papeles permite que el Estado maneje las divisas del comercio exterior, amén de evitar las maniobras de sobrefacturación de importaciones y subfacturación de exportaciones (por el problema de los burócratas estatales es que al planteo de nacionalización le agregamos el de control obrero).

[9] De ahí que un reciente anuncio del BCRA, luego de los anuncios de Batakis, haya sido que se van a sentar con los bancos para ponerse de acuerdo que sigan recomprando los bonos al vencimiento, por lo menos hasta finales del 2023 y bajar esa presión sobre el dólar.

[10] “(…) a pesar de la gran crisis social (…) lo que acá queremos señalar es que la lucha de clases no se ha generalizado a nivel de masas, donde ha primado la pasividad. Es necesario profundizar sobre esta contradicción, no sólo como caracterización de lo que pasó hasta el momento, sino también como un elemento para introducir un tema esencial (…) que es un punto débil del PTS: tener una militancia muy centrada en las luchas y las campañas (…) mientras subestimamos la batalla político-ideológica” (ídem).

Es verdad que el PTS viene subestimando las batallas políticas ideológicas (ver sus campañas electorales completamente vaciadas de contenido anticapitalista), y no es tan cierto hoy que estén activos, centrados de manera militante en las luchas. Sin embargo, lo que queremos señalar aquí es que hay que tener cuidado en no absolutizar los elementos –reales- de pasividad pospandémica que existen; la crisis podría hacerlos estallar por los aires.

[11] El PO llama a la risa porque en su documento nacional juran y perjuran que sería un crimen hacer nada con corrientes simpatizantes del kirchnerismo sólo para cuando a ellos les sirve cruzarse en profusos abrazos con Grabois y compañía, no tener ningún tupe para hacerlo… Estamos a favor de la unidad de acción en las calles hasta con el diablo y la abuela, como diría Trotsky; rechazamos teorizaciones sectarias ridículas que no resisten mínimamente los hechos, ni siquiera de aquéllos que se encargan de proferirlas (y rechazamos también, lógicamente, mezclar banderas con los burócratas o “reformistas” con los que podemos estar en común en una acción).

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