Crisis económica y FMI

Hacia la economía post-electoral: ¿Se acerca una nueva devaluación?

La situación económica acumula fuertes presiones devaluatorias mientras en el horizonte se avecina el acuerdo con el FMI. El resultado: pasadas las elecciones, el gobierno recrudecerá el ajuste.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


Es ya una especie de axioma de la política argentina: las decisiones de política económica se toman mirando el calendario electoral. Y este año no será para nada la excepción. Mientras los gobiernos levantan (sólo un poco) el pie del acelerador del ajuste en la previa a la convocatoria a las urnas, los períodos inmediatamente post-electorales son el momento privilegiado para tomar las medidas más «antipáticas».

Esta especie de «ley» a la que le rinden culto los políticos capitalistas caerá con más peso que nunca a fin de este año y a principios del próximo, en el contexto de la prolongada crisis y la necesidad de afrontar una negociación con el FMI que definirá el futuro del país en los próximos años.

Algunos análisis de sectores de la burguesía, interesados en sus propios negocios, ya comienzan a preverlo: un informe reciente del banco Morgan Stanley advierte sobre la alta posibilidad de que el gobierno convalide una nueva devaluación a principios del año que viene, en lo que puede ser una reedición de la que llevaría adelante Axel Kicillof en enero de 2014, cuando ocupaba el cargo de Ministro de Economía.

En este marco de ajuste, fuerte deterioro del salario real e índices sociales críticos, una devaluación podría impulsar un nuevo salto inflacionario que empeore aun más la ya golpeada situación de la clase trabajadora en nuestro país.

Presiones devaluatorias

Si mantener atrasado el tipo de cambio es un clásico de los períodos pre-electorales, son varios los indicadores de la economía que hacen plausible la previsión que hacen desde Wall Street de que, pasadas los comicios, una devaluación estará a la vuelta de la esquina.

En primer lugar, la propia inflación, que este año tuvo picos mensuales de hasta 4,8% y ya acumula 29% en el año. Los datos oficiales muestran que si se compara la inflación interanual de julio con la variación del dólar oficial minorista durante el mismo período, la inflación le ganó a la devaluación por un 26,6% sólo en el último año. Esto es apenas una medida del atraso del tipo de cambio, por ahora controlado mediante el «cepo» al dólar.

Sobre esta base se apoya la brecha entre el dólar oficial y el «blue», que se ha mantenido amplia, rondando el 80% aproximadamente. Hay que tener en cuenta que el gobierno también tiene sus propios mecanismos de contención para el dólar paralelo, por ejemplo mediante el «ancla» de los dólares «financieros» o dólar bolsa a través de la emisión y venta de bonos. Estos dólares se han venido ubicando en el especio intermedio entre el oficial y el «blue».

Además del atraso en el tipo de cambio debido a la inflación, la brecha entre las distintas cotizaciones es también un termómetro. Se trata de un reflejo de la desconfianza de los grandes empresarios de las finanzas ante la fragilidad de la situación económica del país. Esto se suma a que, a pesar del «ajustazo» llevado adelante por Guzmán en plena pandemia y la ausencia total de medidas reales que afecten las ganancias empresarias por parte del gobierno, la burguesía todavía mira con desconfianza al oficialismo acerca de su capacidad de pilotear la crisis asegurando al mismo tiempo sus negocios.

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Si bien venimos de varios meses de calma en los «mercados», es probable que pasadas las elecciones la situación cambie. Es que una vez quede superado el proceso electoral de este año, el país deberá terminar nada más ni nada menos que con las negociaciones para cerrar un nuevo acuerdo con el FMI, que determinará la política económica de acá a varios años, si es que el acuerdo prospera. Cuando comiencen las charlas con el Fondo, el «tire y afloje» típico de la negociación despertará nuevamente el nerviosismo de los capitalistas, lo que significará más presión al valor del dólar.

No solo las negociaciones con el FMI serán un factor: los analistas sugieren que el propio Fondo estará interesado en que la brecha entre los distintos tipos de cambio se achique, como parte de un plan económico mediante el cual el Fondo buscará aplicar una serie de medidas de ajuste y de restricción monetaria típicas de sus recetas.

Pero para llegar a ese punto todavía habrá que embarcarse en las negociaciones, cuyo tiempo límite de facto parece estar puesto en marzo de 2022. En ese mes finalizará el breve período de gracia que consiguió Martín Guzmán con el Club de París, quienes exigieron tener un acuerdo con el FMI cerrado para entonces.

Otro factor más funcionará como combustible para el motor de la devaluación: la reactivación económica post pandemia. Con el parate de la economía del año pasado, el gobierno obtuvo un superávit comercial más o menos holgado, producto de la tremenda baja de las importaciones.

Pero con el efecto rebote de la actividad económica de este año y el próximo, las importaciones volverán a exigir una cantidad creciente de divisas, lo que reducirá el margen de superávit en los balances. Según el INDEC, las importaciones aumentaron un 65,6% interanual en julio, contra un 47,1% de exportaciones, aunque por ahora el balance continúa siendo positivo, por razones que veremos enseguida y que funcionan como contratendencias a la presión devaluatoria.

Contrapesos

Algunos factores constituyen una tendencia en sentido opuesto, aunque, como veremos, se trata de cuestiones coyunturales que no alcanzarán a contrarrestar la tendencia predominante a la devaluación.

Uno de estos contrapesos son los U$S 4.300 millones que Argentina acaba de recibir en concepto de Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI. Como parte de un paquete de asistencia para la recuperación económica pospandemia, la «ayuda» del Fondo le permitirá al Banco Central afrontar tres vencimientos de deuda pendientes de acá a fin de año con el propio FMI, que acepta sus DEG como pago. Así, el BCRA no verá afectadas sus reservas por estos pagos en lo que resta del año. El año que viene será otra historia.

Otro factor que va en el mismo sentido es la permanencia de los altos precios de las commodities que están acarreando maravillosas ganancias para las patronales agrarias exportadoras. Esto está produciendo que entren más dólares al país con los que el Estado puede engrosar sus reservas vía retenciones, y mantener más o menos estable la balanza comercial a la que hacíamos referencia en el apartado anterior.

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El último aspecto es, por supuesto, el «cepo» en cuanto tal, es decir, la política de control cambiario del gobierno, que se mantiene y nada hace creer que la cosa vaya a cambiar en el corto plazo, o al menos no hasta que haya más precisiones del plan económico que surja si se concreta el acuerdo con el FMI.

Pero si el cepo se mantiene a la vez que la presión devaluatoria va en aumento, esto significa que, tal como avizoran los banqueros de Morgan Stanley, podríamos estar yendo a un escenario de devaluación pretendidamente controlada, es decir, convalidada por el propio gobierno. Por supuesto, lo de «controlada» habrá que verlo.

Verano del ’14

Este escenario nos conduce al antecedente similar más reciente: la devaluación de Axel Kicillof en enero de 2014, cuando era Ministro de Economía de la segunda presidencia de Cristina Kirchner.

En aquel entonces también regía un «cepo» de características similares al actual y la devaluación se fue postergando hasta una vez superadas las legislativas del año 2013, que el gobierno perdería a manos del entonces opositor Sergio Massa.

En esa oportunidad, Kicillof decidió esperar hasta la segunda mitad de enero para convalidar la suba, aprovechando la «distracción política» de la sociedad y la menor actividad durante las vacaciones de verano. Sería el principio de un año marcado por un duro ajuste llevado adelante por el kirchnerismo.

Entre el 23 y el 25 de enero, el peso se devaluó un 12%, la depreciación más importante de nuestra moneda desde la salida de la convertibilidad hasta ese momento. A pesar de que por entonces Kicillof aseguraba que la devaluación «no se trasladaría a precios», aquel año la inflación fue de más del 35%.

Claro que luego vinieron los saltos devaluatorios bajo el gobierno de Macri, que fueron mucho mayores y descontroladas, pero entonces no regía el cepo cambiario, que regresó precisamente en consecuencia duramente los meses finales del gobierno macrista, cuando las sucesivas devaluaciones ya se habían consumado.

Volviendo al escenario de 2014, no obstante, más que las similitudes lo más preocupante son las diferencias: la situación social y económica es decididamente peor. Una eventual devaluación en los próximos meses se realizaría partiendo ya de un piso muy elevado de inflación (este año será de más del 40%), un salario real deteriorado en niveles récord y ni que hablar de los niveles de pobreza e indigencia después de años de crisis económica agravada por la pandemia.

Lo más probable es que por su propia naturaleza capitalista y su voluntad de subordinación al FMI, el gobierno prepare una devaluación para el próximo verano, lo que en este contexto de crisis social significará jugar con fuego, y no precisamente por las altas temperaturas.

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