Trump empezó una guerra que no sabe cómo terminar

Guerra en Irán: un conflicto de consecuencias impredecibles

El 28 de febrero pasado, los Estados Unidos e Israel iniciaron una agresión militar contra Irán. Dicho ataque se produjo mientras se llevaba a cabo una nueva ronda de negociaciones entre el régimen de los ayatolás y la administración estadounidense, una confirmación (más) de los criterios irresponsables con que se maneja Trump.

Con el pasar de los días, quedaron en evidencia las enormes contradicciones e incertidumbres que atraviesan este conflicto, particularmente porque nadie sabe con exactitud cuáles son los objetivos de Trump y Netanyahu, o siquiera si entre ellos coinciden en lo que persiguen con la guerra.

En el caso de Trump, cada vez que abre la boca señala objetivos diferentes. A veces sugiere que su intención es acabar con el programa nuclear iraní, mientras que en otras ocasiones agrega que quiere destruir la industria e infraestructura militar en torno a los misiles. Asimismo, dice que está dispuesto a negociar con el gobierno iraní, pero acto seguido exige una rendición incondicional. Tampoco queda claro si persigue un cambio de régimen o si pretende una salida al estilo venezolano (es decir, manteniendo al régimen, pero sometido a su mandato).

En cuanto a Netanyahu, pareciera que su apuesta es extender el conflicto lo más que se pueda. Según Thomas Friedman, columnista de internacionales de The New York Times, el primer ministro israelí se maneja con el criterio cínico de estar en un estado de guerra permanente, para prolongar al infinito su juicio por corrupción y evitar ser investigado por los fallos de seguridad por los hechos del 07 de octubre de 2023.

Al respecto, es muy interesante lo que expuso el analista militar Amos Harel, citado por Friedman en dicho artículo: “Hace unos meses Netanyahu describió a Israel como una Esparta moderna. Pero para preservar su identidad militarista, una Esparta necesita fricción militar permanente, de un tipo que también permita a su gobernante permanecer en el poder, independientemente del precio que el país deba pagar”.

La incertidumbre sobre los objetivos y la estrategia de Trump nos conduce a otra interrogante, a saber, cuál será la duración de la guerra. Un cuestionamiento que creció al quedar claro que el régimen iraní no da muestras capitulación. Por el contrario, cumplió con su amenaza de que iba internacionalizar el conflicto si era atacado, lanzando ataques contra los países del Golfo Pérsico con bases norteamericanas.

Lo anterior marca una diferencia cualitativa con la guerra de los 12 días, en la cual Teherán respondió con un lanzamiento de misiles rudimentarios y casi que de forma “teatral”, pues no utilizó sus armas más modernas y notificó a los Estados Unidos con anterioridad de lo que iba a hacer, para garantizar que fuera interceptados y no provocaron grandes daños. Es decir, fue una respuesta para no escalar el conflicto y abrir una salida negociada.

En esta ocasión la respuesta iraní fue diferente. Por ejemplo, están empleando algunos de sus misiles más modernos sin previo aviso y, como ya indicamos, optaron por extender la guerra a nivel regional. Además, nombraron como nuevo “Líder Supremo” a Mojtaba Jamenei, segundo hijo del asesinado Alí Jamenei y figura del ala dura del régimen, al cual Trump calificó de “inaceptable” antes de que fuera nombrado.

Los ayatolás saben que la Casa Blanca tiene problemas en su frente interno, porque la popularidad de Trump cayó por el impacto negativo que contrajeron las redadas del ICE (como demostró la respuesta por debajo de la comunidad de Minneapolis), así como por el rechazo que provocan las intervenciones militares en el extranjero tras el fracaso en Irak y Afganistán (un sentimiento compartido por la base MAGA).

Aparentemente, la Casa Blanca esperaba que fuera una operación rápida como la que realizó en Venezuela (para la cual todo indica que tuvo ayuda del ala colaboracionista de Delcy Rodríguez), por lo cual apostó todo a descabezar el régimen con el asesinato de Alí Kamenei (un acto de terrorismo de Estado) y sentarse a esperar que sus sustitutos se rindieran ante Trump.

Pero el tiro le salió por la culta. La guerra desató un aumento en el precio del barril del crudo, que ya está generando un incremento en el precio de los combustibles a nivel internacional (incluso en los Estados Unidos).

En vista de todo lo anterior, en estos momentos la guerra contra Irán no da muestras de que vaya a terminar pronto y, por el contrario, se transformó en un conflicto regional con consecuencias globales. 

Trump demostró -nuevamente- que es la “táctica sin estrategia”, pues abrió innecesariamente una guerra para la cual no tiene claro que salida darle, lo cual es patente cada vez que brinda declaraciones contradictorias (consigo mismo o con las que realizan otros miembros de su gabinete).

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