La disputa en torno a Groenlandia se transformó en un conflicto político concreto. Las amenazas de Estados Unidos contra un aliado formal marcan un punto de quiebre en su relación con Europa, la cual cadad vez es más asimétrica.
Este episodio debe leerse como parte de una reconfiguración del orden mundial. La ofensiva estadounidense sobre Groenlandia expresa el retorno de la fuerza y del control directo como ejes centrales de la política imperialista en un contexto de declive relativo de la hegemonía norteamericana.
De la provocación al choque político
La disputa en torno a este territorio generó una crisis política, marcando un punto de inflexión en relación a la forma en que Estados Unidos se relaciona con sus “aliados”. Anteriormente habíamos analizado la historia y los elementos económicos detrás de esta ofensiva imperialista, ahora pretendemos contextualizarla aún más en el ámbito geopolítico y de reconfiguración del contexto global.
Estados Unidos ejercía su poderío de una forma más solapada, con ciertos modales, pero ahora Donald Trump pasó a lanzar amenazas comerciales y militares explícitas contra los países europeos. Por un lado, intentó condicionar el acceso al mercado estadounidense a la aceptación de sus intenciones sobre Groenlandia, y por el otro hace valer su poderío militar, aplicando una lógica de coerción que se reservaba para adversarios, no para “socios”.
Con esta ofensiva, la discusión sobre la anexión o el control efectivo del territorio, evidencia una vez más, que deja de moverse en el terreno de la mera especulación y se instala en la agenda diplomática internacional como una posibilidad real. Este giro debe leerse como lo que es, es decir, un movimiento en la reconfiguración del poder imperialista en el mundo. La amenaza de represalias comerciales contra sus “aliados” muestra groseramente (pero también de forma clara) la relación abiertamente asimétrica entre Estados Unidos y Europa.
Este tipo de planteamiento desdibuja la frontera entre alianza y subordinación, y coloca a los gobiernos europeos frente a un escenario para el cual el entramado institucional de la OTAN no ofrece respuestas, no hay un plan en caso de ataque a lo interno del grupo. Las reacciones de Dinamarca y de la propia OTAN evidencian la gravedad del momento.
Copenhague, evidentemente, reafirma la soberanía sobre Groenlandia, como una línea infranqueable, mientras impulsa una mayor implicación de la Alianza en el Ártico para intentar evitar que la presión estadounidense derive en hechos consumados. Al mismo tiempo, la OTAN busca dar una respuesta a un escenario inédito mediante cooperación y apoyo militar que, paradójicamente, reconocen que las amenazas no provienen sólo de potencias externas, sino también, ahora, del actor dominante dentro del bloque.
En este contexto, esta crisis no se limita únicamente al ámbito diplomático, sino también en la incertidumbre política que se extiende por las capitales occidentales. Del lado europeo se cuestiona la imprevisibilidad de la toma de decisiones en Washington y el grado de respaldo interno con el que cuenta Trump para avanzar con una estrategia de este tipo, intentan averiguar si se trata de una mera bravuconada o una política de Estado.
Pero al final, la posibilidad de que estas amenazas se diluyan, como ocurrió en otras ocasiones, no elimina su impacto: cada anuncio de este calibre erosiona la institucionalidad de posguerra, reinstaura la potencialidad de conflictos interimperialistas y muestra una fase de descomposición acelerada del orden mundial establecido hasta ahora. Así, la cuestión de Groenlandia no es un episodio excéntrico, es más bien un síntoma.
El paso de la retórica agresiva a una crisis política real (aunque de momento desescalada) muestra que la alianza atlántica está sometida a una tensión creciente, en que la hegemonía estadounidense se impone de forma cada vez más desnuda y conflictiva. Este escenario muestra que el bloque ya no opera sobre la base de consensos estables, sino sobre equilibrios frágiles, balanceándose entre la presión económica y la amenaza política, en un momento de reconfiguración más amplio del sistema internacional.
Disputas entre aliados
Estados Unidos utiliza la coerción económica como un instrumento de presión política, esa es la tónica del gobierno actual, de ahí las amenazas a la imposición de aranceles (inicialmente de 10% adicional) a los países que adversen su deseo de adueñarse de Groenlandia. Estas medidas operan como mecanismos de coacción en el plano económico para forzar resultados políticos.
Con ello, Trump plantea de manera directa que el acceso al mercado estadounidense depende del alineamiento frente a su proyecto, lo que coloca al comercio exterior, cada vez más, como un campo de batalla geopolítico. Este tipo de presión, de “guerra económica”, no es nueva, se ha utilizado a lo largo de la historia. Lo que le da un carácter excepcional a este caso es su dirección, Estados Unidos no la emplea contra enemigos, sino contra sus “socios”, y no cualquiera, sino unos que forman parte de la OTAN, del entramado histórico de la alianza militar.
Esto da cuentas de una transformación sustancial del proyecto imperialista estadounidense. En lugar de presentarse como garante del orden común, actúa como potencia que exige obediencia incondicional que se impone por los medios que sean. De ahí que el comercio ya no es “dejado a la libre”, en su lugar pasó a convertirse en un instrumento de poder directo, donde la superioridad funciona como palanca de presión.
Las reacciones internacionales confirman que esta amenaza fue percibida como una ruptura grave. Diversos gobiernos europeos lo interpretaron como un acto de coerción incompatible con la lógica de la Alianza. El hecho de que esta dinámica es cada vez más utilizada en el mundo para dirimir conflictos, evidencia el grado de descomposición del consenso que sostuvo el orden liberal de posguerra y refuerza la idea de que la competencia interimperialista es la nueva normalidad.
Se expresa una fase en la que la geopolítica subordina abiertamente a la economía y la utiliza como prolongación del conflicto político. La presión comercial se integra a una estrategia más amplia de control territorial y reposicionamiento imperial, donde los mecanismos de mercado pierden su aparente neutralidad y se transforman en armas de confrontación directa. En este sentido, estamos ante un momento histórico marcado por la intensificación de las tensiones interimperialistas y la erosión acelerada de las reglas que organizaron el sistema internacional durante décadas.
La disputa por el territorio
Groenlandia es un territorio central en el marco de la recomposición geopolítica y la intensificación de las disputas por espacio, recursos y control militar. El interés de Estados Unidos por la isla se debe a su ubicación clave en el Ártico, una región con un valor creciente en la competencia interimperialista. El deshielo progresivo que sufre el área abre nuevas rutas marítimas, reduce distancias entre continentes y lo convierte en un corredor para el comercio y la proyección militar.
Desde esta perspectiva, la intención de Trump por hacerse con la enorme isla se inscribe plenamente en la lógica de la acumulación territorializada. Este territorio concentra recursos naturales, en particular minerales y tierras raras, fundamentales para la industria tecnológica, energética y militar. El control de estos recursos se vincula de manera directa con la capacidad de los Estados para sostener su posición en la jerarquía internacional.
En el momento actual, en la era de la combustión, el acceso a estas materias primas y a los espacios geográficos recupera un peso decisivo, desplazando la ilusión de un mercado global autorregulado y revelando la persistencia de las formas clásicas de competencia imperialista.
El posicionamiento militar refuerza esto. Estados Unidos ya dispone de presencia militar en Groenlandia, pero busca ampliar su control político y militar sobre la isla para asegurar una posición dominante en el Ártico frente a Rusia y China. Esta pretensión no apunta únicamente a la defensa, sino a la capacidad de proyectar poder y vigilar las rutas marítimas.
La discusión sobre la anexión o el control directo del territorio expresa esta ambición de manera descarnada, al romper con los mecanismos diplomáticos tradicionales y plantear la apropiación territorial por la fuerza como una opción en el tablero. El capitalismo contemporáneo retorna a una lógica en la que el territorio, la fuerza y el control directo vuelven a ocupar un lugar central en la dinámica de acumulación y dominación. La disputa por el Ártico es el un anticipo de conflictos más amplios en los que las potencias buscarán asegurar sus posiciones ante un orden internacional cada vez más fragmentado y conflictivo.
La OTAN ante su propia fractura
La presión sobre Dinamarca expuso las contradicciones internas de la OTAN y de la alianza occidental en su conjunto. El principio de defensa colectiva, presentado históricamente como el pilar de la organización, entró en tensión directa con la soberanía nacional de uno de sus miembros cuando la principal potencia del bloque planteó la posibilidad de apropiarse de parte de su territorio.
Esta contradicción no se resuelve en el plano discursivo, sino que se manifiesta como una crisis política real: la OTAN aparece incapaz de garantizar que la alianza funcione como un espacio de cooperación entre iguales y no como una estructura jerárquica dominada por Estados Unidos.
La exigencia de que acepten que se haga con Groenlandia coloca a los países europeos en una posición incómoda, pues los hacen lucir como subordinados a los Estados Unidos. Este desequilibrio muestra el carácter desigual del bloque, donde es uno el que asegura (en los hechos) la seguridad del resto y ahora reclama su lugar como “el primero entre (aparentes) iguales”.
La respuesta europea fue completamente defensiva. Dinamarca insiste en la defensa de su soberanía, pero, contradictoriamente, recurre a la OTAN como garante de su seguridad, aceptando un mayor involucramiento militar en la región. Esta táctica tiene la intención de frenar las ambiciones estadounidenses, pero termina reforzando el mismo entramado militar que hace posible la presión de Washington.
La posibilidad de que uno de sus miembros utilice su poder para presionar territorialmente a otro sienta un precedente peligroso para Europa. La alianza parece atrapada entre su retórica fundacional y su práctica real, se trata de una fractura que se profundiza. Trump, al final, lo que está diciendo son dos cosas. Una, es que no confía en Europa para asegurar esta zona y, la otra, que los recursos que hay en la isla deben estar en sus manos y eso le da “legitimidad” para tomarlos.
Las respuestas europeas confirman los límites del continente. La apelación a la OTAN como garante último de seguridad evidencia que Europa en este momento carece de mecanismos propios para sostener una defensa independiente de sus intereses. Además, su ambigüedad se expresa también en el plano político. Mientras los gobiernos del continente condenan las amenazas de Trump y defienden el respeto al derecho internacional, evitan una confrontación directa que ponga en riesgo la relación transatlántica.
Por otra parte, es sintomático que algunos gobiernos de la UE expresen diferencias más marcadas con Trump y llamen a la autonomía militar y política del continente, como recientemente hizo Macrón, el cual declaró que:
“Cada día, cada semana, habrá amenazas. Hubo insultos e intimidaciones sobre Groenlandia y, de repente, un retroceso. Debemos ser conscientes de que la crisis que estamos viviendo es una profunda ruptura geopolítica. Tenemos el tsunami chino en el plano comercial y la inestabilidad en la parte estadounidense. Las dos crisis suponen un choque profundo, una ruptura para los europeos. Si queremos ser espectadores, seremos vasallos. Haremos lo mismo que antes con los chinos y les aseguro que, dentro de cinco años, habremos desaparecido. Estamos en lo que llamaría el momento Groenlandia, que sin duda es el que hizo que los europeos tomaran conciencia de que había una amenaza. Pero no es suficiente.
El bonapartismo imperialista de Trump
La figura de Donald Trump no debe leerse como una anomalía personalista dentro de la política estadounidense. Su accionar expresa una forma específica de conducción política en una fase histórica marcada por el declive relativo de la hegemonía de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, encarna un bonapartismo imperial que concentra decisiones estratégicas, reduce los márgenes institucionales y apela de manera directa a la coerción económica y territorial como respuesta a la pérdida de capacidad de liderazgo.
La política exterior se vuelve errática en sus formas, pero explícita en su objetivo central: preservar las posiciones de poder en un escenario internacional cada vez más adverso. Este bonapartismo se manifiesta en el desprecio por las mediaciones tradicionales de la diplomacia y por los consensos que sostuvieron el orden occidental durante décadas.
Trump actúa mediante anuncios abruptos y amenazas públicas. Esta forma de intervención responde a la lógica propia de una potencia que percibe el estrechamiento de su margen de maniobra global. El carácter territorial de esta estrategia es central. Frente a un escenario donde la primacía económica y tecnológica ya no garantiza dominio automático, el Estado estadounidense recurre a formas más directas de control territorial y geopolítico.
La disputa por Groenlandia condensa esta tendencia. El retorno del territorio como objeto explícito de disputa confirma que el imperialismo “en declive” abandona progresivamente las formas “blandas” de hegemonía y avanza hacia mecanismos más coercitivos.
Desde el punto de vista interno, este bonapartismo también refleja tensiones sociales y políticas dentro de Estados Unidos. Es la dialéctica de la política. La política exterior agresiva funciona, de cierta forma, como un intento de compensar sus debilidades y de reafirmar su autoridad, tanto hacia afuera como hacia adentro. Trump se presenta como un decisor fuerte en un contexto de fragmentación interna, utilizando la confrontación internacional como recurso político.
En este sentido, su figura sintetiza una fase en la que el poder imperial se ejerce de manera más desnuda y menos legitimada. Así, Trump aparece menos como un accidente histórico y más como un síntoma. Su estilo y sus decisiones expresan la transformación del imperialismo estadounidense en una fase de declive relativo y crecientes tensiones.
Los conflictos por venir
La disputa por Groenlandia condensa, en un espacio aparentemente periférico, tendencias de la fase actual del capitalismo global. El retorno explícito del colonialismo, la acumulación por desposesión y la militarización de territorios constituyen mecanismos activados en un contexto de crisis.
La presión de Estados Unidos sobre un territorio perteneciente a un aliado muestra hasta qué punto las potencias abandonan las mediaciones políticas y jurídicas cuando perciben amenazadas sus posiciones estratégicas. En este escenario, Groenlandia deja de ser una excepción y se convierte en un laboratorio de prácticas que pueden reproducirse en otros espacios del sistema internacional.
Resulta necesario subrayar que esta disputa se desarrolla a espaldas de los pueblos directamente afectados. La población groenlandesa aparece reducida a un objeto, sin capacidad real de decisión sobre el destino de su territorio, sus recursos y su entorno. La militarización del Ártico, presentada como una necesidad de seguridad, refuerza una lógica de dominación que subordina la vida social, económica y ecológica a los intereses de las grandes potencias. El territorio se redefine como plataforma y reserva de recursos, mientras sus habitantes quedan atrapados en dinámicas que no controlan.
La acumulación por desposesión opera aquí de manera clara. El control de rutas marítimas, minerales y posiciones militares se impone sobre cualquier consideración democrática. La competencia entre potencias genera la intensificación de la explotación y el riesgo de conflictos armados. Groenlandia ilustra cómo el capitalismo en crisis vuelve a apoyarse en la apropiación directa del espacio y en la fuerza como mecanismos de reorganización del poder global.
Este escenario anticipa conflictos mayores. A medida que la hegemonía estadounidense se debilita y otras potencias disputan espacios, los territorios periféricos se transforman nuevamente en monedas de cambio. La lógica imperial se vuelve más cruda, más visible y más peligrosa. La era de la combustión se caracteriza precisamente por esta combinación de declive hegemónico, competencia interimperialista y retorno de formas abiertas de dominación territorial.
Pero este análisis estaría incompleto si se limitara al plano de las potencias. Cerrar el análisis solo con esta perspectiva es erróneo. La descomposición del orden capitalista de posguerra no sólo pone en el horizonte la posibilidad de mayores disputas inter-imperialistas y geopolíticas. Eso es solo un plano del análisis. Lo cierto es que las sociedades son cuerpos vivos, y dentro de ellas la clase trabajadora y los sectores explotados y oprimidos no son simples espectadores, sino que en llegado punto reaccionan ante los ataques a sus condiciones de vida y provocaciones reaccionarias.
La huelga en Italia en solidaridad con Gaza o la lucha de la comunidad de Minneapolis contra las redadas migratorias del ICE, son un ejemplo de esto que decimos. Estas luchas nos recuerdan que la historia no está cerrada y que en este siglo XXI es una posibilidad el retorno de las revoluciones sociales.




