Karl Marx polemiza en estos artículos sobre las conclusiones de la insurrección de los tejedores silesios, del 4 al 6 de junio de 1844. Fue ésta la primera gran lucha del proletariado en suelo alemán contra la burguesía. Estas «Glosas críticas» fueron publicadas en “Vorwärts! (¡Adelante!), Periódico alemán que aparecía dos veces por semana en París de enero a diciembre de 1844. De tendencia comunista. Criticaba en particular la situación en Prusia, lo que costó a Marx, Engels y otros redactores la expulsión de Francia en enero de 1845 bajo el mandato de Guizot. Marx polemiza con “un prusiano», Arnold Ruge, que escribía bajo este seudónimo en el «Vorwärts!». 

El número 60 del «Vorwärts!» contiene un artículo titulado «el Rey de Prusia y la Reforma social», firmado por «Un Prusiano».

El pretendido prusiano se refiere en primer lugar al contenido de la orden del Gabinete del rey de Prusia concerniente a la insurrección obrera de Silesia y a la opinión, al respecto, del periódico francés “La Réforme». «La Réforme» considera, según él, que el «terror y el sentimiento religioso» del rey han dado origen a la orden del Asimismo descubriría en ese documento el presentimiento de grandes reformas que se avecinan a la sociedad burguesa. El «Prusiano» alecciona de este modo a «La Réforme»:

«El rey y la sociedad alemana todavía no ha llegado al presentimiento de su reforma ni siquiera las sublevaciones de Silesia y Bohemia han hecho nacer en ellos tal sentimiento. Es imposible hace comprender a un país no político como Alemania que la miseria parcial de las regiones manufactureras es una cuestión de orden general, e incluso un perjuicio ocasionado a todo el mundo civilizado. Para los alemanes, ese acontecimiento es de la misma índole que una inundación o una penuria locales. Por ello el rey la trata como un defecto de administración o de beneficencia. Por esa razón y puesto que se han requerido pocas tropas para acabar con los indefensos tejedores, la destrucción de fábricas y de máquinas no inspira el más leve «terror» al rey y a las autoridades. Más aún, no es el sentimiento religioso el que ha dictado la orden del Gabinete: esta orden es una muy sobria expresión tanto de la ciencia política cristiana como de una doctrina que no deja subsistir nada que se oponga a su único remedio, la «buena disposición de los corazones cristianos». La pobreza y el crimen son dos grandes males, pero ¿quién puede curarlos? ¿El Estado y las autoridades? No, tan sólo puede hacerlo la unión de todos los corazones cristianos».

Una de las razones por las que el «Prusiano» niega el “terror» del rey, es que no se hayan necesitado más que unas pocas tropas para acabar con los indefensos tejedores.

Así pues, en un país donde los banquetes con brindis liberales y champaña liberal, recuérdese la fiesta de Dusseldorf, provocaron una orden del Gabinete real: en un país donde no se necesitó soldado alguno para apagar el deseo de libertad de prensa y de constitución en toda la burguesía liberal; en un país donde la obediencia pasiva está a la orden del día; en un país así ¿el empleo violento de la fuerza armada contra débiles tejedores no sería un acontecimiento, y, sobre todo, un acontecimiento aterrador? Además los indefensos tejedores salieron vencedores del primer choque, siendo reprimidos posteriormente gracias a un aumento del número de tropas. ¿Es menos peligrosa la sublevación de una masa de obreros por el hecho de que no sea necesario emplear el ejército para reducirla? Que nuestro astuto Prusiano compare la revuelta de los tejedores de Silesia con las insurrecciones de los obreros ingleses, y entonces los tejedores de Silesia le parecerán tejedores fuertes.

Mediante la relación general de la política respecto a los males sociales explicaremos porqué el alzamiento de los tejedores no podía inspirar ningún «terror» particular al rey. De momento nos bastará decir que dicho alzamiento no estaba dirigido directamente contra el rey de Prusia, sino contra la burguesía.

Como aristócrata y monarca absoluto, el rey de Prusia puede no estimar a la burguesía; y menos aún puede alarmarse cuando ve que la tensión y la dificultad de las relaciones entre proletariado y burguesía aumentan el servilismo y la impotencia de esta última. Además, el católico ortodoxo es más hostil al protestante ortodoxo que al ateo, del mismo modo que el legitimista lo es más respecto al liberal que al comunista. No es que el ateo y el comunista sean más próximos al católico y al legitimista, sino que por estar fuera de su esfera, les son más extraños que el protestante y el liberal. El rey de Prusia, como político, tiene a su contrario inmediato en el liberalismo. Para el rey, la contradicción del proletariado existe de modo tan exiguo como el rey existe para el proletariado. Sería preciso que el proletariado hubiera alcanzado ya una fuerza decisiva para ahogar las antipatías, las oposiciones políticas, para de este modo atraerse toda la hostilidad de la política. Por último, es evidente que el rey, cuyo carácter ávido de cosas interesantes e importantes es conocido universalmente, debía estar sorprendido y encantado a un tiempo al encontrar en su propio terreno ese pauperismo «interesante» y “de enorme porvenir», y al hallar de ese modo una nueva ocasión para situarse en primer plano. ¡Cual no debió ser su dicha al saber que poseería, en lo sucesivo, su “propio» pauperismo real prusiano!

Nuestro «Prusiano» es aún más desafortunado cuando niega que el “sentimiento religioso» sea el origen de la orden del Gabinete real.

¿Por qué no es el sentimiento religioso el origen de esa orden del Gabinete? Porque esa orden “es una expresión muy sobria del arte político cristiano, una expresión “muy sobria» de la doctrina “que no deja subsistir nada que se oponga a su único remedio, la buena disposición de los corazones cristianos”.

¿No es acaso el sentimiento religioso el fundamento del arte político cristiano? Una doctrina que posee su remedio universal en las buenas disposiciones de los corazones cristianos, ¿no está fundada en el sentimiento religioso? Es más, yo pretendo que es un sentimiento religioso muy engreído, muy embriagado consigo mismo, que busca la «curación de los grandes males» -curación cuya posibilidad niega “al Estado y a las autoridades”– en «la unión de los corazones cristianos». Se trata de un sentimiento religioso tan ebrio de sí que, como declara el «Prusiano», ve todo el mal en la falta de sentido cristiano y remite a las autoridades al único medio que existe para fortalecer ese sentido religioso: «la exhortación». La finalidad de la orden del Gabinete es pues, según el «Prusiano», el sentimiento cristiano. Es evidente que el sentimiento religioso se considera a sí mismo el único bien cuando está ebrio, no cuando está sobrio. Allí donde ve el mal lo atribuye a su propia ausencia: en efecto, puesto que es el único bien, sólo puede producir el bien. La orden del Gabinete inspirada por el sentimiento religioso dicta pues, en consecuencia, el sentimiento religioso. Un político de sentimiento religioso sobrio, hallándose «perplejo», no buscaría «auxilio» en “la exhortación del piadoso predicador al sentimiento cristiano».

¿Cómo demuestra pues el «Prusiano» de la «Reforma» que la orden del Gabinete no es una emanación del sentimiento religioso? ¡Presentándonosla por doquier como una emanación del sentimiento religioso! ¿Puede esperarse que una mente tan ilógica comprenda los movimientos sociales? Oigamos su palabrería sobre la relación de la sociedad alemana con el movimiento obrero y con la reforma social en general.

Distingamos, cosa que el «Prusiano» olvida, las diferentes categorías que se han agrupado bajo la expresión «sociedad alemana»: gobierno, burguesía, prensa, y finalmente los propios obreros. Reparemos en los diferentes grupos de que se trata, y de los que el «Prusiano» hace un todo homogéneo condenándolos en masa desde su elevado punto de vista. Así, según él, la sociedad alemana no ha llegado todavía al presentimiento de su «reforma».

¿Por qué carece de ese instinto?

«Es imposible hacer comprender a un país no político como Alemania» responde el Prusiano, «que la miseria parcial de las regiones manufactureras es una cuestión de orden general, e incluso, un perjuicio ocasionado a todo el mundo civilizado. Para los alemanes, ese acontecimiento es de la misma índole que una inundación o una penuria locales. Por ello el rey la trata como un defecto de administración o de beneficencia.”

Nuestro «Prusiano» explica pues esta concepción trastrocada de la miseria obrera mediante la particularidad de que Alemania es un país no político.

Se nos concederá que Inglaterra es un país político, y se nos reconocerá también que es el país del pauperismo: incluso el término es de origen inglés. El examen de Inglaterra será pues el medio más adecuado para conocer la relación de un país político con el pauperismo. En Inglaterra. La miseria obrera no es en modo alguno parcial, sino universal; no se limita a las regiones industriales, sino que se extiende a las regiones agrícolas. Los movimientos no están en sus comienzos, resurgen periódicamente desde hace casi un siglo.

¿Cómo conciben el pauperismo la burguesía inglesa, y el gobierno y la prensa ligados a ella?

En la medida en que la burguesía inglesa admite que el pauperismo es un defecto de la política, el Whig considera al Tory y el Tory al Whig como la causa del pauperismo. Según el Whig, la causa principal del pauperismo es la gran propiedad rural y la legislación proteccionista que prohíbe la importación de cereales. Según el Tory, todo el mal reside en el liberalismo, la libre competencia y el sistema manufacturero llevado al exceso. Ningún partido encuentra la razón en la política en general sino, más bien, únicamente en la política del partido contrario. Y ninguno de los dos partidos piensa en una reforma de la sociedad.

La expresión más precisa de la comprensión inglesa del pauperismo -nos referimos en todo momento a la comprensión de la burguesía inglesa y del gobierno- es la economía política inglesa, es decir, el reflejo científico de la situación económica inglesa.

Uno de los mejores y más famosos economistas ingleses, que conoce la situación actual y debe poseer una visión global del movimiento de la sociedad burguesa, Mac Culloch, alumno del cínico Ricardo, ha osado recientemente, en un curso público y en medio de aplausos, aplicar a la economía política lo que Bacon dice de la filosofía:

«El hombre que, con un verdadero e infatigable afán de conocer, interrumpe su razonamiento, avanza gradualmente, superando uno tras otro los obstáculos que, como montañas, detienen la marcha de su estudio, terminará alcanzando con el tiempo la cúspide de la ciencia, donde se disfruta del sosiego y del aire puro, donde la naturaleza se ofrece a la vista en toda su belleza, y desde donde, por un camino cómodo y fácil, puede descenderse hasta los más mínimos detalles de la práctica».

¡Qué mejor aire puro que la atmósfera infestada de las viviendas inglesas situadas en sótanos! ¡Qué mejor maravilla de la naturaleza que los extraños andrajos de los ingleses pobres y las arrugadas y ajadas carnes de las mujeres gastadas por el trabajo y la miseria; los niños acostados en las basuras; los engendros que produce el exceso de trabajo en el mecanismo uniforme de las fábricas! ¡Detalles últimos, adorables, de la praxis: la prostitución, el asesinato, el patíbulo!

Incluso aquellos burgueses ingleses que se dan cuenta del peligro del pauperismo lo conciben, así como a los medios para remediarlo, de una forma no tan sólo particular sino, digámoslo sin rodeos, pueril y estúpida,

Así, por ejemplo, en su folleto «‘Recent measures for the promotion of education in England», el doctor Kay lo reduce todo al descuido de la educación. ¡Se adivina por qué! por falta de educación, sobre todo, el obrero no comprende «las leyes naturales del comercio» que lo reducen necesariamente al pauperismo. Ello seria la razón de su rebelión, que «podría entorpecer la prosperidad de las manufacturas inglesas y del comercio inglés, quebrantar la mutua confianza de los hombres de negocios, reducir la estabilidad de las instituciones políticas y sociales».

Esta es la gran irreflexión de la burguesía inglesa y de su prensa respecto al pauperismo, epidemia nacional de Inglaterra.

Supongamos pues que los reproches dirigidos por nuestro «Prusiano» a la sociedad alemana son fundados, y veamos si se halla la razón, como él argumenta, en el estado no político de Alemania. Mas si la burguesía de la Alemania no política no alcanza a comprender la significación general de una miseria parcial, la burguesía de la Inglaterra política sabe, por el contrario, ignorar la significación general de una miseria universal que ha manifestado su importancia universal por su reaparición periódica en el tiempo, su extensión en el espacio y por el fracaso de todas las tentativas destinadas a suprimirla.

El «Prusiano» imputa también al estado no político de Alemania el hecho de que el rey de Prusia encuentre la causa del pauperismo en un defecto de administración y de beneficencia y busque pues en las medidas de administración y de beneficencia los remedios al pauperismo.

¿Es ésta una forma de ver las cosas peculiar del rey de Prusia? Veamos rápidamente el caso de Inglaterra, único país del que se puede hablar de una gran acción política contra el pauperismo.

La legislación sobre asistencia pública, tal como rige en la Inglaterra actual, data de la ley del acta 43 del reinado de Isabel ¿En qué consisten las disposiciones de esta legislación? pues en la obligación impuesta a las parroquias de socorrer a sus obreros indigentes, en el impuesto para los pobres, en la beneficencia legal. Tal legislación –la beneficencia por vía administrativa- ha durado dos siglos; y tras largas y dolorosas experiencias, ¿cuál es el punto de vista que defiende el Parlamento en su ley de enmienda de 1834? El Parlamento empieza por declarar que el enorme crecimiento del pauperismo se debe a “un defecto de administración”.

Por lo tanto, se reforma la administración del impuesto para los pobres que correspondía hasta entonces a los funcionarios de las parroquias respectivas, y se constituyen uniones de unas veinte parroquias, sometidas a una única administración. Una Junta de funcionarios -Board of Guardians- designados por los contribuyentes, se reúne un día determinado en la sede de la unión y decide la adjudicación de las ayudas. Las juntas están dirigidas y controladas por delegados del gobierno, que constituyen la comisión central de Sommerset-House, el ministerio del pauperismo, como lo denomina un francés. El capital que esa administración controla es casi tan considerable como el presupuesto de guerra de Francia, y el número de administraciones locales asciende a 500, contando cada una de ellas con un mínimo de doce empleados.

El Parlamento inglés no se ha limitado a una reforma meramente formal de la administración.

Es precisamente en la ley de pobres donde ha descubierto la causa principal del estado crítico del pauperismo inglés. El remedio legal contra ese mal social, o sea la beneficencia, favorecería el propio mal; y en cuanto al pauperismo en general, sería, según la teoría de Malthus, una ley eterna de la naturaleza.

«Dado que la población tiende a sobrepasar incesantemente el límite de los medios de subsistencia, la beneficencia es una vana locura, un estímulo oficial a la miseria. Por lo tanto, todo lo que el Estado puede hacer es abandonar la miseria a su suerte y facilitar al máximo la muerte de los desvalidos».

El Parlamento inglés completó esta filantrópica teoría con la idea de que el pauperismo es la miseria cuya culpa hay que achacar a los propios obreros, por lo que no hay que prevenirla como una desgracia, sino que por el contrario, hay que castigarla como un crimen.

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Ese fue el origen de las Workhouses, casas de trabajo, cuya organización horroriza a los desvalidos impidiéndoles encontrar en ellas refugio para no morir de hambre. En esas casas de trabajo la beneficencia se combina ingeniosamente con la venganza que la burguesía desea infligir a los desvalidos que apelan a su caridad.

Primeramente, pues, Inglaterra intentó eliminar el pauperismo mediante la beneficencia y las medidas administrativas. Seguidamente se dio cuenta de que el crecimiento incesante del pauperismo no era la consecuencia necesaria de la industria moderna, sino del impuesto para los pobres. Así, concibe la miseria universal únicamente como una particularidad de la legislación inglesa. Lo que atribuía antes a una falta de beneficencia, se achacó entonces a un exceso de beneficencia. Finalmente se consideró la miseria como un delito de los desvalidos y se castigó como tal.

La importancia general que la Inglaterra política extrajo del pauperismo se limita a que éste en el curso de su desarrollo, a pesar de las medidas administrativas, se erigió en institución nacional; convirtiéndose, de ese modo, en el objeto de una administración intrincada y cada vez más amplia, cuya tarea ya no consistió en yugularlo, sino en disciplinarlo, en eternizarlo. Esta administración renunció a agotar la fuente del pauperismo mediante medios positivos, contentándose con prepararle, cada vez que afloró a la superficie del país oficial, con suavidad policial, un nuevo lecho de muerte. El Estado inglés en lugar de ir más allá de las medidas administrativas y de beneficencia ni siquiera llegó a ellas, se limitó a administrar el pauperismo dominado por la desesperación de dejarse apresar y de hacerse encarcelar.

Hasta el momento el «Prusiano» no nos ha revelado nada de particular sobre la conducta del rey de Prusia. Pero por qué, exclama el gran hombre con una rara ingenuidad, «¿por qué el rey de Prusia no ordena inmediatamente la educación de todos los niños abandonados?» ¿Por qué se dirige primero a las autoridades y atiende sus planes y sus propuestas?

El muy astuto «Prusiano» dejará de inquietarse cuando sepa que en ésta, como en todas sus demás acciones, el rey de Prusia no ha mostrado originalidad alguna, y que tan sólo se ha limitado a seguir la única vía que puede tomar un jefe de Estado.

Napoleón quiso erradicar de una sola vez la mendicidad, para lo cual encargó a las autoridades que preparasen unos planes para eliminar la mendicidad en toda Francia. El proyecto se hacía esperar, Napoleón perdía la paciencia y escribió a su ministro del Interior, Cretet, comunicándole la orden de suprimir la mendicidad en el plazo de un mes:

«No hay que pasar por esta tierra sin dejar huellas que justifiquen nuestro recuerdo para la posteridad. No me vuelva a pedir tres o cuatro meses para recabar información. Dispone de jóvenes auditores, de sagaces prefectos, de ingenieros de caminos, canales y puertos bien preparados; póngales en movimiento a todos, y no se distraiga con el trabajo burocrático habitual».

Todo se realizó en pocos meses, y el 5 de julio de 1808 apareció la ley que prohibía la mendicidad. ¿De qué modo? Pues mediante la creación de los hospicios, que se transformaron rápidamente en establecimientos penitenciarios a los que no se accedía sino después de haber pasado ante el tribunal correccional. Sin embargo, M. Noailles du Gard, miembro del cuerpo legislativo, se permitió decir:

«Debemos eterno agradecimiento al héroe que asegura un refugio a la indigencia y alimentos a la pobreza. La infancia no se hallará ya nunca jamás abandonada, las familias pobres ya no estarán privadas de recursos, ni los obreros de estimulo y ocupación. Nuestros pasos no serán interrumpidos por la desagradable imagen de las enfermedades y de la vergonzante miseria”.

Este último pasaje cínico es la única verdad de este panegírico.

Ya que Napoleón ha recurrido al discernimiento de sus auditores, de sus prefectos, de sus ingenieros, ¿por qué no iba a hacer otro tanto el rey de Prusia, recurriendo a sus autoridades?

¿Por qué Napoleón no ordenó inmediatamente la supresión de la mendicidad? La pregunta que se hace el «Prusiano» es del mismo estilo: » ¿Por qué el rey de Prusia no ordenó inmediatamente la educación de todos los niños abandonados?» ¿Sabe el «Prusiano» lo que, en tal caso, el rey debería ordenar? Nada menos que la aniquilación del proletariado. Para educar a los niños hay que alimentarlos y dispensarlos de trabajar para ganarse la vida. Alimentar y educar a los niños abandonados, es decir alimentar y educar a todo el proletariado creciente, significaría eliminar el proletariado y el pauperismo.

La Convención tuvo, por un momento, el valor de ordenar la supresión del pauperismo, pero no inmediatamente, como el «Prusiano» exige a su rey, sino tan sólo después de haber encargado al comité de salud pública la elaboración de los planes y las propuestas necesarias y una vez que éste hubo utilizado los detallados informes de la Asamblea Constituyente sobre la situación de la miseria en Francia y propuesto, por mediación de Barrère, la fundación del «Libro de la beneficencia nacional», etc. ¿Cuál fue la consecuencia de la orden de la Convención? Que hubiera una ordenanza más en el mundo y que al cabo de un año las mujeres hambrientas asediaran la Convención.

Ahora bien, la Convención significó lo máximo en cuanto a la energía política, la capacidad política y la inteligencia política.

Ningún gobierno en el mundo ha tomado, inmediatamente y sin acuerdo con las autoridades, medidas contra el pauperismo. El parlamento inglés llegó incluso a enviar comisarios a todos los países de Europa, con el fin de conocer los diferentes remedios administrativos contra el pauperismo. Sin embargo por más que los Estados se han ocupado del pauperismo, no han pasado de las medidas de administración y de beneficencia

¿Puede el Estado comportarse de otro modo?

El Estado jamás descubrirá en «el Estado y la organización de la sociedad”, como pide el “Prusiano» a su rey, la razón de los males sociales. En todas partes donde hay partidos políticos, cada uno de ellos halla la razón de cada mal en el hecho de que su adversario ocupa su lugar en la dirección del Estado. Incluso los políticos radicales y revolucionarios encuentran la razón no en la esencia (Wesen) del Estado, sino en una forma determinada de Estado que pretenden reemplazar por otra.

Desde el punto de vista político, el Estado y la organización de la sociedad no son dos cosas diferentes. El Estado es la organización de la sociedad. En la medida en que el Estado reconoce la existencia de anomalías sociales, busca la razón de las mismas ya sea en las leyes naturales que ninguna fuerza humana puede doblegar, o en la vida privada que es independiente del Estado, o bien en una inadaptación de la administración que depende del Estado. Es así como Inglaterra justifica que la miseria tiene su razón de ser en la ley natural según la cual la población debe sobrepasar en todo momento los medios de subsistencia. Por otro lado, explica el pauperismo por la mala voluntad de los pobres del mismo modo que el rey de Prusia lo explica por el sentimiento no cristiano de los ricos y la Convención por la mentalidad contrarrevolucionaria de los propietarios. Por ello Inglaterra castiga a los pobres, el rey de Prusia exhorta a los ricos, y la Convención guillotina a los propietarios.

En definitiva, todos los Estados atribuyen a deficiencias accidentales o intencionales de la administración la causa, y consiguientemente, a medidas administrativas, el remedio a todos sus males. ¿Por qué? Precisamente porque la administración es la actividad organizadora del Estado.

El Estado no puede suprimir la contradicción existente entre la finalidad y la buena voluntad de la Administración por una parte, y sus medios y posibilidades por otra, sin eliminarse él mismo, puesto que se funda en esa contradicción. Se fundamenta en la contradicción entre la vida pública y la vida privada, en la contradicción entre el interés general y los intereses particulares. Por lo tanto, la administración debe limitarse a una actividad formal y negativa, pues allí donde empiezan la vida civil y su trabajo cesa el poder de la administración. Más aún, en lo que concierne a las consecuencias que se derivan de la naturaleza no social de esa vida civil, de esa propiedad civil, de ese comercio, de esa industria, de ese pillaje recíproco de las diferentes esferas civiles, frente a tales consecuencias la ley natural de la administración no es otra que la ineficacia. Pues esa división llevada al extremo, esa bajeza, esa esclavitud de la sociedad civil constituyen el fundamento sobre el cual reposa el Estado moderno, al igual que la sociedad civil de la esclavitud constituía el pilar natural sobre el cual reposaba el Estado antiguo. La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables. El Estado antiguo y la esclavitud antigua -verdaderas oposiciones clásicas– no estaban tan íntimamente vinculados el uno a la otra como lo están el Estado moderno y el mundo moderno del trapicheo sórdido -hipócritas oposiciones cristianas-.

Si el Estado moderno quisiera eliminar la ineficacia de su administración, sería preciso que suprimiera la vida privada actual, y si quisiera suprimir ésta, debería suprimirse a sí mismo puesto que no existe más que en oposición a ella. Ningún ser viviente cree que los defectos de su existencia inmediata (Daseins) estén basados en el principio de su vida, en la esencia de su vida, sino más bien en circunstancias ajenas a su vida. Del mismo modo que el suicidio está considerado como un acto contra natura, el Estado no puede creer en la ineficacia intrínseca de su administración, es decir, en su propia incapacidad. No puede descubrir más que imperfecciones formales y accidentales y esforzarse en remediarlas. Si las modificaciones realizadas resultan infructuosas es que el mal social es una imperfección natural, independiente del hombre, una ley de Dios, o bien, que la voluntad de los particulares está excesivamente corrompida para corresponder a las buenas intenciones de la administración. ¡Y qué pervertidos particulares: arremeten contra el gobierno cuando éste limita la libertad del mismo modo que le piden que impida las consecuencias necesarias de esa libertad!

Cuanto más fuerte es su Estado más político es un país, y menos dispuesto está para buscar la razón de los males sociales y para comprender su principio general, en el principio del Estado, o sea, en la organización actual de la sociedad de la que él mismo es expresión activa, consciente y oficial. La inteligencia política es precisamente inteligencia política porque piensa en el interior de los límites de la política; y cuanto más aguda se manifiesta, más viva se encuentra y más incapaz es de comprender los males sociales, El periodo clásico de la inteligencia política es la revolución francesa, cuyos héroes, lejos de percatarse del origen de las imperfecciones sociales en el seno del Estado, lo descubren por el contrario en las taras sociales como fuente de los fracasos políticos. Así es como Robespierre no veía en la gran pobreza y la gran riqueza más que un obstáculo para la llegada de la democracia pura. Por ello deseaba establecer una sobriedad general a la espartana. El principio de la política es la voluntad. Cuanto más unilateral, o sea, cuanto más perfecta es la inteligencia política, en mayor medida cree en la omnipotencia de la voluntad, mostrándose más ciega en la consideración de los limites naturales y espirituales de la voluntad, y por lo tanto más incapacitada está para descubrir el origen de los males sociales. No es preciso que avancemos más para destruir la ridícula esperanza del «Prusiano» de que «la inteligencia política» está llamada «a descubrir, para Alemania, la raíz de la miseria social”.

Es insensato pedir al rey de Prusia que posea un poder comparable al de la Convención y Napoleón juntos; esperar de él un punto de vista que sobrepase los límites de toda política, un modo de ver que tanto el astuto «Prusiano» como su rey están lejos de poseer. Toda esta declaración del «Prusiano» resulta aún más estúpida cuando él mismo nos confiesa:

«Las buenas palabras y los buenos sentimientos son baratos, pero el discernimiento y las acciones eficaces son caros; y en nuestro caso, son más que caros, están todavía por llega/’

Entonces, si aún están por llegar, que se reconozcan los esfuerzos de todo individuo que intenta realizar lo que le es posible en función de su situación. Por lo demás, a este respecto dejo al cuidado del lector la decisión sobre si el lenguaje mercantil agitanado -«barato», “caro», «más que caro», “están aún por llegar”- puede situarse en la categoría de las «buenas palabras» y de los «buenos sentimientos».

Supongamos pues que las observaciones del «Prusiano» sobre el gobierno alemán y la burguesía alemana —comprendida esta última evidentemente en la «sociedad alemana»— están absolutamente fundadas. ¿Está más desamparada esta parte de la sociedad en Alemania que en Inglaterra o en Francia? ¿Puede haber mayor desamparo que el que existe, por ejemplo, en Inglaterra, donde la perplejidad se ha erigido en sistema? Cuando en la actualidad estallan sublevaciones obreras en toda Inglaterra, la burguesía inglesa y el gobierno inglés no son mucho más sagaces de lo que fueron durante el último tercio del siglo XVIII. Su único recurso está en la fuerza material, y como ésta disminuye en la misma medida en que aumentan la extensión del pauperismo y la inteligencia del proletariado, la perplejidad inglesa aumenta necesariamente en una proporción geométrica.

Por último, decir que la burguesía alemana ignora totalmente la significación general de la insurrección silesia es inexacto, pues expresa no haber tenido en cuenta los hechos. En muchas ciudades los patronos intentan asociarse con los obreros. Todos los periódicos liberales alemanes, órganos de la burguesía liberal, no cesan de hablar de la organización del trabajo, de la reforma de la sociedad, de la crítica del monopolio y de la libre competencia, etc.; y todo ello como consecuencia de los movimientos obreros. Los periódicos de Tréveris, Aix-la-Chapelle, Colonia, Wesel, Mannheim, Breslan, e incluso de Berlín, publican frecuentemente artículos sociales bastante razonables en los que el «Prusiano» puede aprender siempre alguna cosa. Y aún más, en las cartas que llegan de Alemania, se expresa constantemente la sorpresa de que la burguesía ya no opone resistencia a las tendencias y a las ideas sociales.

Si el «Prusiano» estuviera más al corriente del movimiento social se hubiera hecho la pregunta a la inversa. ¿Por qué la burguesía alemana concede a la miseria parcial una importancia relativamente universal? ¿De dónde vienen, por una parte, la animosidad y el cinismo de la burguesía política y, por otra, la falta de resistencia y las simpatías de la burguesía impolítica respecto al proletariado?

Mirá también:  Contribución al problema de la vivienda (1873). Primera parte

(«Vorwärts!», N.º 63, 7 de agosto de 1844)

* * *

Volvamos ahora a las sentencias del «Prusiano» a propósito de los obreros alemanes.

«Los alemanes pobres» dice en tono burlón, «no son más astutos que los pobres alemanes; o sea, no ven otra cosa más allá de su hogar, de su fábrica, de su distrito. Hasta el momento toda la cuestión ha sido dejada de lado por el espíritu político que todo lo penetra».

Para poder establecer una comparación entre la situación de los obreros alemanes y la de los obreros franceses e ingleses, el «Prusiano» tendría que haber comparado la primera forma, los albores del movimiento obrero en Francia e Inglaterra, con el movimiento que se inicia actualmente en Alemania. Al olvidar esto, su razonamiento conduce a una trivialidad como es decir que la industria alemana está todavía menos desarrollada que la industria inglesa, o bien que un movimiento en sus comienzos no se parece a un movimiento en desarrollo. Pretendía hablar de la particularidad del movimiento obrero alemán, y no nos dice ni palabra. Que el «Prusiano» se sitúe en el punto de vista exacto, y verá que ni uno solo de los levantamientos obreros en Francia o en Inglaterra ha presentado unas características tan teóricas, tan conscientes, como la rebelión de los tejedores silesios.

Recordemos ante todo la canción de los tejedores, esa atrevida consigna de guerra en la que no se hace mención alguna del hogar, ni de la fábrica, ni del distrito, y en la que en cambio el proletariado clama inmediatamente, de forma brutal, contundente, violenta y tajante su oposición a la sociedad de la propiedad privada. El levantamiento silesio comienza precisamente donde terminan las insurrecciones obreras inglesas y francesas, con la conciencia de lo que es la esencia del proletariado. La misma acción presenta este carácter de superioridad, pues no se destruyen tan sólo las máquinas, rivales del obrero, sino también los libros de comercio, los títulos de propiedad; y mientras todos los demás movimientos en principio tan sólo se dirigen en contra del patrono industrial, enemigo visible, este otro se vuelve igualmente contra el banquero, enemigo oculto. Ni siquiera uno de los levantamientos obreros ingleses se ha llevado con tanta valentía, superioridad y resistencia.

En lo que concierne a la cultura de los obreros alemanes en general, o a su aptitud para instruirse, recordaré los geniales escritos de Weitling que, desde el punto de vista teórico, superan incluso frecuentemente las obras de Proudhon, a pesar de resultar inferiores en cuanto a su ejecución. ¿Qué obra comparable a la de Weitling, «Garantías de la armonía y de la libertad”, puede presentarnos -respecto a la emancipación burguesa, la emancipación política– la burguesía -comprendidos sus filósofos y sus sabios? Que se compare sino la mediocridad mezquina y prosaica de la literatura política alemana con ese enorme y brillante debut literario de los obreros alemanes. Que se compare ese gigantesco zapato de niño del proletariado con el zapato político y enaniforme de la burguesía alemana, y se podrá predecir una forma atlética para la cenicienta alemana. Debemos admitir que el proletariado inglés es el economista y que el proletariado francés es el político, así como que Alemania posee tanto una vocación clásica para la revolución social como una incapacidad para la revolución política. Del mismo modo que la impotencia de la burguesía alemana es la impotencia política de Alemania, las aptitudes del proletariado alemán -sin hablar además de la teoría alemana- son las aptitudes sociales de Alemania; la desproporción existente entre el desarrollo político y el desarrollo filosófico de Alemania no tiene nada de anormal, sino que es una desproporción necesaria. Tan sólo en el socialismo puede un pueblo filosófico encontrar su práctica adecuada, y únicamente en el proletariado puede hallar el elemento activo de su liberación.

Pero en este momento no tengo ni tiempo ni ganas de explicarle al «Prusiano» la relación de la «sociedad alemana» con la conmoción social, extrayendo de esa relación, por un lado, la débil reacción de la burguesía alemana contra el socialismo y, por otro, las excelentes condiciones del proletariado alemán para el socialismo. Los primeros elementos para la comprensión de ese fenómeno los encontrará en mi introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (Anales franco-alemanes).

Así pues, la inteligencia de los alemanes pobres está en razón inversa a la inteligencia de los pobres alemanes. Pero aquellos a quienes toda cuestión debe servir para realizar ejercicios de estilo públicos, llegan mediante esta actividad formal a un contenido contrario que, a su vez, impone de nuevo a la forma el sello de la trivialidad. De ese modo el intento del “Prusiano» de proceder -en un asunto como los acontecimientos de Silesia- mediante la formulación de antítesis le ha llevado a la mayor antítesis respecto a la verdad. La única tarea de un hombre, que ama la verdad y cree en ella, consiste -frente a la primera explosión del levantamiento obrero de Silesia-, en lugar de actuar como un maestro de escuela, en estudiar su aspecto específico. Para ello es necesario ante todo una cierta perspicacia científica y cierto amor a los hombres, mientras que para la otra operación basta una fraseología bien dispuesta, inmersa en un vacío egoísmo.

¿Por qué el «Prusiano» juzga con tanto desprecio a los obreros alemanes? Porque para él «toda la cuestión» -la de la miseria de los obreros alemanes- ha sido «hasta el momento» dejada de lado «por el espíritu político que lo penetra todo». Seguidamente expone su amor platónico por el espíritu político:

«Todas las sublevaciones que estallen en el funesto aislamiento de los hombres del ser colectivo y en el aislamiento de sus ideas respecto a los principios sociales serán sofocados con sangre y con incomprensión. Pero desde el momento en que la miseria engendre la inteligencia y la inteligencia política de los alemanes descubra las raíces de la miseria social, entonces también en Alemania se dejarán sentir estos acontecimientos como los síntomas de una gran conmoción»

Ante todo, nuestro «Prusiano» debe permitirnos una observación sobre su estilo. Su antítesis es incompleta. En la primera mitad dice «la miseria engendra la inteligencia” y en la segunda «la inteligencia política descubre las raíces de la miseria social«. La simple inteligencia de la primera mitad deviene, en la segunda, la inteligencia política, así como la simple miseria de la primera mitad de la antítesis deviene, en la segunda, la miseria social. ¿Por qué nuestro orfebre estilista ha ordenado tan desigualmente las dos mitades de la antítesis? No creo que haya reparado en ello. Intentaré interpretar su verdadero instinto. Si el «Prusiano» hubiera escrito: «La miseria social engendra la inteligencia política, y la inteligencia política descubre la raíz de la miseria social”, la sinrazón de esta antítesis no habría escapado a ningún lector imparcial. Todos se hubieran preguntado, en principio, por qué el anónimo escritor no asocia la inteligencia social a la miseria social y la inteligencia política a la miseria política, tal como reclama la más elemental lógica. Pasemos pues a ello.

Tan falso es que la miseria social engendra la inteligencia política, que es, precisamente al contrario, el bienestar social el que produce la inteligencia política. La inteligencia política es espiritualista, se da en quien ya posee, en quien está cómodamente instalado. Nuestro «Prusiano» debe escuchar a este respecto a un economista francés. M. Michel Chevalier:

«En 1789, cuando la burguesía se sublevó, tan sólo le faltaba para ser libre participar en el gobierno del país. Para ella la liberación consistía en retirar de las manos de los privilegiados, que poseían el monopolio de esas funciones, la dirección de los asuntos públicos, los altos cargos civiles, militares y religiosos. Rica e ilustrada, capaz de bastarse a sí misma y de gobernarse sola, quería apartarse del régimen de voluntad arbitraria».

Hemos demostrado ya al «Prusiano» hasta qué punto la inteligencia política es incapaz de descubrir el origen de la miseria social. Pero aún hemos de añadir algo más respecto a su manera de ver las cosas. El proletariado, al menos en los comienzos de su movimiento, derrocha tanto más sus fuerzas en motines ininteligentes, inútiles y bañados en sangre cuanto más desarrollada y más generalizada es la mentalidad política del pueblo. Ya que cree en la forma de la política, y ve la razón de todos los abusos en la voluntad, y todos los medios de remediarlos en la violencia y el derrocamiento de una determinada forma de Estado. Como ejemplo tenemos las primeras explosiones del proletariado francés. Los obreros de Lyon creían que no perseguían más que fines políticos, que solamente eran soldados de la república, cuando en realidad eran soldados del socialismo. De este modo su inteligencia política les ocultaba la raíz de la miseria social, falseando así la comprensión de su verdadero objetivo. Así su inteligencia política engañó su instinto social.

Pero si el «Prusiano» cuenta con que la miseria engendra la inteligencia ¿por qué asocia «represiones sangrientas» con «represiones por incomprensión»? Si la miseria en general es un medio, la miseria ensangrentada es un medio más drástico para engendrar la inteligencia. Por lo tanto el «Prusiano» debería decir: la represión sangrienta eliminará la ininteligencia y proporcionará a la inteligencia un impulso necesario.

El «Prusiano» profetiza la represión de las rebeliones que estallan en el «aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo y en la separación de sus ideas respecto a los principios sociales».

Hemos señalado anteriormente que en la explosión de la rebelión silesia no existía ninguna separación de las ideas y de los principios sociales, por lo que no hemos de ocuparnos más que del «aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo». Por ser colectivo debemos entender aquí el ser colectivo político, el ser del Estado (Staatswesen). Es la vieja cantinela de la Alemania no política.

Pero, ¿no sucede acaso que todas las rebeliones, sin excepción, estallan en el aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo? Toda sublevación, ¿no presupone necesariamente este aislamiento? ¿Hubiera podido tener lugar la Revolución de 1789 sin este funesto aislamiento de los burgueses franceses del ser colectivo? Estaba precisamente destinada a suprimir este aislamiento. Pero el ser colectivo del que se halla separado el trabajador es un ser colectivo de realidad distinta, de distinto alcance que el ser político. El ser colectivo del que le separa su propio trabajo es la vida misma, la vida física e intelectual, las costumbres humanas, la actividad humana, el goce humano, el ser humano. El ser humano es el verdadero ser colectivo de los hombres. Del mismo modo que el funesto aislamiento de este ser es incomparablemente más universal, más insoportable, más terrible, más lleno de contradicciones que el hecho de estar aislado del ser colectivo político; asimismo, la supresión de este aislamiento -e incluso una reacción parcial, un levantamiento contra ese aislamiento- tiene un alcance mucho mayor, al igual que el hombre es mucho más que el ciudadano, y la vida humana mucho más que la vida política, por muy parcial que sea, la sublevación industrial encierra en ella misma un alma universal. En cambio, la insurrección política por más universal que sea, disimula bajo su forma colosal un espíritu limitado.

El «Prusiano» finaliza dignamente su artículo con esta frase: “Una revolución social sin espíritu político (es decir, sin comprensión organizadora que actúe desde el punto de vista de la totalidad) es imposible».

Ya lo hemos visto: aun cuando no se produzca más que en un único distrito industrial, una revolución social se sitúa en el punto de vista de la totalidad porque es una protesta del hombre contra la vida deshumanizada, porque parte del punto de vista de cada individuo real, porque el ser colectivo del que el individuo se esfuerza en no permanecer separado es el verdadero ser colectivo del hombre, el ser humano. Por el contrario, el espíritu político de una revolución consiste en la tendencia de las clases sin poder político a suprimir su aislamiento respecto del ser del Estado y del poder. Su punto de vista es el del Estado, una totalidad abstracta que tan sólo existe por la separación de la vida real, que sería impensable sin la contradicción organizada entre la idea general y la existencia individual del hombre. De acuerdo con su naturaleza limitada y ambigua, una revolución con espíritu político crea pues una esfera dominante en la sociedad a expensas de la propia sociedad.

Vamos a explicarle ahora al «Prusiano» lo que es una «revolución social» con espíritu político, y le revelaremos el secreto de su incapacidad para situarse, a pesar de sus bellos discursos, por encima del limitado punto de vista político.

Una revolución «social» con espíritu político es o bien un complejo absurdo, si el «Prusiano» entiende por revolución social una revolución «social» opuesta a una revolución política y dotada nada menos que de un espíritu político en lugar de un espíritu social, o bien una simple paráfrasis de lo que de ordinario se conoce como «revolución política», o una «revolución a secas». Toda revolución disuelve la antigua sociedad, y en este sentido es social. Toda revolución acaba con el antiguo poder, y en ese sentido es política.

¡Que escoja nuestro “Prusiano» entre la paráfrasis y el absurdo! Pero así como una revolución social con espíritu político es parafrástica o absurda, una revolución política con espíritu social es algo completamente racional. La revolución en general -el derrocamiento del poder existente y la supresión de las antiguas relaciones- es un acto político. El socialismo sin renovación no puede realizarse: tiene necesidad de ese acto político en la medida en que tiene necesidad de destrucción y de disolución, pero allí donde empieza su actividad organizadora y donde surgen el objetivo y el espíritu que le son propios, el socialismo rechaza su apariencia política.

Ha sido preciso desarrollar esta larga explicación para desmenuzar la sarta de errores disimulados en una sola columna de periódico, ya que no todos los lectores puede que tengan la cultura y el tiempo precisos para percatarse de semejante charlatanería literaria– El «Prusiano» anónimo en reconocimiento a sus lectores, ¿no tendría acaso la obligación de renunciar a toda elucubración literaria en el ámbito político y social, y a las disertaciones sobre la situación alemana, aplicándose en su lugar al estudio concienzudo de su propia situación?

(«Vorwärts!», N.º 64. 10 de agosto de 1844)

París, 31 de julio de 1844

 

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