Marx y Engels eran fervorosos fanáticos de Shakespeare, que es nombrado varias veces en su obra y su correspondencia. Reproducimos algunos pasajes.
Sobre el Renacimiento y sus representantes
Friedrich Engels; Dialéctica en la naturaleza.
La moderna investigación de la naturaleza es la única que ha logrado un desarrollo científico, sistemático, en todos y cada uno de sus aspectos, por oposición a las geniales intuiciones de los antiguos en torno a la filosofía de la naturaleza y a los descubrimientos extraordinariamente importantes, pero esporádicos y en su mayor parte estériles, de los árabes; la investigación moderna de la naturaleza data, como toda la historia moderna, de aquella formidable época a que los alemanes, por la desgracia nacional que en aquel tiempo experimentamos, damos el nombre de la Reforma y que los franceses llaman el Renacimiento y los italianos el Cinquecento, sin que ninguno de estos nombres la exprese en su totalidad. Es la época que arranca de la segunda mitad del siglo XV. La monarquía, apoyándose en los habitantes de las ciudades, destrozó el poder de la nobleza feudal y fundó los grandes reinos, erigidos esencialmente sobre una base nacional, en los que habrían de desarrollarse las modernas naciones europeas y la moderna sociedad burguesa; y cuando todavía los burgueses y la nobleza andaban a la greña, la guerra de los campesinos alemanes apuntó proféticamente a las futuras luchas de clases, no sólo al sacar a la palestra a los campesinos sublevados —pues esto no era nada nuevo—, sino al poner de manifiesto, detrás de ellos, los comienzos del proletariado actual, tremolando la bandera roja y pronunciando la reivindicación de la comunidad de bienes. En los códices salvados de la caída de Bizancio y en las estatuas antiguas desenterradas de entre las ruinas de Roma vieron los ojos asombrados del Occidente surgir un mundo nuevo, el mundo de la antigüedad griega; ante sus luminosos contornos se esfumaban los espectros de la Edad Media; Italia alcanzó un insospechado esplendor de las artes, que era como un reflejo de la antigüedad clásica y que ya nunca volvería a lograrse. En Italia, en Francia, en Alemania surgió una nueva literatura, la literatura moderna; poco después, vivieron Inglaterra y España su período literario clásico. Cayeron por tierra las barreras del Orbis terrarum; fue ahora cuando, en rigor, se descubrió la tierra y se echaron con ello los cimientos para lo que sería el comercio mundial y para el paso del artesanado a la manufactura, que, a su vez, serviría de punto de partida para la gran industria moderna. Se derrumbó la dictadura espiritual de la Iglesia; los pueblos germánicos la rechazaron directamente, en su mayoría, y abrazaron el protestantismo, al paso que entre los pueblos latinos iba arraigando cada vez más un luminoso espíritu libre heredado de los árabes y nutrido por la filosofía griega recién descubierta, que preparaba el terreno para el materialismo del siglo XVIII.
Era la más grandiosa transformación progresiva que la humanidad había vivido hasta entonces, una época que requería titanes y supo engendrarlos; titanes, por su vigor mental, sus pasiones y su carácter, por la universalidad de sus intereses y conocimientos y por su erudición. Los hombres que fundaron la moderna dominación de la burguesía eran todo menos gentes burguesamente limitadas. Lejos de ello, en todos dejó su huella más o menos marcada el carácter aventurero de la época en que les tocó vivir. Casi todos los hombres descollantes de aquel tiempo emprendieron grandes viajes, hablaban cuatro o cinco lenguas y brillaban en varias disciplinas de conocimiento. Leonardo da Vinci no era solamente un gran pintor, sino también un gran matemático, mecánico e ingeniero, a quien deben importantes descubrimientos las más diferentes ramas de la física; Alberto Durero era pintor, grabador, escultor y arquitecto e inventó, además, un sistema de fortificaciones en que se contenían ya algunas de las ideas que mucho más tarde serían renovadas por Montalembert y los modernos ingenieros alemanes. Maquiavelo era estadista, historiador, poeta y, a la par con ello, el primer notable escritor militar de los tiempos modernos. Lutero no limpió solamente los establos de Augías de la Iglesia, sino también los de la lengua alemana, creó la prosa alemana moderna y compuso el texto y la melodía de aquel grandioso coral en que resuena el tono seguro de la victoria y que es como la Marsellesa del siglo XVI. Y es que los héroes de aquel tiempo no vivían aún esclavizados por la división del trabajo, cuyas consecuencias apreciamos tantas veces en el raquitismo y la unilateralidad de sus sucesores. Pero lo que sobre todo los distingue es el hecho de que casi todos ellos vivían y se afanaban en medio del torbellino del movimiento de su tiempo, entregados a la lucha práctica, tomando partido y peleando con los demás, quiénes con la palabra y la pluma, quiénes con 1a espada en la mano, quiénes empuñando la una y la otra. De ahí aquella fuerza y aquella plenitud de carácter que hace de ellos hombres de una pieza. Los ‘eruditos de gabinete eran una excepción: unos, gentes de segunda o tercera fila: otros, cautelosos filisteos, que no querían quemarse los dedos.
Sobre Shakespeare
¡Qué diferencia entre los “orgullosos agricultores de Inglaterra” de los que hablaba Shakespeare, y los jornaleros agrícolas ingleses! Como en el caso de los asalariados el objetivo único del trabajo es el salario, el dinero, un cuanto determinado de valor de cambio en el cual se ha desvanecido toda particularidad del valor de uso, aquéllos son plenamente indiferentes respecto al contenido de su trabajo y por tanto al tipo particular de su actividad, mientras que ésta en el sistema corporativo o en el de castas era tenida por actividad profesional (en el caso del esclavo, como en el de las bestias de tiro, se trata sólo de determinado género de actividad impuesto y tradicional, de la manifestación de su capacidad de trabajo).
Karl Marx, El Capital, Tomo I, Capítulo VI (inédito)
Una peculiaridad de la tragedia inglesa, tan repulsiva para el sentir francés que hasta Voltaire solía llamar a Shakespeare un ‘salvaje borracho’, es su mezcla peculiar de lo sublime y lo bajo, lo terrible y lo ridículo, lo heroico y lo burlesco. Pero en ninguna parte Shakespeare delega en el bufón la tarea de pronunciar el prólogo de un drama heroico. Esta invención fue reservada para el Ministerio de Coalición. Lord Aberdeen ha interpretado, si no al Clown inglés, al menos al Pantaleón italiano. Todo gran movimiento histórico parece, ante el observador superficial, terminar finalmente en la farsa o, al menos, en el lugar común. Pero comenzar con ella es un rasgo peculiar únicamente de la tragedia titulada ‘Guerra con Rusia’, cuyo prólogo fue recitado el viernes por la noche en ambas Cámaras del Parlamento, donde el mensaje del Ministerio en respuesta al mensaje del Ministerio fue discutido simultáneamente y adoptado por unanimidad, para ser entregado a la Reina ayer por la tarde, sentada en su trono en el Palacio de Buckingham.
Karl Marx y Friedrich Engels; «Los debates parlamentarios sobre la guerra«
Ese pillo de Roderick Benedix ha publicado un libro espeso y maloliente contra la «shakespearomanía», donde demuestra, con lujo de detalles, que Shakespeare no puede ser comparado a nuestros grandes poetas, ni siquiera a los poetas modernos. Aparentemente, hay que arrancar a Shakespeare de su pedestal para situar en él el grueso trasero de R. Benedix.
Sólo en el primer acto de las Merry Wives existe más vida y realidad que en toda la literatura alemana; Launce, él sólo con su perro Crab, vale más que todas las comedias alemanas en conjunto. Pero este pesado de Benedix se extiende en razonamientos tan serios como fútiles sobre la manera alegre con que Shakespeare precipita frecuentemente los dénoueinents y abrevia así una palabrería fastidiosa —aunque en verdad indispensable. Habeat sibi.
Correspondencia Marx-Engels, tomo IV, Carta de Engels a Marx, 10 de diciembre de 1873. p. 413, Mega




