Tecnología

Facebook, Google y el «metaverso»: monopolio y escándalos de los gigantes de internet

Un acuerdo secreto entre Google y Facebook, prácticas monopólicas y algoritmos tendenciosos. El futuro de internet es un debate político.

Redacción de Izquierda Web.


Finalmente, Facebook ha cambiado su nombre oficialmente a Meta. En un intento por relanzar la imagen de la compañía, el cambio se da luego de varios meses turbulentos para la empresa fundada por Mark Zuckerberg.

Entre acusaciones de monopolio y competencia desleal, filtraciones de documentos internos y la caída mundial de sus principales plataformas durante varias horas el mes pasado, el lanzamiento de Meta y la presentación del proyecto de un «metaverso» que pretende transformar por entero la forma en que las personas se comunican por internet, se disparan nuevamente los debates acerca de la cada vez mayor influencia de estas pocas megacorporaciones de tecnología que dominan la comunicación a nivel mundial, así como la recopilación de nuestros datos personales e información sobre nuestros consumos y preferencias.

Lo primero que habría que destacar al respecto es que la supuesta revolución tecnológica y comunicacional que implicaría el metaverse  (que pretende ser una especie de espacio tridimensional «nuevo» donde confluyen la realidad virtual y la vida real), es por ahora mucho más un proyecto a futuro que una realidad. Los propios directivos de la ex Facebook han aclarado que la idea recién podría empezar a ser viable «dentro de 10 o 15 años».

Pero entonces, ¿por qué el «apuro» por cambiarle el nombre a la compañía? Se trata en primer lugar de un operativo «lavado de cara» luego de que salgan a la luz los escándalos que mostraban cómo Facebook priorizaba sus ganancias económicas por sobre la seguridad y la privacidad de sus usuarios, así como influía políticamente en las opiniones de las personas promoviendo a través de sus algoritmos las ideologías de odio y las fake news.

En los últimos meses, varios hechos relacionados con empresas gigantes como Google y Facebook han reabierto un debate que no puede ser más actual: el del futuro de internet en las manos de estas megacorporaciones. Un acuerdo secreto entre Google y Facebook, prácticas monopólicas y algoritmos tendenciosos. El futuro de internet es un debate político.

Los Facebook Papers

Recordemos que con la filtración de los Facebook Files, una ex empleada de la empresa de Zuckerberg mostró como la red social tuvo responsabilidad directa, por acción u omisión, en el intento de toma del capitolio por parte de seguidores de Donald Trump, el 6 de enero pasado. En los últimos días se han ido revelando más contenido de los papeles de Facebook, que relacionan a la empresa con muchos otros hechos políticos alrededor del mundo: se habla incluso de que Facebook accedió a un pedido del gobierno vietnamita para censurar las publicaciones antigubernamentales, así como dejar correr contenido antiislamista en países como India, o publicaciones de odio contra la comunidad LGBT en varios países de medio oriente. Según otra investigación interna de la compañía que salió a la luz recientemente, en 2020 sólo el 6% del contenido islamófobo registrado en Instagram fue eliminado por los mecanismos de regulación de contenido. Es decir, Facebook minimizó adrede sus mecanismos de regulación de contenido en función de sus ganancias, incluso aunque eso vaya en favor de contenidos de odio hacia determinados grupos sociales.

Los documentos internos de la empresa ahora llamada Meta mostraban que la regulación de este tipo de contenido de odio es minimizado en favor de que los usuarios pasen más tiempo en la plataforma. Otro aspecto del escándalo tenía que ver con el conocimiento, vía un informe interno secreto de la empresa, de los efectos tóxicos de redes sociales como Instagram sobre el autoestima y la salud mental de los usuarios adolescentes.

Pocas horas después de la filtración, la caída mundial de WhatsApp, Facebook e Instagram (que algunos relacionaron conspirativamente con la revelación de los documentos) dejó en evidencia el enorme y creciente peso que tiene una única empresa para la comunicación de miles de millones de personas en todo el mundo. Lo cual ha reabierto el debate acerca de la monopolización de los servicios de comunicación vía internet en manos de unas pocas megacorporaciones que no conocen otro interés y moral más que la de la ganancia.

Mientras tanto, Google…

¿Qué ocurre con los «vecinos de en frente» de Facebook? Bueno, en lo que a revelación de políticas de privacidad y seguridad respecta, las cosas tampoco han ido bien para Alphabet, mejor conocida como Google.

La monumental demanda antimonopolio que 24 Estados presentaron contra Google el año pasado volvió a presentarse en la justicia de los EE.UU. el mes pasado, con información y documentación ampliada y desclasificada que revela cómo la empresa utiliza su posición dominante para aplastar a la competencia en lo que respecta a los anuncios publicitarios en internet. Y, como para variar, Facebook/Meta también está involucrado en el escándalo.

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La demanda revela como Google ha adoptado una política de abuso de su posición dominante en el mercado valiéndose de numerosos mecanismos que le permiten quedarse con la inmensa mayoría de los anuncios a pesar de que sus precios pueden llegar a ser hasta un 42% más caros que sus competidores menores en el mercado de la publicidad online.

¿Cómo hacen esto? Por diversos caminos. En primer lugar, Google ha intentado asfixiar de todas las maneras posibles la utilización de la técnica header bidding («ofertas de encabezado»), un sistema de subastas de los espacios publicitarios que combina las ofertas de varios Ad Exchanges (servicios de compra-venta de espacios de publicidad) donde los diferentes anunciantes pujan por quedarse con el espacio. Desde que en 2016 empezó a utilizarse este sistema, el 70% de los principales anunciantes de EE.UU. optaron por esta práctica que le ofrecía precios más competitivos que el servicio de publicidad Google AdX.

¿Cual fue la respuesta del gigante tecnológico? En primer lugar, creó un sistema de subastas «propio» llamado Open Bidding con el objetivo de desestimar lo más posible el uso de Header Bidding.

Además, desarrolló una tecnología llamada AMP que disminuye los tiempos de carga de las páginas web en dispositivos móviles cuando se ingresa desde una búsqueda en Google. Como si fuese una desafortunada casualidad, Google hizo que el sistema de header biding no sea compatible con AMP. Por lo que aquellos sitios que utilizan aquel sistema de subastas son «castigados» por el algoritmo apareciendo más abajo en los resultados de búsqueda. Esta maniobra de Google hace que los anunciantes entonces se ven forzados a elegir entre aparecer más arriba en los resultados o bien utilizar header bidding pero recibiendo menos visitas. La utilización de AMP, según documentos internos del propio Google, ha hecho que los anunciantes pierdan hasta un 40% de sus ingresos, lo que coincide bastante con el «sobreprecio» que Google puede llegar a cobrar gracias a su posición dominante.

Pero esto no es lo más grave: la demanda revela que Google y Facebook sellaron un acuerdo secreto (¡y por supuesto ilegal!) para beneficiarse mutuamente en el mercado de publicidad en internet. En 2017, Facebook anunció que sumaría su servicio de publicidad al sistema header bidding que Google tanto intenta combatir, lo cual fue visto como una importante amenaza por estos últimos.

Así es que los dos gigantes de internet, lejos de boicotearse como competidores, sellaron un acuerdo de tipo monopólico. El acuerdo fue titulado Jedi Blue, en referencia al universo Star Wars: Google y Facebook utilizarían el «truco mental de los Jedi» para hacer que los anunciantes se vean forzados a elegir en la gran mayoría de los casos, el servicio de publicidad de Google en lugar de Header Bidding. La red social fundada por Zuckerberg limitaría el uso de header bidding, a cambio de que Google le proporcionaría información adicional de sus usuarios para aumentar la eficiencia de la segmentación y personalización de los servicios de publicidad. El acuerdo incluso llega a establecer una cuota sobre la cantidad de veces que Facebook ganaría la subasta en el servicio de Google.

Como un jardín sin dueño, pero cercado

Más allá de la judicialización de este tipo de maniobras presuntamente delictivas, el hecho es que reflejan una tendencia a la que parecen estar conduciéndose los principales servicios de comunicación a través de internet: el monopolio u oligopolio en muy pocas y poderosas empresas que pasan a «administrar» el uso de internet en general.

En ese sentido parecen ir programas como el Privacy Sandbox de Google, que pretende terminar con la era de las cookies de terceros centralizando todos los datos de navegación en poder de Google. Esto implica que en un futuro bastante cercano, la utilización del navegador Chrome requerirá de manera obligatoria el log in en tu cuenta de Google. De esa manera, Google centralizará y contará con todos los datos de navegación, convirtiéndose en un intermediario entre las páginas web y los datos de sus usuarios. El objetivo final parecería ser que no haya visita, ni click, ni interacción en la web que se le escape, para seguir alimentando la rueda gigante de sus exorbitantes ganancias.

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Se trata de hacer de la web un «jardín verde cercado». Los documentos revelados de Google lo ponen en los siguientes términos: «Not Owned But Operated«, es decir, Google no puede ser el «dueño» de internet, pero sí su «operador».

El proyecto de Meta con su metaverso no sólo tiene las mismas pretensiones de «totalizar la experiencia en internet», sino que incluso es mucho más ambicioso: de alguna manera se trataría de «fusionar» la vida «real» con la «virtual» a través de una combinación entre realidad virtual y realidad aumentada.

En uno y otro caso, el resultado parece ser una tendencia a hacer de internet un espacio cada vez menos disperso y más centralizado en unas pocas plataformas que monopolizarían sus millones de posibilidades. Esta es una tendencia que viene desde hace años: antes del auge de las redes sociales, un mismo usuario podía visitar decenas de sitios web distintos por día, algo que fue virando hacia un número mucho menor, en la medida en que unas pocas plataformas abarcan muchas más funciones y posibilidades. Podríamos estar ante un salto en calidad en esta tendencia.

Todo algoritmo es político

Todos estos datos no hacen simplemente a la previsión de lo que será nuestra experiencia en tanto usuarios, sino a una serie de interrogantes y problemas en el ámbito de la política y de los debates políticos, que ya hace años están atravesados de punta a punta por el uso de las redes.

Si el «espacio» de la web pasa a coincidir cada vez más con el de una o unas pocas empresas que lo «operen» y lo monopolicen, ¿cómo afectará a las prácticas, los discursos y las posibilidades de utilizar estas plataformas como ámbitos donde se procesan debates políticos? Si es por parte de estas empresas, ya tenemos indicios de esta respuesta. El caso Facebook ha demostrado que la misma lógica capitalista hace que el algoritmo tienda a privilegiar las publicaciones que más reacciones generan, beneficiando así a las ideologías de odio, las fake news, y los prejuicios, y resentimientos sociales que alimenta la derecha: contra los inmigrantes, contra los pobres, las mujeres, etc. Los mismos resultados se han obtenido a partir de investigaciones en los algoritmos de YouTube (propiedad de Google) y de Twitter: en todos los casos, el algoritmo «prefiere a la derecha» porque genera más reacciones, y más reacciones significan más ganancias.

Este problema puede estar indicando nuevas direcciones hacia donde la izquierda deberá orientar sus programas y sus exigencias frente a los desafíos comunicacionales del presente y del futuro. En primer lugar, porque la principal forma de comunicación de miles de millones de personas en todo el mundo no puede estar mediada por los algoritmos diseñados por una megacorporación capitalista en función de sus intereses económicos (¡y también políticos!) que determinan qué publicación se muestra más y qué publicación menos, qué tweet, foto o video le llega a más personas y cual menos.

Si esto es así, los algoritmos que ordenan el contenido de las redes sociales deberían ser abiertos, democráticos y estar bajo control de sus usuarios y trabajadores, para asegurar que se garanticen criterios democráticos y de transparencia fundamentales. Esto significaría avanzar sobre la propiedad privada de estas grandes empresas.

El mes pasado, más de 400 trabajadores de Google firmaron una carta abierta exigiéndole a la empresa cancelar un contrato con el ejército israelí por la compra de una tecnología de recolección de datos que sería utilizada en favor de las criminales políticas de apartheid contra los palestinos. Como en todos los otros ámbitos de la sociedad, también frente a estas corporaciones en apariencia todopoderosas, la clase trabajadora sabe ofrecer una salida humanista y democrática cuando entra en escena. En el capitalismo de la big data, también el algoritmo es la arena de la lucha de clases.

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