Évian 2026: retrato de un G7 en un mundo en combustión

La cumbre del G7, se desarrolló entre el 15 y 17 de junio en Évian, Francia, en medio de un escenario internacional atravesado por tensiones y conflictos que afectan a prácticamente a todas las regiones del planeta.

La guerra en Ucrania se encuentra en una etapa en la que ninguna de las partes consigue imponerse; Oriente Medio permanece marcado por la devastación en Gaza, la guerra con Irán y la inestabilidad regional; la disputa económica, tecnológica y geopolítica entre Estados Unidos y China se profundiza; mientras la economía mundial registra un crecimiento débil y aumentan los conflictos sociales en numerosos países.

La reunión de las principales potencias imperialistas se produjo en un mundo en combustión. La situación internacional refleja un fenómeno más profundo que una simple sucesión de crisis aisladas. Es un momento de “policrisis”, es decir, una combinación de conflictos económicos, militares, sociales, ambientales y políticos que se retroalimentan entre sí.

El mundo atraviesa una etapa de creciente inestabilidad, producto de la cual se erosionan los mecanismos que durante décadas sostuvieron la hegemonía de las potencias imperialistas. El orden internacional construido bajo la hegemonía estadounidense ingresa en una fase de ruptura de los equilibrios y de una competencia cada vez más agresiva entre los distintos bloques (así como de la irrupción de la lucha de clases en varios países), en un contexto donde “impera un caos sin orden a la vista”, ante lo cual los gobiernos de extrema derecha -en primer lugar, de Trump- no se perfilan como una alternativa superadora de la crisis.

La guerra en Ucrania en el centro de la agenda

La guerra en Ucrania ocupó nuevamente un lugar central en la cumbre del G7, los participantes ratificaron su respaldo a Kiev, al tiempo que acordaron nuevas medidas de presión contra Moscú. La declaración del encuentro estableció la ampliación de las sanciones dirigidas contra los sectores petrolero y gasífero rusos, considerados de las principales fuentes de financiamiento del Kremlin. Además, se comprometieron a reforzar las capacidades de defensa aérea de Ucrania mediante el envío de nuevos sistemas, interceptores y equipamiento militar de largo alcance.

Sin embargo, detrás de estas decisiones, lo que hay son cuatro años de conflicto sin que ninguna de las partes consiga volcar el escenario a su favor. El conflicto se transformó en una guerra de desgaste en que el tiempo, la capacidad industrial y la resistencia económica tienen tanta importancia como las operaciones militares. Es una dinámica de larga guerra de agotamiento en la que los avances territoriales son limitados y los contendientes buscan erosionar gradualmente las capacidades materiales y humanas de su adversario.

La experiencia sobre las sanciones muestra que, aunque generan dificultades reales para la economía rusa y aumentan los costos de la guerra, son insuficientes para alcanzar el objetivo de forzar una retirada o provocar un debilitamiento del Kremlin. Moscú ha logrado reorientar parte de sus exportaciones energéticas hacia China, India y otros países, desarrollar mecanismos alternativos de comercio y sostener niveles significativos de producción militar, lo que limita considerablemente la eficacia de las medidas impulsadas por Occidente.

Después de cuatro años de conflicto, el principal anuncio del G7 respecto de Rusia sigue siendo la ampliación de sanciones. Esto no significa que dichas medidas carezcan de efectos; efectivamente añaden presión sobre Moscú. Pero el hecho de que se continúe recurriendo esencialmente al mismo instrumento da cuenta de las limitaciones en su margen de acción. En cierto sentido, la insistencia en nuevas rondas de sanciones expresa la ausencia de alternativas capaces de modificar sustancialmente la correlación de fuerzas creada por la guerra.

Durante la cumbre, Volodímir Zelenski insistió en la necesidad de ampliar las sanciones contra los sectores financiero, energético e industrial rusos y reclamó por más sistemas Patriot para proteger sus ciudades e infraestructuras. Aunque Rusia enfrenta importantes costos humanos y materiales, tampoco ha logrado alcanzar plenamente los objetivos que perseguía al inicio de la invasión. La necesidad de anunciar nuevos paquetes de ayuda muestra que Ucrania sigue dependiendo en gran medida del apoyo externo para mantener sus capacidades defensivas.

El G7 indudablemente tiene la capacidad de suministrar recursos, coordinar sanciones y sostener a Ucrania, pero la centralidad que tienen las sanciones en esta cumbre puede leerse como una herramienta cuya eficacia demostró ser insuficiente para resolver el conflicto, dejando al descubierto las dificultades para encontrar una salida que altere decisivamente el curso de la guerra.

La derrota de Trump en Irán

Los gobernantes expresaron su respaldo al acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán tras semanas de negociaciones impulsadas por la administración de Donald Trump. Más que una demostración de confianza en un acuerdo sólido y duradero, la posición de las principales potencias parece reflejar la urgencia de estabilizar una situación que está generando consecuencias económicas y geopolíticas de alcance mundial.

Las declaraciones presentan el entendimiento como un avance para la estabilidad regional y la seguridad energética. No obstante, detrás de esa formulación diplomática aparece una realidad menos favorable para Washington. El acuerdo llega después de una escalada militar que expuso los límites de la política de la Casa Blanca frente a Irán. Durante las semanas previas, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra instalaciones nucleares y objetivos militares iraníes con el propósito de terminar con el plan nuclear iraní y provocar un cambio de régimen.

Sin embargo, la ofensiva abrió una dinámica de confrontación que amenazó con extenderse a toda la región. El acuerdo entre Estados Unidos e Irán representa una derrota para Trump y, además, denota que estaba urgido por encontrar una salida a una situación que se le salió de control y ya se estaba volviendo en su contra. En esto tuvo mucha importancia el hecho de que en noviembre enfrentará las elecciones de medio término, con el agravante de que la guerra contra Irán no es apoyada por un amplio sector de la población estadounidense y, además, provocó un aumento en los precios de los combustibles que afectó negativamente la imagen del presidente estadounidense.

En otras palabras, el resultado de las negociaciones puede verse como la crónica de un fracaso anunciado, producto de una administración caótica que encarna la táctica sin estrategia, al extremo de que entró en una guerra contra un país enorme y con 92 millones de habitante, sin tener claridad de lo que hacía y pensando que todo iba a salir tan fácil como en Venezuela[1].

La administración Trump se vio obligada a negociar bajo la presión de una escalada cuyos costos amenazaban con afectarle de sobremanera y extenderse aún más sobre la economía global. La importancia de esta cuestión trasciende ampliamente el conflicto entre Washington y Teherán. Irán aprovechó la posición estratégica que ocupa y aprovechó su control sobre el estrecho de Ormuz, paso marítimo por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo consumido a nivel mundial y cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Las interrupciones en esta ruta provocaron tensiones en los mercados energéticos y aumentos en los costos del transporte marítimo. En este contexto, el respaldo del G7 al acuerdo parece responder menos a una adhesión entusiasta a sus contenidos que a la necesidad de garantizar la reapertura y normalización del tránsito por esta vía.

Por esa razón, el acuerdo con Irán constituye una derrota para la administración de Trump, que dejó al desnudo ante todo el mundo que sus frases grandilocuentes en redes sociales no bastan para ganar una guerra contra un adversario militarmente inferior. La negociación surgió por la necesidad de Trump de escaparse de una guerra en la que ingresó de forma innecesaria y que pone en riesgos sus perspectivas en las elecciones de medio término. Además, por la presión para abrir el tráfico por Ormuz, cuyas consecuencias económicas golpeaban directamente a la economía estadounidense (y mundial).

Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del planeta, pero encuentra cada vez más dificultades para imponer unilateralmente sus objetivos, debido al deterioro de su hegemonía en las últimas décadas.

La situación en Gaza constituye otro elemento que condiciona el panorama regional, con más de treinta meses de guerra que dejan una devastación sin precedentes. Según estimaciones de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, más del 60% de las edificaciones del territorio están dañadas o destruidas, gran parte de la infraestructura sanitaria y educativa está fuera de servicio y la reconstrucción podría requerir inversiones superiores a los 50.000 millones de dólares. Los gobiernos del G7 afirman respaldar la reconstrucción, aunque en términos meramente de oportunidad de negocios.

China y la disputa por el orden mundial

La preocupación por China atravesó prácticamente todas las discusiones del encuentro. Las referencias al Indo-Pacífico, la situación de Taiwán, la seguridad de las cadenas de suministro, la infraestructura y las relaciones con los países periféricos responden a una misma inquietud: el avance económico, tecnológico y geopolítico de China constituye el principal desafío a la hegemonía occidental desde el fin de la Guerra Fría. Más allá de las formulaciones diplomáticas utilizadas por los líderes del G7, gran parte de las iniciativas presentadas pueden interpretarse como intentos de contener, limitar o contrapesar la creciente influencia internacional de Pekín.

La magnitud de este fenómeno resulta evidente en numerosos indicadores económicos. China representa aproximadamente el 19% del producto interno bruto mundial medido por paridad de poder adquisitivo, mientras Estados Unidos concentra alrededor del 15%. Al mismo tiempo, China se consolida como el principal socio comercial de más de 120 países, una situación impensable a comienzos de la década de 1990, cuando la economía estadounidense ejercía el predominio indiscutido. Esta transformación modificó gradualmente las relaciones económicas internacionales y redujo la capacidad de las potencias occidentales para establecer unilateralmente las reglas del comercio mundial.

La cuestión tecnológica ocupa un lugar igualmente importante. Durante los últimos años, Estados Unidos impulsó restricciones a la exportación de semiconductores avanzados, limitó la transferencia de determinadas tecnologías y presionó a sus aliados para reducir su dependencia de proveedores chinos en sectores considerados estratégicos. Detrás de estas medidas aparece el temor a que China aumente aún más sus posiciones de liderazgo en áreas como inteligencia artificial, telecomunicaciones, computación avanzada, energías renovables y manufactura de alta tecnología.

La situación de Taiwán es la expresión más sensible de esta rivalidad. En la declaración sobre cuestiones geopolíticas, los líderes del G7 reiteraron su preocupación por la estabilidad en el estrecho de Taiwán y por cualquier intento de modificar el statu quo mediante la fuerza. Aunque el texto evitó referencias abiertamente confrontativas, el mensaje está dirigido claramente a Pekín. Para Estados Unidos y sus aliados, Taiwán ocupa una posición de gran importancia por razones militares, comerciales y tecnológicas. La isla produce más del 60% de los semiconductores del mundo y cerca del 90% de los chips más avanzados. Cualquier alteración significativa en esa región tendría consecuencias inmediatas para la economía global.

Sin embargo, la disputa entre Estados Unidos y China no se reduce a la competencia comercial o tecnológica. Como se discutió recientemente en la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump, la relación entre ambas potencias se definió en términos de la llamada “trampa de Tucídides”: la tendencia histórica a que una potencia dominante perciba el ascenso de una potencia emergente como una amenaza, generando tensiones crecientes que pueden desembocar en conflictos de gran escala.

Desde esta perspectiva, las disputas por los aranceles, las cadenas de suministro o los semiconductores forman parte de la confrontación por la definición del orden internacional del siglo XXI. Estados Unidos busca preservar una posición de liderazgo construida tras la Segunda Guerra Mundial y consolidada luego del colapso de la Unión Soviética. China, por su parte, intenta ampliar su influencia económica, tecnológica y diplomática de acuerdo con el peso creciente que adquiere en la economía mundial.

La competencia también se desarrolla en el terreno de la infraestructura y la influencia política en los países subdesarrollados. Uno de los documentos aprobados en Évian se centra en la construcción de “asociaciones internacionales mutuamente beneficiosas”, una formulación que busca presentar a las potencias del grupo como socios para el desarrollo económico de Asia, África y América Latina. Sin embargo, detrás de ese lenguaje diplomático está la necesidad de disputar espacios de influencia que, durante los últimos años, China ganó mediante inversiones, créditos, proyectos energéticos y grandes obras de infraestructura.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada por Pekín en 2013, constituye el ejemplo más importante de esta expansión. Según datos oficiales chinos, más de 150 países participan en distintos proyectos vinculados a esta estrategia, que moviliza inversiones estimadas en cientos de miles de millones de dólares. A través de puertos, ferrocarriles, carreteras, redes energéticas y corredores logísticos, China fortalece su presencia económica en regiones donde tradicionalmente predominaba la influencia de Estados Unidos o Europa. La respuesta va desde el programa estadounidense Partnership for Global Infrastructure and Investment hasta diversos mecanismos europeos de financiamiento e inversión internacional. Sin embargo, ninguno de estos proyectos alcanza hasta ahora una escala comparable a la iniciativa impulsada por Pekín.

No se trata simplemente del crecimiento de una economía nacional, sino de la aparición de un competidor capaz de desafiar la supremacía económica que Estados Unidos construyó durante gran parte del siglo XX. Se trata de la erosión relativa de la hegemonía estadounidense y la emergencia de nuevas disputas entre grandes potencias por mercados, recursos, tecnologías y áreas de influencia. Esta dinámica no implica que China sustituya inmediatamente a Estados Unidos como potencia dominante, pero sí configura un escenario internacional mucho más competitivo, conflictivo e inestable.

Al mismo tiempo, la creciente rivalidad entre ambas potencias imperialistas no conduce mecánicamente a una guerra abierta. Pero es claro que las tensiones geopolíticas entre las potencias imperialistas tienden a incrementarse y no hay perspectivas de que eso vaya a cambiar en el mediano plazo, pues ningún imperialismo -tradicional o en construcción- consigue aportar un nuevo modelo de orden mundial.

Las calles contra el G7

Mientras los jefes de Estado y de gobierno se reunían en Évian, miles de personas se movilizaron en distintas ciudades de Suiza y Francia para expresar su rechazo a las políticas impulsadas por el grupo. Se estima que 60 mil personas marcharon el sábado 13 de junio en contra del G7.

Las manifestaciones más importantes tuvieron lugar en Ginebra, Lausana y otras localidades cercanas a la cumbre, donde confluyeron organizaciones sindicales, movimientos ambientalistas, colectivos feministas, agrupaciones antirracistas y organizaciones pro palestinas.

Durante varios días se realizaron marchas, concentraciones, foros y actividades públicas que reunieron a miles de personas. Las consignas abarcaron una amplia variedad de temas, pero compartieron la crítica al papel desempeñado por las potencias en las principales crisis contemporáneas. La guerra en Gaza, el aumento del gasto militar, las políticas migratorias restrictivas, el deterioro ambiental, las desigualdades sociales y los efectos de la crisis climática ocuparon el principal espacio en las movilizaciones.

El gobierno suizo movilizó aproximadamente 4.000 efectivos del ejército, miles de agentes policiales y estableció amplias restricciones de circulación en las zonas próximas al evento. Además, se implementaron controles fronterizos extraordinarios y se reforzó la vigilancia aérea y terrestre para impedir acciones de protesta en las inmediaciones del lugar de reunión. La imagen de una cumbre protegida por un amplio dispositivo militar y policial contrasta con la de miles de manifestantes reunidos en las calles.

Durante los últimos años, numerosos países han experimentado el fortalecimiento de fuerzas conservadoras, nacionalistas y de extrema derecha. El endurecimiento de las políticas migratorias, el avance de discursos xenófobos, el crecimiento del militarismo y la expansión de proyectos políticos autoritarios caracterizan a este momento como uno marcado por el auge de sectores de derecha. Sin embargo, las movilizaciones contra el G7 hacen parte de la respuesta a esto. Junto al avance de los proyectos reaccionarios también emergen respuestas sociales desde abajo que buscan articular resistencias frente a la guerra, la desigualdad, el racismo y la destrucción ambiental.

Si por un lado crecen las fuerzas que promueven el cierre de fronteras, el nacionalismo y el fortalecimiento de los aparatos represivos, por otro continúan desarrollándose movimientos que reivindican la solidaridad internacional, los derechos de los migrantes, la defensa del medio ambiente y la oposición a las guerras imperialistas. Las decisiones de los gobiernos del G7 enfrentan crecientes cuestionamientos sociales dentro y fuera de sus propias fronteras. La necesidad de blindar las reuniones mediante miles de policías y soldados muestra el rechazo social.

Por esa razón, las protestas muestran que, frente al avance de los proyectos conservadores y autoritarios, existen fuerzas sociales capaces de movilizarse y construir alternativas desde abajo. La propia necesidad de desplegar el aparato de seguridad para garantizar el funcionamiento de la cumbre constituye una señal de esa tensión. En un mundo atravesado por múltiples crisis y por un visible desplazamiento político hacia la derecha, las protestas recuerdan que también persisten dinámicas de resistencia y contestación social que buscan disputar el rumbo del orden internacional.

Un orden internacional más fragmentado

Lejos del escenario de predominio que caracterizó los años noventa, las potencias imperialistas occidentales enfrentan hoy un mundo en combustión. La guerra en Ucrania e Irán, el genocidio en Gaza, la disputa geopolítica con China y Rusia, son algunos síntomas de esto.

A estas tensiones se suman las crecientes divergencias entre los propios imperialismos tradicionales u occidentales, es decir, el eje del “atlantismo”. Una de las causas centrales es el cuestionamiento hacia el proyecto de imperialismo territorializado que esboza Trump, el cual -hasta el momento- se mostró caótico y errático, al extremo de que el accionar de la Casa Blanca potencia los problemas de “gobernanza” mundial.

Por ello, cada día emergen diferencias sobre el reparto de los costos militares, las políticas comerciales, las relaciones económicas con Pekín, el financiamiento de la OTAN y las exigencias estadounidenses para aumentar el gasto militar europeo, entre otros temas (sin olvidar el choque con la UE hace unos meses por el reclamo de Trump de controlar Groenlandia).

Más que un bloque homogéneo, hay que tener claro que el G7 es una cumbre que cada vez expresa más las tensiones entre los intereses nacionales-imperialistas. Estas tensiones reflejan la progresiva ruptura de varios de los consensos inter-imperialistas que dominaron las últimas décadas. La confianza en una globalización estable, la expansión continua del libre comercio y la capacidad de Estados Unidos para actuar como organizador del sistema internacional dieron paso a un escenario marcado por rivalidades geopolíticas, conflictos armados, proteccionismo nacionalista y disputas cada vez más intensas entre los imperialismos.

La importancia (o irrelevancia) de la cumbre no radicó únicamente en las decisiones adoptadas, sino también en lo que puso de manifiesto: un mundo en combustión donde las tensiones económicas, políticas, militares y sociales se acumulan sin que exista todavía un nuevo equilibrio capaz de estabilizar el escenario internacional.

[1] En esta nota nos referimos a la negociación desde la visión de los Estados Unidos. En la última edición del Suplemento Marxismo en el Siglo XXI se expone un balance más global, incluyendo nuestro criterio de defender a Irán en esta guerra en tanto que nación independiente ante el imperialismo, a la vez que repudiamos el régimen reaccionario, teocrático y burgués de los ayatolás, que en enero masacró al pueblo iraní que protagonizó justas movilizaciones contra la crisis económica y el autoritarismo del régimen iraní.

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