Fidesz, el partido de Víktor Orbán, acaba de sufrir una derrota aplastante en las elecciones de Hungría tras 16 años en el poder. No es un dato menor, era uno de los gobiernos más fuertes y autoritarios de la extrema derecha internacional.
Con el 66% de los votos contados, el partido de oposición Tisza alcanzaba las 137 bancas mientras el orbanismo se quedaba con 55. La derrota del oficialismo es absolutamente categórica.
La situación política húngara está lejísimos de haber «girado a la izquierda». Lo que sí pasó es que el pueblo magiar rechazó masivamente el autoritarismo y, sobre todo, la corrupción del gobierno de Orbán. Con su despotismo consolidado, todos los organismos gubernamentales se habían convertido en un nido de corrupción pornográfica. Como todos los gobiernos de extrema derecha, como Trump y como Milei, el de Orbán era un gobierno de delincuentes, ladrones y lúmpenes.
Orbán era uno de los derechistas más adeptos del uso de la «guerra cultural» y la «moral» tradicional «occidental y cristiana» como ropaje perfumado para la basura capitalista. La ideología conservadora era y es una excusa para la defensa de los saqueos de los ricos. Desde Trump y su amistad con Epstein hasta la delincuencia organizada de Milei y Adorni, pasando por Orbán y Fidesz, la defensa de la extrema derecha de los ricos es la defensa de su derecho a robarle a los pobres todo lo que puedan. De eso se trata su ideología ultra capitalista.

El conservadurismo social extremo es del disfraz moralista de los delincuentes. Orbán, por ejemplo, había prohibido la Marcha del Orgullo contra la comunidad LGBTI. También había prohibido adoptar a las parejas diversas e impedido que las personas trans puedan ser reconocidas legalmente en el territorio húngaro.
Orbán era uno de los gobiernos que más claramente había logrado pasar por encima de las instituciones de la democracia burguesa. Y aún así, no logró eliminar del todo las conquistas democráticas, lo que acaba de serle cobrado con una elección que los saca del poder de manera categórica y humillante.
Está claro que el fenómeno de la extrema derecha internacional, sin haber sido del todo derrotado, está pasando por una dura prueba. Trump viene de fracasar estrepitosamente en Irán, y ahora acaba de perder a uno de sus aliados más importantes en el corazón de la Unión Europea. Las cosas son claras: el proyecto de la extrema derecha de imponerse en el mundo está lejos de haberse afianzado.




