Cambio climático

Europa arde entre las olas de calor y el capitalismo ecocida

El calor intenso ya provocó la muerte de 80 personas en Francia, 40 de ellas en los últimos días. La mayor parte de las víctimas eran adultos mayores qe superaban los 75 años.

Europa vive (otra vez) uno de los episodios de calor más intensos de los últimos años. Una vasta masa de aire caliente procedente del norte de África, combinada con un sistema de altas presiones que bloquea el ingreso de aire más fresco, empuja las temperaturas por encima de los valores habituales en gran parte del continente. Desde la Península Ibérica hasta Francia, Italia, Alemania y los Balcanes, millones de personas enfrentan días de calor extremo en pleno inicio del verano boreal.

España registra temperaturas superiores a los 42 °C en varias regiones, mientras algunas zonas de Francia y Portugal rozan o superan los 40 °C. En París, las autoridades activaron las alertas sanitarias. En Italia, varias ciudades permanecen bajo alerta roja debido al riesgo que representan las altas temperaturas para la salud. Incluso países del norte de Europa, menos acostumbrados a este tipo de fenómenos, experimentan registros elevados para esta época del año.

En España, los días 22 y 23 de junio se convirtieron en los más calurosos para este mes desde que comenzaron las mediciones en 1950, y las temperaturas se situaron cerca de siete grados por encima de la media histórica. Los servicios meteorológicos registran decenas de récords locales en distintas ciudades, una señal de que los eventos extremos dejaron de ser excepcionales, para convertirse en una característica cada vez más frecuente de los veranos europeos.

Las consecuencias del calor trascienden el ámbito ambiental. Los hospitales reciben un aumento de personas afectadas por golpes de calor y deshidratación, mientras las autoridades reportan decenas de muertes vinculadas a las altas temperaturas. La situación recuerda la experiencia de la ola de calor de 2003, cuando murieron más de 70 mil personas en el continente, especialmente adultos mayores que vivían solos o carecían de sistemas adecuados de refrigeración.

Las personas trabajadoras expuestas a labores al aire libre, enfrentan los riesgos más elevados. Obreros de la construcción, repartidores, trabajadores agrícolas, personal de limpieza urbana y empleados de servicios esenciales realizan jornadas laborales bajo temperaturas extremas que en algunos casos superan los 40 °C. La necesidad empresarial de mantener la producción y la actividad económica sin importar el costo, limita las medidas de protección y expone a miles de personas a condiciones peligrosas.

En numerosas ciudades, durante la noche las temperaturas mínimas permanecen por encima de los 25 °C, lo que los especialistas denominan «noches tropicales» o «noches ecuatoriales». La falta de descanso térmico impide la recuperación del organismo. Así, el calor tiene una dimensión de clase: quienes poseen mayores recursos pueden refugiarse en viviendas climatizadas o modificar sus rutinas, mientras los sectores trabajadores son expuestos para garantizar el funcionamiento cotidiano de las ciudades.

Las urbes europeas muestran importantes limitaciones para enfrentar estas temperaturas. Gran parte de la infraestructura urbana se diseñó para climas más templados y presenta dificultades para soportar largos períodos de calor intenso. Los edificios conservan el calor durante la noche, las superficies asfaltadas elevan las temperaturas y, los barrios urbanos, carecen de suficientes espacios verdes que permitan reducir los efectos de las islas de calor. En ciudades como París, Bruselas o Londres, donde el aire acondicionado no se encuentra tan extendido como en otras regiones del mundo, millones de personas afrontan estas jornadas de calor extremo en viviendas poco adaptadas a estas condiciones.

Las altas temperaturas afectan las líneas ferroviarias, obligan a reducir la velocidad de circulación y provocan interrupciones temporales de algunos servicios. Asimismo, la demanda eléctrica aumenta debido al uso masivo de sistemas de refrigeración, lo que incrementa la presión sobre las redes de distribución. Además, los centros educativos redujeron o interrumpieron las clases debido a las elevadas temperaturas dentro de las aulas.

Durante las últimas décadas, Europa experimenta un aumento sostenido en la frecuencia, duración e intensidad de los eventos de calor extremo. Los veranos excepcionalmente cálidos se volvieron cada vez más habituales y las temperaturas récord se superan con mayor regularidad en distintas regiones del continente. Lo que anteriormente ocurría una vez cada varias décadas ahora se repite en períodos mucho más cortos.

Los científicos vinculan directamente estos episodios con el aumento de la temperatura media del planeta provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero. El calentamiento global no genera cada ola de calor de manera aislada, pero sí modifica las condiciones de fondo que permiten que estos eventos sean más probables, más prolongados y más intensos. Las masas de aire cálido alcanzan temperaturas más elevadas, los períodos de sequía se prolongan y los sistemas de altas presiones permanecen durante más tiempo.

El fenómeno de El Niño también contribuye a agravar las condiciones climáticas globales. El calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico modifica la circulación atmosférica y favorece un incremento de las temperaturas medias del planeta. Aunque El Niño no explica por sí solo la actual ola de calor europea, sí actúa como un factor adicional que se suma al calentamiento global. Los años influenciados por este fenómeno suelen registrar temperaturas récord a escala mundial y aumentan la probabilidad de eventos extremos en distintas regiones del planeta.

La crisis climática no puede separarse del funcionamiento del sistema económico capitalista. El modelo de acumulación basado en los combustibles fósiles, el crecimiento irracional de la producción y el consumo intensivo de recursos naturales, contribuye al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque las grandes potencias europeas promueven discursos de transición ecológica, continúan sosteniendo patrones de producción, transporte y consumo altamente dependientes de la energía fósil.

La ola de calor no es únicamente una emergencia meteorológica, es también un fenómeno social. Las temperaturas extremas ponen de manifiesto las desigualdades sociales que determinan quiénes sufren con mayor intensidad sus efectos. El estrés térmico se convierte en una cuestión de clase. Los sectores con mayores ingresos tienen búnkeres climatizados o pueden trasladarse a lugares más frescos, mientras millones de personas trabajadoras no paran sus labores bajo temperaturas que superan los 40 °C. El calor mata, pero no lo hace de manera uniforme. Las víctimas están entre quienes trabajan para vivir.

La crisis climática no puede resolverse mediante pequeños ajustes dentro del capitalismo. Durante décadas, las principales economías europeas impulsaron políticas de descarbonización, necesarias pero limitadas. Se mantuvieron los patrones de producción, transporte y consumo basados en la utilización intensiva de combustibles fósiles y en la búsqueda permanente de generación de ganancias a partir de la explotación humana y la expoliación de la naturaleza.

Este tendencia se profundizó en los últimos años, en el marco de un mundo en combustión polarizado por los gobiernos de extrema derecha, los cuales son abiertamente negacionistas del cambio climático y fomentan el uso de combustibles fósiles. Esto lo sintetizó Trump con la frase “Drill, babby, drill”.

La lógica de la rentabilidad continúa predominando sobre la planificación ambiental, la protección de los ecosistemas y las necesidades sociales. Mientras la producción y el consumo continúen organizados en función de la rentabilidad y no de las necesidades sociales y ecológicas, los costos del calentamiento global seguirán recayendo sobre las mayorías trabajadoras. Desde esta perspectiva, no existe una salida a la crisis climática dentro de los límites del capitalismo, porque las mismas dinámicas que impulsan la acumulación de capital continúan alimentando el deterioro ambiental y profundizando las desigualdades frente a sus consecuencias.

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