Festejos en plena cuarentena

Escándalo de Olivos: Son privilegios de clase

Mientras en plena pandemia los trabajadores eran enviados a contagiarse a las fábricas, políticos y empresarios gozaban de sus privilegios. Los festejos en Olivos constituyen un escándalo propio de una sociedad sumida en la desigualdad de clase.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


Visitas a Olivos

La agenda política nacional se ha convulsionado con la confirmación de que, en plena cuarentena por el Coronavirus, el Presidente y sus allegados festejaron un cumpleaños en la Residencia Presidencial de Olivos.

El escándalo se largó luego de que se filtrara una foto donde se lo puede ver al Presidente Fernández junto a otras 12 personas, incluida su esposa, Fabiola Yañez, quien festejaba su cumpleaños. En ese momento, las reuniones sociales se encontraban prohibidas por la pandemia.

La indignación no tardó en estallar en las redes sociales y el tema inmediatamente copó el espacio de los principales medios de comunicación. No es para menos: mientras miles de trabajadores tenían que salir a contagiarse para seguir haciendo garantizando las ganancias empresariales, y otros estaban impedidos de ver a familiares y amigos por el aislamiento, el Presidente de la Nación incumplía las medidas restrictivas que su propio gobierno había dictado.

La derecha macrista, ex macrista, macrista vergonzante y liberal («matices» que poco tienen que ver con sus posiciones) intenta filtrar en la indignación su negacionismo. El problema no sería que algunos se tenían que contagiar para sobrevivir mientras otros se llenaban los bolsillos desde la seguridad de sus casas. El problema sería la propia cuarentena: la derecha cuestiona que se haya limitado parcialmente enviar a los trabajadores al matadero. Detrás de los cuestionamientos a los «privilegios de los políticos» está la defensa de los privilegios de los empresarios.

La reunión fue en julio del año pasado. En ese momento, el país se encontraba en cuarentena, pero cada vez más actividades económicas se sumaban a la lista de «exceptuadas» del confinamiento, mientras los contagios seguían en aumento.

Por sobre el ruido de los medios y la oposición de derecha, el festejo expresa una realidad más profunda que está en la base del genuino enojo que genera la impunidad de los que tienen poder. La realidad es incontestable: algunos tienen privilegios. Y son privilegios de clase.

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Los ricos no piden permiso. Los gobernantes, tampoco

En aquellos primeros meses de pandemia, donde todavía no había vacunas y apenas se estaba conociendo las consecuencias del virus, una medida como la cuarentena era inevitable. Incluso los países más desarrollados no pudieron evitar recurrir a los confinamientos.

Pero la cuarentena no fue igual para todos, y las fotos del Presidente de cumpleaños sólo vienen a confirmarlo.

En primer lugar porque, respondiendo a la presión de los empresarios para volver a producir, el gobierno mandaba a los trabajadores a contagiarse a las fábricas. La única actividad que se permitía era la de ser explotado. Pero la educación, las reuniones, las actividades de ocio, y cualquier otra actividad social (¡y política!) estaban prohibidas para los trabajadores.

En ese entonces, el gobierno insistía en que no se realicen movilizaciones con la excusa de que multiplicaban los contagios. Incluso llegó a salir una resolución del Ministerio de Trabajo que prohibía las asambleas en los lugares de trabajo.

Además, la cuarentena no fue acompañada de medidas para garantizar el aislamiento y los cuidados. No sólo porque enseguida reabrieron las fábricas (con mentirosos «protocolos» hechos por las mismas patronales) sino también porque la ayuda social fue limitada e insuficiente (el IFE era de apenas $10.000 y sólo se cobró cuatro veces en el año), mientras que al mismo tiempo no se multiplicó el presupuesto para el sistema de salud como hubiera sido necesario. El personal de salud continuó cobrando sueldos de miseria en plena pandemia.

Mientras tanto, en los barrios, la cuarentena sirvió como excusa para profundizar la política represiva. Los casos de gatillo fácil se multiplicaron, y para los mismos días en los que Fernández festejaba en Olivos, Cristina Castro salía a la calle para pedir por la aparición de su hijo Facundo, que después aparecería muerto luego de ser detenido por la bonaerense por romper la cuarentena.

En todo este cóctel social donde la pandemia golpeaba especialmente a los trabajadores, la burguesía vivía una realidad muy distinta. Con la tranquilidad de poder acceder a las clínicas más caras y exclusivas en caso de necesitarlo, los empresarios se pasaron de aquí para allá en reuniones e incluso viajando al exterior.

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Gustavo Nardelli, uno de los estafadores de la Junta Directiva de Vicentín, paseaba en su yate en el delta apenas unos días después de decretado el ASPO. El propio Mauricio Macri, de hecho, realizó viajes de negocios al exterior y regresó al país mientras el aislamiento seguía vigente. Horacio Rodríguez Larreta, por su parte, se tomó unas relajantes vacaciones en Brasil.

Mientras políticos y empresarios vivían su vida de privilegios, la clase obrera era enviada al matadero de los contagios en las fábricas mientras su vida social se atrofiaba, con todas las consecuencias sociales y hasta psicológicas que ello acarreaba. La pandemia fue vivida de manera muy distinta dependiendo de qué clase social se trate.

Por eso, no alcanza con denunciar los privilegios con los que, es verdad, cuentan los políticos. Sin embargo, no se trata sólo de la así llamada «casta política», sino de la clase social a la que esta responde y pertenece: los capitalistas.

La impunidad con la que el Presidente y parte de su familia festejaron un cumpleaños en ese contexto no es más que la proyección, en el poder del Estado, de una sociedad donde algunos tienen privilegios y libertades mientras el resto se rompe la espalda laburando y paga las mayores consecuencias de la pandemia.

Más allá del amarillismo de algunos medios de comunicación y la demagogia de la oposición de derecha, el caso de los festejos en Olivos no son más que la forma burda de una realidad que, fuera de la letra muerta de la Constitución y las leyes, se hace evidente cada día: en la Argentina capitalista no somos todos iguales.

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