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La situación internacional

Entre la combustión y la rebelión: la coyuntura mundial bajo Trump

Presentamos una versión editada de la charla que brindamos en Lomas de Zamora, el pasado 6 de diciembre. La misma se realizó como parte de las actividades de discusión política previas a la Convención Nacional del Nuevo MAS que se llevará a cabo los días 19, 20 y 21 de diciembre en los Teatros Astros y Picadero.


En las próximas semanas tendrá lugar una nueva Convención Nacional del Nuevo MAS. Es un evento que nos obliga a “parar la pelota” y reflexionar sobre nuestro quehacer militante.

En esta ocasión, la discusión sobre la situación internacional tendrá un lugar prominente en la actividad. ¿Por qué? El motivo es simple: basta ver la tapa de cualquier periódico para percatarse que el mundo en un hervidero político. Entramos en un mundo nuevo, en el que se acumulan y convergen crisis de todos los tipos y en todos los lugares; se desarrollan guerras regionales, pero con la intervención de las grandes potencias; la crisis ecológica dice presente con olas de calor intensas e prolongadas; y donde la inteligencia artificial y el algoritmo son utilizadas para gestionar formas de trabajo análogas a las de los comienzos de la revolución industrial.

En vista de todo lo anterior, es fundamental que, como corriente internacional y como partido, construyamos una composición de lugar que nos permita captar las tendencias en curso, precisar cómo nos pueden afectar –a corto y largo plazo- en nuestros ámbitos de militancia cotidiana y sacar las conclusiones estratégicas, políticas y constructivas del caso.

Paréntesis metodológico: el internacionalismo como ejercicio

Antes de entrar por el fondo en la charla, quería hacer un breve paréntesis metodológico sobre qué significa ser internacionalista hoy.

Marx, en sus famosas Tesis sobre Feuerbach, indicaba que los “filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. En otras palabras, nos decía que había que dejar de encharcarnos en discusiones escolásticas y pasar a la acción para revolucionar la sociedad.

Esta tesis es medular para toda corriente que precie de llamarse revolucionaria. |Nos apela a militar cotidianamente y a dar las batallas para enfrentar los ataques de la burguesía, las maniobras de las burocracias y construir nuestro partido en competencia con otras tendencias. Pero esta llamada a la acción de Marx para transformar, muchas veces es interpretada por algunas izquierdas en clave “movimientista”, esto es, limitándose a enaltecer la acción sin meditación o reflexión. Desde nuestra corriente diferimos con este abordaje.

La apelación de Marx a “transformar el mundo”, no niega la importancia del esfuerzo de comprenderlo. Por el contrario, lo contiene; hay un ida y vuelta entre el transformar y el comprender.

Con esto quiero decir que es fundamental pensar el mundo sobre el cual estamos parados e identificar las tendencias estructurales que configuran el siglo XXI. Discutimos sobre la situación internacional no por un “hobby intelectual” o simplemente porque nos apasiona, sino que lo hacemos ante todo porque es indispensable para trazar una diagonal entre las coordenadas globales con nuestra militancia cotidiana.

Esto, además, lo hacemos desde un punto de vista estratégico, mediante el cual tratamos de combinar las novedades coyunturales con las claves estratégicas o históricas. La corriente socialista revolucionaria que no haga eso, no tiene perspectiva histórica ni constructiva.

El internacionalismo, por tanto, no es solamente un “principio” abstracto o genérico; es también un ejercicio militante. Me explico mejor. Por principio, somos solidarios con las luchas de los sectores explotados y oprimidos en el mundo. Ahora, por ejercicio estamos obligados a invertir energías y recursos militantes para estudiar el mundo, darle seguimiento a los debates internacionales y procesar esa información en un sentido estratégico, para dotar con las herramientas analíticas y políticas a la militancia de la corriente.

En suma, el ejercicio del internacionalismo es uno de los vectores que nos permite ser una corriente contemporánea del siglo XXI, algo que desde Socialismo o Barbarie (SoB) y el Nuevo MAS valoramos como una conquista política.

Puede que esto suene un tanto extraño, pero en realidad tiene su profundidad. Hay muchas corrientes trotskistas que, actualmente, están en crisis porque se quedaron ancladas en el siglo pasado: no sacaron balance del estalinismo; no captaron que está en curso un recomienzo histórico de las luchas de los explotados y oprimidos; no jerarquizaron construirse en la juventud y hoy están en proceso de extinción porque no tienen militancia juvenil; tampoco aceptan que emergió una nueva clase trabajadora diferente a la que había en la segunda mitad del siglo XX (como los repartidores)[1].

Claramente, ese no es el caso de nuestra corriente internacional o del partido en la Argentina. Tenemos muchos desafíos constructivos por superar, pero podemos afirmar con convicción los siguiente: somos una corriente del siglo XXI y tenemos más futuro que pasado.

El fin del mundo de la posguerra y el consenso globalizador

Ahora vamos a entrar con el tema que nos convoca. Muchas veces, quienes tenemos más “juventud acumulada”, damos por un hecho que las nuevas generaciones saben de qué estamos hablando cuando remitimos a hechos del pasado reciente. Pero no es así, algo que tomamos en cuenta tratándose de nuestra corriente, caracterizado por contar con una gran camada militante juvenil.

Por ello, para explicar lo novedoso del mundo actual, primero vamos a repasar someramente como era el mundo que había antes. Este contraste entre los “viejo” y lo “nuevo” del mundo, nos va permitir transmitir mejor la idea de lo que hay de novedoso en la situación internacional.

Nuestras caracterizaciones sobre la coyuntura mundial tienen tres niveles: el estructural (economía, ecología, etc.), la relación entre Estados (geopolítica) y la relación entre clases sociales (lucha de clases). Según el momento, destacamos uno o varios de esos elementos. Hoy, sin duda alguna, el plano geopolítico es el más disruptivo y el que está marcando el ritmo de la agenda política.

Dicho muy de forma general, la II Guerra Mundial fue un evento sangriento que dirimió la disputa por la hegemonía imperialista. El mundo de la segunda posguerra surgió con un claro vencedor, a saber, los Estados Unidos.

El imperialismo estadounidense se impuso como el gran “hegemón”; el “primero entre pares” que, en adelante, dictó las reglas del juego. Se configuró así una arquitectura del capitalismo global bien clara, la cual contaba con instituciones “internacionales” para regular el comercio, la política y la justicia.

Además, en la segunda posguerra se produjo una ola de luchas por la descolonización. Esto es importante, porque marcó el fin de los imperios coloniales tradicionales y se impuso otra forma de dominio imperialista por medio de la semi-colonización, es decir, países formalmente independientes, pero supeditados al imperialismo por la vía de la sujeción económica.

Posteriormente, con la caída del muro de Berlín, el derrumbe de la URSS y la reabsorción capitalista de China, sobrevino el consenso globalizador o neoliberal. Fue presentado como el “Fin de la Historia”, en el sentido de que el “espíritu” había alcanzado en la democracia burguesa liberal su forma última de desarrollo social y no se iba a realizar un nuevo. En otras palabras, se dio por clausurada la “lucha de clases”.

Existía un orden mundial, o, mejor dicho, un consenso interimperialista articulado en torno a la tríada libre comercio, democracia liberal y el fin de la lucha de clases. Esas premisas fueron predominantes desde fines de los años ochenta hasta no hace mucho (podríamos usar la crisis económica de 2008 como un punto de ruptura).

Los noventa y los dos mil, fueron los años de la globalización (era uno de los temas centrales de estudio en Historia en la secundaria). Los ideólogos neoliberales nos decían que la capacidad de generar riqueza era infinita por medio del libre comercio. La incorporación directa de la URSS, Europa del Este y China a la geografía de la acumulación de capital, produjo una sensación de victoria del imperialismo (estadounidense principalmente) y el mundo se veía como infinito.

La clave del desarrollo de las naciones era abrir sus economías al mercado mundial, para recibir inversiones imperialistas y prosperar. Parecía que era un modelo exitoso. Además, con cierto “cosmopolitismo” snob o fetichizado.

Se impuso una lógica economicista, según la cual había que invertir donde se pudiera producir con menores costos de producción (materias primas y mano de obra). Las industrias se deslocalizaron hacia los países donde pudieran explotar aún más los recursos. Estados Unidos, por ejemplo, perdió gran parte de sus industrias, por lo cual pasó de producir el 50% del PIB mundial a representar aproximadamente un 25% en la actualidad.

Mientras tanto, China se industrializó y se desarrolló como un capitalismo de Estado que no sólo no se adaptó a los consensos de la democracia liberal, sino que además se constituyó en un imperialismo en construcción que entró en la disputa por la hegemonía imperialista. Hoy el gigante asiático representa el 20% del PIB mundial.

Además, desde hace varias décadas comenzaron a ser evidentes los problemas de la globalización neoliberal. La desigualdad social creció enormemente y, para pesar de los ideólogos imperialistas, volvió con fuerza la lucha de clases con las olas de rebeliones populares. El “argentinazo” fue uno de los puntos álgidos de la primera ola de rebeliones que tuvo su epicentro en América Latina.

Desde nuestra corriente denominamos a este proceso como un recomienzo de las luchas de los explotados y oprimidos, una formulación que da cuenta de los alcances y límites que le caracterizan: estallidos sociales, algunos muy radicales, pero que por ahora no dieron paso a revoluciones sociales, en gran medida por el atraso de los factores subjetivos derivados de la crisis de alternativa, una herencia del estalinismo que ensució la palabra socialismo y que todavía pasa factura (aunque cada vez más sectores de la juventud ven con simpatía el “anticapitalismo”).

También, estalló la crisis económica capitalista de 2008, un evento tectónico que fue muy profunda y dejó en claro que había límites para la lógica de acumulación del capitalismo neoliberal.

Trump y el retorno del debate sobre el imperialismo

Lo anterior nos lleva directamente hasta la era de la combustión, es decir, al mundo actual. A lo largo de los últimos años se acentuaron todas las contradicciones latentes en el capitalismo del siglo XXI (ver Una lucha de clases más radicalizada). Por donde sea que se le mire, el “orden mundial” presenta numerosas “líneas de falla” que minan su legitimidad.

Es lo que muchos analistas catalogan como una crisis multidimensional o “policrisis” del capitalismo, lo cual explica que sea un mundo cada vez más difícil de gestionar para las burguesías imperialistas. Esto es lo que pretendemos capturar con nuestra definición de “era de la combustión”; ingresamos a un mundo en el que se rompió el equilibrio internacional e impera un “caos sin orden a la vista”.

Atrás quedó la etapa del “orden consensual hegemónico” y, en contraposición, actualmente las potencias imperialistas se pelean como “matones” por el reparto de territorios para expoliar.

Al imperialismo de la globalización y del libre comercio sin fronteras, se le impuso el imperialismo de la territorialización, el cual expresa una combinación más cerrada entre economía y política. Ya lo prioritario no es la simple producción a bajo costo, sino la localización de esa producción, porque un país desindustrializado pierde sus atributos de potencias imperialistas.

Se trata de un “capitalismo de la finitud”, dentro del cual las burguesías imperialistas y sus socias menores (sub-imperialistas o potencias regionales) evalúan que no hay espacio para el crecimiento infinito y, por tanto, la depredación de los recursos existentes es la mejor forma de mantener o mejorar su posición. En otras palabras, se reabrió una nueva repartición del planeta manu militari.

Trump es producto de dicha combustión. Expresa a un sector de la burguesía imperialista yanqui que llegó a la conclusión de que no se puede ganar la competencia interimperialista con China con los métodos que, hasta entonces, estaba implementando el establishment en Washington.

Tiene en su cabeza otra geopolítica, que consiste en repartirse el mundo en esferas de influencia, donde cada imperialismo tenga predominio. Por eso reclamó el Canal de Panamá, militarizó el Caribe y quiere adueñarse de los recursos naturales de la región. Ya no son los tiempos de la “mano invisible” estableciendo la armonía universal mediante el libre comercio; ahora es la “mano visible” (o el puño) golpeando el tablero para reordenar las fichas.

Junto con esto, es un mundo en el que la extrema derecha emergió como un fenómeno político internacional. El caso más extremo es el giro fascista del gobierno de Netanyahu, el cual dio vía libre a las pulsiones genocidas latentes en todo proyecto colonial de limpieza étnica y desató un genocidio en Gaza e incrementó el régimen del apartheid y limpieza étnica en Cisjordania. El genocidio en Gaza denota el uso de métodos de guerra civil contrarrevolucionaria contra la lucha de liberación nacional del pueblo palestino.

¿Por qué está en ascenso la extrema derecha y reabrió el debate ideológico en clave reaccionaria, mientras la izquierda todavía es minoritaria? Es difícil dar una respuesta acabada a esto. Por el momento, sugerimos una hipótesis de trabajo: la crisis del capitalismo es real y profunda, lo cual desató un cuestionamiento al status quo neoliberal e imperialista previo.

Pero, a diferencia de la era de los extremos del siglo XX, en esta ocasión el proceso comenzó por la extrema derecha, posiblemente porque la crisis de alternativa aún pesa sobre las corrientes socialistas revolucionarias que somos muy minoritarias. Esto puede explicar que el cuestionamiento al orden imperante desde la extrema derecha tenga más alcance en este momento (es una polarización asimétrica), lo cual no niega que hay un enorme espacio para posicionar un cuestionamiento anticapitalista en lo venidero.

Un mundo en disputa y la potencialidad de la reversibilidad dialéctica

Cuando el viejo orden entra en crisis, se recrudece la batalla política por delinear los contornos de lo nuevo que está por emerger. La brutalidad de la nueva etapa y sus tendencias hacia los extremos, puede generar el retorno de las revoluciones en el siglo XXI, un escenario para el cual nos corresponde fortalecer nuestra militancia y, llegado el caso, estar a la altura del desafío histórico.

El signo político de lo venidero se definirá en la lucha de clases. Es necesario ampliar la mirada y, tal como hiciera Lenin en medio de la Primera Guerra Mundial, aprender a identificar en un escenario adverso los puntos de apoyo para la acción revolucionaria. El mundo es más rico de lo que parece al ver lo noticiarios o leer los periódicos, saturados con las pugnas geopolíticas por arriba.

Aunque la polarización es asimétrica y el polo reaccionario es el dominante a nivel internacional, también hay vida por abajo y la lucha de clases continúa. Entramos en una nueva etapa de guerras, crisis, barbarie, reacción y revoluciones. Aún no hubo revoluciones, pero es muy posible que lo hagan en lo venidero.

La reversibilidad dialéctica está inscrita como una potencialidad en la actual etapa de la lucha de clases. Los golpes reaccionarios y autoritarios pueden desencadenar respuestas por abajo en un sentido contrario. Las situaciones de ruptura y crisis como la actual, también son el momento donde tienen lugar los cambios de calidad, es decir, donde pueden surgir las nuevas revoluciones sociales del siglo XXI.

La brutalidad y la barbarie no quedan permanente sin respuesta. Las sociedades son “cuerpos vivos”, compuestas mayoritariamente por personas explotadas y oprimidas que, en determinado punto del camino, resisten los ataques y exigen mejores condiciones de vida.

El caso del genocidio en Gaza es un buen ejemplo de esto. La barbarie sionista desató un movimiento de masas internacional en solidaridad con el pueblo palestino que no se veía desde hacía décadas. Por si fuera poco, nos deparó con un hecho inusitado en las últimas décadas como fue el proceso de la huelga en Italia a inicios de octubre, la cual reunión a dos millones de personas y conto con un respaldo del 60% de las bases sindicales para exigir el fin del genocidio en Gaza. Una huelga política de masas, producto de la unidad obrero-estudiantil que, además, corrió por la izquierda al gobierno de Meloni (nostálgico de Mussolini) y a la burocracia sindical.

Asimismo, es notable que las nuevas generaciones están saliendo a luchar contra la falta de perspectivas que les ofrecen el capitalismo del siglo XXI. La Generación Z está dando de qué hablar, protagonizando enormes movilizaciones en todo el mundo que, en algunos casos, tumbaron gobiernos.

A continuación, enumeramos algunas tareas y criterios político-metodológicos fundamentales para afrontar los desafíos colocados por la nueva etapa:

1- No sobrestimar ni subestimar a la extrema derecha. La nueva etapa es más agresiva y sangrienta, pero hay que asumir los desafíos de la lucha política con serenidad y apoyándose en las herramientas del marxismo revolucionario. No hay monstruos invencibles ante los cuales se justifique rendir las banderas de la independencia de clase (Valerio Arcary dixit), ni tampoco se deben banalizar los peligros caracterizándolos como “gatitos mimosos” inofensivos, con lo cual se desarma a la militancia y la vanguardia (Bregman dixit).

2- Tomar a fondo las consignas y luchas democráticas, articulándolas como parte de un programa anticapitalista de la clase trabajadora y los demás sectores explotados y oprimidos. Las corrientes de izquierda economicistas no logran comprender a fondo la nueva etapa y, por ende, sus programas se tornan estrechos y sectarios.

3- Tener astucia para desarrollar la unidad de acción o frentes únicos para impulsar las luchas, sobre todo entre los escalones intermedios de las agrupaciones tradicionales. Los ataques reaccionarios de la nueva etapa van a generar (o, mejor dicho, ya lo están haciendo) la indignación entre amplios sectores de los explotados y oprimidos, lo cual abre espacios para impulsar la movilización y dirigir o codirigir esas experiencias de movilización.

Al mismo tiempo, no se debe perder de vista que son un campo de disputa de tendencias donde hay que hacer valer los intereses de la construcción partidaria ante otras corrientes políticas. Unidad para luchar, pero manteniendo la identidad política de nuestros partidos y agrupaciones.

4- Luchar por la independencia de clase, no caer en el campismo. Para orientarse en medio de este mundo tan convulso desde el punto de vista geopolítico y no sucumbir ante las presiones campistas (pro-chinas, pro-rusas o pro-iraníes, por ejemplo), hay que tener a mano la brújula de clase, es decir, fundar nuestros análisis y políticas a partir de los intereses propios de la lucha de clases y no desde la lógica de los Estados en disputa. Solamente así es posible reafirmar la independencia de clase.

5- Es fundamental asumir con seriedad el estudio y la elaboración marxista, así como la difusión de las ideas anticapitalistas. En un mundo en combustión, se reabre la pelea por el futuro y, desde nuestra parte, queremos que sea anticapitalista y socialista. Nuestra corriente está conquistando un espacio en el debate ideológico, como lo demuestran los cruces en redes con Adorni en torno al Campamento Anticapitalista, el cual expresa el un debate más de fondo: la disputa entre el ultracapitalismo con  anticapitalismo.

Pero es imposible relanzar el marxismo revolucionario sin realizar a fondo un balance serio sobre el estalinismo y la derrota de la revolución en el siglo XX. También, es fundamental estudiar a fondo los nuevos problemas internacionales y los desarrollos de la lucha de clases.

Por otra parte, las corrientes que no tienen solidez estratégica ni elaboración propia, cristalizan en un doctrinarismo sin perspectiva histórica y constructiva alguna. ¡La lucha de clases no tiene piedad de los perezosos mentales!

Por este motivo, nuestra corriente dedica muchas de sus energías a la elaboración, como demuestra la obra El marxismo y la transición socialista de Roberto Sáenz, así como la publicación del suplemento semanal Marxismo en el siglo XXI.


[1] Por ejemplo, la LIT (y el morenismo en general) entró en su fase de descomposión total y estalló en pedazos. Otro caso es el PO, una corriente que nunca superó su nacional trotskismo y se limitó a ser “internacionalista” por principio, “refundando” la IV Internacional cada tanto con rejuntados sin ningún acuerdo estratégico.

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