Los debates abiertos por FATE

Entre el industricidio de Milei y la burguesía «proteccionista»: la única alternativa es la estatización bajo control obrero

El conflicto iniciado la semana pasada en Fate puso en el centro de la discusión pública lo que ya era un secreto a voces: el «plan» económico mileísta está concretando un industricidio brutal. La recesión (estadísticamente maquillada) está destruyendo miles de puestos de trabajo semana a semana.

Con la apertura de importaciones como evento trauma, el crecimiento en volumen de los sectores más parasitarios de la economía no revierte la desacumulación productiva en términos de actividad, capacidad instalada y desarrollo en general.

Un desplome industrial sin piso y una economía deforme

La destrucción productiva que genera el plan económico mileísta no es ningún evento inesperado. Todos los números de la actividad industrial están en rojo desde hace meses. Milei lleva dos años de gobierno y ya está en su segunda recesión. Pero el conflicto en Fate terminó de sepultar los cuentos oficialistas. No hay recuperación en V o estadística trucha que aguante. El desplome de la actividad industrial es brutal y, luego de meses de desacumulación constante, los estragos comienzan a sentirse socialmente y a inundar la coyuntura.

La caída industrial está dando un salto en calidad que se traduce en la aceleración de los cierres y despidos masivos. Un proceso que ya había destruido más de 200.000 puestos de trabajo formales en dos años y que se espiraliza en tiempo real, contagiándose a todo el territorio nacional, no sólo a las grandes aglomeraciones industriales.

En la última semana, las cámaras patronales santafesinas lloraron lágrimas de cocodrilo por el cierre de casi 300 empresas y más de 7.000 despidos (que ninguna patronal duda en ejecutar). «En diciembre de 2025 se registró una caída de la actividad del 9,8% interanual y en el desagregado se destacó que el 68% de las ramas industriales presentó una caída en su nivel de producción». En Tierra del Fuego tomó relevancia la ocupación de la fábrica de aires acondicionados Aires del Sur, que anunció el cierre y despido de 140 trabajadores. En Tucumán comenzaron las recortes salariales para 900 trabajadores de Topper. Y en los parques industriales de otras provincias como San Luis y Catamarca se replican cierres de empresas de menor envergadura, tanto nacionales como filiales de grupos multinacionales.

No hace falta extenderse en demasiados números para ver la imagen general: la economía argentina no estás simplemente retrayéndose (de ahí que Milei siga delirando respecto al nivel de actividad general, indiferenciado) sino deformándose en contradicciones absolutamente desproporcionadas. En estos días, la apreciación del peso (por cuestiones no meramente nacionales) preanuncia un abaratamiento aún mayor de las importaciones y un encarecimiento relativo de los costos de producción local.

Actualmente lo único que frena un nuevo salto de las importaciones son, justamente, la caída de la actividad industrial (que desalienta la importación de bienes de capital e insumos industriales) y la caída generalizada del consumo masivo por los bajos salarios. Aún así, el esquema de dólares caros e inflación interna es especialmente pernicioso para los productos de mayor valor agregado (es decir, los industriales).

El debate sobre la industria y el país que se viene

«Los problemas sociales que se derivan de un plan económico de este tipo son evidentes. La pobreza crece a la sombra de las estadísticas truchas y los despidos se multiplican en todo el país. Y los problemas políticos no son menores. No sólo pone a prueba la legitimidad de un gobierno que acumuló desastres políticos durante todo el 2025 y ganó las elecciones raspando, principalmente por la desidia de una oposición peronista desorientada, derrotista y sin programa. También porque abre grietas en el seno de la propia burguesía argentina. Una clase social parasitaria y cipaya, pero no por eso menos adicta al dinero« (IzquierdaWeb, 30/1).

Este jueves Milei volvió a insultar a varios CEOs de la burguesía autóctona a través de su cuenta de X. Eligió a Paolo Rocca (de Techint, cruzado con Milei por la licitación del oleoducto para Vaca Muerta), Madanes Quintanilla (dueño de Fate y Aluar, que acaba de desatar el conflicto obrero más importante de la última década) y Roberto Méndez (del grupo Neumen, también del rubro neumáticos).

Horas antes, Méndez había dicho en un streaming que «con el kirchnerismo, los industriales ganábamos más» y que «robamos demasiado» en referencia a los precios «altos» de los productos industriales locales. Las desvergonzadas palabras del CEO ligado a Pirelli eran una invitación para que Milei vomite sus estupideces habituales. La idea de que el problema de la industria argentina sería meramente el clientelismo de las gestiones peronistas anteriores. El cruce fue el nuevo capítulo de una discusión inter – burguesa en el que ambos bandos mienten interesadamente.

Los productos industriales locales son caros en relación a los precios internacionales porque la industria argentina tiene un grado de desarrollo mucho menor al de las potencias manufactureras. Esta debilidad congénita, propia de los países dependientes, plantea la necesidad de determinadas barreras proteccionistas como requisito inmediato para mantener algún nivel de actividad industrial (sin hablar siquiera de desarrollo real del aparato productivo).

Milei se pronuncia en contra del proteccionismo por principio. Un lineamiento lumpen hasta en términos burgueses. El único «proyecto» que se deduce de esa posición es la destrucción del entramado productivo y la vía libre al saqueo de los sectores empresariales más parasitarios. Pero, al mismo tiempo, es evidente que el maquillaje proteccionista de las gestiones K no alcanza para desarrollar coherentemente la industria local. Si fuera así, sería difícil imaginar el desbande estratégico del armado político K – PJ en los últimos años.

De igual manera, las lágrimas de cocodrilo de la burguesía argentina (Paolo Rocca y las cámaras industriales están pidiendo a gritos cualquier tipo de proteccionismo) no ocultan la divergencia objetiva entre los patrones y los trabajadores del país. En el contexto del mercado capitalista global (marcado por relaciones de dominio y subordinación imperialista) las barreras proteccionistas son indispensables, aún en sus formas más básicas, para el desarrollo de las economías dependientes o atrasadas.

Lo cual no quiere decir que con eso alcance para sostener los puestos de trabajo o cualquier variable del nivel de vida de los trabajadores. Paolo Rocca, Quintanilla, Méndez y sus voceros no piden proteccionismo porque les preocupe la continuidad de los puestos de trabajo, sino su tasa de ganancia diaria. Mientras le lloran a Milei, los empresarios como Madanes Quintanilla se apuran a dejar a miles de trabajadores en la calle para mudar su actividad a ramas «más rentables» de la economía.

El debate sobre proteccionismo y librecambio

Sección de este artículo redactada por Federico Dertaube

A lo largo de décadas, las gestiones políticas del país se han alternado entre el proteccionismo de una industria atrasada y costosa, y la destrucción de la industria y los puestos de trabajo en nombre de la competencia y el librecambio.

Ambas han demostrado una y otra vez su agotamiento: mientras la política de proteccionismo y perpetuación del atraso (combinado con las crisis cambiarias y de deuda) ha derivado en estallidos inflacionarios; la política de librecambio llevó a la Argentina al colapso de la desocupación y la recesión (la más reciente y grave fue la del 2001). Milei es solamente una versión extrema de la segunda, que promete tener resultados diferentes destruyendo de una vez y para siempre a la industria.

El relato mileísta de que la industria argentina no se desarrolla porque el proteccionismo evita la competencia se choca de frente no solamente con la historia argentina sino con toda la historia de todas las economías industriales del mundo. No hay ni una sola excepción. Todas las potencias industriales han pasado por largos períodos de proteccionismo. Solamente se pasaron a las posiciones del librecambio cuando podían ganar la competencia internacional sin proteccionismo. Por esta historia pasaron tanto Estados Unidos como el Reino Unido en el siglo XIX y China en el siglo XXI.

Acabamos de nombrar, obviamente, a las tres principales potencias industriales de los últimos tres siglos. Hay otras que han pasado por situaciones más intermedias y han tenido posiciones de subsidio de sus sectores económicos menos competitivos (como los productos del agro de Europa Occidental) y libertad de cambio para los más competitivos.

Mientras los partidarios del librecambio prometen desarrollo a través de la destrucción de la industria, el peronismo y el desarrollismo argentino han prometido por décadas desarrollo industrial con su proteccionismo. Los hechos ya han dado su veredicto: la burguesía argentina solamente es capaz de intentar hacer la mayor cantidad de dinero con la menor inversión posible. El proteccionismo argentino ha sido siempre perpetuación del atraso, sin ningún tipo de desarrollo. Milcíades Peña lo llamó de manera brillante pseudoindustrialización.

Así, en medio de un mundo cada vez más convulsionado y una crisis capitalista general creciente, Argentina vive su crisis capitalista particular eterna. Es una crisis de ambivalencia de su lugar en el mundo, de indefinición estratégica de su papel en el mercado internacional, de crisis permanente de una industria cuya desaparición solamente puede significar colapso y de desastre sistemático de las políticas de librecambio de la dictadura, el menemismo, Macri y ahora Milei.

No se puede salir de esta crisis permanente sin una política activa y conscientemente planificada de desarrollo económico. El librecambio mileísta es, de hecho, pensamiento mágico: espera que aparezca por sí mismo un lugar para Argentina en el mundo destruyendo el entramado social y productivo ya existente. El peronismo sigue esperando a que aparezca su mítica (y perpetuamente inexistente) burguesía nacional: el empresariado patriota que come asados con sus trabajadores y piensa más en el futuro del país que en sus ganancias.

Lo que está pasando en FATE y en toda la industria pone al descubierto este problema: la crisis industrial es una crisis de proyecto del capitalismo argentino. La burguesía de los Rocca y Madanes Quintanilla de un lado, la de los delincuentes financieros de Caputo del otro; la clase dominante argentina ha fracasado. En FATE y en toda la industria argentina, entonces, es urgente plantear una salida desde los interesados en el desarrollo económico: los trabajadores. Ellos no ponen en juego inversiones, timbas y ganancias sino sus vidas enteras.

Estatización, control obrero y que llore la patronal

El proteccionismo capitalista tiene límites bien concretos: la propiedad privada y el sacrosanto derecho burgués a maximizar sus ganancias en todo contexto. Ni durante el siglo pasado ni durante los 16 años de gobiernos peronistas del siglo XXI alcanzó con la tibieza proteccionista para desarrollar realmente la economía argentina. Significativamente, el estancamiento económico del país data del segundo gobierno de CFK y no es resultado sino pre-condición del fenómeno Milei.

Para desarrollar realmente una economía como la Argentina no alcanza con los filtros del proteccionismo burgués, hace falta tomar medidas anticapitalistas. Es una necesidad que se hace evidente en un contexto de crisis y desorden internacional como el actual. Ni siquiera hace falta hablar de «desarrollo» o crecimiento. La mera idea de mantener los puestos de trabajo existentes en el país (atados al sostenimiento de la capacidad productiva instalada) plantea imperiosamente la búsqueda de salidas anticapitalistas, disruptivas con el status quo del capitalismo decadente.

El caso de Fate es clarificador al respecto. Madanes Quintanilla no está dispuesto a «ganar menos de lo posible». Busca sacarse de encima la tradición de lucha sindical de la fábrica al tiempo que redirige capitales a rubros más competitivos. Y Milei no está dispuesto, obviamente, a encarar ninguna medida que aliviane la presión de las mercancías baratas que ingresan masivamente al país. El actor restante es el único que puede plantear otra salida: los trabajadores. Los obreros de Fate son los únicos interesados, al mismo tiempo, en el mantenimiento de los puestos de trabajo y el desarrollo real de la capacidad productiva. Lo mismo cuenta para la economía argentina en su totalidad.

Ni la destrucción productiva de Milei ni el llanto millonario de las patronales (y de la oposición capitalista) son una alternativa para los trabajadores que sufren la crisis día a día. El reclamo de estatización bajo control de los trabajadores que surge de la lucha de Fate es generalizable a todos los casos de cierre que se multiplican en el país. Si el gobierno y las patronales no tienen interés alguno en desarrollar la economía racionalmente y en beneficio de la mayoría de la sociedad, el control de las fábricas debe ir a las manos de los trabajadores, los únicos capaces de reorganizar la actividad industrial de forma socialmente racional. Como reza uno de los cantos repetidos en Fate: «control obrero y que llore la patronal«.

Seremos directos: Te necesitamos para seguir creciendo.

Manteniendo independencia económica de cualquier empresa o gobierno, Izquierda Web se sustenta con el aporte de las y los trabajadores.
Sumate con un pequeño aporte mensual para que crezca una voz anticapitalista.

Me Quiero Suscribir

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí