El marxismo y la transición socialista constituye una vasta reflexión sobre los dilemas y los desafíos que enfrenta la revolución proletaria para la superación del capitalismo y la construcción de una sociedad comunista. Escrito por Roberto Sáenz, dirigente de la corriente internacional revolucionaria Socialismo o Barbarie, el libro es una generosa contribución a la elaboración de una teoría de la revolución que esté a la altura del problema histórico de nuestro tiempo: ir más allá del capital como único medio para enfrentar la escalada de la barbarie capitalista y hacer frente al colapso ambiental. El primer tomo, Estado, poder y burocracia, ahora publicado, aborda fundamentalmente los aspectos políticos de la transición del capitalismo al comunismo. El segundo, aún en preparación, está dedicado propiamente a las cuestiones económicas.
Tomando como laboratorio histórico las experiencias revolucionarias del siglo XX, especialmente las revoluciones rusa y china, el autor busca comprender por qué fracasaron los intentos de transición al comunismo. Más allá de las intenciones de los sujetos que las protagonizaron, todas ellas, sin excepción, se desviaron —cada una a su manera— del camino de formación de una sociedad fundada en el trabajo libremente asociado. Derivaron, en primer lugar, en la constitución de economías poscapitalistas, sostenidas por Estados burocratizados que se superpusieron a la clase trabajadora y, posteriormente, tras penosas resistencias al cerco implacable del imperialismo, dieron lugar a formas más o menos organizadas de restauración capitalista.
Aunque se reconozca que las revoluciones socialistas lograron importantes victorias, que resultaron en relevantes conquistas democráticas y nacionalistas, la verdad es que los nexos imaginados entre capitalismo-socialismo-comunismo no se materializaron. El capital, cuya naturaleza expansiva y acumuladora se funda en la relación salarial, y el Estado, cuya esencia es la alienación del poder político en beneficio de la reproducción del capital, permanecieron incólumes. Excluidos de la posibilidad de un control libre, consciente y colectivo sobre la producción, los trabajadores no lograron apropiarse de las palancas del poder estatal. Sin la superación del trabajo asalariado, los imperativos de la valorización del valor —personificados en la burocracia del Estado— se impusieron sobre el conjunto de la vida social.
Lejos de la escolástica académica, ya sea en su versión estalinista autojustificatoria y autocomplaciente, ya sea en el sesgo estéril y pretencioso del marxismo de boutique, completamente desconectado del movimiento revolucionario, la reflexión de Roberto Sáenz se inscribe en la mejor tradición del principio de autocrítica que caracterizaba el debate entre los revolucionarios socialistas antes de la cristalización del marxismo dogmático de la socialdemocracia y del llamado marxismo-leninismo. Su análisis se orienta por dos vectores fundamentales: la radicalización progresiva de la revolución proletaria como imperativo histórico, señalada por Marx en El 18 Brumario, y el protagonismo insustituible de las masas trabajadoras en la conducción del proceso revolucionario, reivindicado por Rosa Luxemburgo.
Rescatando debates silenciados por el estalinismo, críticas sepultadas en el olvido —con especial destaque para las contribuciones de Christian Rakovsky— e informaciones que solo salieron a la luz tras el fin de la Unión Soviética, la controversia sobre los impasses de las revoluciones socialistas adquiere un nuevo vigor en las estimulantes elaboraciones y cuestionamientos del autor. Además de referencias a los trabajos clásicos de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, su reflexión dialoga con una pléyade de intelectuales modernos, como Ernest Mandel, Pierre Naville, Tony Cliff e István Mészáros.
El eje central de Estado, poder y burocracia es discutir el papel de la dictadura del proletariado en la superación de las relaciones de producción sometidas a las leyes inmanentes del capital, una de las cuestiones más complejas y controvertidas de la teoría de la revolución comunista. El debate propuesto es estratégico. La transición del capitalismo al comunismo tiene como punto de partida una revolución política con alma social. A diferencia de la revolución burguesa, cuyas bases sociales ya estaban dadas cuando culmina la larga transición del feudalismo al capitalismo, la revolución proletaria, para cumplir la promesa de emancipación del trabajo, necesita ir más allá de la mera negación del antiguo régimen y crear las bases de un nuevo orden sociometabólico de reproducción de la sociedad. La lección de las revoluciones socialistas es inequívoca: la conquista del Estado y la abolición de la propiedad privada son condiciones necesarias, pero insuficientes para garantizar la superación del orden del capital.
En verdad, como bien recuerda Mészáros en Más allá del capital, las tareas constructivas de la revolución exigen el desplazamiento de la centralidad de la política —anclada en la dominancia de los asuntos de Estado y en el control de la distribución del excedente económico— hacia la centralidad del trabajo, basada en la superación de la producción fundada en el trabajo asalariado y en el modo de vida mercantil que le corresponde. Para que ello ocurra, es crucial evitar que urgencias prácticas desvíen el proceso revolucionario de sus objetivos estratégicos. La dictadura del proletariado, como Estado de transición al comunismo, necesita ineludiblemente viabilizar la restitución del poder político usurpado al cuerpo social y posibilitar que los trabajadores autoorganizados asuman el pleno control del proceso productivo. De lo contrario, la transición al comunismo se aborta.
En la visión de Roberto Sáenz, el ataque a la democracia obrera fue el elemento decisivo que bloqueó la transición al comunismo. Mucho más que una simple degeneración del Estado revolucionario, la cristalización de una burocracia que se superpuso a la clase trabajadora, persiguiendo intereses propios, configuró una verdadera contrarrevolución política y social. En el momento en que la participación amplia, libre y efectiva de las masas trabajadoras fue interrumpida, se tornó imposible realizar la mediación necesaria entre la centralidad de la política y la centralidad del trabajo. La transformación del agente alienador en supuesto agente emancipador hizo que la superación del trabajo asalariado —condición indispensable para que el capital sea derrotado— quedara postergada para las calendas griegas. Así, las revoluciones socialistas inviabilizaron cualquier posibilidad de realizar la utopía de la que eran portadoras.
Bajo la dirección de burocracias que controlan la economía y la sociedad con mano de hierro, la planificación central, advierte Mészáros, no puede trascender el orden sociometabólico del capital. La propiedad estatal de los medios de producción no libera la vida social de los imperativos de la ley del valor, cuya gallina de los huevos de oro, como se sabe, es la búsqueda irrefrenable de más valor, basada en la explotación del trabajo. Las condiciones históricas extraordinariamente adversas que condicionaron la acumulación de capital en la Unión Soviética, por ejemplo, limitaron la productividad del trabajo y provocaron graves distorsiones en la organización de la economía, pero no atenuaron el afán del capital —ahora personificado en la burocracia— por la búsqueda de sobretrabajo. Tras la expropiación de la burguesía, los burócratas terminaron funcionando como instrumentos de reproducción de la división jerárquica del trabajo, de extracción de sobretrabajo y de depredación de la naturaleza.
La preocupación de Sáenz por la necesidad de repensar la teoría que orienta la praxis revolucionaria para la superación del orden sociometabólico del capital no podría ser más oportuna. Sin el examen crítico de las razones de las derrotas de las revoluciones pasadas es imposible rescatar el espíritu revolucionario de la clase trabajadora, restablecer la centralidad del trabajo en la lucha por el comunismo y abrir camino a la victoria de las revoluciones por venir. Y, dada la gravedad de las crisis social y ambiental generadas por la acumulación desenfrenada de capital, sin la perspectiva de la alternativa comunista, es la propia supervivencia de la humanidad la que queda en cuestión.
La urgencia de la revolución comunista resulta ineludiblemente de la naturaleza particularmente antisocial y perversa del capitalismo de nuestro tiempo: el capitalismo de la crisis estructural del capital. Con el fin de la fase ascendente del desarrollo capitalista en los años 1970, el desplazamiento de las contradicciones inherentes a la valorización del valor se volvió cada vez más problemático. La incapacidad de superar las contradicciones responsables de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, de la incontrolabilidad del capital derivada de la incorporación de los rincones más remotos del planeta al mercado mundial y del agravamiento del desequilibrio ambiental, sin agravarlas inmediatamente después, activó los límites absolutos del capital.
El carácter estructural de la crisis contemporánea, que pone en cuestión la totalidad del orden del capital, se evidencia en el creciente desajuste entre la capacidad productiva instalada y la capacidad de consumo de la sociedad, en la progresiva desconexión entre la acumulación de capital productivo y la acumulación de capital ficticio, en la crisis irreversible del Estado nacional como centro de comando del capital, así como en la alarmante discrepancia entre el ritmo de depredación ambiental provocado por el desarrollo capitalista y la limitada capacidad de regeneración ecológica del planeta.
Durante décadas, la globalización multilateral, impulsada por el imperialismo norteamericano bajo la batuta de la contrarrevolución neoliberal, funcionó como válvula de escape que contrarrestó la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. El desplazamiento hacia adelante de los límites absolutos del capital se materializó en la combinación de diferentes estratagemas que impulsaron la globalización multilateral, entre los cuales se destacan: el recrudecimiento de la explotación mediante ataques sistemáticos a los derechos de los trabajadores y la introducción de innovaciones propiciadas por la “revolución algorítmica”, que aumentaron la productividad del trabajo; el abaratamiento de los elementos que conforman el capital constante mediante la estrategia empresarial de llevar la obsolescencia programada al paroxismo; la transferencia de fuerzas productivas anacrónicas y de eslabones secundarios de la cadena de valor a la periferia de la economía mundial para aprovechar el menor costo de la fuerza de trabajo y la menor composición orgánica de los capitales; la expansión del mercado mundial, que además de abaratar el capital constante y variable amplió exponencialmente las escalas mínimas de producción y abrió la oportunidad de ganancias extraordinarias derivadas de la práctica de intercambios desiguales; la apertura de nuevas fronteras de mercantilización de la vida mediante la privatización de los servicios públicos; el crecimiento exponencial del capital ficticio, que alimenta la hipertrofia de la ganancia financiera en el balance de los grandes bloques de capital; y el espejismo del ecocapitalismo como frente de expansión del capitalismo y, sobre todo, como panacea para la crisis ambiental.
La agonía de la globalización multilateral, que se profundiza progresivamente al menos desde la gran crisis económica de 2008, y la impotencia para contener la crisis ambiental —patente en las reiteradas advertencias de los científicos sobre el descontrol de la crisis ambiental y en el fracaso absoluto de las Conferencias Climáticas de las Naciones Unidas para alcanzar cualquier resultado práctico— son evidencias palmarias de que dejaron de funcionar los expedientes utilizados para contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y administrar la crisis ambiental.
El agravamiento de la crisis estructural del capital configura un contexto histórico particularmente adverso, marcado por el estancamiento de la economía mundial, la amenaza permanente de una crisis sistémica de las finanzas internacionales, la vertiginosa ampliación de las desigualdades sociales, el descontrol de los flujos migratorios, el aumento de la violencia social, el recrudecimiento de la lucha de clases, el ocaso de la democracia liberal, la quiebra del orden económico internacional y la escalada de las rivalidades nacionales, evidenciada en la intensificación de la guerra comercial, en la eclosión de guerras regionales y en la creciente carrera armamentista entre las potencias imperialistas. El desorden que acompaña la crisis terminal de la globalización multilateral es catalizado por la aterradora aceleración del colapso ambiental. La contradicción irreductible entre el desarrollo de las fuerzas productivas a escala planetaria y la reproducción de la relación capital-trabajo sobre bases nacionales aproxima al sistema capitalista mundial a un punto de ebullición.
Como la dialéctica de la revolución se subordina a la dialéctica de la historia, el nuevo marco histórico plantea nuevos desafíos teóricos y prácticos. Si en el período del capitalismo ascendente la posibilidad de concesiones temporales favorecía la estrategia de enfrentar las contradicciones del capital por la vía de menor resistencia, priorizando luchas por victorias parciales basadas en la centralidad de la política, el progresivo estrechamiento del margen de maniobra para cualquier tipo de condescendencia con las demandas de los trabajadores mina paulatinamente la credibilidad de las políticas reformistas.
Los vientos contrarios a la revolución comunista que soplaron en el siglo pasado comienzan a cambiar de dirección. El desarrollo capitalista desenfrenado transformó al planeta en un verdadero barril de pólvora. La estrategia de dilatar el día del juicio final potenció el carácter destructivo del capital. Se acumulan pasivos sociales y ambientales dantescos que no pueden enfrentarse sin una ruptura completa con el orden burgués. La transformación radical del metabolismo social que rige la relación de la humanidad con la naturaleza madura poco a poco como una necesidad histórica ineludible.
Por más aterradoras que sean las perspectivas inmediatas, la pedagogía de la catástrofe, que surge de la lucha y de la crítica contra la devastación social y ambiental, hace cada día más evidente la urgencia de la ofensiva del trabajo contra el capital como único camino capaz de abrir nuevos horizontes para la humanidad. La urgencia del comunismo es tanto mayor porque, en ausencia de un horizonte que cuestione la raíz del problema —la relación capital-trabajo que transforma al capital en un sujeto autodeterminado que impulsa la valorización del valor—, crecientes sectores de trabajadores frustrados con las promesas vacías de la globalización multilateral son capturados por el nacionalismo reaccionario y pasan a engrosar las filas de una derecha ultrarreaccionaria que presenta el xenofobismo, la guerra y la distopía del anarcocapitalismo como soluciones providenciales para los males del pueblo.
Para estar a la altura de los gigantescos desafíos de su tiempo, las fuerzas comprometidas con la superación del orden burgués deben romper inercias y subordinar la praxis de sus organizaciones a las exigencias de la ofensiva socialista contra el capital. La centralidad del trabajo, que pone en cuestión las bases sociales de reproducción del capital, se impone como una necesidad histórica inescapable, exigiendo la fusión de las luchas económicas y políticas y la primacía de la acumulación de fuerza extra-institucional, único medio para construir efectivamente la fuerza material del poder popular. El comunismo, como único antídoto contra el capitalismo de la barbarie y la catástrofe, necesita entrar urgentemente en el orden del día. Sin un programa alternativo, los trabajadores quedan condenados a la miseria de lo posible. En la hora decisiva, cuando los antagonismos de clase alcanzan su clímax, la suerte de la revolución socialista, subraya Marx en La ideología alemana, depende en última instancia de la presencia de una conciencia comunista a escala de masas.
Forjada en el calor de la lucha de clases, la crítica de Roberto Sáenz está escrita en un lenguaje objetivo, sin rodeos ni complacencias. Lejos de cualquier veleidad autoproclamatoria, el debate franco y sin concesiones propuesto en El marxismo y la transición socialista refleja, ante todo, la seriedad de quien mantiene un compromiso existencial inquebrantable con la emancipación de la clase trabajadora. El autor no busca ostentar erudición, ni prestigio académico, ni mercantilizar su impresionante conocimiento sobre la historia de las revoluciones socialistas. Consciente de los peligros de nuestro tiempo, escribe mirando al futuro, con la responsabilidad de quien sabe que su pensamiento tendrá consecuencias prácticas. Estado, poder y burocracia es un libro dirigido a los militantes comunistas. Se trata de una rica y valiente contribución a la construcción de una teoría de la revolución para nuestro tiempo.




