Entre marzo y agosto, Países Bajos modificó la distribución geográfica de sus 612,4 toneladas de oro: redujo la proporción almacenada en Nueva York del 31,3% al 18,5% y elevó la correspondiente a Londres del 18,1% al 32,1%. Una parte fue vendida en Nueva York y recomprada en Londres, mientras más de 27 toneladas fueron trasladadas físicamente desde Estados Unidos y Canadá. El banco central neerlandés justificó la decisión por la creciente inestabilidad geopolítica, la diversificación del riesgo y la necesidad de disponer de liquidez rápidamente en caso de crisis.
Este es solo el último episodio conocido de traslado de las reservas de oro nacionales. En la actualidad, muchos bancos centrales están comprando más oro, pero también están moviendo sus reservas a lugares más “confiables”. Según el World Gold Council (WGC), durante los últimos doce meses el 9% de los bancos centrales consultados aumentó el almacenamiento doméstico y el 10% diversificó sus localizaciones extranjeras, frente al 5% y 2%, respectivamente, del año anterior.
Durante décadas, la ubicación física de los lingotes parecía una cuestión secundaria frente a la seguridad ofrecida por los grandes centros financieros occidentales. Ahora vuelve a importar dónde se encuentra físicamente una reserva estratégica y qué posibilidades existen de disponer de ella en una situación de crisis.
La operación neerlandesa no es un hecho aislado. Alemania trasladó desde París y Nueva York 674 toneladas hacia Frankfurt entre 2013 y 2017, hasta concentrar aproximadamente la mitad de sus reservas en territorio alemán. Actualmente, mantiene alrededor de un tercio en Nueva York. Francia trasladó recientemente parte de sus reservas desde Estados Unidos hacia Europa, mientras otros bancos centrales revisan sus estrategias de almacenamiento.
Lo que está cambiando es el cálculo sobre los riesgos. El WGC identifica precisamente una tendencia creciente a diversificar los lugares donde se custodia el oro. El cambio puede parecer pequeño en términos cuantitativos, pero resulta significativo desde el punto de vista estratégico. Una reserva internacional no solo tiene que conservar su valor, debe ser accesible, líquida y estar protegida frente a escenarios de crisis. El imperialismo territorializado comienza nuevamente a formar parte de la política monetaria.
El oro posee una característica que diferencia su almacenamiento de buena parte de las reservas financieras contemporáneas: existe físicamente. Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte importante del oro europeo fue trasladada a Estados Unidos. La decisión tenía una explicación concreta. Hasta 1971, el dólar mantenía su convertibilidad en oro dentro del sistema de Bretton Woods, mientras Estados Unidos ofrecía un espacio alejado de las disputas europeas. La Reserva Federal de Nueva York se convirtió así en uno de los grandes depósitos mundiales de oro monetario.
Ese patrón cambió; el oro dejó de ser convertible en dólares y el sistema monetario internacional evolucionó hacia otro basado en monedas fiduciarias, mercados financieros globalizados y circulación electrónica de capitales. Sin embargo, las reservas físicas permanecieron en buena medida donde habían sido colocadas durante la Guerra Fría. Lo que se observa ahora es que la estabilidad que permitió considerar secundaria la localización física de las reservas comienza a ser menos evidente.
La llegada de Donald Trump no explica por sí sola esta tendencia. La acumulación de oro por los bancos centrales comenzó a acelerarse antes de su regreso a la Casa Blanca. Pero la política estadounidense, indiscutiblemente, funciona como un acelerador de esa transformación. El unilateralismo comercial, el uso de sanciones económicas, la presión sobre aliados, las disputas en torno a las instituciones multilaterales y la utilización de instrumentos financieros como herramientas de poder tienen que formar parte de los cálculos de los gobiernos.
Las encuestas de WGC muestran que los bancos centrales consideran la incertidumbre geopolítica y económica entre los factores relevantes para sus decisiones de gestión de reservas. El caso neerlandés es revelador precisamente porque no proviene de un adversario de Estados Unidos. Se trata de un país estrechamente integrado en el sistema económico y político occidental. Que su banco central considere necesario distribuir sus reservas ante la “creciente inestabilidad geopolítica” muestra hasta qué punto la incertidumbre atraviesa también a los aliados tradicionales de Washington.
Existe un antecedente fundamental para comprender ese cambio: la congelación de las reservas internacionales rusas después de la invasión de Ucrania. Los Estados pudieron comprobar que las reservas internacionales mantenidas en determinadas jurisdicciones no están completamente separadas de las relaciones de dominio imperialista. Una reserva denominada en una moneda extranjera y depositada dentro de otra jurisdicción puede quedar sometida a decisiones políticas tomadas por ese Estado.
El lingote no constituye el pasivo de un banco central extranjero ni depende directamente de la solvencia de un gobierno emisor. De ahí que el oro haya recuperado importancia como instrumento de diversificación y su capacidad para actuar como cobertura frente a riesgos geopolíticos. Durante los últimos cuatro años los bancos centrales acumularon un promedio de unas 1.000 toneladas anuales, aproximadamente el doble del promedio registrado durante la década anterior.
Además, el 89% espera que las reservas oficiales de oro aumenten durante los próximos doce meses. En mayo, por ejemplo, aumentaron en términos netos unas 41 toneladas, impulsadas especialmente por las compras de Polonia y China. La información de WGC muestra que el 84% de los participantes considera que el oro tendrá una participación mayor dentro de las reservas mundiales durante los próximos cinco años.
El oro funciona también como una forma de seguro frente a escenarios de ruptura. En un contexto de guerras, sanciones, crisis comerciales y rivalidad interimperialista, conservar una parte de las reservas en un activo que no depende directamente de la deuda de otro Estado tiene una gran importancia. En ese sentido, el oro retoma parte de su papel como refugio frente a la inestabilidad internacional.
La acumulación y movilización de oro debe situarse, justamente, dentro del momento de tensión por la guerra comercial, las sanciones, la competencia tecnológica, el rearme, la lucha por los minerales críticos y la confrontación interimperialista. Los Estados están intentando reducir sus vulnerabilidades; buscan garantizar energía, alimentos, semiconductores, minerales, tecnología y cadenas de suministro. El oro forma parte de esa misma dinámica.
No se trata, por tanto, de fenómenos independientes. La acumulación de oro, la protección de los minerales críticos y el rearme responden a lo mismo: la creciente subordinación de la economía a la competencia entre Estados. La globalización no desapareció, pero perdió parte de las condiciones políticas que permitieron su expansión. La “seguridad nacional”, en todos los ámbitos, determina cada vez más las decisiones económicas.
Un aspecto peculiar es que los bancos centrales no están reaccionando a una crisis ya producida, están preparándose para escenarios posibles. Esto convierte al oro en una especie de indicador anticipado. Los bancos centrales administran reservas para situaciones que esperan no tener que enfrentar. Cuando aumentan la cantidad de oro y diversifican sus lugares de almacenamiento, están incorporando a sus cálculos la posibilidad de un mundo más inestable.
El oro parecía pertenecer a otra época del capitalismo. Mientras las finanzas contemporáneas se desmaterializan, el dinero comenzó a circular mediante registros electrónicos y los mercados globales multiplicaron las conexiones entre países, los lingotes permanecieron encerrados en bóvedas. Parecía que su existencia física importaba cada vez menos. Pero ahora vuelven a moverse.
No estamos ante el regreso del patrón oro ni ante el derrumbe del dólar. Lo que aparece detrás de estos movimientos son los signos de que los propios Estados capitalistas están perdiendo certezas sobre las condiciones de estabilidad del orden económico. Frente a un mundo cada vez más conflictivo, los Estados intentan protegerse acumulando activos, recursos y capacidades bajo su propio control.
El problema es que ninguna acumulación de oro puede resolver las contradicciones que producen la inestabilidad. Puede proteger una reserva nacional, pero no detener una guerra; puede diversificar un balance bancario, pero no resolver la crisis del capitalismo; puede reducir la vulnerabilidad financiera, pero no eliminar la competencia entre potencias. Cuando los Estados empiezan a preocuparse nuevamente por dónde están sus lingotes, lo que estamos viendo es cómo la combustión del orden mundial llega hasta las bóvedas de los bancos centrales.




