Elecciones en Reino Unido: derrota del laborismo y ascenso de Reform UK

“Lo que tenemos es un cambio histórico. En el norte de Inglaterra el laborismo se sorprendió con el voto del Brexit en 2016 y luego, los conservadores, avanzaron con Boris Johnson en ganar electoralmente en una zona tradicionalmente laborista. Lo que estamos demostrando es que ahora estas áreas son nuestras”.

Nigel Farage, dirigente de Reform UK

Las elecciones locales y regionales en Reino Unido de la semana anterior (07 de mayo), dejaron un escenario político marcado por el debilitamiento del bipartidismo británico, el crecimiento de la ultra derecha de Reform UK y la evidente fragmentación electoral. El Partido Laborista de Keir Starmer sufrió una derrota mucho más profunda de lo que anticipaba el establishment político. Reform UK y los partidos nacionalistas regionales, capitalizaron buena parte del descontento social y lograron avances electorales importantes.

El batacazo del bipartidismo

Estas elecciones, aunque locales, mostraron una tendencia política que viene desarrollándose desde hace más de una década: el desgaste del bipartidismo conservador-laborista. El retroceso simultáneo de ambos partidos, el crecimiento de Reform UK y la fragmentación del voto reflejan la inestabilidad social debido al deterioro de las condiciones materiales de vida y la incapacidad de las fuerzas tradicionales para ofrecer una salida.

En las elecciones estaban en disputa 136 alcaldías y concejos municipales de Inglaterra. El partido de extrema derecha, Reform UK, pasa de 2 a 1.453 concejales, siendo el gran ganador del proceso. Le sigue el laborismo con la elección de 1.068 puestos (pierde 1.496). En tercer lugar, se colocan los liberal-demócratas (logran 844, +155), luego los conservadores que pierden 563 puestos y los verdes (+441, logrando 587).

Además de esto, se renovaron los parlamentos autonómicos de Escocia y Gales. En Escocia, el Partido Nacional Escocés obtiene 58 de 129 escaños (-6), Reform UK y los laboristas 17 cada uno, los verdes 15, conservadores 12 y los liberal-demócratas 10. En Gales, la dinámica es similar, el partido nacionalista Plaid Cymru gana la mayoría (43 de 96), el laborismo pasa de 44 a 9 y los conservadores de 29 a 7.

En numerosas circunscripciones trabajadoras del norte y centro de Inglaterra como Liverpool, Wigan, Bolton, Salford o Halton, donde históricamente el laborismo mantenía mayoría electoral, Reform UK acaparó parte importante del voto mediante un discurso nacionalista y antiestablishment. Pero también le arrebató circunscripciones al Partido Conservador, por ejemplo, en Newcastle-under-Lyme. El resultado confirmó el debilitamiento de las lealtades políticas tradicionales que, durante gran parte del siglo XX, sostuvieron la estabilidad institucional británica.

Esa erosión del bipartidismo viene gestándose desde hace algunos años, sin embargo, ahora se aceleró. Durante las elecciones generales de 1951, conservadores y laboristas concentraron conjuntamente cerca del 97% de los votos. Incluso, en 1979, cuando Margaret Thatcher llegó al poder, ambos partidos todavía reunían más del 80%. Sin embargo, en las elecciones generales de 2019, el porcentaje combinado cayó por debajo del 76%, mientras las elecciones locales recientes mostraron niveles muchísimo más fragmentados.

El panorama del malestar social

El debilitamiento de las identidades políticas tradicionales avanzó junto con cambios en la economía británica, tales como la desindustrialización, el debilitamiento sindical, la expansión del trabajo precario y la creciente desigualdad. El proyecto neoliberal impulsado por Thatcher, modificó profundamente la estructura económica y social británica. Entre 1979 y comienzos de la década de 1990, el empleo manufacturero cayó de aproximadamente 7 millones de personas trabajadoras a menos de 4 millones.

Regiones industriales enteras del norte de Inglaterra, Gales y Escocia, sufrieron desempleo masivo, cierre de minas y destrucción de comunidades obreras históricas. La derrota de la huelga minera de 1984-1985 marcó un punto de inflexión decisivo en la relación de fuerzas entre capital y trabajo. La afiliación sindical, que alcanzaba cerca del 55% de la fuerza laboral a finales de la década de 1970, cayó por debajo del 23% para 2024.

Paralelamente, Londres se consolidó como uno de los principales centros financieros globales, profundizando la dependencia de la economía británica respecto al capital financiero y especulativo. El Nuevo Laborismo de Tony Blair no revirtió esas transformaciones, por el contrario, se ajustó al marco neoliberal mediante privatizaciones y subordinación a los dictados de la City.

Entre 1997 y 2007, el crecimiento británico se sostuvo fuertemente sobre endeudamiento privado, especulación inmobiliaria y expansión financiera especulativa. La crisis económica de 2008 expuso los límites de ese modelo. Reino Unido sufrió una contracción económica de más del 4% en 2009 y, desde entonces, experimentó uno de los períodos más prolongados de estancamiento salarial de las economías desarrolladas. Los ingresos reales de millones de hogares crecieron apenas marginalmente entre 2008 y 2024.

Después de la crisis financiera, los gobiernos conservadores profundizaron la austeridad. Entre 2010 y 2019, el gasto público en gobiernos locales cayó cerca de un 30% en términos reales. El Institute for Fiscal Studies estimó que los municipios más pobres de Inglaterra sufrieron recortes proporcionalmente más severos que las zonas más ricas. Más de 1.300 bibliotecas públicas cerraron entre 2010 y 2023, mientras miles de personas trabajadoras del sector público perdieron sus empleos.

El sistema sanitario británico, históricamente considerado uno de los servicios públicos más sólidos de Europa, también enfrentó un deterioro progresivo. Las listas de espera del NHS (Servicio Nacional de Salud) pasaron de alrededor de 2,5 millones de personas en 2010 a más de 7,5 millones en 2024. La cantidad de pacientes esperando más de 12 horas en servicios de emergencia aumentó exponencialmente durante la última década.

El deterioro social se volvió visible en múltiples indicadores. Según cifras oficiales, cerca de 14 millones de personas vivían en situación de pobreza relativa en 2024, incluidos aproximadamente 4,3 millones de niños. Los bancos de alimentos administrados por la organización Trussell Trust distribuyeron más de 3 millones de paquetes de emergencia durante 2023 y 2024, una cifra récord desde la creación de la red.

El costo de la vivienda también se transformó en uno de los principales factores de malestar social. En Londres, el precio promedio de una vivienda superó las 530 mil libras esterlinas, mientras el alquiler medio absorbe más del 40% del ingreso de numerosos hogares trabajadores. La edad promedio para acceder a una vivienda propia aumentó sostenidamente y millones de jóvenes quedaron atrapados en alquileres privados caros e inestables.

La precarización laboral avanzó aceleradamente con cerca de un millón de personas que dependían de contratos de “cero horas” en 2024, modalidad que no garantiza horas mínimas de trabajo semanales. La expansión de plataformas digitales y formas flexibles de empleo debilitó todavía más la capacidad organizativa de sectores trabajadores tradicionales. Aunque el desempleo abierto permaneció relativamente bajo en ciertos períodos, eso ocultó el crecimiento de empleo mal remunerado.

El Reino Unido también registró una fuerte caída de productividad en comparación con otras economías desarrolladas, profundizando el estancamiento económico general. El Brexit profundizó muchas de esas contradicciones. El referéndum de 2016 mostró una fractura social y territorial profunda entre grandes centros urbanos globalizados y regiones golpeadas por décadas de desindustrialización.

En numerosas zonas obreras, se votó a favor de abandonar la Unión Europea como forma de rechazo al establishment político y económico. Sin embargo, las promesas de recuperación económica y soberanía nacional chocaron rápidamente con una realidad marcada por menor crecimiento y nuevas tensiones comerciales. Según la Office for Budget Responsibility, el Brexit reducirá alrededor de un 4% el PIB británico de largo plazo respecto a los niveles proyectados previos a la salida de la Unión Europea.

A partir de 2021, la crisis inflacionaria y energética agravó todavía más el deterioro social. La inflación británica alcanzó el 11,1% en octubre de 2022, el nivel más alto en cuarenta años. Los precios de electricidad y gas aumentaron drásticamente después del inicio de la guerra en Ucrania y de las sanciones occidentales contra Rusia. Millones de hogares enfrentaron dificultades para pagar calefacción y alimentos.

Según Ofgem, el límite máximo anual de las tarifas energéticas domésticas superó las 4.000 libras en 2023, más del doble respecto a niveles previos a la crisis energética. Las huelgas ferroviarias, sanitarias y docentes que se multiplicaron entre 2022 y 2024 reflejaron ese creciente malestar social acumulado. La crisis política británica entonces no puede separarse de este deterioro estructural de las condiciones de vida.

Starmer y el laborismo neoliberal

La pérdida de apoyo del laborismo no se corresponde con un supuesto “giro excesivamente progresista”, como sostienen numerosos analistas liberales, más bien es lo contrario, responde a la consolidación del partido como una fuerza plenamente integrada al orden neoliberal británico. Desde que Keir Starmer asumió la dirección del partido en 2020, la agrupación abandonó incluso las limitadas medidas planteadas durante el corto liderazgo del reformista Jeremy Corbyn y se orientó hacia lograr la estabilidad institucional.

El resultado es un partido percibido cada vez más como un administrador responsable del modelo económico y político que produjo el deterioro social acumulado de las últimas décadas. Uno de los ejes centrales de esa transformación es la insistencia en la disciplina fiscal. Rachel Reeves, principal responsable económica laborista y Canciller de Hacienda, declaró repetidamente que mantendría reglas fiscales estrictas y evitaría aumentos significativos del gasto público o del endeudamiento estatal.

En 2024, Reeves afirmó ante la Confederation of British Industry (la principal organización patronal británica) que “el laborismo es ahora el partido de los negocios”. El partido también descartó compromisos previos relacionados con inversión pública masiva, nacionalizaciones energéticas o reversión de privatizaciones. Incluso el plan de inversión verde originalmente anunciado por Starmer, valorado inicialmente en 28 mil millones de libras anuales, terminó reducido drásticamente debido a presiones fiscales.

Esa moderación se desarrolla en un contexto de deterioro material profundo, con un país que registró el peor crecimiento de ingresos reales entre las principales economías desde 2008. A pesar de ello, el laborismo evitó proponer aumentos sustanciales del gasto social, controles de precios o reformas sobre vivienda y energía. Starmer insistió en fajarse con la “responsabilidad económica”, lo que exigen los mercados financieros y sectores empresariales.

La relación con el gran capital se volvió explícita también en el financiamiento político. El partido recibió millones de libras en donaciones provenientes de empresarios, ejecutivos financieros y grandes donantes privados durante el período previo a las elecciones de 2026. Paralelamente, Starmer fortaleció sus vínculos con bancos de inversión y corporaciones energéticas. El objetivo consistió en mostrar que su gobierno no representaría amenazas significativas para los intereses empresariales.

En política internacional, el laborismo se alineó totalmente con la estrategia atlántica de Estados Unidos y la OTAN. Starmer respaldó sin fisuras el aumento del gasto militar británico y defendió el compromiso de mantener el presupuesto de defensa por encima del 2% del PIB, en línea con las exigencias de la alianza militar. Reino Unido ya destina alrededor de 54 mil millones de libras anuales al gasto militar, lo cual consume el presupuesto para inversión social.

Con la guerra en Ucrania, el gobierno británico apoyó el envío continuo de armamento y rechazó cualquier cuestionamiento de fondo a la política exterior occidental. El gobierno también mantuvo su respaldo al programa nuclear Trident, cuyo costo estimado supera las 30 mil millones de libras para renovación y mantenimiento. Esa orientación reforzó la continuidad entre conservadores y laboristas en materia geopolítica e imperialista.

La política migratoria constituyó otro terreno donde el laborismo se plegó al consenso conservador. Starmer endureció progresivamente el discurso sobre inmigración y control fronterizo intentando neutralizar el crecimiento de Reform UK y el discurso xenófobo de Farage. Evitó defender una perspectiva amplia de derechos migratorios y priorizó medidas vinculadas al “control de fronteras” y la reducción de la migración irregular. Según encuestas de YouGov, realizadas en 2025, más del 60% de los votantes británicos consideraban que los grandes partidos “no controlaban adecuadamente” la inmigración. En lugar de disputar políticamente esa narrativa desde una perspectiva mínimamente de derechos humanos, el laborismo asumió el marco discursivo impuesto por la extrema derecha.

La distancia entre el laborismo y los sectores sindicales también aumentó de forma significativa. Durante la ola de huelgas ferroviarias, sanitarias y docentes entre 2022 y 2024 (la más importante en Reino Unido desde la década de 1980) Starmer evitó respaldar esos conflictos. En varios casos prohibió a dirigentes laboristas participar en piquetes sindicales o aparecer públicamente junto a los trabajadores en huelga.

Esa postura provocó tensiones incluso con sindicatos históricamente vinculados al partido, por ejemplo, el sindicato ferroviario RMT permanece formalmente desafiliado y algunos dirigentes sindicales criticaron abiertamente la falta de apoyo político frente a los reclamos salariales. Según el Office for National Statistics, Reino Unido perdió más de 2,7 millones de jornadas laborales por huelgas durante 2023, el nivel más alto desde 1989.

La ruptura con movimientos sociales y sectores jóvenes también se profundizó. El abandono de propuestas vinculadas a gratuidad universitaria, expansión masiva de vivienda pública y nacionalización energética debilitó el apoyo que el laborismo había conseguido entre votantes jóvenes durante la dirección de Corbyn. En las elecciones de 2017, el Partido Laborista había alcanzado alrededor del 62% del voto entre menores de 30 años según Ipsos UK. Bajo Starmer, ese entusiasmo desapareció progresivamente.

El ascenso de la ultraderecha

Reform UK consiguió importantes triunfos, especialmente en zonas golpeadas por la desindustrialización y el deterioro social. Obtuvo más de 1.400 concejales y logró controlar varios gobiernos municipales, un salto considerable respecto a las elecciones anteriores en las que su presencia institucional era marginal. Su crecimiento se relaciona directamente con la crisis prolongada del capitalismo británico y con el deterioro material acumulado durante décadas de neoliberalismo.

Entre 2008 y 2024, el salario real británico prácticamente permaneció estancado, mientras regiones industriales del norte inglés continuaron registrando menores ingresos, mayor precariedad y peores indicadores de salud respecto al sudeste de Inglaterra. En ciudades como Sunderland, Hull o Stoke-on-Trent, donde Reform UK logró avances importantes, el ingreso promedio por hogar permanece significativamente por debajo del de Londres y del promedio nacional. Ese deterioro social generó un terreno fértil para discursos antiestablishment que señalan a las élites políticas tradicionales como responsables de la decadencia nacional.

Farage construyó precisamente su liderazgo sobre esa combinación de descontento económico, nacionalismo británico y retórica antiélite. Reform UK se presentó como una fuerza “antisistema” a pesar de defender un programa profundamente favorable al capital. El partido propuso reducción de impuestos, desregulación económica, endurecimiento migratorio y fortalecimiento policial, mientras culpabiliza a inmigrantes, burocracias estatales y organismos internacionales por el deterioro económico.

La cuestión migratoria ocupó un lugar central en el crecimiento del partido. Utilizaron el tema para impulsar campañas centradas en “recuperar el control de fronteras”, vinculando inmigración con presión sobre vivienda, servicios públicos y empleo. Sin embargo, diversos estudios contradicen esas afirmaciones. El Migration Observatory de la Universidad de Oxford mostró que la inmigración tuvo impactos relativamente limitados sobre salarios formales bajos (otro tema es la informalidad y el trabajo precario) y contribuyó positivamente a sectores como salud, transporte y cuidados. Aun así, el deterioro real de los servicios públicos y las condiciones de vida permitió que el discurso xenófobo encontrara receptividad en sectores frustrados y despolitizados.

El nacionalismo británico retomó muchos de los elementos ideológicos que impulsaron el Brexit: defensa de soberanía nacional, rechazo a organismos supranacionales y exaltación de una identidad británica tradicional amenazada supuestamente por la globalización, el multiculturalismo y la inmigración. Ese discurso ganó fuerza especialmente entre votantes mayores, blancos y residentes en regiones afectadas por la desindustrialización. Cerca del 60% de los votantes mayores de 65 años apoyaron posiciones favorables al Brexit y mantuvieron posteriormente altos niveles de apoyo hacia Farage.

El crecimiento de Reform UK también reflejó la crisis profunda del Partido Conservador. Después de catorce años consecutivos en el gobierno, los tories llegaron a las elecciones debilitados por el estancamiento económico, escándalos políticos e inestabilidad interna. Reino Unido tuvo cinco primeros ministros conservadores entre 2016 y 2024 —David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak. El breve gobierno de Liz Truss en 2022 condensó estos elementos, ya que, su programa de recortes fiscales provocó turbulencias financieras inmediatas, caída de la libra esterlina y aumento de las tasas de interés, obligando al Banco de Inglaterra a intervenir para estabilizar los mercados.

El desgaste conservador abrió espacio para un corrimiento general del eje político hacia posiciones más radicalizadas de derecha. Para intentar contener esa presión, sectores tories endurecieron todavía más sus posiciones sobre inmigración, seguridad y nacionalismo. El plan gubernamental de deportar solicitantes de asilo hacia Ruanda expresó claramente esa dinámica, además se alimentaron campañas permanentes sobre la supuesta “crisis migratoria”. En lugar de cuestionar esas narrativas, tanto conservadores como laboristas terminaron desplazándose hacia ese terreno de la extrema derecha.

La ultra derecha capitaliza las frustraciones reales generadas por décadas de desigualdad y precarización, pero las canaliza hacia soluciones reaccionarias basadas en nacionalismo, xenofobia y autoritarismo. En lugar de cuestionar las estructuras económicas que producen la crisis, desplaza la responsabilidad hacia inmigrantes, minorías u organismos internacionales. Su crecimiento expresa precisamente esa dinámica, logró presentarse como fuerza antisistema en un contexto donde conservadores y laboristas quedaron asociados al mismo orden neoliberal desacreditado. Sin embargo, sus propuestas no ofrecen ninguna solución real para las causas estructurales del deterioro británico.

Los nacionalismos internos

Escocia, Gales e Irlanda del Norte experimentaron durante las últimas décadas un crecimiento sostenido de tensiones nacionales. Las recientes elecciones (que solo se desarrollaron en dos de estas tres naciones) volvieron a mostrar que la crisis del reino también es una crisis de cohesión estatal.

Escocia representa el caso más avanzado de esto, ya que, desde el referéndum de independencia de 2014, donde el 44,7% votó a favor de abandonar Reino Unido, el nacionalismo escocés consolidó una presencia política permanente y masiva. Aunque el independentismo perdió aquella consulta, el Brexit modificó el escenario político. En el referéndum de 2016, el 62% de los votantes escoceses apoyó permanecer dentro de la Unión Europea, mientras Inglaterra y Gales impulsaron la salida.

El Partido Nacional Escocés (SNP) capitalizó buena parte de ese malestar. Entre 2015 y 2019 logró dominar ampliamente la representación parlamentaria escocesa en Westminster, alcanzando 56 de los 59 escaños en las elecciones generales de 2015. Aunque posteriormente perdió parte de ese apoyo debido a crisis internas y desgaste gubernamental, mantuvo una base social sólida. Según encuestas realizadas entre 2023 y 2025, el apoyo a la independencia osciló regularmente entre el 45% y el 50%, mostrando una sociedad prácticamente dividida en mitades respecto a la continuidad en el Reino Unido.

Escocia experimentó durante décadas un proceso de desindustrialización similar al norte de Inglaterra, especialmente en sectores manufactureros, minería y construcción naval. Entre 1979 y mediados de la década de 1990, perdió cientos de miles de empleos industriales, fenómeno que alimentó percepciones de abandono por parte del gobierno central británico. A esto se sumó el rechazo creciente hacia las políticas de austeridad impulsadas desde Londres después de 2010, donde el gasto público per cápita en Escocia sufrió importantes recortes.

El laborismo sufrió particularmente ese cambio político. Durante gran parte del siglo XX, Escocia funcionó como uno de los principales bastiones históricos de ese partido. En las elecciones generales de 1997, ganó 56 de los 72 escaños disponibles. Sin embargo, el avance del SNP suplantó esa hegemonía. En 2015, el Partido Laborista quedó reducido a un solo escaño escocés, una caída histórica que reflejó el colapso de su apoyo entre sectores populares escoceses.

Por su parte, Gales también mostró un deterioro importante del viejo dominio laborista. Las elecciones recientes confirmaron un retroceso sostenido y el crecimiento de tendencias autonomistas. Plaid Cymru, principal fuerza nacionalista galesa, incrementó progresivamente su caudal electoral y logró disputar regiones históricamente laboristas. En las elecciones del Senedd de 2021, Plaid obtuvo el 20,7% de los votos regionales y consolidó su presencia parlamentaria.

Esta nación continúa siendo una de las regiones económicamente más deprimidas de Reino Unido, el PIB per cápita galés permanece considerablemente por debajo del promedio británico, con sectores industriales históricos que sufrieron fuertes pérdidas de empleo desde la década de 1980. Las políticas de austeridad posteriores a 2010, afectaron a las comunidades obreras, dependientes del gasto público y de los servicios estatales. Entre 2010 y 2020, varios gobiernos locales galeses enfrentaron recortes presupuestarios significativos que impactaron transporte, educación y servicios sociales.

El Brexit profundizó las tensiones internas en Gales. Aunque el 52,5% del electorado galés votó a favor de abandonar la Unión Europea en 2016, muchas regiones que lo respaldaron dependían de subsidios y programas europeos de desarrollo regional. La posterior pérdida de esos fondos alimentó frustraciones económicas adicionales. El gobierno británico prometió reemplazar completamente los recursos europeos mediante nuevos mecanismos nacionales, pero esto no ha sido así.

Sin simplismos

Aunque el crecimiento de Reform UK es uno de los principales cambios políticos recientes, interpretar ese avance como un proceso lineal o irreversible es simplista. El ascenso de este partido expresa contradicciones reales dentro de la sociedad británica, pero también enfrenta límites importantes.

Reform logró capitalizar parte del descontento acumulado contra el establishment, aunque su base social es heterogénea y su crecimiento depende en gran medida de la crisis política y social. Una parte importante de ese electorado no responde necesariamente a una adhesión ideológica con la extrema derecha, sino a un voto de castigo contra conservadores y laboristas en un contexto de deterioro social prolongado.

Además, su consolidación política todavía permanece relativamente frágil. En esta ocasión se trata de representaciones locales y no nacionales. El sistema electoral británico, por su diseño, dificulta la institucionalización de terceros partidos nacionales. Incluso el UKIP de Farage, pese a obtener el 12,6% de los votos en las elecciones generales de 2015, consiguió solamente un escaño parlamentario.

El contexto internacional también pone vientos en contra. Aunque las formaciones de extrema derecha crecieron durante la última década, varios de estos proyectos comenzaron a enfrentar límites políticos, económicos y sociales cada vez más visibles. En Hungría, Viktor Orbán acaba de sufrir una paliza electoral y en Italia, Giorgia Meloni moderó su discurso y recientemente tuvo su más importante revés con el rechazo a su reforma judicial.

El trumpismo estadounidense también enfrenta dificultades más visibles. Las violentas campañas de deportación de migrantes de los agentes de ICE desataron movilizaciones en varias ciudades y, en el caso de Minneapolis, le propinaron un “cachetazo” a la Casa Blanca. Asimismo, su aventura militar en Irán no cuenta con apoyo popular entre la población estadounidense, incluso entre sectores de la base MAGA.

Otro elemento para comprender los límites de la extrema derecha británica es la persistencia de resistencias sociales y sindicales. El mismo proceso que alimenta el crecimiento de la derecha radical también puede generar nuevas explosiones sindicales, movilizaciones juveniles y protestas sociales. Entre 2022 y 2024, Reino Unido experimentó el ciclo de huelgas más importante en décadas. Trabajadores ferroviarios, sanitarios, docentes, funcionarios públicos y empleados postales, protagonizaron movilizaciones masivas contra la inflación y el deterioro salarial. Las movilizaciones en defensa del sistema de salud, las protestas estudiantiles, las campañas contra el costo de vida y las manifestaciones pro-palestinas, también evidencian la existencia de importantes sectores sociales opuestos tanto al neoliberalismo tradicional como a las salidas reaccionarias.

Las elecciones locales confirmaron no solo el desgaste de conservadores y laboristas, sino también la crisis más amplia del “progresismo neoliberal” europeo. Durante las últimas dos décadas, numerosos partidos socialdemócratas abandonaron sus mínimos proyectos sociales y pasaron a administrar descaradamente (y con frecuencia de forma más fuerte) el capitalismo neoliberal mediante políticas de austeridad, disciplina fiscal y sometimiento total a los intereses empresariales y financieros.

Ese proceso debilitó profundamente los vínculos históricos con sectores obreros y populares. En el caso británico, bajo la dirección de Keir Starmer, el laborismo se posicionó sin ningún tipo de filtro como garante de la estabilidad institucional frente a mercados y grandes empresas, es decir, limó la línea divisoria con los tories. A pesar de esto, la estrategia del “mal menor” comenzó a mostrar límites cada vez más evidentes en un contexto de deterioro social persistente.

Los próximos años probablemente estarán marcados por una mayor polarización e inestabilidad política. Las contradicciones que alimentan la crisis británica (bajo crecimiento económico, desigualdad territorial, crisis de vivienda, deterioro sanitario y precarización laboral) permanecen abiertas. Eso limita la capacidad de cualquier gobierno para estabilizar socialmente el país.

La fragmentación del sistema político probablemente continuará profundizándose. El debilitamiento simultáneo de conservadores y laboristas, el crecimiento de Reform UK y las tensiones nacionales en Escocia y Gales, apuntan hacia una fragmentación más amplia del régimen político en el Reino Unido. En ese contexto, nuevas explosiones sociales y ciclos de movilización pueden dar un salto que revierta la tendencia actual. La inflación, el deterioro de servicios públicos y el aumento del costo de vida continúan generando fuertes niveles de malestar popular.

A pesar de esto, hay que considerar que el mismo proceso también puede rebotar y genera nuevas resistencias sociales y conflictos laborales, que mantienen abierto el escenario político británico.

La cuestión central para la izquierda británica entonces no pasa únicamente por derrotar electoralmente a la extrema derecha, sino por construir una alternativa política capaz de enfrentar las causas estructurales que alimentan su crecimiento y esto, inevitablemente, pasa por un programa anticapitalista.

Seremos directos: Te necesitamos para seguir creciendo.

Manteniendo independencia económica de cualquier empresa o gobierno, Izquierda Web se sustenta con el aporte de las y los trabajadores.
Sumate con un pequeño aporte mensual para que crezca una voz anticapitalista.

Me Quiero Suscribir

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí