Elecciones 2023: hacia un año de definiciones

En Argentina, la idea de que las cosas no pueden seguir como están es prácticamente unánime. Lo que está en disputa, completamente indefinido, es cómo deberían ser.

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La crisis se ha convertido en algo permanente, aparentemente interminable, desde hace al menos siete años. No hay día que no sea peor que el anterior y mejor que el siguiente. La clase trabajadora y los sectores populares se vienen empobreciendo de manera sostenida, ininterrumpida, desde hace demasiado tiempo.

La clase dominante, incluso los más ricos entre los ricos, pese a no parar de enriquecerse de manera fabulosa, quiere ponerle un punto final a un país que parece demasiado ingobernable, rebelde, molesto.

Una campaña electoral corrida a la derecha pero con polarización en los extremos

Falta mucho y muy poco. El país todavía tiene que recorrer un largo año económico antes de las elecciones, que a la vez se convertirán muy pronto en el tema de debate político dominante. Y pese a que toda la clase política capitalista argentina se prepara para ellas, hay demasiadas cosas que todavía no están definidas. Para empezar, ni siquiera está saldado si habrá o no PASO (aunque lo más probable es que sí) y no se sabe quiénes serán los principales candidatos que disputarán la presidencia. Es un escenario demasiado extraño para que se lance con todo la campaña electoral, una obra de teatro a punto de estrenarse sin los actores protagonistas definidos.

Hay algo que sí se sabe. En un sentido, que Cristina se haya bajado de cualquier candidatura es la primera noticia real de las elecciones del 2023. Esa decisión tomó completamente desprevenidos a sus militantes, que venían preparándose con la épica de la defensa de “la jefa”. Pero que así sean las cosas es perfectamente natural. CFK venía lidiando con una situación demasiado incómoda. La pose de “oposición oficialista” era para no pagar los costos políticos del ajuste del gobierno del que ella es, ni más ni menos, vicepresidenta.

La condena judicial se convirtió en la excusa perfecta para bajarse. Cualquier próximo gobierno capitalista intentará implementar un ajuste todavía más duro que el actual. Y el kirchnerismo no tiene nada parecido a una alternativa. Su juego cínico es el de esperar que otros “se prendan fuego” ajustando y volver después de que el trabajo sucio ya esté hecho. La estrategia es seguir siendo la fuerza política “progresista” sin tener que oponerse de manera real a todas las medidas antipopulares que se avecinan. Su abandono puede eventualmente abrirle un lugar a la izquierda, que levanta consecuentemente la política de rechazo al ajuste.

La retórica de campaña del 2019 fue más propia del “relato” de los 12 años K que lo que será la del 2023. El “sentido común” de los debates públicos se ha corrido claramente a la derecha por muchos motivos. El principal: el estruendoso fracaso del gobierno del Frente de Todos.

Es simple. La política pusilánime primero y de ajuste directo después fue siempre acompañada de la épica progre del “Estado presente”, del “crecimiento con inclusión” y tantas cosas más. En los primeros meses de la pandemia lograron ser relativamente fuertes. Pero el hecho de hacerlo sin tomar ninguna medida económica que afecte a los principales empresarios del país terminó derivando en una crisis económica aún más dura y una cuarentena interminable.

Amagaron con Vicentín y retrocedieron. Hablaron contra los especuladores y les dieron todo que pudieron. Se quejaron de los patrones del campo y les dieron el dólar soja. Vociferaron contra el FMI y los buitres internacionales y acordaron todo con ellos. El resultado: crisis, crisis y crisis… pero con palabras “progres”. A nadie debería sorprender que ya nadie se las crea. Los empresarios, mientras tanto, miran con satisfacción como el progresismo deslegitimado les llena los bolsillos.

Así, el desastre del gobierno de Cambiemos parece algo tan lejano que el propio Macri logra volver a dar consejos sobre cómo salir de la crisis sin despertar merecidas carcajadas. Los empresarios y sus medios de comunicación, mientras tanto, inflan a Milei para instalar entre millones un sentido común delirantemente reaccionario. El juego es que, frente a él y su “dolarización” y legalización del tráfico de órganos, casi cualquier otro ajuste brutal parece casi “razonable”. Incluso necesario.

Por el momento, la dupla de disputa presidencial parece que será Massa-Larreta. Eso solo ya nos dice en dónde está ubicada la discusión. El ala massista del Frente de Todos es la más conservadora de todas. Larreta pretende ser una suerte de Macri del 2015, un reaccionario que no lo dice ni demuestra abiertamente. Ni siquiera se atreve a decir abiertamente nada sobre su proyecto económico. Del otro lado de su alianza, Macri y Bullrich respiran los aires de la época “liberal” y exhalan la voluntad de un duro giro reaccionario y ajustador del régimen político.

Pese a todo, que el régimen electoral y sus principales figuras estén tan corridos a la derecha no significa que también lo estén los trabajadores y los sectores populares, ni siquiera la mayoría de las clases medias. Precisamente, el gran problema político de la clase dominante es que tiene a prácticamente todo su personal político, el que gana elecciones, alineado con el ajuste, pero no a la gente. Es esa contradicción la que la izquierda debe aprovechar para ser bandera de los intereses populares.

Hacia una prueba de fuerzas

El gran objetivo de la clase capitalista y sus políticos es, entonces, conseguir consenso electoral para el ajuste. Es lo que logró Menem con la hiperinflación, había en ese momento una fuerte corriente de opinión a favor de las privatizaciones. Fue por eso que logró imponer la fiesta neoliberal que acabó en la crisis del 2001 y el Argentinazo.

Para la burguesía, no parece haber otra alternativa que ir hacia una política económica de ese tipo. Hoy, el ajuste es inflacionario, uno que alarga en el tiempo una crisis que parece interminable. El giro para el que buscan tener bases políticas es uno de ajuste recesivo, con poca inflación… y desocupación de masas. La derecha dice muchas cosas con descaro pero no se atreve a decir esto: creen que sobran millones de puestos de trabajo que merecen desaparecer.

Si logran lo que quieren en las elecciones del 2023 es para lanzarse a un “shock” económico neoliberal clásico. Eso implica poner a prueba su proyecto económico en la lucha de clases. Será una provocación directa a los trabajadores, lo saben, y quieren derrotarlos, “llevárselos puestos” como la movilización se “llevó puesto” a De la Rúa. Increíblemente, más de veinte años después, el fantasma del 20 de diciembre del 2001 sigue acosando sus sueños. El 18 de diciembre del 2017 fue un terrible recordatorio de que no se han sacado de encima ese problema. Quierenun consenso electoral para echar a ese molesto espectro y sentirse listos para intentarlo en 2024. Por esto, y fundamentalmente por lo profunda que es la crisis, lo más probable es que muchas de las campañas electorales sean más “programáticas” que las anteriores: directamente de derecha.

El giro a la derecha de la campaña y sus representantes electorales no se corresponde con las aspiraciones de las mayorías populares. Pese a los griteríos “libertarios”, la mayoría simplemente no opina que la destrucción del salario y los puestos de trabajo, de la educación y la salud públicas, la depredación descontrolada del medio ambiente, sean una mejora.

La lucha de clases del 2022 demuestra que es muy difícil que sus expectativas se cumplan. Todo sigue abierto. Los últimos ejemplos son categóricos: la histórica lucha del neumático y la inmensa pelea de los trabajadores de la salud ponen en evidencia que el camino del ajuste es uno plagado de obstáculos, tal vez insalvables. La gente no está derrotada. Si las luchas no son más grandes es por el rol nefasto de las burocracias sindicales, cómplices directas de los gobiernos de los empresarios.

Además, la narrativa triunfalista de la derecha tuvo un freno importante con la derrota de Bolsonaro. Bullrich, Macri y Milei lo querían poner como ejemplo a seguir, incluso sectores del peronismo lo miraban con ojos de simpatía. Su derrota electoral, pese a que haya sido por la alianza social-liberal lulista, permite decir las cosas como son: con el ajuste las mayorías populares no pueden no perder mucho, sino todo.

La izquierda debe levantar un programa anticapitalista

La narrativa progresista está tan devaluada como el peso. Ya no logra convencer a la mayoría porque durante cuatro largos años se dedicaron a hacer todo lo contrario de lo que predicaban. A la vez, sus partidarios, los que vieron y ven como propia la candidatura de Cristina, quedan políticamente huérfanos con su capitulación, entregados a candidatos como Massa.

Que los trabajadores sigan teniendo voluntad de lucha, que la consciencia de la gente no esté alineada con la oferta electoral corrida a la derecha, es una oportunidad para la izquierda para decir las cosas como son. El callejón sin salida en el que estamos atrapados es el del capitalismo argentino y la única salida posible es anticapitalista.

No todos perdieron en esta interminable crisis económica: los banqueros, los patrones del campo, los principales industriales, todos ellos se llenaron los bolsillos, nunca dejaron de ganar. Al contrario, la distribución del ingreso bajo Macri y el Frente de Todos no hizo sino empeorar: los más ricos ganaron más y más mientras la mayoría perdía. Solo entre el 2020 y 2021, mientras la participación del “costo” del salario en los precios finales pasaba del 49,8 al 46,1%, el de las ganancias empresarias aumentó del 35,2 al 40,2%. Y la tendencia solo ha continuado.

Ellos, sus partidos, su régimen y sus gobiernos son los responsables de la creciente miseria de la vida, de que el día de mañana parezca inevitablemente sombrío, de que no hay futuro para la inmensa mayoría.

En 2021, la campaña del Nuevo MAS y Manuela Castañeira logró instalar en el debate público el problema más importante para millones: el salario. Unánimemente, los candidatos capitalistas y sus medios de comunicación intentaron ahogar esa discusión, sin éxito. Hay que repetir ese acierto pero dando un paso más hacia adelante.

La derecha logró instalar un “relato” propio del por qué de la inflación, de la crisis… Su respuesta es básicamente siempre la misma: el problema es que los empresarios no ganan lo suficiente, la solución es darle aún más poder sobre la vida de los trabajadores, que deben ser más y más miserables para así “salir” de la crisis.

Con un programa anticapitalista hay que hacer saber que hay un camino propio de los trabajadores y sus luchas, una alternativa política de quienes luchan por salario y contra la precarización laboral, por la educación y la salud públicas, contra el sometimiento al FMI. Debemos dar nuestra propia respuesta, demostrar que es la única salida y prepararse para enfrentar el “shock” que preparan para el 2024. Esa es la gran responsabilidad de la izquierda en 2023, además de acompañar todas las luchas contra el ajuste del Frente de Todos hasta el último día de su gestión.

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