Gorz decía que “no entiendo la Filosofía al estilo de los creadores de grandes sistemas filosóficos, sino como el intento de entenderse a uno mismo, de descubrirse, de liberarse, de crearse. (…) Para que la cuestión de la alienación y su posible superación surja de inmediato”. La Filosofía entonces debe tener un componente de autopoiesis. Su visión siempre es eminentemente práctica y revolucionaria. Conoce la obra del legendario Iván Illich, ex sacerdote y filósofo anarquista à la Goodman, también austríaco y emigrante, y sus tesis radicales sobre el fin de la educación formal burguesa, la muerte de la familia del modelo liberal, la crisis de las mega instituciones, etc. que se imponen ahora en el centro de su trabajo. Gorz confesaba: “¿cuáles han sido los encuentros y las influencias más importantes de mi vida? Estuvo Sartre, por supuesto, cuya obra, a partir de 1943 [El Ser y la Nada], me marcó durante veinte años. Estuvo Illich, quien, a partir de 1971 [año de publicación de Una sociedad sin escuela], me hizo reflexionar durante cinco años”. Desde la década de 1960, él y su esposa lo visitaron regularmente en el instituto que fundó en Cuernavaca, México, el famoso CIDOC, Centro Intercultural de Documentación, un punto de encuentro del pensamiento crítico sobre la educación y la cultura de masas, al que los medios de la derecha calificaban de “centro de la subversión”.[1] Al mejor estilo Gorz abandona los viejos pertrechos, abandona su antigua piel, que había defendido con pasión y abraza lo nuevo con una radicalidad productiva. Incorpora algunos de sus conceptos más fundamentales como “convivencialidad”, “decrecimiento” y la dimensión ecológica más radical. No rechaza, aunque es ateo, la metáfora del éxodo del capitalismo: “Es cuestión de dejar la tierra, el humus sobre el que nos asentamos, la sociedad del empleo, los salarios y los bienes. Poder dejarlo mental, espiritualmente, para poder dejarlo, prepararlo materialmente. Ese es el significado del éxodo”.
En LTM sus relaciones lentamente se degradan, bajo una nueva inspiración publica en abril de 1970 un texto radical, polémico y filo anarquista, “Détruire l’Universite”,[2] que produce una discusión a nivel nacional en casi todos los medios burgueses y también interna que termina con la salida de Pontalis y Pingaud. Dice Gorz que la universidad bajo el Capitalismo “no puede funcionar, y por tanto debemos impedir que funcione para que esta imposibilidad se haga evidente. Ninguna reforma de ningún tipo puede hacer viable esta institución. Por tanto, debemos combatir las reformas, tanto en sus efectos como en su concepción, no porque sean peligrosas, sino porque son ilusorias. La crisis de la institución universitaria va más allá (como mostraremos) del ámbito universitario e implica la división social y técnica del trabajo en su conjunto. Así que esta crisis debe llegar a su punto álgido”. Fundamentando su análisis en el estudio de Bourdieu y Passeron sobre los estudiantes universitarios en Francia,[3] Gorz afirma continúa señalando que “tradicionalmente, la izquierda luchó, no contra los criterios de selección de clase —que la obligarían a luchar contra la selección misma y contra el sistema académico en su conjunto— sino por el derecho de todos a entrar en la máquina de selección”. La tesis defendida por Bourdieu y Passeron se centra en el concepto de capital cultural. La sobrerrepresentación de las categorías acomodadas en la universidad se debe al conocimiento, las habilidades interpersonales y la capacidad de expresarse, específicas de estas categorías sociales. Este conocimiento social —actitudes, hábitos, gustos, formación, habilidades lingüísticas— constituye una capital cultural, no transmitida estrictamente en la escuela, pero que, sin embargo, está en el corazón del aprendizaje y en la maquinaria de selección escolar. El colegio transforma el patrimonio de clase y social de los niños de las categorías acomodadas en “habilidades académicas”. Bourdieu y Passeron llegaban a conclusiones radicales que eran aceptadas in toto por Gorz. El medio estudiantil universitario era burgués, e incluso la invisible máquina de selección no sólo abracaba el mismo acceso sino además restringía la elección de carreras así como la continuidad en los estudios. Irónicamente concluían que “la Facultad de Filosofía y Letras, y en ella disciplinas como la Sociología, la Psicología y las lenguas modernas, constituyen también un refugio para los estudiantes de las clases más escolarizadas quienes, a falta de una vocación definida y encontrándose socialmente ‘obligados’ a la escolaridad superior, se deciden por este tipo de estudios que, al menos aparentemente, les proporciona una justificación social”.
Para Gorz el carácter plenamente contradictorio de esta demanda permaneció enmascarado en la agenda de los partidos de izquierda mientras el derecho, en teoría, fuera reconocido para siempre y la posibilidad práctica de usarlo se negaba a la gran mayoría: “desde el momento en que, con la ayuda de la difusión del conocimiento, la mayoría se esfuerza por obtener la posibilidad práctica de usar un derecho teórico, la contradicción queda clara; si la mayoría accede a la educación superior, estos últimos pierden su carácter selectivo. El derecho al estudio y el derecho a la promoción social ya no pueden ir juntos; Si, en el mejor de los casos, todos pueden estudiar, no pueden ser promovidos a puestos privilegiados. Al haber sido derrotados los mecanismos de selección académica, la sociedad buscará implementar mecanismos complementarios o restringir el derecho al estudio mediante limitaciones administrativas”. No sólo eso: la universidad bajo el Capitalismo “dispensa una cultura universitaria, es decir, un conocimiento separado de cualquier práctica productiva o militante. En resumen, es un lugar donde uno puede pasar el tiempo de forma ni útil ni interesante. Ningún tipo de reforma puede cambiar esta situación. Por tanto, no puede tratarse de reformar la universidad, sino de destruirla para destruir de golpe la cultura separada de las personas que encarna (la de los mandarines) y la estratificación social cuya, al fin y al cabo, sigue siendo el instrumento”. La universidad burguesa se fundamenta en una lógica perversa, su legalidad reposa en el postulado de la igualdad formal de todos los alumnos (postulado que es condición previa de su funcionamiento) por lo que es incapaz de reconocer y rectificar otras desigualdades que las que provienen de las míticas y naturales “dotes individuales”.
Es un discurso de gran radicalidad y pureza revolucionaria incluso para los parámetros políticos de París a inicios de los 1970s. Pero Gorz nunca olvida la dimensión obrera, la cuestión del poder proletario, el poder de clase sin el cual la cuestión estudiantil carece de sentido: “La crisis de la universidad burguesa y la revuelta de la clase trabajadora contra el despotismo de la fábrica confieren una relevancia inmediata a la cuestión de esta superación. Y si la conjunción entre estos dos aspectos de la misma crisis —la división del trabajo— no llega a la unión efectiva de estudiantes y trabajadores y a una crítica recíproca de los métodos de educación y dominación, la culpa no recae en el movimiento estudiantil; está en manos de las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, que hacen todo lo posible para encerrar a los estudiantes en el gueto universitario con el fin de controlar mejor las demandas de los trabajadores”.
[1] Funcionó activamente entre 1966 y 1976. Lugar por el que desfilaron, además de Gorz, intelectuales de la talla del poeta y escritor anarquista Paul Goodman, el especialista en educación Everett Reimer, Susan Sontag, Paulo Freire, Peter L. Berger, el profesor y defensor de los derechos de los niños John Holt, el profesor de iconografía medieval Gerhard Ladner, el educador de adultos Didier Pivetau, el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy, el filósofo Leo Gabriel y el filósofo tecnológico Carl Mitcham entre otros. Tras diez años, el propio Illich decidió poner fin al CIDOC, convencido de que el aura incomparable de este lugar no podría durar porque las instituciones se estaban «desmoronando».
[2] “Destruir la Universidad”, en: Les Temps Modernes 285, avril 1970, junto a otros textos sobre la cuestión educativa en los que aparece Lyotard.
[3] Bordieu, Pierre; Passeron, Jean-Claude; Les Héritiers, Les étudiants et la culture; Les éditions de Minuit, Paris, 1964; en español traducido eliminando curiosamente el provocativo título principal, “Los herederos”: Los estudiantes y la cultura, Labor, Madrid, 1966.




