El regreso a la crítica del valor: Notas sobre Gorz II

El marxismo para Gorz tiene dos dimensiones fundamentales: debe ser a la vez exigencia y crítica tanto como construcción y afirmación. Ambas dimensiones, bajo la trágica consolidación del stalinismo en la URSS, se han separado y desarrollado incluso en sentido contrario. Por eso, decía irónicamente, somos marxistas pero marxistas infelices. A la pregunta: ¿en nombre de qué se puede hacer una auténtica crítica marxista?, Gorz responde sin dudar: “en nombre de un fin diferente del que persigue el poder”.

Muchos comentaristas ven en Gorz una aplicación centelleante de temas filosartreanos: pasividad, resentimiento, escasez, autonomía, reciprocidad, patriarcado y la imaginación productiva a la coyuntura sociopolítica específica de finales de los años cincuenta e inicios de los 1960s. El comunismo, para escándalo teórico de la época, es definido según aparece textualmente en La Ideología alemana de Engels y Marx, como “el movimiento real que suprime el estado de cosas actual”.

En junio de 1949 ingresa en el secretariado internacional del “Mouvemente des Citoyens du Monde”, el movimiento creado por el pacifista Garry Davis. No durará en el cargo más de un año, al mismo tiempo que es secretario de un attaché militar de la embajada de la India. Su entrada en el “Paris-Presse”, diario fundado por el político y miembro de la resistencia Philippe Barrès, marca su debut como periodista con el nombre de Michel Bosquet (la traducción al francés de su propio apellido, Horst, Bosquet: bosque).  Aquí conocerá a Jean-Jacques Servan-Schreiber, quien en 1955 lo reclutará para un magazín económico novedoso llamado “L’Express”.

En 1959 edita su segundo libro, el primero en ser traducido al español: “La Morale de l’Historie”.[1] El libro es el producto final de dos grandes crisis en la izquierda francesa: la invasión de Hungría por la URSS en 1956 y el estallido abierto de la guerra colonial en Argelia. Utiliza el seudónimo de André Gorz, Gorz por un pueblo de Austria donde su padre le regaló sus primeros prismáticos.[2] Critica amargamente al Partido Comunista Francés (y con él al modelo stalinista in toto), al posibilismo y a la “realpolitik” disfrazada de socialismo factible. Empieza a desarrollar una primitiva teoría de la enajenación y define al proletariado como “vocación a la libertad”, ya que está condenado en su destino “a actuar, a impugnar y a reivindicar en su propio nombre, sin fiador trascendente, en nombre de la existencia desnuda. Está destinado a la autonomía”. Desmonta lo que denomina “marxismo trunco”, una ideología de segunda mano que solo encubre verdades de aparatos burocráticos y relaciones de poder. Aparece fantasmagóricamente la idea central de autonomía de clase, tal como se estaba simultáneamente reflexionando en la izquierda italiana, y la crisis de aparatos y organizaciones por la lenta desaparición del Fordismo (surgimiento de una nueva figura social) y la aparición de una nueva radicalidad obrera. El proletariado está “destinado a la autonomía”, noción que considera la más apropiada para expresar “la ambigüedad de la praxis de clase del proletariado”. Dirá que “praxis pura, el proletariado concentra en sí la verdad de toda la sociedad”. Su posicionamiento a la vez anti-institucional, anti-economista, anti-estructuralista y anti-autoritario es radical y convulsivo. Su ruptura con Sartre ya estaba escrita allí.

Las ideas de Gorz participan, sin tener él conciencia de ello, de una amplia ruptura teórico-práctica a escala mundial que intenta recuperar al verdadero Marx, tanto en espíritu como en letra. Movimiento de autocrítica que se asemeja a lo que está sucediendo en sus contenidos tanto en Alemania (Backhaus, Dutschke, Krahl, Schmidt) como en Italia (Panzieri, Montaldi, Alquatti, Tronti) o los EE.UU. (Marcuse, tendencia Johnson-Forrest). Mientras tanto comienza a colaborar con la mítica “Les Temps Modernes”, la revista fundada por Sartre y Merleau-Ponty en 1945; se incorpora al comité de dirección en 1961 (en el figuran, aparte de Gorz y Sartre, Simone de Beauvoir, Jacques-Laurent Bost, Claude Lanzmann y Jean Pouillon). Escribirá en casi todos su números entre 1967 y 1974 y abandonará la revista en 1983. El grupo de LTM pasará por varias escisiones y discusiones de ruptura: primero la agria polémica entre Sarte y Camus, luego el fracaso de darle a la revista una forma organizativa militante (el “Rassemblement Démocratique Révolutionnaire” en 1948), finalmente el debate entre Sartre y Merleau-Ponty sobre el giro stalinista del grupo.

En 1964 se va de “L’Express” (junto con un grupo formado por Jean Daniel, Serge Lafaurie, Jacques-Laurent Bost, K. S. Karol) para fundar “Le Nouvel Observateur”. Haciéndose eco de ciertas críticas de Merleau-Ponty hacia la nueva posición de Sartre, que aquel denominaba “ultrabolchevismo” (y donde no existía dialéctica en la historia ni condicionamiento serio de lo material), se preocupa cada vez más por cuestiones de economía política como vía regia para construir una duradera y legitima dirección política de la clase obrera. Empieza su larga reflexión sobre la forma valor y el trabajo. Ya ha llegado a conclusiones fundamentales, como su desencanto por la acción sindical tradicional, que en lugar de crear un nuevo discurso sobre la calidad del trabajo, o el fin del trabajo, siguió dando prioridad al pleno empleo, esencialmente un objetivo cuantitativo y ligado a la valorización del capital. Gorz sufre la influencia y la amistad de Marcuse, llegando en forma de eco algunas tesis de la “Escuela de Frankfort”, en particular el approche que supera el estrecho economicismo en el análisis de lo social.

Autonomía, autogestión, control obrero: “reformas revolucionarias”, tal fue el nuevo giro copernicano en su libro “Stratégie ouvrière et néocapitalisme” (Editions du Seuil, 1964). Aquí intenta superar una falsa dicotomía instalada desde los tiempos de Kautsky en las izquierdas: la contradicción entre la transformación revolucionaria de la sociedad y las luchas diarias por la búsqueda de mejoras parciales, tan necesarias. Gorz afirmaba: “Es una vieja pregunta: ¿reforma o revolución? Era (o es) primordial cuando el movimiento obrero tenía (o tiene) la elección entre la lucha por reformas o la lucha armada. Pero ese ya no es el caso de Europa Occidental. Por lo tanto esa pregunta ya no es una disyuntiva: solo existe la posibilidad de ‘reformas revolucionarias’  que tengan como objetivo la transformación radical de la sociedad”. Se disuelve a lo largo del libro la rigidez antinatural en la relación reforma-revolución; la reforma no solo puede ser un mecanismo de integración hacia el ser humano unidimensional. La revolución y la transformación del sujeto colectivo es un tortuoso camino de aprendizaje y acción.

Gorz intercambia ideas y se empapa de la nueva izquierda italiana como Garavani, el comunismo neokeynesiano de Trentin, de sindicalistas libertarios como Foa. En Francia Gorz es considerado un típico obrerista estilo italiano, “le chef de file intellectuel de la tendente ‘italienne’ de la novelle gauche” (Contat);  ejerce una influencia moderada en los militantes sindicales de la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo) y en los estudiantes de la UNEF. Reflexionando sobre la realidad del control en la producción y las formas de autogestión, escribirá “Le Socialisme difficile” (Editions du Seuil, 1967), donde resume diversas posiciones y ácidamente desvela la verdad de la entonces de moda “vía yugoeslava” al socialismo. En cuanto a la realidad de una nueva clase obrera integrada al sistema, Gorz señala con visión estratégica: “El capitalismo monopólico civiliza el consumo y las distracciones para no tener que civilizar las relaciones sociales, es decir: las relaciones de producción y trabajo; aliena los individuos en su trabajo, lo cual le permite alienarlos mejor en el consumo; y a la inversa, los aliena en el consumo a fin de alienarlos mejor en el trabajo”. La autogestión, como proyecto político alternativo al pantano del paleoleninismo, termina “frente a las necesidad de las decisiones centralizadas nacionales y regionales”, esos son sus límites objetivos y aunque tiene ventajas, “no elimina el peligro de las esclerotizaciones burocráticas, ni impide que los trabajadores, individual o colectivamente, se consideren meros instrumentos de producción”. Gorz avisa a la nueva izquierda contra un intento de hacer de la autogestión al estilo Castoriadis otro fetiche ideológico vacío. El título señala la paradoja: el socialismo no está pasado de moda (ninguna de sus reivindicaciones históricas son realidad), pero es necesario abandonar las concepciones primitivas de traspaso de la teoría a la práctica y viceversa, la famosa “traducción” gramsciana, para dar un significado actual a ese concepto.

Sus diferencias con el sartro-marxismo comienzan sintomáticamente después del Mayo del 1968, pero parece que el fracaso y reflujo también influyó en la obra del propio Gorz. Abandonará para siempre la búsqueda de una solución para el orden social capitalista centrada en la emancipación humana. Le impacta el espontaneísmo y la lucha contra la forma estado: las instituciones. En 1969 publica “Réforme et revolution” (Le Seuil), vuelve a considerar la idea de una organización o de la forma-partido, surge la dimensión política “sin la cual ni siquiera puede imaginarse una ‘estrategia ofensiva’: este instrumento es el partido revolucionario”. Ahora Gorz desconfía del trabajo de hormiga en el movimiento obrero, del tacticismo, del impresionismo de la inmediatez y la paciencia revolucionaria, de la acumulación de reformas cuantitativas hacia el gran salto. De ahora en más, como escribe en LTM “la transición del capitalismo al socialismo no será progresiva y casi imperceptible, sino producto de una lucha final… La clase obrera no concretará su unidad política y no protestará con violencia por conseguir un 10% de aumento salarial o 50.000 viviendas obreras más… El problema fundamental de una estrategia socialista es, por tanto, crear las condiciones objetivas y subjetivas que posibiliten acciones revolucionarias de las masas y hacer lo posible para que estas luchas con la burguesía puedan sostenerse y ser ganadas”. Su visión existencialista y fuertemente subjetiva le hace preocuparse por todas aquellas máquinas institucionales que limitan la libertad del ser humano.


[1] En español editado por FCE de México en 1964 como “Historia y Enajenación”.

[2] Goerz era la marca de los prismáticos del ejército austriaco, que cree Gorz erróneamente que fueron fabricados en la ciudad de Görz (en Gorizia). Véase: Willy Gianinazzi, André Gorz. Une vie, La Découverte, París, 2016.

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