Un 24 de septiembre de 2007, en una callejuela sin nombre, en una pequeña aldea llamada Vosnon de la región del Ausbe, murió Gerhard Horst. Se suicidó junto con su mujer de toda la vida, Dorine. Nos era familiarmente conocido en su (polémica) dimensión filosófico-política con el seudónimo de André Gorz; cuando ejercía de periodista utilizaba el alias de Michel Bosquet. Su visión no dejaba lugar a dudas: «La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido más actual. Se plantea en términos y con urgencia de una novedad radical.» Estas palabras están entre las últimas que Gorz plasmó por escrito. Fueron escritas a principios del verano de 2007 y publicadas unas semanas después de su triste “partida” final.
Para llegar a Vosnon hacer falta separarse de las concurridas y caras autopistas, tomar por carreteras secundarias y angostas, luego preguntar a los lugareños por la casa de Gorz; así se llega a una vivienda sólida, de ladrillos rojos, con un jardín guardado por dos árboles centenarios. La biblioteca está en la planta baja en un salón amueblado a lo Esparta: dos grandes sillones sin estilo reconocible, una mesa redonda, cuatro sillas rectas y un televisor pasado de moda. “Prévenir la Gendarmerie” (Avisen a la policía), un simple mensaje sobre la puerta indicaba el drama desatado. ¿Otro filosofo desencantado que cumple esa tradición inexorable de los intelectuales en situación? Diría Magris que el desencanto es una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza. Estremece el compararlo con otros casos trágicos famosos: Koestler, Poulantzas… Como decía Bloy a propósito de Cervantes, Gorz fue un hombre recto y sabio, en el fondo, su vida fue trabajosa y sospechosa. Trabajosa porque desde su infancia fue un extraño, un sin-identidad; sospechosa porque su extrema autonomía lo hacía en todo tiempo y lugar un renegado inclasificable. Negt lo calificó en su momento como un revolucionario realista.
Una epistemología del exilio:
Los hechos de su vida son tan problemáticos como su propia obra. “Hay que querer apoderarse de las oportunidades, apoderarse de lo que cambia” —escribía Gorz. Nació como Hirsch en la Viena postrevolucionaria en febrero de 1923. Hijo de un comerciante judío de maderas y de una madre católica ultramontana antisemita. Era básicamente un bastardo y un Entfremdung en los términos socioculturales de la Europa Central de su época. En el creciente clima antisemita, su padre se convierte al cristianismo en 1930 y cambia su apellido al menos sospechoso de Horst. Educado en un milieu culto, recibió una típica educación Staatsvolk austríaca, disfrutó de la influencia del modernismo reaccionario de la Viena liberal-aristocrática, incluida la riqueza teórica del marxismo austriaco, el de la “IIº internacional y media” y las paradojas del freudismo.
Viena, que para Graus era “el campo de pruebas para la destrucción del mundo”, que se regía por ese principio divino de los Habsburgo: “Ruhe und Ordnung” (Ley y Orden). Viena era contradictoriamente burguesa y el éxito financiero era la base material de una sociedad férreamente patriarcal. El liberalismo había fracasado en la vida política y su edad heroica había concluido en las barricadas de 1848. Sin embargo, sobre el cadáver liberal se imponían grupos políticos más impetuosos, como los movimientos de la clase obrera capitaneados por Adler (un judío bautizado cristiano), las masas medias católicas del demagogo antisemita Lueger, el multiclasista movimiento pangermano de von Schönerer o el sionismo radical de Herzl. De Viena salieron tanto la política de la “solución final” de los nazis como la ideología del estado judío sionista. Pero igualmente seguía siendo plenamente una capital burguesa. En la vieja Viena se podría en verdad decir, con Marx, que “la burguesía había arrancado de la familia su velo sentimental, y había reducido la relación familiar a mera relación de dinero”.
En 1938 los austriacos deciden unirse voluntariamente a la Gran Alemania de Hitler, se produce el Anschluss. Ante la movilización general en 1939, en vísperas de lo que será la Segunda Guerra Mundial, su madre lo interna en una institución católica en Lausana (Suiza). Gorz tenía entonces quince años. Pasó toda la guerra allí. Se enteró de que su padre había sido expropiado, que lo habían desalojado de su piso, que la edad y el matrimonio mixto con una aria lo habían salvado de los campos de la muerte. En el bachillerato suizo decide negar su identidad alemana y su idioma natal. Rompe con todo lo germano, abandona las tradiciones nacionales y culturales, renace intentando construirse libremente su propia identidad.
El negro mayo de 1940:
Este adolescente inquieto, crítico y convulsivo es testigo de la ignominiosa derrota de Francia producida en pocas semanas. La humillación nacional gala, pueblo representante del iluminismo y las mejores tradiciones democráticas, lo hacen identificarse inmediatamente con Francia. Adopta la nacionalidad y el idioma: no hablará más en alemán durante cuarenta y cuatro años. Decide estudiar ingeniería química en la École d’Ingenieurs, profesión que jamás ejerció. Paralelamente devora libros de filosofía y de psicología. Realiza cursos paralelos de filosofía en la universidad durante un semestre: “Me pareció tan grotesco que me burlaba públicamente de los profesores. Nunca volví”. Rehúye del academicismo como si fuera una peste. Hace pequeños trabajos, enseña inglés. Su primer empleo serio y formal será como traductor de las novelas americanas para una casa editora suiza. Publica sus primeros artículos en el diario de un movimiento cooperativo. Participa en círculos izquierdistas con estudiantes de Letras, se reúne en clubes de estudio de la obra de un notable joven profesor de liceo llamado Sartre.
Momento sartreano:
Sartre era todavía un filósofo de culto, había estudiado la fenomenología en el mismo Berlín, incluso había conocido nada menos que a Heidegger. Tenía publicado hasta ese momento tres libros filosóficos muy estilo Husserl: “La imaginación” (1936), “Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación” (1940) y “Bosquejo de una teoría de las emociones” (1939), todos eslabones hacia su futura opera magna: “El Ser y la Nada”. Para Gorz existe una lógica interna que condujo a “un filósofo cuyo punto de partida fue el ‘cogito’ de Husserl a ir más allá de éste, hacia el materialismo dialéctico, y estudiando la validez de este desarrollo y su compatibilidad con el método de Marx”. Con esta idea en mente, Gorz viaja en 1941 a Génova para re-encontrarse con su madre. Casualidad o no, en una pequeña librería repleta de literatura fascista descubre dos libritos de Sartre en francés: “La náusea” (1938) y “El muro” (1939). Gorz solo conocía sus libros de filosofía, ver a un filósofo escribiendo ficción le pareció deslumbrante. Compra ambos libros, los lee y relee, le parecen fantásticos: “Era exactamente lo que yo podía sentir, lo que podía gustarme, lo que podía seducirme intelectualmente”.
En 1943 finalmente aparece en Gallimard “El Ser y la Nada. Ensayo de ontología fenomenológica”, libro abrupto, compuesto de 722 páginas, a gran tamaño, del que todos hablan y pocos han leído cabalmente. Lo estudia con furia obsesiva durante tres meses. Lo asimila totalmente: “Fui, creo, el primer sartreano convencido e incondicional”. Para Gorz el objetivo de Sartre era restituir a la conciencia a sí misma, como libertad, translucidez, actividad íntegra, comprensión total e indiferenciada de su propia conducta y de su propio fundamento; solo si esta restitución radical es posible, la moral puede tener algún sentido. Si no es posible —este es el sentido profundo del esfuerzo sartreano— entonces la persona no pertenece a sí misma y no tiene ninguna razón pedirle cuenta por sus actos. Sin embargo, para Gorz, aunque Sartre se detenía en este momento abstracto, le permitía comprender cómo es posible, en el capitalismo, que un ser que es praxis libre pueda tomarse a sí mismo como objeto, como instrumento o cosa. Bajo el dominio del capital la razón de la alienación, la “maldición de la materia”, permanece inteligible hasta que la desvela la teoría y la praxis revolucionaria.
Cuando ya un Sartre famoso y polémico visite Lausana en 1946 para dar unas conferencias, Gorz se obliga a conocerlo en persona. También a la eterna “Castor”, Simone de Beauvoir. Sartre lanzará ese mismo año su ensayo “Materialismo y revolución, una interpelación a todos los marxistas y una discusión abierta con Garaudy, Lefebvre y Naville.”[1] Dirá Sartre que “el stalinista sale del paso gracias a la fe”, afirmación en la que concuerda plenamente Gorz. El fenomenólogo ha descubierto finalmente a Marx. Gorz no duda, decide ir a Paris, porque significaba ir a donde trabajaba y vivía su admirado Sartre. Se pone a escribir lo que para él será la continuación lógica de “El Ser y la Nada”, la segunda parte que Sartre anuncia con solemnidad al final de su obra (“En particular, la libertad, al tomarse como fin en sí misma… ¿escapará a toda situación? ¿O por el contrario, permanecerá situada?… Todas estas preguntas… solo pueden hallar respuesta en el terreno moral. Les dedicaremos próximamente otra obra”) y que, por supuesto, jamás escribirá. Tal como hizo Heidegger con su “Ser y Tiempo”. Le presenta a su maestro un asombroso manuscrito de 700 folios, él, un absoluto desconocido, un marginal sin patria. Esa primera obra quedará en el anonimato durante veinte años; será publicada con el título “Fundamentos para una moral” recién en 1977 por Galilée. Gorz en ese momento parece ser un simple acólito sartreano y poco más. Hay tiempo para el amor: en la misma Lausana, durante un baile popular en la plaza de Saint-Suplice un 27 de octubre de 1947, conoce a otra apátrida, la inglesa Dorine. Bailan toda la noche y jamás se separarán. Se convertirá en su mujer en 1949 y por libre decisión mutua no tendrán hijos. Será su mejora lectora y confidente, su archivista y secretaria ocasional. Le dedica todos sus libros en inglés: “A Dorine more than ever”, “A Dorine again, again and evermore”…
Mientras profundiza sus afinidades electivas y su compromiso militante al mejor estilo de Antoine Roquentin[2] (“Naturalmente, yo era revolucionario. Estaba en contra de esta sociedad de mierda que me rodeaba, contra la represión…”), se lanza a aplicar el ya llamado método existencialista de autoanálisis a sí mismo. Su motto será una frase de Sartre: “cualesquiera que sean las circunstancias, en cualquier lugar que sea, un ser humano es siempre libre de elegir si será un traidor o no”. El producto febril será un libro, “El traidor” (1958), con un extenso prefacio de Sartre de cuarenta páginas, una obra política donde intenta “se restituir tout, comme venant de lui-même”, considerada por Gorz como un “travail de libération”. Aplicando una fusión entre existencialismo y marxismo, muy de moda en esos años, Gorz insiste sobre la potencialidad de la autoproducción de nosotros mismos como forma de emancipación. Gorz, alejándose del idealismo inocente, afirmaba que “es el ‘Yo’ el que actúa, es la lógica automatizada de los estructuras sociales la que actúa a través de mí como Otro, haciéndome contribuir a la producción y reproducción de la mega-máquina social. Ella es el verdadero sujeto”.
La conclusión del proceso es natural: el trabajador “reducido a una mera mercancía solo sueña con la mercancía”; y el sueño de esta mercancía, la fuerza de trabajo, es el poder de compra. En su seguridad de sonámbulo, las reivindicaciones sindicales en Occidente se centran en esta cuestión de manera central y obsesiva. Por eso, para Gorz, el sujeto no estaba presupuesto sino enfrentado: “en realidad, lo que nos pertenece de manera propia, no es más que la distancia que conservamos frente al Otro con quien estamos socializado”. El “Yo” desaparece en el capitalismo bajo los roles, bajo las máscaras o, mejor aún, bajo lo que Marx llamaba los Charaktermasken: las máscaras teatrales.
Su “uso” de Marx será muy particular. Abandona el canon establecido por el Dia Mat y utiliza, para horror de la vulgata marxista, los textos juveniles recién descubiertos en Occidente, en especial los así llamados “Manuscritos de París” (1844), pero además “La Sagrada Familia” (1844) y “La Ideología Alemana” (1845). Sin saberlo, empalma con toda una contracorriente de crítica a la vulgarización de Marx y de crítica al modelo stalinista: el mitológico marxismo occidental. En el centro se encuentra siempre la cuestión de la autonomía del individuo como condición sine que non de la construcción de un movimiento emancipatorio de masas. La liberación individual y colectiva no se da en etapas, sino se condicionan, a pesar nuestro, mutuamente.
[1] “Matérialisme et révolution I et II”; en: Les Temps modernes, n° 9 et 10, 1946. En español: Materialismo y revolución, La Pléyade, Buenos Aires, 1971.
[2] El protagonista de “La náusea” de Sartre.




