Vacunatorios-vip, Estado y corrupción

El que parte y la reparte… se queda con una parte

La crisis política desatada por el escándalo de las vacunaciones de privilegio no es un error aislado de un funcionario ejemplar como nos quiere hacer creer Fernández. Representa el destape de una verdad a todas luces conocida pero no por ello menos indignante: los privilegios inescrupulosos de quienes detentan el poder del Estado.



Hace unos días, en una entrevista radial, el hoy ex-ministro de salud de la Nación se alegraba de que el escándalo un intendente en Santa Cruz (quién se vacunó junto a su esposa y su chofer) recibiera el escarnio de la opinión pública.

“Claramente, en un país tan grande, con tantas jurisdicciones, bueno, alguna travesura de este tipo… Pero me encanta que tengan sanción social y eso es lo que debe pasar”.

No se imaginaba que, tres días después, su viejo amigo Verbitsky expondría públicamente que estas «travesuras» no ocurrían sólo en una lejana provincia del sur, sino bajo el techo mismo del Ministerio de Salud y por responsabilidad del propio Ginés Gonzáles García, cara de piedra.

Algunos dicen que Verbitsky trató de «mojarle la pólvora» a una opereta de Clarín. Según esta hipótesis, el diario de «la corpo» publicaría en breve el listado de los «vacunados VIP» por lo que Verbitsky decidió anticiparse a desarmar la opereta. En lugar de aminorar el estallido, nuestro contra-operador se roció con nafta. La explosión mandó a volar no sólo al ministro de salud, sino también la aburrida columna mañanera de Verbitsky en El Destape.

No era para menos. la Argentina ya superó los 51 mil muertos por Covid-19. Millones de trabajadores se exponen todos los días al contagio en el transporte público para garantizar las ganancias de sus patronales. Se viene de un año de durísima recesión económica, pero a la vez con aumentos de precios sin control principalmente en los alimentos.

El gobierno impulsó un inicio de clases sin invertir en infraestructura ni garantizar condiciones mínimas de seguridad e higiene. Miles de docentes fueron obligados a asistir a las escuelas sin vacunarse por quienes se vacunan a escondidas aprovechando sus privilegios como funcionarios. El «todos debemos hacer un esfuerzo» que repitió una y mil veces Fernández en los medios de comunicación quedó cuestionado por las inmorales acciones que salieron a la luz.

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La vacuna, en lugar de ser un bien común, se convierte bajo la lógica del capitalismo en una mercancía valiosa y escasa a nivel mundial. Acaparada por los Estados más fuertes y restringida su producción por los propios laboratorios y empresas que especulan con su valor en lugar de liberar patentes y aunar fuerzas para producir en masa. La solución al Covid-19 se ve obstruida por el afán de ganancia, permitiendo entre tanto la multiplicación y mutación del virus y preparando nuevos rebrotes en el futuro.

Argentina tiene apenas el 60% del personal de salud vacunado y a la fecha llegaron apenas 2 millones de dosis. Las promesas y planes de vacunación se postergan y el virus se sigue propagando, a pesar de las ruidosas promesas del gobierno que aseguró que para agosto estaríamos todos vacunados (sic).

Juegan con la expectativa de la gente. La vida entre ministerios y oficinas insensibiliza a los funcionarios frente a las necesidades y sufrimientos de los trabajadores. Las declaraciones públicas se tiñen de hipocresía y demagogia mientras entre bambalinas se multiplica la corrupción y los privilegios de clase. En este caso: aparecen los vacunatorios vip y el mercado negro de vacunas. Una práctica que significa lisa y llanamente exponer a la muerte a miles de trabajadores esenciales y mayores en edad de riesgo a quienes les es negada la posibilidad de vacunarse.

Pero hay consecuencias. El «Vacunagate» ha estallado en varios países. En Perú el escándalo amenaza con abrir una crisis política con foco en el inestable gobierno de Hochhausler, quien reemplazó al anterior presidente tras salir a la luz una enorme trama de corrupción. El hecho de que lo mismo ocurra en varios países no aminora la responsabilidad de los funcionarios en Argentina. Muestra una vez más que, en los estados capitalistas, la corrupción y los privilegios son una pandemia más dificil de solucionar que el Covid-19.

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Los trabajadores de la salud, médicos y enfermeros, de los rubros esenciales, de limpieza, los obreros de las fábricas y los laboratorios, los jóvenes del delivery, los que mantuvieron la producción de todo lo necesario para que la vida continúe, fueron quienes aportaron el mayor esfuerzo en esta pelea desigual contra el coronavirus. Sin embargo, el Estado manejó el plan de enfrentamiento a la pandemia a espaldas de sus necesidades u opiniones.

Observamos con indignación cómo, mientras miles se exponen al contagio y sufren las condiciones económicas y sociales de la crisis pandémica, desde el gobierno se dejaron correr los despidos, la precarización, el aumento constante del precio de los alimentos. Se acordó un «pacto social» con los sindicatos para planchar los salarios, y ahora, mientras los sistemas de inscripción para sacar turno colapsan y con apenas la mitad del personal esencial vacunado, los funcionarios acaparan dosis para ellos y sus amigos.

Sólo con un control social efectivo del plan de vacunación por parte de las organizaciones obreras, sociales y populares en el que tengan voz epidemiólogos y expertos independientes del gobierno y la oposición de derecha, con delegados elegidos democráticamente por los trabajadores de la salud y otros rubros que fiscalicen el stock, la distribución y la aplicación de las vacunas, pueden evitarse esta y otras injusticias de los privilegiados por el poder.

En momentos en que cada dosis cuenta para avanzar en la inmunización del conjunto de los trabajadores esenciales y adultos mayores, la hipocresía e inmoralidad con la que se manejaron Ginés, Verbitsky, Taiana, Moyano y otros no puede ser pasada por alto. Más allá de que Fernández prometa que no se va a repetir y Vizzotti, la nueva ministra, diga que el proceso de ahora en más va a ser transparente, sabrán disculpar que no tengamos nada de confianza. Lo tomamos como de quien viene.

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