“Duermen profundamente, duermen el sueño eterno, igual que duermen sus padres y sus abuelos, que pasaron su vida trabajando como carpinteros, como cavadores, como mineros, como tejedores, como campesinos de la gran tierra. Mucho sudor, mucho trabajo pesado, a veces excesivamente pesado, dieron a esta tierra. Llegó la hora terrible de la guerra y le dieron también su sangre e incluso su vida. Que sea gloriosa esta tierra por su trabajo, su inteligencia, su honor y su libertad. Que no haya gloria tan solemne y tan sagrada como la palabra pueblo”. (El pueblo es inmortal, p. 124).
Un vericueto: hay un poema del escritor peruano Mario Florián que puede ser hermano tuerto de la novela soviética de la que hablaremos a continuación. En el poema de Florián un campesino sube una cuesta con gran esfuerzo. Toda su vida ha subido esa cuesta, como lo han hecho su padre y su abuelo, como lo harán sus hijos y sus nietos. Los árboles son testigos de su escarnio y por eso desea destruirlos. La naturaleza, perenne e inmutable, es testigo del sufrimiento del ser humano. El poema de Florián es desgarrador en tanto que retrata la opresión histórica que sufre el ser humano, haciendo que esta caiga sobre él con todo su peso como destino. De esta manera, la acción de una persona representa a la humanidad toda en los pesares y los esfuerzos que por generaciones se han repetido. Lo particular contiene así un hilo que lo conecta con lo universal. En los pasos de uno subiendo la cuesta retumban los pasos de todos.
El pueblo es inmortal retrata a la humanidad en la cuesta, pero lo hace como quien retrata el suceder de una gran gesta, no solamente el de un gran sufrimiento. Desde los campesinos de las aldeas invadidas hasta los soldados y oficiales que dieron su vida para defender los restos de la Revolución de Octubre, la novela quiere darle forma en sus personajes a una idea que, aunque sencilla, se halla disuelta en el transcurrir cotidiano de los días: la clase trabajadora es ejemplo vivo de la dignidad que alberga el ser humano; alberga en ella, y salen a la luz en las circunstancias más adversas, los ejemplos de mayor solidaridad, tenacidad y espontaneidad. No hablamos de una historia de grandes héroes como son retratados en nuestra época. No veremos en esta novela personajes que son la excepción en un mar de comunes: en esta novela la persona común afirma la gran escala de lo que es capaz el ser humano.
Un poco de historia
El pueblo es inmortal de Vasili Grossman, es una novela corta sobre lo que fue el Frente Oriental durante el primer ataque de la Alemania nazi a la Rusia soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Esta novela, publicada en 1942, sigue de cerca la experiencia de un batallón soviético durante la Operación Barbarroja, que obligó a retroceder hasta el Volga al Ejército Rojo, y que implicó un duro golpe para el gobierno de Stalin que, sorprendido porque Hitler rompió el acuerdo de no agresión Ribbentrop-Molotov, desapareció por varios días sin dar declaraciones.
Vasili Grossman fue periodista de guerra para el diario Estrella Roja y fue condecorado por sus crónicas realizadas en el frente de batalla, no solo por reflejar lo que era la vida en las trincheras, sino por la importancia política de sus testimonios, como El infierno de Treblinka, documento que fue utilizado en los juicios de Nuremberg. Este escritor pasó del reconocimiento por parte de la URSS al resquicio de su hogar por la KGB para mantener en el desconocimiento la obra a la que dedicó su vida, Vida y Destino, que denunciaba no solo el holocausto nazi, sino también las atrocidades del estalinismo.
Resulta que Grossman es un escritor al que se le destaca su carácter “atento a todas las manifestaciones de lo humano” (Guber, 2019, p. 12). Este punto será clave para nuestro análisis de El pueblo es inmortal, ya que veremos cómo, mientras la experiencia en el frente contra los nazis y las duras vivencias del pueblo soviético hacen de brebaje para la obra, la mirada del escritor no dejará de buscar “lo humano que hay en el hombre” (Guber, 2019, p. 17), como señala su hijastro, Fedor Guber. La apreciación humanista de las personas es un elemento que encontramos en las obras del autor y que, en su carta a Nikita Jruschov, el mismo Grossman defenderá junto a Vida y Destino:
“En la medida de mis capacidades, escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos. […] ¿Por qué este libro, que no contiene mentiras ni calumnias, sino sólo verdad, dolor, amor a los seres humanos, me ha sido arrancado por medio de la violencia administrativa, por qué lo han secuestrado como si se tratara de un criminal, de un asesino?” (Guber, 2019, p. 120).
El libro de Grossman terminará publicándose póstumamente, fuera de Rusia y será destacado por ser un valioso y sensible retrato del cuadro complejo que significó la burocratización de la URSS[i].
Por su parte, El pueblo es inmortal es un libro escrito en 1942, veinte años antes que Vida y Destino, por lo que se enmarca en la literatura de guerra. Se señala en “‘Realismo socialista’ y literatura de guerra”: “Cuando la Unión Soviética fue arrastrada a la Segunda Guerra Mundial, se dio en literatura una situación análoga a la que había ocurrido en 1928, cuando, al iniciarse el primer plan quinquenal, todas las fuerzas del país se movilizaron, inclusive las artísticas” (Lo Gatto, 1973, p. 317). La literatura se vio convocada a participar de la guerra y Grossman acudió al llamado. El gobierno necesitaba de escritores y periodistas que colaboraran en mantener la moral alta y la confianza en la victoria. De esta manera, veremos que, como cuadro general, El pueblo es inmortal retrata la capacidad del Ejército Rojo de resistir y pasar a la ofensiva incluso en los momentos más difíciles del combate.
El Ejército Rojo, la personalidad y la contrarrevolución nazi
Para empezar, creemos que esta novela, que construye una gran epopeya colectiva, no es el resultado de la sumatoria de diversas historias individuales, sino que entrelaza historias personales que son parte de un mismo esfuerzo colectivo, mancomunado, por parte del pueblo soviético para luchar contra la contrarrevolución nazi. Decía Trotsky en Literatura y Revolución, “La tragedia de nuestra época se pone de manifiesto en el conflicto entre el individuo y la colectividad, o en el conflicto entre dos colectividades hostiles en el seno de una misma personalidad. Nuestro tiempo es de nuevo el de los grandes fines. Es lo que le caracteriza” (Trotsky, 2015, p. 353). A nuestro modo de ver, la novela de Grossman dialoga profundamente con este espíritu de época. Mientras la tragedia es un género ligado a la individualidad enfrentada con el mundo, la sociedad o la época, para Trotsky los nuevos tiempos de la revolución traerían consigo el problema de lo colectivo, la lucha colectiva por tomar las riendas de la sociedad y de la vida.
La novela retrata a sus personajes dotándolos de una vida interior de riqueza. No solo a los comisarios y comandantes del Ejército Rojo, que exploraremos más adelante con el caso de Bogarev, sino también a los soldados rasos, a quienes se les atribuye algún tinte específico que da cuenta de su individualidad. Algunos de estos personajes aparecen meramente al pasar, sin que esto prive a la narración de brindarnos sus rasgos particulares, propios de su carácter.
El soldado con más relevancia, claramente, es Ignatiev. Es un soldado con iniciativa y destreza en el trabajo, con carisma para contar anécdotas y cantar canciones, con empatía hacia los otros; además, puede ser enamoradizo, sufrir por la muerte de Vera y tocar la guitarra como forma de despedida. Es reconocido por sus superiores y apreciado por Bogarev, que le encomienda dirigir expediciones. En ese sentido, es el ejemplo más desarrollado de cómo en esta novela se le da lugar en la historia tanto a los dirigentes como a los soldados rasos.
El personaje de Ignatiev no es el único soldado dotado de personalidad en la novela. En diversas ocasiones la narración se detiene para señalar algún atributo de los soldados del regimiento. Por ejemplo, se dice de Orlovski, el secretario del Consejo Militar, que “se consideraba un buen conocedor en las relaciones entre los hombres” (Grossman, 1942/2023, p. 22) y brevemente la novela permite transcurrir sus cavilaciones sobre la relación entre Bogarev y Cherednichenko. En otro momento, cuando Bogarev quiere averiguar el prontuario de Rumiantsev, este último sugiere leer las notas de Seriozha: “-No, hablando en serio, Seriozha tiene talento de escritor- dijo Rumiantsev-. Antes de la guerra publicaron una narración suya en la revista ‘Smena’…” (Grossman, 1942/2023, p. 101).
Así y de otras maneras también, la novela nos permite construir un Ejército Rojo que nuclea distintas personalidades, pincelando algún trazo de sus historias en un cuadro común, cuya resultante es variopinta y vívida. Como señala Marc Slonim en “Literatura de guerra”, “Grossman trató de hacer resaltar el lado puramente humano de sus personajes” (Slonim, 1972, p. 327). Esto mismo se halla en más ejemplos, como la afición de Eremin por las manzanas verdes, la espera de Babadyanian por las cartas de su esposa o hasta las simples charlas que recorren las trincheras sobre la falta de cigarrillos. Se construye de esta manera sujetos propiamente dichos, con consciencia de sí mismos, con alegrías, penurias y personalidad.
Por otro lado, las descripciones del ejército nazi se caracterizan por resaltar su homogeneidad, donde la personalidad y la individualidad se pierden:
“En su capacidad de obedecer mecánicamente, de marchar como muñecos inánimes, en el inmenso y complicado movimiento de masas de millones de soldados que encadenaba una disciplina feroz, había algo de bestial, algo impropio de la libre inteligencia humana. No era la cultura del raciocinio, sino la civilización de los instintos, algo así como la organización de los hormigueros y de los rebaños” (Grossman, 1942/2023, p. 10).
El ejército nazi se describe conformado por un monobloque, donde la personalidad se ahoga y los sujetos adquieren el carácter de autómatas. Se los asemeja con una maquinaria que, aunque puede lucirse por la fluidez y eficacia de su funcionamiento, como costo carga con la pérdida de la unicidad propia de la vida y, como consecuencia, pierde su carácter humano: “¿Quién escribió esas órdenes? ¿Seres vivos o los dedos de hierro de algún aparato mecánico?” (Grossman, 1942/2023, p. 35). Hay un juego de contrastes donde la figura construida de los ejércitos contrincantes tiene como corolario el relieve de la descripción dotada de personalidad de los soldados del Ejército Rojo.
Veremos que lo que ocurre en materia de la descripción refuerza un argumento que es político, que da cuenta de los límites ideológicos que se le imputan a la ideología fascista. Bogarev reflexiona sobre los nazis: “Por más exactos que fuesen sus cálculos de las menudencias y de los detalles, por precisos que fuesen sus movimientos desde el punto de vista matemático; mayor era, sin embargo, su impotencia para la comprensión de lo principal y mayor, más desastrosa sería la catástrofe que les aguardaba” (Grossman, 1942/2023, p. 11). Estas palabras, escritas a varios años del fin de la guerra, significan una apuesta a futuro y el convencimiento sobre la pobreza espiritual de la ideología nazi para ver las leyes que trazan el desarrollo histórico, herramienta indispensable para la acción política.
La gesta de los sencillos
No solo los soldados del Ejército Rojo componen esta novela, el pueblo llano tiene un lugar vital. Como señalan Vladímir Lukash y Olga Elkán, “El pueblo en la guerra: ese es el protagonista central de los poemas, relatos y novelas que mostraron el papel determinante de las masas populares en la lucha victoriosa contra los agresores fascistas” (Lukash-Elkán, 2025, p. 1). Se retratan sus sufrimientos, su resistencia, su dolor por la retirada. En sus historias se da cuenta de la enormidad de este pueblo, que en las personas comunes y corrientes alberga los ejemplos de la más grande humanidad.
Grossman rescata a las personas sencillas con una gran sensibilidad. Nos parece que el ejemplo de María Timofeevna, madre de Cherednichenko, es ideal para retratar este punto. Ella es una campesina, que toda su vida vivió en la misma aldea ucraniana. Debe trabajar todos los días, ir a buscar el agua a un pozo, tiene las manos con callos por tanto trabajo durante tantos años. La imagen de esta mujer sencilla provoca respeto en los citadinos que la observan. “En el teatro, la gente miraba con interés y respeto a esta alta, grave y vieja campesina, sentada en la primera fila, con sus manos rugosas de trabajadora” (Grossman, 1942/2023, p. 67).
Además, la narración se detiene en su vida, su casa, su esposo fallecido, su dolor. Como mencionamos antes, se nos permite ver la trayectoria de una vida en unos pocos párrafos. “¡Qué amargo le parecía ahora pasar por esta calle de la aldea! Por esta misma calle la llevaron, hace mucho tiempo, a la iglesia para la bendición nupcial. Por esta calle marchó detrás del ataúd del padre, de la madre, del marido” (Grossman, 1942/2023, p. 70). Al recorrer la calle o las casas, la narración le da densidad, peso, a la vida sencilla de esta campesina, con toda la riqueza interior que tenía: sus sueños, sus angustias, su amor por la vida y las formas en que proyectaba vida a su alrededor.
Esta mujer sencilla, pero enorme, es asesinada por los nazis en el umbral de su casa, casi sin testigos, sin ninguna epicidad. Luego los oficiales entran a su casa a comer el pan y la mermelada y saquear lo que puedan de sus cosas. Así sin más, muere María Timofeevna, tal como murieron miles de soviéticos. En El pueblo es inmortal no se trata solamente de retratar la brutalidad del nazismo y lamentar los fallecidos, sino que se trata de reconstruir en la narración la afirmación de la valía con que estas personas vivieron su vida. Deteniéndose en la radiografía de sus personajes, desarrollándolos para que no sean un nombre más en una larguísima lista de nombres, Grossman logra afirmar en ellos lo que quiere generalizar sobre el ser humano. Como señalan Vladímir Lukash y Olga Elkán, “Lo general se expresa aquí a través de lo singular, lo individual” (Lukash-Elkán, 2015, p. 1): Las historias particulares que retrata la novela son nada más un ejemplo de todas aquellas enormes personas que, anónimas, sin destacar, simplemente llevando adelante su labor cotidiana, son parte del pueblo.
En una carta que Vasili Grossman escribió a su madre, años después de su muerte a mano de los nazis en la aldea ucraniana de Berdichev, dice lo siguiente sobre Vida y destino: “Mi novela está dedicada a mi amor y devoción hacia la gente, y ése es el motivo por el que está dedicada a ti. Representas para mí lo humano por excelencia, y tu terrible destino es el destino de la humanidad en estos tiempos inhumanos” (Beevor-Vinogradova, 2006, 321). El aprecio por las personas, la importancia dada a la humanidad contrapuesta a la inhumanidad del fascismo, son algunos de los hilos que dialogan con nuestra lectura de El pueblo es inmortal.
En la novela, además de los personajes anteriormente mencionados, también se le da importancia a la cuestión del nombre y quiénes no serán nombrados. Por ejemplo, durante un asedio por parte de los nazis, desde el punto de vista de Bogarev se rescata la figura de estos hombres y mujeres anónimos que “(…) iban juntos a la proeza, se lanzaban a las casas en llamas y volvían a sumirse en el humo y el fuego, sin decir sus nombres, sin conocer el nombre de aquellos a quienes salvaban” (Grossman, 1942/2023, p. 41). A continuación, Bogarev procede a hacer lo mismo que hacen todos: él, comandante del Ejército Rojo, es uno más que muestra la entrega y valentía que encuentra en sus pares, es decir, todas esas personas que no cuentan con la cualidad de ser nombradas y que igualmente se muestran a la altura de hacer frente con valentía a las peores adversidades.
A su vez, la descripción de los lugares en la novela es otro de los aspectos en los que encontramos una representación de la riqueza de lo humano. De este modo, los espacios están lejos de hallarse inconexos respecto de la historia de los pueblos que les dieron forma. Ya se trate de ciudades, aldeas o bosques, la descripción de los lugares pasa por la mirada de los personajes o se construye en relación con la épica que vive el pueblo en guerra. Esto los hiperboliza y los carga de significado. No son simplemente el escenario de la historia de los protagonistas, sino espacios dotados de personalidad, que cargan con una historia propia que los hace únicos.
Por ejemplo, la ciudad donde descansaba el regimiento de Ignatiev, que fue atacada sorpresivamente por los nazis, es descrita de la siguiente manera: “La ciudad durmiente estaba como abrasada por la blanca luz de las bengalas, la ciudad donde habitaban decenas de miles de viejos, de niños, de mujeres; la ciudad que tenía novecientos años de existencia; la ciudad donde, tres siglos atrás, diestros alarifes construyeron un seminario científico y una catedral blanca” (Grossman, 1942/2023, p. 36). Cada vez que la ciudad es enunciada, en cada repetición, se la carga de peso, de significado; carga con años, siglos y personas que la hicieron ser. No es cualquier ciudad, es una ciudad donde la vida de un pueblo tomó forma en la cultura y la tradición de generaciones, y en la ciudad misma. Esa ciudad es en función de lo que las personas que vivieron allí hicieron con ella. A su vez, esa ciudad las expresa, es parte de ellas.
La descripción de los lugares en la aldea ucraniana Marchíjina Buda, hogar de María Timofeevna, también carga con estas marcas, hace énfasis en ellas:
“Y en la casa, todo (…), todo, todo hablaba de la larga vida transcurrida en esta casa abandonada, del abuelo, de la vieja, de los niños que dejaron sobre la mesa un manual de estudio literario, de las noches serenas del invierno y el estío. Y miles de blancas casas ucranianas como esta quedaron desiertas, y sus dueños, los hombres que las construyeron y plantaron árboles en torno suyo iban ahora sombríos, levantando polvo con sus botas, por las carreteras que llevaban hacia el este” (Grossman, 1942/2023, p. 69).
La narración rescata la historia de estos lugares, ya sea desde la voz del narrador o desde algún personaje que sufre el desarraigo. La descripción de estos lugares, donde el pueblo soviético vivió su vida por generaciones, nos los presenta como parte de un proceso que fue profundamente humano. De esta manera, los lugares y escenarios de la vida cotidiana se destacan como expresión de la interioridad y de la forma de vivir de quienes los construyeron.
Cuando María Timofeevna se pregunta,“¿Acaso habría sido ésta la última vez que sacaba su pan del horno, acaso no volvería a comer pan de su propio trigo?” (Grossman, 1942/2023, p. 75), la pregunta va más allá del hecho de cocinar y comer un simple pan: se trata de la reivindicación de la persona sencilla y el valor de sus saberes. En un acto simple como puede ser cocinar un pan en el horno, Grossman nos muestra que una persona imprimió su realidad a una materia, su forma de hacer las cosas. Nos muestra, como afirmaba Marx, que “la apropiación de la realidad humana, su comportamiento hacia el objeto, es la afirmación de la realidad humana” (Marx, 1962, p. 85). En la forma de las casas ucranianas, en los cultivos y en la manera de cocinar, los pueblos soviéticos no crearon meros productos, sino que tallaron su interioridad de forma objetiva.
Cultura y fascismo
Lo que la novela se toma el tiempo de construir y desplegar ante nosotros, los nazis lo destrozan sin miramientos. Esto da cuenta de la brutalidad del nazismo en el Frente Oriental y de los severos límites de la concepción fascista para la apreciación del ser humano. Los nazis ven los lugares y los objetos que Vasili Grossman nos describe tan dotados de vida y de historia como meros productos, cuyo fin es el consumo. Desde la perspectiva nazi, los objetos de cultura son desprovistos de su personalidad e historia, tampoco se los contempla en relación a las vidas de quienes los crearon y lo que significan para ellos. “A los alemanes no les interesaba, no les conmovía, no les afectaba esta gran desgracia de una mujer de setenta años, dispuesta a morir. Simplemente la vieja estaba en el camino hacia el pan, hacia el tocino, hacia el lino y las toallas, y los soldados querían comer y beber” (Grossman, 1942/2023, p. 79).
Consumen así todo lo que hallan a su paso. Matan a todas las gallinas, saquean las casas ucranianas, abusan de las mujeres y las niñas, pero en sus cartas hablan de asuntos triviales, como las nuevas comidas conocidas. “Muy pocos de ellos escribían sobre los asesinatos en un sin fin de pueblos con nombres difíciles que se olvidaban rápidamente. Esto les parecía una cosa legal, de escaso interés” (Grossman, 1942/2023, p. 80). De esta manera, los nazis se posicionan por fuera de la apreciación de la cultura creada por estos pueblos, imponiendo una mirada deshumanizante.
Contradictoriamente, se señala que cuentan para este fin con lo más avanzado de la tecnología humana:
“Los alemanes habían irrumpido en el pueblo, había llegado la horda. Así llegó la horda que venía del Oeste: con emisoras de radio, perfectas, con aparatos de níquel, de cristal, de wolfram, de molibdeno, con neumáticos producidos en fábricas de caucho sintético. Y, como si les avergonzasen estas máquinas preciosas creadas fuera de su voluntad por el trabajo y la ciencia de Europa, los fascistas habían pintado en ellas los símbolos de su cruel salvajismo: osos, lobos, zorras, dragones, calaveras sobre tibias cruzadas”. (Grossman, 1942/2023, p. 77).
Los más avanzados medios de la técnica se utilizan con los fines más ruines, destructivos de la cultura humana. Esta aguda contradicción, a saber, que las fuerzas creadas por el ser humano actúen para su destrucción, es esgrimida por León Trotsky en su manifiesto “¡Por un arte revolucionario libre!” donde junto a André Bretón y Diego Rivera, plantea el siguiente panorama: “No sería exagerado afirmar que nunca aún la cultura humana se ha visto amenazada por tantos peligros como hoy. […] Actualmente, toda la cultura mundial, mancomunada en la unidad de su destino histórico, está expuesta al peligro de fuerzas reaccionarias armadas con toda la técnica moderna”. (Trotsky, 2015, p. 839). Vasili Grossman retrata en su novela la desconexión entre la técnica y sus fines como uno de los sinsentidos que también retratará en Vida y destino sobre el productivismo burocrático del estalinismo. A partir de esta imagen, nos presenta sujetos ligados a una formación técnica tan extremada que se volvieron incapaces de contemplar lo humano.
La indiferencia y la conmoción de la naturaleza
Otro de los elementos que nos gustaría resaltar es el lugar que ocupa la naturaleza en El pueblo es inmortal. Ella también es una naturaleza humanizada. En primer lugar, es una naturaleza que obra de espectadora de las alegrías y de las penurias del pueblo. Los personajes la recuerdan como una tierra apacible, luego transformada por la guerra: “Un año antes, sobre esta misma tierra, en un amanecer exactamente igual, bostezaban de vez en cuando, unos pescadores aldeanos, y, para ellos, la tierra, el cielo, el sol, el viento, estaban llenos de paz, de dulzura, de belleza rural” (Grossman, 1942/2023, p. 193).
Sin embargo, la imagen de la naturaleza siguiendo su propio desarrollo a pesar de la tragedia ocurriendo a su alrededor, asevera la sensación de fatalidad con que se vivió el primer momento del ataque nazi sobre el pueblo soviético. De esta manera, sucesos como la alternancia del sol y la luna ocurren en medio de matanzas sangrientas y el florecimiento de los frutos cosechados termina alimentando al invasor. La imagen de la naturaleza se resignifica bajo el cariz de las penurias de la guerra:
“Al amanecer, el incendio comenzó a amainar. El sol naciente contemplaba a los viejos, sentados sobre sus bultos, entre los cacharros, las plantas y los retratos descoloridos de negros marcos, que una mano trémula descolgó de las paredes en la noche. Y este sol que, a través del humo de los incendios que se iban apagando miraba a los niños muertos, tenía una blancura mortecina, velada por el humo y el hollín”. (Grossman, 1942/2023, p. 44).
Se trata de un sol personificado, la figura de quien observa a lo lejos el desastre. Ese mismo sol que en otros tiempos fue marco de tardes apacibles, durante la guerra es atribuido de una “blancura mortecina”. Al mismo tiempo, ver la belleza de la tierra soviética le genera a los personajes un sentimiento contradictorio, de tristeza, al ver belleza donde hay tanto sufrimiento. Por ejemplo, en una de sus caminatas se dirá sobre Bogarev que “se paseaba lentamente entre los árboles, contento y apenado al mismo tiempo por la inalterable belleza del mundo, por el susurro de las hojas” (Grossman, 1942/2023, p. 46). Se construye así la imagen de la naturaleza como muda espectadora de los sufrimientos de la guerra, distante e inalterable.
Sin embargo, en otros momentos la naturaleza funcionará como la única testigo de las grandes hazañas de los soldados: “Morían los combatientes. ¿Quién contará sus hazañas? Solo las rápidas nubes vieron, cómo luchó hasta el último cartucho el combatiente Riabokon, cómo después de liquidar diez enemigos, se voló a sí mismo con una bomba de mano el instructor político Eretkin (…)” (Grossman, 1942/2023, p. 123). La evocación de la naturaleza aquí sirve como recurso para magnificar las grandes hazañas que casi inadvertidas irán al olvido, es decir, con qué valentía y entrega lucharon los soldados del Ejército Rojo.
La proeza que miles de soldados llevaron adelante en el frente se magnifica cuando el narrador pone el foco en un personaje en particular para mostrarnos en él o ella un ejemplo de grandeza personal. Muchos nombres no serán recordados por la historia y sus acciones mayormente ocurrirán sin que ningún espectador pueda tomar nota de la gran talla de estas personas. Sin embargo, en la naturaleza construye Grossman esta mirada asombrada por la gran épica de los acontecimientos. Por ejemplo, cuando el batallón de Bogarev lanza el ataque sobre la retaguardia nazi, se señala: “Bajo este grito triunfal se conmovió el aire y la tierra paralizó su aliento” (Grossman, 1942/2023, p. 219).
Por otro lado, la naturaleza no es solo espectadora y testigo, sino que también sufre la guerra, es víctima de ella. Los personajes se lamentan por “todo el maravilloso mundo de la tierra ucraniana, húmeda de sangre y salada de lágrimas…”(Grossman, 1942/2023, p. 193). Se personifica la tierra y toda la vida en ella como un ser sufriente. La novela da cuenta de la transformación de las ciudades y las aldeas, las fábricas vaciadas y las calles desiertas, donde antes rebosaba vida ahora esta huye. Los animales y las personas se ven desplazados o víctimas del nazismo. “Este mundo se estremecía bajo los golpes de la guerra; la guerra se había guarecido en la tierra laborada, estaba en el agua, se alzaba a diez mil metros sobre la tierra, vivía desencadenada en los bosques, en los campos, sobre los apacibles estanques cubiertos de juncos, sobre los ríos y las ciudades” (Grossman, 1942/2023, p. 168).
De esta manera, la retirada del Ejército Rojo impacta en toda la vida en la tierra soviética. Las personas, los animales, los lugares, los objetos y la naturaleza, todo se ve sacudido y puesto en juego por la invasión nazi de 1941. El dolor de la retirada y sus efectos se despliegan en estos distintos niveles, como si Grossman pretendiera aventurarse a abarcar la prolífera y multiforme vida que con muchos esfuerzos construyeron los pueblos eslavos, y que durante la ofensiva fascista estuvo al borde de la cornisa.
La humanidad en la liza
Sin embargo, la novela de Grossman no se trata solamente de retratar los sufrimientos durante la guerra, sino que se halla presente como contrapunto el desafío de la acción, del contraataque, la necesidad de la ruptura del movimiento inercial de la retirada para pasar a la ofensiva. En “La transformación de la imagen del comandante en la prosa militar de los años 1940”, Makkaviéeva señala que “el comisario se toma la guerra con seriedad: reconoce sus errores, los corrige y es honesto tanto con los oficiales como con los soldados” (Makkaiéeva, 2017, p. 1). La figura de Bogarev es la que más conscientemente tiene una tensión sobre cómo recomponer y dar una ofensiva desde el Ejército Rojo. El pueblo es inmortal es una historia sobre cómo recomponerse luego de una gran derrota para pasar a la ofensiva. Construye a lo largo de su narrativa el desafío de romper con la inercia que se conformó ante el avance nazi y el desafío de imponer una nueva dinámica para pasar a la acción.
“Bogarev cree en la victoria, pero no se trata solo de una creencia personal: exhorta a otros oficiales en los consejos militares y, antes del ataque, dirige palabras de aliento a sus soldados” (Makkaviéeva, 2017, p. 1). Bogarev porta con una gran creencia en el ser humano y sus capacidades. Por eso le habla con la dura verdad a Mertsalov y apuesta por su crecimiento. Por eso reforma el escuadrón de Mishanski, viendo que no se trata de que entre los soldados no haya nadie con madera de héroe, sino que quien los dirige no tiene fe en ellos ni los atributos para fomentar su desarrollo.
La epopeya que esta novela plantea parte de una invasión brutal y un ejército que se repliega, para ir hacia los primeros pasos de la ofensiva. Personajes como Bogarev dan cuenta de la conciencia del largo repliegue y de que las victorias son pequeños pasos en el marco de una situación desventajosa. Sin embargo, es la hazaña que significó salir de esa situación, y las grandes cualidades humanas que se precisaron para ello, lo que Grossman quiere rescatar en esta novela.
En Un escritor en guerra, donde se rescatan experiencias de Grossman junto a algunas anotaciones en el frente de batalla, se habla del impacto que tuvo en él la figura de Babadyanian, comandante del Ejército Rojo, personaje que hallamos en la novela. La valentía con que llevó su tarea a cabo, lo cual le costó muchas bajas en su regimiento y hasta su propia vida, inspiró mucho a Grossman, por lo que decidió reivindicarlo en El pueblo es inmortal: “el comandante Babadyanian se convirtió para él en un símbolo de la capacidad del Ejército Rojo para superar un desastre tan terrible” (Beevor-Vinogradova, 2006, 56).
Los atributos que Grossman rescata de Babadyanian no son rasgos exclusivos de un comandante del ejército. Todo lo contrario, son atributos que pueden aparecer en el más sencillo campesino o cualquier sujeto común y corriente. Él rescata la grandeza en el ser humano, que es capaz de demostrar en el medio de las situaciones más abyectas los más grandes ejemplos de dignidad y entrega personal.
Ya hemos mencionado como en la literatura de guerra soviética se exaltaba el lugar del héroe común, o en otras palabras, “la intención de considerar al héroe y la heroína como dos entre los muchos héroes de la empresa gloriosa y considerar su historia como uno de los muchos episodios posibles” (Lo Gatto, 1973, p. 319). En esta novela, Vasili Grossman refleja en sus distintos niveles la forma en que se dio esta pelea, desde los comandantes rojos como Bogarev, que dejaron atrás su cotidianidad lejana a la guerra en servicio de la defensa de la URSS, hasta en la intervención de miles de campesinos, ciudadanos y sin nombres que también fueron ejemplo de los grandes actos de los que es capaz el ser humano.
El pueblo es inmortal retrata la hazaña colectiva en defensa de la revolución. Para ello, Vasili Grossman construye una imagen compleja, que va desde las más ricas personalidades y sus historias, las aldeas y las ciudades que fueron marco de sus vidas, hasta los más simples objetos donde estas personas tallaron algo de su vida. Se trata de una riqueza que no puede observarse desde los ojos del autoritarismo, que ve solo los productos, que busca solo los resultados para el consumo, que no sabe apreciar lo distinto y qué de lo humano puede hallarse en él. Grossman nos da una imagen cargada donde la guerra que libran los personajes no es por un pedazo de tierra, como sí lo es para los alemanes, es por el lugar donde desarrollaron sus vidas, repleto de las marcas de su transcurrir por el mundo.
Bibliografía
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Guber, Fedor. Cartas y recuerdos de Vasili Grossman. (2019). Barcelona:Galaxia Gutenberg.
Lo Gatto, E. (1973) “El ‘realismo socialista’ y la literatura de guerra” en La literatura ruso-soviética. Buenos Aires: Losada. Trad.: OresteFrattoni.
Lukash, V. Ia., Elkan, O. B. (2015) “La imagen del pueblo como creador de la victoria en la literatura artística del período de la Gran Guerra Patria (1941-1945)” en Estudios de Taurida, n.°7.
Makkaviéeva, E.A. (2017) “La transformación de la imagen del comandante en la prosa militar de los años 1940” en Juventud del siglo XXI: un paso hacia el futuro. Materiales de la XVIII conferencia regional científico-práctica. Universidad Pedagógica Estatal de Blagovéschensk.
Marx, Carlos. (1962) “Manuscritos económico-filosóficos de 1844” en Escritos económicos varios. México DF: Editorial Grijalbo.
Slonim, Marc (1972). “Literatura de guerra”. Escritores y problemas de la literatura soviética 1917-1967. Madrid: Alianza.
Trotsky, León. (2015) “Arte revolucionario y arte socialista” y “¡Por un arte revolucionario libre!” en Literatura y Revolución. Buenos Aires: Ediciones RyR.
[i] Grossman es rescatado como un escritor antiburocrático clave para entender la burocratización de la URSS. El dirigente trotskista argentino, Roberto Sáenz, dirigente de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie y el Nuevo MAS, lo rescata en su libro El marxismo y la transición socialista (2024) como un escritor crucial para comprender de forma sensible lo que fue para el trabajador o campesino la enorme maquinaria burocrática estalinista que tomaba vida propia ante sus ojos. A su vez, el punto de vista de Grossman es complejo: trazó valientemente los paralelismos entre el autoritarismo estalinista y el autoritarismo nazi, retratando cómo se defraudaban las expectativas de la revolución y a los propios revolucionarios honestos, como hace en Vida y Destino.




