Fragmento de «Crítica de las revoluciones socialistas objetivas», Revista Socialismo o Barbarie 17/18, Noviembre 2004

 

¿Revoluciones socialistas excepcionales?

Las conclusiones precedentes nos conducen inevitablemente a la polémica actual con algunas corrientes de importancia en América Latina respecto de su ubicación ante el balance y las lecciones programáticas de esta experiencia histórica. Aquí nos referiremos centralmente al PTS argentino, dado que, en relación con el PSTU brasileño y el MST argentino, como hemos dicho, les cabe la misma crítica que a Moreno. [1] Respecto del PO argentino, remitimos al texto de Isidoro Cruz Bernal en la edición anterior de nuestra revista.

El PTS, junto con las corrientes antes citadas, se caracteriza por ser una organización que ha sido incapaz de sacar lección teórico-programática alguna de la caída de los países del Este y la ex URSS. Se presenta como la ortodoxia de la ortodoxia en el sentido de atenerse prácticamente a la letra escrita de Trotsky. Cualquier reelaboración acerca de ella es considerada automáticamente una “desviación” política; éste es el sentido del uso abusivo del concepto de “centrismo”. [2] Veremos que, en lo sustancial, el PTS se mantiene casi completamente acrítico respecto del legado teórico-programático del trotskismo tradicional de posguerra, recorrido por desvíos centristas, oportunistas y de capitulación a los aparatos burocráticos.

Este enfoque contrasta con el punto de vista metodológico del mejor marxismo. Antonio Labriola, por ejemplo, –inspirador, en este aspecto, del mismo Trotsky– apunta contra aquellos que, cual malos idealistas, “creen llevar en el bolsillo el esquema universal de todas las cosas”, y señala que el verdadero marxismo es aquel que comprende que la realidad nos desafía permanentemente a un nuevo esfuerzo de trabajo e interpretación, y que este esfuerzo es connatural a la experiencia histórica y práctica. Veamos el siguiente pasaje:

“Lo que diferencia este sentido de la génesis es el discernimiento crítico y, en consecuencia, la necesidad de especificar la investigación. Esto es, la aproximación al empirismo por lo que hace al contenido del proceso y la renuncia a la pretensión de llevar en el bolsillo el esquema universal de todas las cosas. Los evolucionistas vulgares proceden, en cambio, así: una vez aferrada la noción abstracta del devenir (evolución), meten dentro de ella toda cosa (…) Y así hacían también los repetidores de Hegel con su ritmo trascendente y perpetuo de la tesis, la antítesis y la síntesis. La principal razón del correctivo crítico que el materialismo histórico aplica al monismo es ésta: que el materialismo histórico parte de la praxis, del desarrollo de la actividad laboriosa y que, al igual que es la teoría del hombre que trabaja, así también considera la ciencia como un trabajo. De este modo consuma el sentido implícito de las ciencias empíricas, a saber, que con el experimento nos acercamos a la producción de las cosas y conseguimos la convicción de que las cosas mismas son un hacer, o sea, un producirse”. [3]

Pero el PTS carece de este encuadre en el terreno de la elaboración teórico-programática e, insistimos, ha sido casi completamente incapaz de sacar conclusiones de fondo acerca de la mayor parte de la experiencia de la clase trabajadora en la posguerra.

Una crítica insustancial

Su ubicación respecto de las revoluciones del siglo XX se ha realizado alrededor de la crítica a la elaboración objetivista de Moreno: “el ‘trotskismo‘ de Moreno está basado en una ‘teoría de la revolución‘ adaptada al ‘modelo‘ de las revoluciones de la etapa del 43-48 (…) y las de posguerra, que Moreno llamó de ‘febrero triunfantes‘ y la hija directa de esta teoría globalizada en los ’80: ‘la revolución democrática”. [4]

En la crítica a las supuestas “revoluciones democráticas”, en términos generales, coincidimos. Como ya la hemos desarrollado en otro lugar, no vamos a detenernos aquí en este aspecto. [5] Sucintamente, podemos decir que el cuestionamiento a esta categorización pasa por poner de relieve cómo había que posicionarse respecto de los procesos que Moreno llamó erróneamente “revoluciones democráticas”, las caídas de los gobiernos dictatoriales en los 80 en América Latina. El PTS, tomando la evaluación de Trotsky de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania [6] , plantea que se trataba de “abortos de revolución socialista”. Para Trotsky, “en cuanto a la revolución alemana de 1918, es evidente que no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia; o, por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas seudo democráticas”. [7]

Esta ubicación cierra la posibilidad que se derivaba del análisis de Moreno, que tendía a ver estos procesos como una etapa previa necesaria en el camino de la revolución proletaria [8] , lo que abría la puerta a los graves peligros oportunistas y etapistas que fueron parte sustancial de la crisis del viejo MAS. El problema del PTS está en otro lado: lo insustancial de la crítica al tronco principal del trotskismo de posguerra, siendo que esa “crítica” acepta todas sus premisas teórico-programáticas. [9]

Los compañeros parten de un presupuesto común tanto a Moreno como a todo el trotskismo “tradicional”: “La ‘teoría de la revolución‘ de Moreno (…) parte del siguiente aspecto de la teoría de la revolución permanente: toda tarea democrática en un país semicolonial es anticapitalista por la base económica de esa semicolonia, que se da en el marco de la economía mundial capitalista y, por lo tanto, es objetivamente socialista. Hasta aquí, correcto”. [10]

Pero “hasta aquí” ya se ha comprado todo el paquete de la equivocada elaboración objetivista que admite (por razones “económicas”) la existencia de revoluciones socialistas “objetivas”. Siendo así, no queda claro qué sustancia queda en la crítica teórico-programática del PTS a la mayoría del “trotskismo de Yalta”. [11 Para no hablar de que Trotsky jamás teorizó nada sobre “revoluciones socialistas objetivas”.

En realidad, el PTS cae en el mismo error de todo el trotskismo de posguerra, que asimiló mecánicamente la connotación “anticapitalista” a la de “socialista”. Era correcto dar cuenta de que, en el siglo XX, llevar adelante las tareas democráticas dejadas pendientes por la revolución burguesa obligaba a una dinámica de expropiación de las clases capitalistas. Pero toda la experiencia de posguerra atestigua que cumplir estas tareas –de manera inconsecuente, por otra parte– en ningún caso significó que automáticamente la clase trabajadora se transformara en la clase social y/o políticamente dominante. Y que, por lo tanto, dar este paso de homologación de la connotación anticapitalista con la obrera y socialista es profundamente equivocado y embellece estos procesos, donde por definición la clase obrera, sus organismos y su conciencia estuvieron completamente ausentes.

Agregan los compañeros: “Moreno, al actuar con el mismo método de contraponer falsamente el contenido social de la revolución con la clase que la dirige –una ‘trampa teórica‘, según Trotsky– la convierte de una revolución objetivamente socialista en automáticamente socialista. Con ello, se transforma en un objetivista, separando las tareas de una revolución de la clase y dirección que las lleva a cabo”. [12]

Esto es correcto, porque, en la polémica con Preobrajensky que ya hemos desarrollado, Trotsky critica precisamente la separación mecánica entre tareas y sujetos. Pero si el PTS coincide con esto, ¿cómo explica que “objetivamente” las revoluciones de posguerra fueron “obreras y socialistas” y que dieron lugar a “Estados obreros” –como dijo todo el “trotskismo de Yalta”–, aun en ausencia total de la clase obrera como sujeto central y consciente?

Hay aquí una contradicción irremediable, que no se puede salvar con la fuga metodológica a la “excepcionalidad” de los años 43-48, que no explica nada. Los compañeros del PTS utilizan el argumento de las “condiciones excepcionales” creadas en la inmediata posguerra –nosotros preferimos hablar de “especificidad” de esas condiciones, justamente para no caer en este mismo error–, para salvar la teoría principal, que queda, como tal, sin explicación.

“Este período 1943-1948 (…) abrió condiciones excepcionales, producto de la más grande guerra mundial que padeció la humanidad, y fue cuando los estalinistas se vieron obligados a ir ‘más lejos de lo que ellos mismos querían en su vía de ruptura con la burguesía‘. En [ese período], lo que Trotsky no descartó como excepcionalidad en determinados países se dio como situación excepcional a nivel mundial, generalizada, y se consiguieron grandes conquistas para el proletariado y las masas del mundo: los nuevos ‘estados obreros deformados‘ de China, el Este de Europa y Corea”. [13]

Lo que se les escapa a los compañeros es que Trotsky veía esta posibilidad sólo como un “corto episodio hacia la verdadera dictadura del proletariado”, lo que, evidentemente, no se dio. Esto es lo que había que explicar.

En un trabajo crítico sobre las concepciones del PTS se dice que “(…) la excepcionalidad prevista por Trotsky ‘se generalizó (…) en el período 1943-1948 y no en toda la posguerra‘. Este esfuerzo por encajar los pronósticos de Trotsky en una realidad que no fue tal (…) ajeno al esfuerzo por comprender los procesos revolucionarios tal cual se dieron, lleva a la conclusión de que en ese período se habrían dado condiciones excepcionales no para el surgimiento de gobiernos obreros y campesinos que fueran un corto episodio en la vía de la dictadura del proletariado, como señalara Trotsky en su ‘hipótesis altamente improbable‘, sino para el logro de ‘grandes conquistas para el proletariado y las masas del mundo‘ (…). Las fechas (…) no coinciden para nada con la realidad, porque la revolución china triunfó recién en 1949, y la guerra antiimperialista de Corea en 1952, lo cual hace incomprensible su afirmación de que la excepcionalidad prevista por Trotsky se cumplió sólo entre 1943 y 1948. Por otra parte, esta falta de rigurosidad confirma el carácter insustancial de la crítica a la elaboración de Nahuel Moreno [y de la mayoría del trotskismo de posguerra. RS], además de no escapar al objetivismo y de rechazar cualquier esfuerzo por repasar los errores del trotskismo respecto de la conformación de ‘nuevos estados obreros deformados‘ (…) En el caso de Cuba (…) la expropiación a la burguesía [llegó] mucho después (…)”. [14]

En la elaboración de los compañeros, la famosa “excepcionalidad” queda sin explicación teórica y estratégica: ¿cómo se había realizado una revolución socialista que abría el proceso de la transición sin dictaduras proletarias genuinas? Porque la expropiación de la burguesía, la independencia del imperialismo y la reforma agraria fueron conquistas materiales, pero a costa de la movilización independiente de los trabajadores, congelando el proceso revolucionario y bloqueando la apertura de la transición socialista. Esta misma realidad, con la burocracia encaramada al frente de esos Estados, fue lo que a la postre dio lugar a Estados no obreros, sino burocráticos, sobre una base social no capitalista.

La “excepcionalidad” de supuestas revoluciones obreras y socialistas sin clase obrera sigue sin explicación, a pesar de que se pretenda “salvar” el problema sugiriendo que, luego de esas condiciones excepcionales, las cosas vuelven a su cauce normal y para expropiar hace falta nuevamente a la clase obrera. Porque para llevar a cabo la revolución propiamente socialista la clase trabajadora es insustituible, pero es por esto mismo que las revoluciones de la posguerra no fueron obreras ni socialistas. Creemos que ésta es la única explicación coherente posible en el marco del marxismo, si lo que se busca es hacer un verdadero balance del trotskismo en la posguerra y modificar las definiciones y teorizaciones equivocadas, resultantes de la presión de los acontecimientos.

En reemplazo de una verdadera explicación de lo ocurrido, el PTS fundamenta las expropiaciones en que “nunca hubo condiciones objetivas tan favorables para la derrota del imperialismo, que, utilizando la expresión de las Tesis [de la LIT] de 1985, era lo más parecido a ‘un tigre de papel”. [15]

Aquí se pierden dos cosas: en primer lugar, no se puede dejar de señalar que el imperialismo yanqui cedió a la burocracia estalinista la periferia para conservar el centro del sistema, y es evidente que en esta apuesta estratégica salió triunfador. Pero, además, es un error afirmar que las condiciones “objetivas” nunca habían sido tan favorables para derrotar al imperialismo como luego de la Segunda Guerra Mundial. Esto es una mistificación completa de cómo se desarrolló el proceso de la posguerra y, además, deja afuera un factor subjetivo y objetivo de inmensa importancia: el peso internacional que había adquirido el aparato estalinista sobre la clases trabajadoras y populares.

Porque en la posguerra intervinieron dos factores que contribuyeron decisivamente a la estabilidad: la resolución de la hegemonía imperialista a favor de Estados Unidos y el fortalecimiento del estalinismo en la inmediata posguerra, sancionada por los pactos de Yalta y Potsdam. Más que la famosa “guerra de los bloques” –argumento por excelencia del curso totalmente capitulador del pablismo, ya comentado–, se trató, como lo definiera el historiador Immanuel Wallerstein, de “un conflicto pautado”.

En nuestro concepto, fue, por el contrario, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial cuando el imperialismo quedó peor parado porque, además de la no resolución de la hegemonía, el desafío del poder bolchevique a la dominación capitalista mundial fue mucho más real que el que significó el estalinismo luego de la Segunda Guerra. Pero comprender esto implica romper completamente con el objetivismo del movimiento trotskista de posguerra, lo cual está más allá del horizonte del PTS.

“Nosotros estamos con Moreno y los que en aquel momento, correctamente, polemizaron con Just, determinando la periodización de la situación mundial esencialmente por los factores objetivos. Pero opinamos que, después, Moreno cae en una unilateralidad cuando abstrae el factor objetivo y le da un valor sin límites, sin ver cómo influía el factor subjetivo, la dirección contrarrevolucionaria, sobre las propias conquistas: hoy se puede ver hasta qué punto influyó la burocracia hundiendo a los estados obreros”. [16]

Pero si esto es así, entonces hay que comprender que la burocracia estalinista influyó desde el inicio –no sólo “después”– en esos procesos revolucionarios, haciendo lo imposible para evitar la acción independiente de los trabajadores, esto es, quitándoles desde el principio todo contenido realmente socialista.

El propio Trotsky entrevió el resultado final de una experiencia tal en La revolución permanente (1927): “En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras”. [17]

Esto se pudo verificar a la postre en la URSS a lo largo de la década del 30, alrededor del desastre que significó para la producción agrícola la colectivización forzosa del campo y la superexplotación redoblada de los trabajadores de los planes quinquenales. [61] Lo propio sucedió en China, con el disparate voluntarista del “Gran Salto Adelante” de fines de los 50, que fue más bien un gran salto atrás. Esto es, las conquistas económico-sociales reales terminaron transformándose en lo contrario: ahí está para demostrarlo el caso de la cuestión nacional, que desangra pueblos enteros en Rusia y el Este europeo, o el hecho de que en los levantamientos populares de 1989-1991 no se viera a ningún trabajador defendiendo la propiedad estatizada. [18]

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Pero, para el PTS, “hay que decir claramente que las burocracias contrarrevolucionarias en los Estados obreros deformados de la posguerra, dirigieron ‘a su manera‘ el ‘proceso de la revolución democrática a la revolución socialista”. [19] En esto, “claramente”, el PTS sigue al milímetro las definiciones teóricas del “trotskismo de Yalta”, tradición que dice condenar pero cuyo balance crítico real permanece ausente. Por nuestra parte, nos oponemos totalmente a la definición citada. Creer que las burocracias pequeño burguesas [20] consumaron la revolución socialista es una concepción sustituista sin límites que pierde el contenido esencial de la tradición del socialismo revolucionario: la necesidad inalienable de la clase obrera consciente en el centro de los procesos para que las revoluciones sean socialistas.

Las experiencias de posguerra fueron sin duda procesos revolucionarios progresivos antiimperialistas y anticapitalistas. Pero lo que “hay que decir claramente” es que al quedar dirigidos por la burocracia y con los métodos de ésta (una vez más, el rol decisivo de “el cómo y el quién”) fueron revoluciones no obreras, sin socialismo, que no abrieron el proceso de transición al socialismo. [21]

El mariscal y la criada

“Podría parecer que no existe diferencia, desde el punto de vista de la propiedad de los medios de producción, entre el mariscal y la criada, el director del trust y el peón, el hijo del comisario del pueblo y el muchacho desharrapado. Sin embargo, unos ocupan hermosos departamentos (…) y hace tiempo que no saben cómo se lustrar un par de zapatos; los otros viven en barracas donde a veces no hay tabiques, donde el hambre es cosa corriente (…) Mientas al dignatario esta diferencia le parece insignificante, al peón le parece, razonablemente, muy seria (…) Los ‘teóricos‘ superficiales pueden consolarse diciendo que la repartición de bienes es un factor secundario en comparación con la producción. Sin embargo, la dialéctica de las influencias recíprocas conserva toda su fuerza. El destino de los medios nacionalizados de producción se decidirá, al fin de cuentas, según la evolución de las diferentes cualidades personales. Si un vapor es declarado propiedad colectiva, mientras los pasajeros continúan divididos en primera, segunda y tercer clase, es bien comprensible que la diferencia de condiciones reales termine por tener a los ojos de los pasajeros de tercera clase una importancia mucho más grande que el cambio jurídico de propiedad”. [22]

Para que el repaso de este aspecto de la teoría de la revolución no quede insustancial, es necesario descender a las profundidades de las relaciones de producción en la ex URSS y el resto de las sociedades no capitalistas de la posguerra.

Dicen los compañeros: “en los países en los que expropiaba, [el estalinismo] imponía Estados obreros deformados, que ahogaban todo intento de organización independiente del proletariado y las masas”. [23] Pero si el estalinismo “ahogaba” a la clase trabajadora y las masas: ¿en que consistía y dónde residía el carácter obrero del Estado? ¿Cómo se podía verificar su dominación política o social sobre la sociedad?

Aquí viene otro muy fuerte elemento de continuidad del PTS con la tradición que tanto critica: el aspecto economicista de su objetivismo, al atribuir a la estatización de los medios de producción –al estilo “ortodoxo”– un carácter obrero “objetivo”, sin molestarse por estudiar las relaciones sociales de producción reales como ámbito distinto, de contenido, respecto de las relaciones jurídicas. La rotunda negativa a analizar esas verdaderas relaciones de producción imperantes en la URSS se basa en un error de leso marxismo: confundir la estatización con la socialización de los medios de producción.

Por empezar, el PTS afirma, a kilómetros del mismo Trotsky y de la base material de la revolución permanente, que las imposiciones de la ley del valor –las “leyes del capitalismo mundial”– no dominaban en la ex URSS. Incluso se mofan de la definición perfectamente marxista de Naville de que la ex URSS y el Glacis eran un “subsistema del capitalismo mundial”. Esta ubicación, de hecho, los pone del lado de Ernest Mandel, en el fondo el verdadero mentor teórico de los compañeros del PTS en este terreno.

Véase, por ejemplo, esta declaración: “la propiedad estatal generalizada (es decir, el monopolio) de los medios de producción sólo puede darse por medio de la expropiación de la burguesía y es, por definición, antagónica con las leyes del capitalismo”. [24] Dicho así, tout court, sin determinaciones concretas, esto es erróneo. Porque no se debe oscurecer las continuidad de las imposiciones de la ley del valor, en el marco de la economía mundial y de una sociedad que surge de la vieja base capitalista, y no todavía de una nueva base. Como decía Marx en un texto clásico, la Crítica del Programa de Gotha, al referirse a las sociedades que emergerían inmediatamente después de la revolución proletaria: “de lo que tenemos que ocuparnos aquí no es de una sociedad comunista tal como se ha desarrollado ya sobre sus propias bases, sino, por el contrario, tal como acaba de nacer de la sociedad capitalista; por lo tanto, es una sociedad que, en todos sus aspectos, económico, moral e intelectual, lleva todavía los estigmas de la vieja sociedad en cuyo seno ha surgido”. [25

Por supuesto que Mandel no planteaba nada de esto, embarcado como estaba en el embellecimiento y mistificación del estalinismo y la capitulación a las direcciones burocráticas. Pero el PTS lo sigue acríticamente: “[En] el caso de fenómenos transitorios entre el capitalismo y el socialismo (…) la ley del valor (ley fundamental de la economía capitalista) no regía al conjunto de la economía, jugando, por tanto, un rol subordinado (…) las leyes que gobernaban al conjunto de la economía eran las leyes de la nacionalización y la planificación (más allá de su carácter burocrático). La ley del valor operaba en estos Estados (…) pero no gobernaba”. [26]

Todo esto es falso de pies a cabeza. Más allá de todos los intentos burocráticos y voluntaristas del Estado por burlar la ley del valor, ésta finalmente se imponía por intermedio de las tremendas inadecuaciones y desproporciones entre las distintas ramas de la producción, e incluso en las propias peleas por el establecimiento del plan. Es harto sabido que la planificación en manos de la burocracia fue una creciente expresión de irracionalidad en la economía y no de “planificación racional” de ella como, de manera objetivista, pretende el PTS. La racionalidad sólo puede provenir de la creciente democracia de los productores y consumidores. [26]

Por otra parte, Trotsky no expresa en modo alguno este enfoque en su análisis más profundo y detallado de la sociedad soviética, La revolución traicionada. Por el contrario, Trotsky no teme mostrar la continuidad de las imposiciones de la ley del valor, a las que ve no disminuyendo sino ampliando su campo de acción: “La nacionalización de los medios de producción (…) supone estrechos límites a la acumulación personal del dinero y dificultan la transformación del dinero en capital privado (…). Esta función del dinero, ligada a la explotación, no se ha liquidado, sin embargo, desde el comienzo de la revolución proletaria, sino que se ha transferido bajo un nuevo aspecto al Estado, comerciante, banquero e industrial universal. Por otra parte, las funciones más elementales del dinero, medida de valor, medio de circulación y de pago, se conservan y adquieren un campo de acción aún mas amplio del que tuvieron en el régimen capitalista”. [27]

Siguiendo a Naville contra Mandel, hay que afirmar una vez más el principio metodológico marxista y trotskista que explica estas imposiciones: la unidad de la economía mundial, en la que las economías no capitalistas de la ex URSS y el resto de los mal llamados “estados obreros” constituían un subsistema.

Dice Naville: “(…) la crisis que presenta actualmente el sistema económico mundial conserva una raíz única: las condiciones de creación de valor por el trabajo humano (…). La burguesía escamotea la explotación del trabajo detrás del esplendor fascinante de los productos del mercado y la danza fantástica de los precios. La burocracia de la planificación estatal disimula las relaciones de explotación mutua y de parasitismo social propias del socialismo de Estado detrás de los fantasmas del salario ‘socialista‘, recompensa del trabajo, honor social, orgullo del patriota, medalla de los buenos servidores (…). [28]

Veamos los problemas que se acumulan al no analizarse las verdaderas relaciones sociales y tenderse a ignorar las imposiciones de la ley del valor. Repasemos la versión que da el PTS del problema: “La ‘propiedad estatal generalizada‘, es decir, el monopolio estatal de los medios de producción, elimina la contradicción capitalista entre la socialización creciente de la producción y la apropiación privada de los frutos de la misma, y por ello es en esencia antagónica con el capitalismo”. [29]

Una vez más, asistimos al dislate de identificar la estatización con la socialización, abonando la mistificación burocrática. En esta definición queda completamente perdido un criterio marxista elemental: que entre estatización y socialización media todo un proceso complejo de verdadera subordinación de las principales ramas de la economía a la dirección consciente de parte del conjunto de los trabajadores. No es éste ningún descubrimiento ni originalidad; ya estaba presente en La revolución traicionada de Trotsky, así como en varios artículos de Karl Korsch respecto de la misma cuestión. Por aportar un pasaje clásico: “La propiedad privada, para hacerse social, debe pasar por la estatización, así como la oruga se hace crisálida antes de ser mariposa. Pero la crisálida no es la mariposa; y millones mueren antes de serlo. La propiedad del Estado no llega a ser del ‘pueblo entero‘ sino a medida que desaparecen los privilegios y las diferencias sociales, cuando el Estado pierde su razón de ser. En otras palabras, la propiedad del Estado se hace socialista a medida que va dejando de ser propiedad del Estado”. [30]

Continúan los compañeros: “El monopolio estatal de los medios de producción, al eliminar la apropiación privada, impide el accionar de la ley de la acumulación del capital y con ello elimina la ganancia como motor de la producción”. [31] Aquí, el tema es, una vez más, si en la URSS seguía imperando la ley del valor y si, en este marco, seguían existiendo el trabajo asalariado y el plusvalor. Nuestra respuesta es categóricamente afirmativa, más allá de distorsiones parciales. Pero si estas leyes seguían imperando, cae por su propio peso la pregunta de en manos de quién se acumula el trabajo excedente. Y la respuesta debe ser concreta, como lo hace Trotsky en los extraordinarios capítulos IX y XI de La revolución traicionada:

“El hecho de que las diferencias de salarios sean en la URSS no menores, sino más considerables que en los países capitalistas, nos lleva a la conclusión de que las acciones están repartidas desigualmente y que las rentas de los ciudadanos se forman, a la vez que de un salario desigual, de partes desiguales de los dividendos. Mientras que el peón no recibe sino b, salario mínimo que en iguales condiciones recibiría también en una empresa capitalista, el stajanovista y el funcionario reciben 2a más b, 3a más b y así sucesivamente, y b puede a su vez ser 2b, 3b, etc. En otros términos, la diferencia de las rentas está determinada no por la sola diferencia del rendimiento individual, sino por la apropiación disimulada del trabajo ajeno. La minoría privilegiada de accionistas vive a cuenta de la mayoría embaucada”. [32]

Para nosotros, efectivamente, seguía existiendo plusvalía, y la parte del león de la acumulación quedaba en manos de la burocracia. El PTS pasa por alto, al mejor estilo de Mandel, la existencia continuada de las imposiciones de la ley del valor y del trabajo por un salario, y se desliza hacia el disparate mandelista de que la producción en la URSS era directamente de valores de uso. Como hemos visto, esto no es más que un craso embellecimiento de la burocracia, que a su vez niega la continuidad de mecanismos de explotación del trabajo.

Dice Naville: “(…) No suprimiendo más que la forma mercancía clásica de las relaciones capitalistas, el socialismo de Estado no elimina más que una forma inferior del fetichismo social. Metamorfosea el capital en ‘acumulación socialista‘ y en fondos de inversión, pero no suprimió el fetichismo del capital, que es presentado como productivo, independientemente de toda relación social. Finalmente, al separar el trabajo de toda relación social, hizo de este el fetiche perfecto (…) Fetichizando el trabajo puro … desviaron a golpes de nagaika a los trabajadores soviéticos de la crítica de las relaciones sociales en las que viven. Mitificaron el trabajo como la burguesía mitificó el capital, y por las mismas razones: porque el trabajo vivo es la fuente real del valor (de cambio y de uso) y que el trabajador (incluso el que está sometido a la explotación mutua en el Estado sin capitalistas privados) no debía aprender a criticar el modo de producción en el seno del que produce y sigue siendo explotado”. [33]

Como al PTS se le escapa todo este ángulo, lógicamente continúa acumulando dislates: “La elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo puede, sobre esta base, introducirse como principio rector de la vida económica”. [34]

¿Desde cuándo la “elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo” es la base de la perspectiva socialista y comunista de la transición? Esto sólo puede calificarse como una adaptación teórica grosera al estalinismo. Porque o se cree realmente que en la ex URSS la producción era directamente de valores de uso o, peor aún, se introduce un concepto que es una pura racionalización de la explotación del trabajo por parte de la burocracia. Desde una perspectiva marxista, el criterio no es “la elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo”, sino el aumento de la satisfacción de las necesidades humanas y la emancipación del trabajador de las imposiciones del trabajo por necesidad, aumentando su tiempo libre.

Otra cuestión es que, por supuesto, esto tiene como base material insoslayable la necesidad del aumento del rendimiento del trabajo; no somos románticos al respecto. Pero precisamente este “aumento del rendimiento del trabajo” no puede ser perseguido como objetivo en sí mismo [35] , sino como condición de posibilidad de la emancipación del trabajo, que es algo muy distinto.

De hecho, el objetivo de la “elevación del rendimiento del trabajo” como condición para la extracción de plusvalor a escala ampliada fue lo que se expresó en el movimiento stajanovista de los años 30, alentado por Stalin y acerbamente criticado por Trotsky en La revolución traicionada. Prueba adicional de que se trata de un criterio no socialista, sino… estalinista.

Afirmamos categóricamente que el principio rector de la vida económica en la transición debe ser vigilar por la tendencia creciente a acabar con la explotación. Y, para esto, el aumento del rendimiento del trabajo es su condición necesaria, pero no suficiente.

El embellecimiento del estalinismo no se detiene allí: “La irracionalidad económica, la anarquía de la producción, propia del capitalismo, tiene por base la lucha entre capitales privados para apropiarse de la mayor cuota posible de ganancia. La expropiación de la clase de los capitalistas privados elimina la persecución de la ganancia como motor de la vida económica y, con ello, permite el fin de la anarquía de la producción. La propiedad estatal generalizada se constituye así en la condición necesaria para la planificación económica, es decir, para la ‘introducción de la razón en la esfera de las relaciones humanas‘ (…) no reconocer esto equivale a quitarle el valor material que de por sí poseen la nacionalización generalizada y la planificación económica como formas que se desprenden de las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas, antagónicas por ende con las relaciones de producción capitalista e indiscutiblemente definitorias del carácter obrero y progresivo del Estado”. [36]

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Evidentemente, el PTS no ha roto en verdad con un esquema objetivista, economicista, que le da “valor material de por sí” a la “nacionalización generalizada y la planificación económica”. Porque la nacionalización y planificación son efectivamente formas que se desprenden de las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas en esta época histórica [37] , pero es indispensable identificar en manos de qué clase o sector de clase se encuentran, de manera efectiva, esas formas, es decir, cuál es el contenido socio-político de la acumulación. [38]

Consideremos esta mirada crítica sobre el problema: “Lenin –mucho más enfáticamente que Trotsky– realizó una importantísima distinción entre nacionalización y socialización de los medios de producción (…) la socialización necesita un proceso mucho más largo y difícil porque significa poner bajo la administración de las masas esos medios de producción. Por eso, en sí misma la nacionalización no es una medida ‘socialista‘; cobra ese sentido como un momento en el avance de la revolución hacia la socialización. En los 30, sin embargo, Trotsky adoptó un enfoque abstracto al considerar a la nacionalización ‘en sí’ como una relación socialista (…) La nacionalización por el Estado proletario tiene sólo la capacidad o la posibilidad de socialización (…) No se puede menospreciar la importancia de esta nacionalización y de las potencialidades que encierra; es el significado que tiene la revolución que expropia. Pero en sí misma no decide el desarrollo posterior”. [39] Aunque consideramos que la postura de Trotsky mostraba cierto matiz respecto de este punto de vista, el PTS, siguiendo al resto del trotskismo “tradicional” y después de cerrada la experiencia de los Estados burocráticos, sigue sosteniendo aun hoy este erróneo enfoque abstracto. [40]

Porque, finalmente, lo que el PTS, en su dogmatismo, se niega a reconocer, es que en la URSS burocratizada se relanzó la explotación del trabajo, bajo una forma distinta –aunque emparentada– a la del capitalismo: las formas de “explotación mutua” desarrolladas en el texto precedente. Pero para “descubrir” esto no hacía falta recurrir a Naville. Bastaba con tener en cuenta las descripciones –no sistematizadas teóricamente, es cierto– del propio Trotsky. “[Cuando Pravda dice que] ‘El obrero no es en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de la mercancía-trabajo. Es un trabajador libre‘ (…) esta elocuente fórmula no es sino una fanfarronada inadmisible. El paso de las fábricas al Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero; en los hechos, vive en la necesidad, trabajando cierto número de horas por un salario (…) el nuevo Estado ha recurrido a los viejos métodos: al desgaste de los nervios y los músculos de los trabajadores [42] (…) Trabajando por piezas, viviendo en graves apuros, privado de la libertad de trasladarse, soportando aun en la fabrica un terrible régimen policial, el obrero difícilmente podría sentirse un ‘trabajador libre‘. El funcionario es para él un jefe, el Estado, un amo. El trabajo libre es incompatible con la existencia del Estado burocrático”. [43]

A modo de conclusión, podemos decir que es un hecho que la caída del estalinismo ha creado, en sentido histórico, las condiciones para el desbloqueo de la perspectiva socialista auténtica. El marxismo revolucionario en el siglo XXI tendrá nuevos desafíos y la posibilidad de transformarse en fuerza material entre la clase obrera y las masas populares. Pero para lograrlo no podrá desentenderse de las duras lecciones dejadas por la lucha de la clase trabajadora en el siglo pasado; derrotas que es una obligación transformar en enseñanzas estratégicas para los combates revolucionarios que están por venir.

Notas:

[1].- Centristas son, en la definición de Trotsky, las corrientes que oscilan entre reforma y revolución. Es, efectivamente una categoría muy útil para el análisis de las organizaciones que oscilan a izquierda y derecha en los procesos revolucionarios y para aquellas plagadas de rasgos oportunistas, incluso cristalizados, como es el caso de la LCR francesa. El problema es que el PTS considera a todas las organizaciones, salvo, lógicamente, la propia, como “centristas”. Una muy buena crítica al respecto es la de Jorge Sanmartino, de Socialismo Revolucionario de Argentina.

[2].- Antonio Labriola, Socialismo y filosofía, Buenos Aires, Antídoto, 2004, p. 194.

[3].- Manolo Romano, “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, en www.pts.org.ar.

[4].- Ver Construir otro futuro, ed. cit.

[5].- En la revolución del 4 de noviembre de 1918 cae el Káiser como producto de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, pero le sucede un gobierno socialdemócrata reformista en el marco de la democracia burguesa.

[6].- L. Trotsky, La revolución permanente, ed. cit., p. 30.

[7].- Sobre las consecuencias oportunistas y etapistas de esta ubicación hay abundante evidencia en la Escuela de cuadros (1984), donde Moreno llegaba a decir que no estaba descartado que en Argentina “venga la democracia y por 10 ó 15 años solucione los problemas” del país. Pero incluso en un texto más trabajado como Actualización… encontramos afirmaciones descarnadamente etapistas: “Nuestro partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeño burguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias, ser la vanguardia de esa revolución de febrero, ser los campeones de la intervención en ella”.

[8].- El “trotskismo” del PTS es de un tipo bastante alejado del de Trotsky, que se apoyaba en la experiencia viva de las revoluciones para teorizar: “(…) han tenido lugar acontecimientos tales, y hemos aprendido tanto de ellos, que tengo que reconocer que me repugna la manera actual de los epígonos de examinar los nuevos problemas históricos, no a la luz de la experiencia viva de las revoluciones realizadas por nosotros, sino a la vista principalmente de textos que se refieren únicamente a la previsión hecha por nosotros de las revoluciones futuras”. La revolución permanente, cit., p. 55. En clave actual, la lección metodológica es que no pueden aceptarse en bloque los presupuestos teóricos y programáticos establecidos de manera previa al derrumbe final de los países del Este.

[9].- M. Romano, cit.

[10].- El PTS engloba a todas las corrientes del trotskismo en la posguerra bajo esta denominación, que da cuenta de los límites en gran medida insalvables que las determinaron, pero que efectúa a la vez una igualación ahistórica que impide delimitar unas de otras.

[11].- M. Romano, cit.

[12].- Idem.

[13].- M. Martínez, cit.

[14].- M. Romano, cit.

[15].- Idem.

[16].- L. Trotsky, cit., p. 163.

[17].- En este sentido, ver el ángulo distintivo que Rakovsky, Kossior, Murálov y Kaspárova expresaron acerca de estas medidas, desde el interior mismo de la URSS, a comienzos de los 30 en la “Declaración en vista del XVI Congreso del PC”.

[18].- Respecto de las conquistas económicas en los Estados no capitalistas de posguerra veamos lo siguiente: “(…) la especificidad de esta formación social se revela también en la dinámica de las fuerzas productivas (…) El desarrollo industrial y agrario extensivo y la incapacidad del régimen para pasar a un crecimiento basado en la intensidad tecnológica constituye otra desmentida de la tesis que considera a la URSS capitalista, y también de que pudiera convertirse en una sociedad burocrática superadora del capitalismo a nivel mundial”. R. Astarita, Debate Marxista Nº 9.

[19].- M. Romano, cit.

[20].- Ver más arriba nuestra crítica a la categoría de “burocracias obreras” acuñada por Ernest Mandel.

[21].- Por supuesto, esto no quiere decir que al comienzo no haya habido conquistas económicas; las hubo (con un desarrollo extensivo de las fuerzas productivas), pero a costa del proceso de organización independiente de los trabajadores y del desarrollo de la revolución en el centro del mundo, con la particularidad de no abrir el proceso de transición al socialismo.

[22].- L. Trotsky, La revolución traicionada, ed. cit., pp. 225-226. Esto es, no alcanza con la valoración de la estatización como “hecho en sí” de la naturaleza obrera del Estado; el problema es valorar la tendencia general y el verdadero contenido social que éste va adquiriendo. Así lo indica la experiencia histórica, aunque quede malparada una supuesta “ortodoxia».

[23].- M. Romano, cit.

[24].- Paula Bach, “Después del estalinismo y lejos del marxismo”, en www.pts.org.ar.

[25].- Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, Buenos Aires, Anteo, 1972, p. 90.

[26].- P. Bach, cit.

[27].- El PTS incurre entonces, como Mandel, en una mistificación de la burocracia. Siguen acríticamente a Evgeny Preobrajensky y su trabajo La nueva economía, esfuerzo de interpretación valioso pero, no casualmente, nunca asumido por Trotsky, que no lo cita una sola vez en La revolución traicionada. Preobrajensky plantea la teoría de la supuesta oposición de la “ley del plan” frente a la ley del valor. Pero la “ley del plan”, en función de consideraciones de la producción como valores de uso y no de cambio, no puede operar “objetivamente”, ni puede escapar tampoco, en última instancia, a las imposiciones de la ley del valor. Por lo tanto, lo decisivo es nuevamente en manos de quién está la planificación. Cualquier otra posición es un derrape a la capitulación a la burocracia, como ocurrió con el propio Preobrajensky. Esgrimir supuestos principios de racionalidad per se de la planificación, en las condiciones de la burocratización de la ex URSS, no era ni es otra cosa que una racionalización de la explotación burocrática.

[28].- L. Trotsky, La revolución traicionada, ed. cit.

[29].- P. Naville, El nuevo Leviatán, ed. cit.

[30].- P. Bach, cit.

[31].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 224.

[32].- P. Bach, cit.

[33].- L. Trotsky, cit., p. 227. Nos parece evidente que, en esta descripción de           los mecanismos de apropiación de la acumulación del plustrabajo social por parte de la burocracia, el término “embaucada” es aquí un mero sucedáneo de “explotada”.

[34].- P. Naville, El nuevo Leviatán, cit. Análogamente, los trabajadores, en las condiciones de las experiencias de producción y distribución social en el Argentinazo, tienen que aprender a mirar críticamente las progresivas conquistas y nuevas relaciones en las que están insertos. Pero el PTS, al igual que el PO, es en este sentido completamente ciego a las limitaciones de estas experiencias, en particular cuando las dirige.

[35].- P. Bach, cit.

[36].- El criterio economicista de considerar el desarrollo de las fuerzas productivas como un fin en sí mismo –emparentado además con el reformismo de la II Internacional– pierde de vista que el objetivo principal de la transición es la permanente transformación de las relaciones sociales en todos los terrenos. Y este criterio debe distinguirse del hecho de reconocer que el desarrollo de las fuerzas productivas es una condición indispensable (junto con el desarrollo de la revolución mundial) para el revolucionamiento de las relaciones sociales de producción.

[37].- P. Bach, cit.

[38].- Por otro lado, tenemos otra explicación para el desarrollo de la URSS, China y Cuba durante el período histórico en que se verificaron progresos, aun contradictorios, en el desarrollo de sus fuerzas productivas: el hecho de haber sido –durante algunas décadas– naciones relativamente independientes del imperialismo.

[39].- Rolando Astarita hace, por su parte, una crítica en este aspecto similar a este automatismo objetivista de considerar la planificación “en sí misma” como “introducción de un principio de racionalidad en la economía”, independientemente de la democracia de los trabajadores. En un verdadero Estado obrero, consideramos a esa democracia obrera, como hemos dicho, parte integrante esencial no sólo del régimen político, sino de las propias relaciones sociales de producción. Dice Astarita: “(…) si bien las relaciones de producción no eran capitalistas, tampoco era posible considerarlas ‘socialistas‘ o ‘proletarias‘. Hemos criticado este concepto en nuestro análisis de las posiciones de Trotsky, sobre la base de dos argumentos interrelacionados: la extracción sistemática de excedente, que determina una relación de explotación, y la dinámica no socialista que se originaba en el control burocrático sobre los medios de producción. La propiedad estatal-burocrática de los medios de producción en la URSS impedía el avance de la socialización, reproduciendo una relación de explotación. Los trabajadores no podían administrar la economía, decidir el monto y naturaleza de las inversiones y de los planes quinquenales ni articular la distribución en su beneficio. En un sentido profundo, la ausencia de control y administración de las masas sobre los medios de producción era total, porque el control burocrático sobre el conjunto de la economía era clave para la apropiación del excedente”. R. Astarita, “Relaciones de producción y estado en la URSS”, Debate Marxista Nº 9, 1997.

[40].- R. Astarita, cit.

[41].- “Cerrada”, en realidad, para nosotros, porque estar atados a los esquemas economicistas tiene efectos tremendos sobre las corrientes que no han sacado balance alguno de la experiencia del Este. Tanto el propio PTS, como el PO y el MST (bien que de diferentes maneras) siguen considerando aun “residualmente” como Estados obreros a la actual Rusia, China, etc., lo cual es una aberración política y teórica sin nombre.

[42].- Digamos que esto es un rotundo mentís a la concepción de Nahuel Moreno, que decía (en La dictadura revolucionaria del proletariado) que en la ex URSS imperaba una supuesta “democracia de los nervios y los músculos”.

[43].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 228.

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