La situación de crisis histórica que atraviesa la Unión Europea en la era de la competencia entre Estados Unidos y China, el ascenso de la extrema derecha y la crisis del orden imperialista clásico.
1- Origen, sentido y trayectoria de la Unión Europea
Desde sus primeros vagidos con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951), luego el Tratado de Roma de 1957, que fundó la Comunidad Económica Europea, hasta la actual Unión Europea surgida del Tratado de Maastricht (1992), el “proyecto Europa” atravesó etapas de avance continuo en la extensión y profundidad del bloque, que a lo largo de la posguerra tuvo dos grandes metas: preservar la paz en el continente y asegurar su alineamiento como el más importante y firme aliado del “líder de Occidente”, EEUU, en la lucha por contener la “amenaza comunista”. Con la caída del bloque soviético (1989-1991), la UE pudo proponerse profundizar su integración, aumentar su membresía y aprovechar el “dividendo de paz” en el marco de un consenso neoliberal también consagrado en el Tratado de Maastricht.
Con el ascenso de China todavía lejos del horizonte, y desde ya sin capacidad ni interés de cuestionar la hegemonía yanqui, Europa seguía siendo indispensable como actor económico, político, cultural y (no tanto) militar en el orden global como pieza clave de “Occidente”. La desaparición del “cuco soviético” y una fase económica de relativa prosperidad habilitaron ambiciones que se resumían en la idea de una “integración y expansión ilimitadas” de la UE, que siguió incorporando nuevos miembros hasta 2013 (el último fue Croacia).
Así, el proyecto de la Unión Europea, durante décadas, se caracterizó por un doble movimiento: la expansión de su membresía y el fortalecimiento de los lazos de integración entre ellos. El pico de esta dinámica de “cada vez más, y cada vez más integrados” se dio con la llegada de la crisis financiera global en 2008. Ni siquiera los coletazos de la crisis financiera internacional de 2008-2009, que llegaron a presentar una amenaza económica seria para la integración económica y en particular la moneda común mayoritaria en el bloque, el euro, constituyeron un “peligro existencial” para el proyecto europeo, sino sólo desafíos que podían ser encarados desde las mismas herramientas institucionales previstas por él.
Es cierto que también por entonces empezó a consolidarse una división entre los “frugales” países del Norte (encabezados por Alemania y Holanda) y los “manirrotos” del Sur (los mediterráneos como Grecia, Italia, España y Portugal), con Francia haciendo equilibrio. Pero el primer shock real a esta trayectoria que parecía de un optimismo lineal y creciente fue la salida del Reino Unido, proceso iniciado con el referéndum del Brexit en 2016. Es verdad que había habido antecedentes. El ambicioso intento de “Constitución europea” fracasó en 2005 luego de que sendos referéndums en Francia y Holanda rechazaran el proyecto. Pero eso no condujo a una temida oleada de euroescepticismo, sino en todo caso a reconocer de manera pragmática los límites de la integración; de hecho, muchos de los puntos rechazados en 2005 fueron luego reciclados e incorporados al tratado de Lisboa, firmado en 2007 y vigente desde 2009, que reacomodó en un sentido menos “centralista” el funcionamiento de los órganos de la UE.
Además, la experiencia del Brexit, lejos de generar un “efecto dominó”, lo que hizo fue dejar a los británicos en el incómodo lugar de haber cometido una tremenda torpeza sin terminar de reconocerlo del todo. Según una encuesta reciente, el 74% de los ciudadanos de países de la UE considera que el bloque ha sido útil para su país, una proporción inédita por lo alta. Por lo tanto, no hubo nuevas defecciones del bloque, como en algún momento se temió, pero tampoco nuevas incorporaciones. En primer lugar, porque la propia UE no mostró mayor entusiasmo en acelerar el proceso para los nuevos postulantes, en su mayoría países balcánicos.
El problema real es que la pertenencia al bloque, que sólo prometía ventajas a todos los asociados, ya no ofrece una perspectiva tan rosada (aunque en parte sigue siendo tal para algunos de los países aspirantes a ingresar). Un nuevo shock, el de la pandemia de 2020-2021, dejó al descubierto agujeros y miserias en la trama institucional, más allá de la iniciativa de un fondo común de compensación que, por otra parte, dejó a unos conformes y a otros resentidos. La expansión económica y la nivelación relativa entre las zonas más y menos desarrolladas, que ayudó a consolidar la popularidad de la “idea europea”, se han detenido y en algunos casos están en reversión. Y, finalmente, la invasión de Rusia a Ucrania ha puesto al continente en una situación inédita desde 1945: la de un conflicto bélico internacional –no una guerra civil, como en la Yugoslavia en los 90– dentro de sus fronteras.
En suma: Europa no es lo que era. Como sostiene la columna de política británica del Economist, “si uno escucha al movimiento pro Unión Europea hoy, se defiende el mercado único, los intercambios universitarios y pasar la jubilación en un país soleado. Una visión de Europa encantadora, pero anclada a principios de los años 90. La policrisis marcó el fin de esta era de la inocencia” (“The polycrisis theory of Brexit”, TE 9463, 30-8-25).
No se falta a la verdad en esta descarnada definición: tanto para las clases dominantes como para las masas, llegó el momento de despertar del sueño idílico de la Europa de la prosperidad continua, la integración creciente y la paz garantizada. La realidad del bloque hoy es casi la opuesta: ataques al Estado de bienestar, bajo crecimiento, austeridad, menos integración, xenofobia chauvinista y tambores de guerra en el horizonte.
2- El estado del bloque hoy
Las razones económicas de fondo de la “decepción europea” no son difíciles de encontrar: en los últimos quince años, la UE ha sido la región del mundo con más bajo crecimiento, tanto absoluto como per cápita. Las promesas de prosperidad económica, que en la primera década del siglo parecían encaminadas, dieron paso al estancamiento y la mediocridad. En algunos países, algunos súbitos flujos migratorios de fuera del bloque (como el generado por la guerra civil en Siria y las recurrentes crisis del África subsahariana) alimentaron la demagogia xenófoba (Alemania, Austria, Hungría). En otros, como en el Reino Unido, la ola antiinmigrante tenía por blanco a países que eran incluso miembros del bloque.
En los años recientes, el proceso de deterioro de imagen del “proyecto UE”, aun sin dar saltos, continuó bajo la forma de crecientes cuestionamientos de gobiernos de derecha hostiles a Bruselas (Hungría, Polonia). El cambio de frente se dio con la invasión de Rusia a Ucrania en 2022, que obligó a un serio replanteo de dos problemas. El primero, la dependencia energética respecto de Rusia, muy marcada en el caso de Alemania y otros países de Europa oriental. El segundo, la súbita consciencia de lo insuficiente de la capacidad militar europea para hacer frente a una amenaza externa, situación que la ponía prácticamente en manos del socio mayor de la OTAN, EEUU. Las veleidades de líderes como el francés Emmanuel Macron en el sentido de una mayor “autonomía estratégica” (esto es, militar) de la UE, quedaron expuestas como sueños sin base: sin EEUU, Europa estaba, en lo esencial, indefensa.
Por otro lado, la UE ha logrado cierta estabilización financiera luego de los años de zozobra de la crisis del euro (2010-2012), en parte debido a que tiene una arquitectura financiera más integrada. Esto se debe, en primer lugar, al lugar que ocupa el Banco Central Europeo (BCE) como prestamista de última instancia, rol que había sido renuente a cumplir justamente hasta el estallido de la crisis. Hoy las deudas no son sólo nacionales –aunque siguen existiendo tasas de rendimiento de bonos diferenciadas por país–, sino que hay activos de deuda propiamente europeos.
Es verdad que parte de la mayor atracción relativa del euro obedece menos a mérito propio que al rechazo que despierta la volatilidad del universo financiero yanqui en la era Trump 2.0. Por comparación con el caos que generan los caprichos, idas y venidas de Trump, el BCE y la UE parecen remansos de certidumbre y sensatez. Lo propio ocurre con el comercio: mientras Trump desparrama y recoge aranceles por semana, Europa ha quedado casi por default como la abanderada del buen viejo orden liberal, el libre comercio y el imperio de la ley.[1]
El problema con esta visión es que si bien es cierto que EEUU ha abdicado de su papel de líder coherente y confiable del mundo occidental, lugar que China –el otro gigante económico y geopolítico–, por definición, no puede ocupar, a Europa y la UE les falta demasiado para poder aspirar a ese cargo. Su falta de dinamismo económico es demasiado patente: crecimiento raquítico desde hace casi dos décadas, estancamiento de la productividad, falta de escala y de empresas realmente continentales, crecientes tensiones nacionales en el marco de la primera guerra en su territorio desde 1945, atraso tecnológico respecto de EEUU y China, irrelevancia militar… son demasiados hándicaps en el presente como para pretender compensarlos sólo con un pasado glorioso (que lo es mucho menos si lo examina de cerca).
Por otra parte, mal podría la UE portar el estandarte del libre comercio cuando sus intereses y la supervivencia misma de mucho de los sectores económicos y de las mayores compañías europeas dependen de la aplicación de dosis entre moderadas y fuertes de alguna forma de proteccionismo. No son éstos los tiempos ideales para el librecambismo, la libre circulación de bienes y personas y demás utopías liberales que sonaban muy bien cuando había caído el bloque soviético, el capitalismo reinaba sin frenos ni cuestionamientos y la historia había terminado…
El regreso de la guerra a territorio europeo vuelve a exponer una debilidad congénita del proyecto de la UE, que fue resumida por un jefe de política exterior del bloque, el español Josep Borrell, como una cacofonía de visiones encontradas sin posibilidad de síntesis. El entramado institucional mismo de la UE obliga a que las decisiones comunes pasen innumerables filtros por país, con negociaciones que desvirtúan hasta la nada las decisiones y que lleva años consensuar y luego ratificar. Lo que recuerda a la antigua y nunca contestada pregunta del secretario de Estado yanqui Henry Kissinger en los años 70: “¿A quién hay que llamar cuando quiero hablar con Europa?”
Esto se manifiesta, por ejemplo, en la ausencia de una entidad centralizada capaz de hacer efectivas esas penosamente trabajadas decisiones. ¿En qué penalidad incurren los estados y gobiernos díscolos que no se allanen incluso a los lavados y frágiles consensos del bloque? Por lo general, en ninguna. Por ejemplo, la regla económica de que el déficit fiscal de cada estado miembro no debe exceder el 3% del PBI, y que la deuda pública no puede superar el 60% del PBI, ha sido olímpicamente ignorada por países como Francia. Cuando en 2016 le preguntaron al entonces presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, por la sucesión de presupuestos franceses que rebasaban largamente esas restricciones, la lacónica respuesta fue “porque es Francia”. Si en épocas mucho más estables estos privilegios no se cuestionaban, la ratio actual de deuda pública francesa respecto del PBI, que supera el 110%, no le mueve un pelo a nadie.
Esta condescendencia con la rendición de cuentas no sucede sólo, como cabría suponer, con los socios de mayor peso, sino incluso con los más pequeños o débiles. Es verdad que en su momento Grecia fue objeto del bullying económico de los socios poderosos de la UE para que se aviniera a las condiciones de la “troika” (FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea) en términos de deuda y déficit. Pero eso fue en 2010. Cuando recientemente Grecia se negó a cumplir con el compromiso de recibir los migrantes que otros países de la UE rechazaban, la Comisión Europea hizo la vista gorda, acaso reconociendo que la imposición era no sólo injusta sino temeraria. Resultado: cada vez más países europeos restablecen controles fronterizos, borrando con el codo lo que el convenio de Schengen escribió con la mano.[2]
Las divisiones económicas y geopolíticas entre los miembros de la UE quedaron sólo temporal y superficialmente oscurecidas por la aparente causa común contra la Rusia de Putin y el apoyo a Ucrania. Precisamente en este último punto ya empiezan a notarse las grietas: la resolución con que el bloque volcó su apoyo a Ucrania tras la invasión rusa es ahora mucho menos firme. Y no porque algunos actores, como el húngaro Viktor Orban, tengan su corazoncito con Putin, sino porque incluso entre los defensores del atribulado Zelensky se está resquebrajando el consenso sobre qué condiciones serían aceptables para el fin de la guerra en términos de la casi inevitable pérdida de soberanía territorial ucraniana a manos de Rusia.
Menos coincidencia aún habrá sobre las eventuales relaciones UE-Rusia tras el fin de la contienda. Mientras que Polonia y los países bálticos quieren que ese vínculo continúe en temperatura política bajo cero, buena parte del empresariado alemán se relame con el regreso del suministro de gas barato para la industria germana, contradicción que Putin no dudará en explotar.
A otro nivel, algo similar sucede con las relaciones con China: para los vecinos de Rusia, el gigante asiático es poco menos que un patrocinante de Putin; para varios de los principales países del bloque, China es un socio económico (productivo y comercial) insoslayable. Incluso el español Pedro Sánchez pretende aprovechar el vínculo con China como relativo contrapeso que permite “relaciones equilibradas”, esto es, menos matoniles, con Trump y EEUU.
En cuanto a una de las banderas ideológicas más preciadas de la UE, su compromiso con los “valores occidentales” de democracia y libertad –en una era en que el transaccionalismo brutal de Trump tira por la borda cualquier vestigio de barniz “principista” en las relaciones internacionales–, todo indica que deberá esperar tiempos mejores, tema que luego desarrollaremos.[3]
¿Plantarse frente a Putin? Por supuesto, pero si ofrece gas barato, sería una tontería rechazarlo. ¿Xi Jinping es un “autócrata comunista”? Tal vez, pero China es un mercado demasiado importante para la producción offshore y las exportaciones europeas, además de un proveedor confiable de alta tecnología y de cuantiosas inversiones. ¿La Turquía de Erdogan se desliza sin prisa ni pausa hacia un régimen autoritario, con persecución y cárcel a los principales líderes opositores? Es verdad, pero… Turquía sigue teniendo el ejército más importante de la OTAN en Europa, es un muy relevante fabricante de armas y, sobre todo, es dueño de una llave de paso clave para controlar el flujo de inmigrantes no deseados (como aprendió a la fuerza la alemana Angela Merkel en 2016). ¿Netanyahu ordena el lanzamiento de misiles contra Irán de manera totalmente ilegal y contraria a las supuestas “normas internacionales”? Pues son “pasos en la dirección correcta”, porque si Irán consigue la bomba atómica sería “una amenaza existencial para el mundo” (el presidente francés Macron), o, ya en el colmo del cinismo, “Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros” (el canciller alemán Merz).
De esta manera, las exigencias de la época están demostrando ser demasiada presión geopolítica para un continente disminuido económicamente y políticamente dividido. En la comparación con el período anterior, como observa el columnista europeo del Economist, “lidiar con hombres fuertes supo ser, para Europa, un problema manejable. Pensaba que los otros países se volverían democracias liberales a medida que e hicieran más prósperos, con lo que el problema de tratar con regímenes dudosos se iría resolviendo con el tiempo. El estilo consensual de la UE era perfectamente apropiado para influenciar el orden liberal global en el que confiaba. [Pero] hoy los interlocutores duros son más grandes, más cercanos y no dan señales de cambiar. Europa deberá ver cómo conciliar ser una superpotencia blanda con un mundo donde manda, cada vez más, el poder duro” (“When soft power meets hard-nosed autocrats”, TE 9454, 28-6-25).
El único sustituto informal y poco orgánico a la telaraña institucional europea a la hora de tomar decisiones para el conjunto del bloque es la buena relación entre los líderes respectivos de Francia, el Reino Unido y Alemania –Macron, Starmer y Merz–, que ha dado lugar al bautismo del trío de líderes europeos como “E3”. El principal obstáculo que enfrenta el grupo no son las diferencias reales entre sus miembros en temas internacionales –Palestina, el nivel de “atlantismo” necesario para el rearme europeo, la negociación comercial con China–, que quedan en un segundo plano ante acuerdos más profundos como la necesidad de que Europa afronte, de manera creciente, su propia política (y medios) de seguridad y defensa. Las verdaderas pruebas son dos, una del exterior y otra interna. Primera: ¿qué relevancia tendrá el “E3” y sus actuales representantes si, por ejemplo, EEUU y Rusia –o, más precisamente, Trump y Putin– terminan cerrando un acuerdo por Ucrania por encima de Europa? Y segunda: ¿cuánto peso en la política europea tendrán líderes que afrontan el muy serio riesgo de convertirse, no en 2027 sino ya desde 2026, en “patos rengos” o en gestiones amenazadas de un fin súbito?
3- El giro de Trump en la relación EEUU-Europa
Hemos escrito en varias oportunidades que un rasgo esencial de la política de Trump es el “transaccionalismo sin principios”, el pragmatismo brutal con el ojo puesto siempre en el beneficio económico estrecho, con total desprecio por criterios ideológicos o siquiera la pretensión de sostener los “valores occidentales”.
Si alguien necesitaba pruebas de ese enfoque, no tiene más que mirar el giro copernicano que ha llevado adelante Trump en la relación de EEUU y la OTAN con Europa. La comparación con los presidentes de EEUU que definieron esa relación desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, como Harry Truman y Dwight Eisenhower, es altamente instructiva.
Los criterios de Truman para abogar por la reconstrucción de Europa bajo el ala protectora (y hegemónica) de EEUU eran muy claros: la unión política y la prosperidad económica como la mejor garantía contra una eventual inestabilidad social que reeditara el influjo seductor del fascismo y del “comunismo”. Tales fueron los argumentos de Truman en 1947 al defender en el Congreso de EEUU la necesidad de aprobar el Plan Marshall. El sucesor de Truman, Eisenhower, también consideraba crucial la unidad europea para evitar que el resurgimiento económico de Alemania fuera un evento potencialmente traumático para sus vecinos.
Frente a esta mirada estratégica y geopolítica de mediano y largo plazo, Trump agita un reclamo puramente económico (“EEUU no puede seguir pagando por la seguridad de Europa”) y un revisionismo histórico disparatado (“La Unión Europea se hizo para cagar a EEUU”). La hostilidad de Trump y su séquito hacia la construcción y los “valores” de Europa no tiene el menor disimulo. La lista de acusaciones es interminable: desde la supuesta “injusticia comercial” hasta el exceso de regulaciones e impuestos a las empresas (mucho peor cuando las perjudicadas son multinacionales de EEUU, como en el caso de las de tecnología digital), pasando por la excesiva apertura a la inmigración.
La “guerra cultural” del trumpismo republicano contra el progresismo “woke” no se limita a EEUU, sino que en el plano de las relaciones internacionales tiene a la tradición liberal europea como blanco predilecto. El vice J.D. Vance apostrofó en Munich contra “la amenaza desde adentro”, a la que juzgó mucho más peligrosa que Rusia, para horror de su auditorio. En ese terreno, Trump y su gobierno están mucho más cerca del autoritarismo de Orban en Hungría que de los cientos de miles de jóvenes que desafiaron la prohibición de la marcha del orgullo en Budapest. Esto es una redonda novedad para las relaciones entre los dos grandes “polos de Occidente”. Un columnista resume que “para el mundo Trump, la UE es un refugio para las elites globalistas y progres, a las que hay que someter tal como se hizo con la Universidad de Harvard” (“Trumpworld tells allies to elect nationalists”, TE 9451, 7-6-25).
Según la lectura cada vez más alarmada de la diplomacia europea, el ala más ideológica del elenco trumpiano “busca un reordenamiento fundamental de la política europea. El sueño de los trumpistas es que haya un total trasvasamiento de poder a los partidos de la derecha nacionalista, sea Reform UK en el Reino Unido, el Rassemblement National en Francia o AfD en Alemania, cuya agenda de prédica agresiva y antiinmigrante coincide con la del mundo MAGA. (…) Los gobiernos europeos de centroizquierda y centro derecha son acusados de destruir la civilización occidental al permitir la inmigración masiva, traicionar los valores sociales tradicionales y censurar los discursos conservadores. Esos gobiernos son cuestionados además por entregar su soberanía a la UE (…). Reunión tras reunión [del ala extrema MAGA] termina con la misma conclusión: Europa es un enemigo que no merece ser defendido por EEUU” (“What Donald Trump means by ‘Western civilisation’”, TE 9477, 6-12-25).
Sin embargo, el cambio esencial en el relacionamiento entre EEUU y Europa excede con mucho lo ideológico; en realidad, parte de la estrecha visión economicista y transaccionalista con que Trump concibe el conjunto de la política exterior de EEUU. De allí que alineamiento de EEUU con sus socios de la OTAN, incluyendo como criterio central la seguridad colectiva de Europa, ya no sea un dato básico y punto de partida de la “configuración geopolítica occidental”, sino algo que los aliados europeos deben ganarse cumpliendo condiciones. Que, para colmo, están sujetas a los vaivenes y caprichos de un presidente yanqui que no se caracteriza por la estabilidad de criterios ni por la continuidad del enfoque.
Otro problema potencialmente grave en la relación bilateral son las formas brutales en que EEUU busca dejar claras esas condiciones. La diplomacia yanqui no siempre fue muy sutil, especialmente en su “patio trasero” y el Tercer Mundo en general, pero con los socios europeos solía haber un manejo más civilizado de las presiones. Adiós a eso: por ejemplo, en la reciente elección en Polonia para presidente –un cargo menos decisivo que el de primer ministro, pero importante en el tramado institucional polaco–, la secretaria de Seguridad Interior (!) de Trump, Kristi Noem, no se anduvo con vueltas y, en un acto masivo en una ciudad polaca cercana a la frontera con Ucrania, espetó a su audiencia que Karol Nawrocki (el candidato de la derecha nacionalista) “tiene que ser el próximo presidente de Polonia. ¿Me entienden?” Por si no la entendían, luego deslizó luego de manera inequívoca que la presencia de tropas estadounidenses en territorio polaco (muy popular allí, lamentablemente), dependía de que la población “eligiera bien”. Eligiendo un líder capaz de trabajar codo a codo con Trump, explicó, “ustedes van a tener fronteras sólidas, van a proteger sus comunidades y van a continuar teniendo una presencia de EEUU aquí, una presencia militar”.
Luego de la victoria de Nawrocki por estrecho margen, el secretario de Estado yanqui Marco Rubio reforzó la idea y presentó el “premio” a la buena conducta electoral de los polacos: “El pueblo polaco ha hablado y apoya una presencia militar fuerte que asegure sus fronteras”. El mensaje –o, más propiamente hablando, chantaje– no puede ser más claro: si quieren que EEUU los defiende, juren lealtad a Trump y sus aliados en el continente europeo, o afronten las consecuencias.
Algo parecido sucede con las groseras amenazas de Trump en el sentido de apropiarse, sin más, de la estratégica isla de Groenlandia. A las brutales expresiones de Trump se sumaron dos cuestiones altamente irritantes: la (diplomáticamente inexplicable) visita del vice J.D.Vance, en una operación de chantaje colonial apenas disimulada, y la revelación de operaciones de espionaje yanqui allí. La respuesta del habitualmente circunspecto gobierno danés –país que tradicionalmente es de los más pro yanquis de la UE– fue, para sus cánones, muy fuerte, incluyendo una réplica indignada del primer ministro de Groenlandia.
Una de las consecuencias indeseadas por Trump de estas torpezas fue lograr el estrechamiento de relaciones entre la población groenlandesa y Dinamarca, con el consiguiente retroceso del impulso independentista. Hasta la premier danesa, Mette Frederiksen, de reconocida yanquifilia, se vio obligada a decir que “todos en Europa pueden ver que ahora habrá una colaboración diferente de EEUU”. Como resumió el canciller holandés –otro de los países europeos más cercanos a EEUU–, “todos nos hemos hecho gaullistas”, esto es, le da la razón a la desconfianza histórica de Charles de Gaulle y el estado francés respecto de EEUU. Macron debe haber sonreído para sus adentros musitando “se los dije”.
Tanto el contenido descarnado como las formas brutales de la relación que propone Trump entre EEUU y la UE no podían dejar de tener consecuencias en el lugar que ocupa EEUU en el imaginario europeo. En cuestión de meses, la imagen no ya de Trump sino de EEUU cayó verticalmente en el Viejo Continente. La incomodidad de votantes y dirigentes con la situación de depender de un país cuyo gobierno los detesta abiertamente es manifiesta. Este desconcierto es particularmente patente en las fuerzas de derecha y ultraderecha, casi todas admiradoras tradicionales de EEUU y atlantistas furiosas. En Holanda, uno de los países europeos más tradicionalmente pro EEUU –y que solían verse a sí mismos, según Beatrice de Graaf, de la Universidad de Utrecht, como “los estadounidenses de Europa–, en abril pasado quienes veían positivamente a EEUU cayeron al 20%. Muchos no salen de su asombro ante la sucesión de dislates, verbales de los otros, de Trump y su séquito y no pueden más que preguntarse: “¿En serio creen esas cosas?”
No obstante el desprecio intelectual y moral que –muy justificadamente– los gobiernos, dirigentes y pueblos europeos puedan sentir por Trump, la fuerza bruta que representa el peso económico y militar de EEUU se termina imponiendo. Un reflejo de esto es el reciente acuerdo comercial entre EEUU y la UE, firmado a fines de julio por Trump y la titular de la Comisión Europea, Von der Leyen. Sintetizar el acuerdo requiere de una sola palabra: rendición. Si se quiere ser menos lacónico, rendición en toda la línea de la UE a las condiciones de Trump.
Los productos de EEUU no pagarán ningún arancel por entrar a la UE; en contrapartida, salvo contadas excepciones, todos los productos de la UE pagarán un 15% de arancel para ingresar a EEUU. Los tímidos intentos de defensa (“Trump había amenazado con el 30%”) no convencen a nadie: Japón, una economía importante pero con mucha menos capacidad de negociación que la UE, también “consiguió” el 15%; Filipinas, el 19%. Los mismos gobiernos europeos, con profunda hipocresía, se quejaron amargamente: el primer ministro francés Bayrou dijo que “es un día oscuro cuando una alianza de pueblos libres, unidos para afirmar sus valores y defender sus intereses, decide someterse”; el canciller alemán Merz, con menos vuelo poético y sobriedad teutona, habló de “severos daños para la economía alemana”. Por su parte, el deslenguado premier húngaro Viktor Orban, sin duda con cierto regocijo por sus pésimas relaciones con la Comisión Europea, resumió lo que muchos pensaban: “Trump se comió a Von der Leyen en el desayuno”.
¿Tan malos son los negociadores de la UE? En verdad, en cualquier escenario de escalada de tensiones, sanciones o aranceles el bloque europeo llevaba las de perder, y no sólo en términos económicos. Como admitió con bastante franqueza el encargado de comercio de la Comisión, Maros Sefcovic, lo que estaba en discusión no era sólo el comercio, sino “se trataba también de la seguridad, se trataba de Ucrania”. Veamos otra síntesis posible del asunto: “Como Europa llevaba décadas tercerizando su seguridad en EEUU, necesitaba ofrecer a un presidente volátil un acuerdo comercial que lo dejara contento y dispuesto a seguir comprometido con Europa” (“What opponents of the EU-US trade deal get wrong”, TE 9458-28-25). Como se lamentó Emmanuel Macron al conocer las flagrantes asimetrías del acuerdo, “para ser libres, hay que ser temidos, y no somos lo suficientemente temidos”. El hecho de que el escenario de las conversaciones entre Trump y Von der Leyen haya sido el campo de golf que el presidente de EEUU posee en Escocia, decididamente, no debe haber ayudado a que Trump se sintiera intimidado…
4 Algunos elementos de la coyuntura política europea
El peligro para el proyecto de la UE en un panorama global dominado por las aspiraciones de EEUU y China (y, en el continente, la amenaza de la Rusia de Putin) es que la conjunción de a) marasmo económico en términos de crecimiento, b) creciente parálisis política, c) incapacidad para sostener autonomía militar sin la asistencia de EEUU y d) creciente distancia tecnológica respecto de EEUU y China, termine haciendo que lo que fue el núcleo histórico del capitalismo occidental vaya perdiendo cada vez más relevancia en la mesa de las grandes decisiones internacionales. Está hoy en peores condiciones para estar a la altura de ofrecer un perfil propio.
Los centros y motores del proyecto, Alemania y Francia, presentan una crisis de la política del centro o centro derecha bajo la amenaza de la extrema derecha xenófoba. Presa de sus propias contradicciones, difícilmente el bloque alcance la estabilidad y organicidad necesarias para delinear una estrategia propia. En suma, el lugar de Europa ya no es el de la posguerra: el eje geopolítico parece haberse torcido decisivamente a Asia y el Pacífico. Y la realidad económica europea, más que un contrapeso, es un refuerzo a esa tendencia a perder el lugar de relevancia y privilegio en el concierto de las naciones que ha tenido históricamente desde el siglo XV.
En Europa se verifican, lógicamente con la refracción particular que le dan su historia política y social recientes, las mismas tendencias que podemos identificar a nivel global. Esto es, en el marco de un momento político reaccionario en el que la iniciativa la tienen gobiernos como el de Trump, sigue habiendo una polarización asimétrica y respuestas importantes del movimiento de masas que, sin torcer por ahora la coyuntura general, dan cuenta de que no todos los procesos son mecánicamente hacia la derecha. Las huelgas generales en Italia y Portugal contra los nuevos planes de austeridad, las manifestaciones de masas que sacuden o incluso derriban gobiernos como en Bulgaria y otros países de Europa oriental, la inestabilidad crónica de Francia y las muy importantes movilizaciones en todo el continente en defensa del pueblo palestino dan cuenta de que hay mucha más vida política y lucha de clases de lo que sugieren los análisis superficiales.
Incluso en el orden estrictamente político-electoral, que sigue conservando enorme importancia en países como los europeos, que han sido cuna de las instituciones democráticas y donde el régimen político democrático-burgués no ha sido cuestionado en lo esencial desde la segunda posguerra, las novedades no son todas en el sentido de “avance del fascismo”, como adelanta, apresuradamente, una parte importante del trotskismo europeo. Nos parece un error tomar como definición política esencial para la coyuntura afirmar simplemente que hay una embestida arrolladora de la extrema derecha. Hay muchas más mediaciones y contradicciones en ese panorama, y nos parece más ajustado decir que el proceso político europeo muestra una crisis de las fuerzas políticas tradicionales de centro, que ante problemas nuevas sólo atinan a responder con políticas e inercias de otro período histórico. Decir sólo “derechización” es tan impreciso que es un error; hay también polarización (hacia ambos polos, aunque no en la misma proporción), crisis de los partidos históricos y una creciente fragmentación política, con la aparición y crecimiento de nuevas fuerzas que de ninguna manera son todas de extrema derecha o xenófobas. Es en ese contexto que se inscribe el avance de la derecha, que por lo tanto no es tan lineal y que admite contrapesos (políticos y, más vigorosamente aún, sociales) en el otro polo, aunque, como señalamos, por ahora en general asimétricos.
El momento político europeo: un pantallazo por país
Contra este fondo se sobreimprime el debilitamiento estructural de la posición europea en el orden global al que hacíamos referencia, lo que no puede menos que reflejarse en las vicisitudes políticas de los países más importantes del continente, de las que haremos un repaso necesariamente sucinto.
Francia está sumida en una crisis política abierta. Los primeros ministros duran semanas, el presupuesto de Macron que apunta a un ajuste fiscal de 44.000 millones de euros no se vota, y lo que intenta solucionarse por un lado ahonda la crisis por el otro. El presupuesto es debate nacional, como el rechazo al intento de subir la edad jubilatoria. Las encuestas en Francia dan al centro derecha de Macron en el 15%, contra un 35% del Rassemblement National y un 25% de La France Insoumise, cuyo dirigente principal, Jean-Luc Mélenchon, ya habla de “Sexta República”, con régimen parlamentario en vez de presidencialista y más elementos de “democracia directa”. Lo que muestra que la crisis excede ya a Macron y abarca las instituciones mismas de funcionamiento del régimen establecidas desde 1958.[4]
Para desazón de la clase capitalista, la crisis política le pone límites claros a la agenda antisocial de Macron, empezando por la suspensión de la medida más importante y simbólica de todo el paquete: la reforma jubilatoria que pretendía subir la edad de retiro de 62 a 64 años. Como reconoció con asombrosa franqueza el ministro de Finanzas Roland Lescure, la suspensión de la reforma “es el precio del compromiso y es el precio de la estabilidad política”. O, lo que es lo mismo, es un tributo a relaciones de fuerza entre las clases que le han puesto un freno a un Macron que carece de “ejército” para llevar adelante su ofensiva.
Por ahora, el principal beneficiario –al menos en términos potencialmente electorales– de la crisis política del gobierno de Macron es Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen. El actual candidato principal de RN, Jordan Bardella –sobre Le Pen pesa un impedimento legal para ser candidata por manejos turbios en el financiamiento del partido–, encabeza cómodamente las encuestas. Al igual que Farage, y acaso por las mismas razones –oliendo la proximidad al poder–, Bardella viene haciendo esfuerzos sistemáticos para tranquilizar a la clase capitalista y despojarse de los últimos vestigios de “radicalidad sospechosa”. De allí que en múltiples encuentros con lo más granado de la patronal francesa Bardella haya asegurado que tiene “posiciones pro empresarias” y que es “pragmático en economía”.
Sin embargo, la postura de Bardella y el RN presenta serias contradicciones, sobre todo en cuanto a la relación con la UE. Y no porque mantengan la antigua posición –hoy insostenible para ellos– de abandonar el bloque, sino porque su eventual política se basa en la imposible idea de rechazar algunos criterios básicos de la estructura de la UE que perjudicarían el criterio de “Francia primero”, a la vez que mantener e incluso incrementar los pilares del armado institucional de la UE en los que Francia es protagonista (y beneficiada).
En el Reino Unido, la inacción, mediocridad y falta de iniciativa del gobierno laborista es tal que, increíblemente para un gobierno que lleva apenas un año y goza de una mayoría parlamentaria aplastante, ya hay especulaciones –alimentadas no sólo por la ultraderecha de Reform UK, sino por altos miembros del propio Partido Laborista– de que el primer ministro Keir Starmer podría, o debería, renunciar a su cargo. En las encuestas, Starmer tiene los índices de aprobación más bajos que cualquier primer ministro desde 1977, y la intención de voto del laborismo ronda apenas el 20-25%.
Al otro partido histórico del sistema político británico, los conservadores, no le va mucho mejor, también con entre el 20 y el 25% en las encuestas. No es de extrañar: su actual líder, Kemi Badenoch, no oculta su admiración por Javier Milei, y su “ministro de economía en las sombras” (nombre que se le da al principal referente económico de la oposición), Mel Stride, no tuvo mejor idea que proponer ajustes presupuestarios del 1,6% del PBI, aún mayores que los del laborismo, con el objeto, según explicó su segundo, Richard Fuller, de evaluar la reacción del público a “la amarga medicina de decirle que estamos viviendo por encima de nuestros medios, y eso significa que tendremos que empezar a hacer recortes”.
La victoria laborista del año pasado en el Reino Unido fue aplastante sólo en términos de cosecha de diputados, no de sufragios; el Partido Laborista obtuvo el 62% de las bancas con sólo el 35% de los votos, gracias al ridículo y antidemocrático sistema electoral. Sabiendo esto, será menos sorpresivo saber que, para los muy estables parámetros del sistema político británico, la crisis de los grandes partidos es enorme: las dos fuerzas que tradicionalmente se repartieron más del 90% de los votos hoy no concitan el apoyo ni siquiera de la mitad del electorado, y en 2024 tuvieron la votación combinada más baja desde 1910.
En este río revuelto, medran tanto fuerzas de derecha (Reform UK) como de centro (los liberal-demócratas), nacionalistas (el separatismo escocés del Scottish National Party y el galés de Plaid Cymru) y también, lo que es una novedad, a la izquierda del laborismo (el Green Party y, en menor medida, el nuevo Your Party ligado a los ex laboristas Jeremy Corbin y Zarah Sultana).
Aunque formalmente no debería haber elecciones nacionales hasta 2029, en 2026 habrpa elecciones locales en casi todo el país, y Reform UK, el partido del ultraderechista demagogo Nigel Farage, encabeza los sondeos con más del 30%, El ascenso de Reform UK admite coincidencias y diferencias con el de otras formaciones de extrema derecha. Su populismo antiinmigrante es grosero y ocupa el primer lugar de su agenda, pero no llega al nivel del de AfD en Alemania, por ejemplo. Y recientemente ha dado un giro en su programa económico, que pasó de la clásica promesa de reducir impuestos sin el menor miramiento –lo que le valió nada injustificadas comparaciones con la fugaz primera ministra tory Liz Truss– a una postura mucho más cauta y “responsable”, saludada por todo el establishment como una señal de que Farage se ve chances reales de ser gobierno. Así, Farage anunció en un acto público que “seremos maduros, seremos razonables y no prometeremos de más”.
En tanto, el prometido “otoño de las reformas” del canciller Friedrich Merz en Alemania sigue con la dinámica teutona –y europea– de ir muy de a poco, en muy pocos sectores y con muy poca convicción. Merz se ha sumado de manera entusiasta al coro que promete recortes al estado de bienestar –en Alemania, el Sozialstaat–, cuyo presupuesto equivale a un tercio del PBI. Por ahora, la iniciativa más ruidosa es una reducción del Bürgergeld –un subsidio en metálico que cobran 5,5 millones de beneficiarios– del orden de los 5.000 millones de euros. La patronal alemana redescubre periódicamente que ese país tiene la jornada laboral anual más corta de Europa y quizá del mundo, ya que no llega a las 350 horas. Pero tras haber aumentado ya en 2007 la edad jubilatoria a los 67 años, en el marco de las contrarreformas Harz IV del canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder, el margen para seguir erosionando el Sozialstaat no es amplio, ya que ni la extrema derecha de Alternative für Deutschland lo propone.
Precisamente en cuanto al avance de AfD, hay que considerar sus especificidades. No parece tratarse de una ultraderecha tan “domesticada” como los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni o incluso el Rassemblement National de Marine Le Pen. Sus posturas, por ahora, son más radicales y menos digeribles por el establishment europeo. No se trata sólo de la retórica anti UE: uno de los ejes de campaña es la llamada “remigración” de los inmigrantes, esto es, su expulsión y devolución a sus países de origen.
La candidata principal, Alice Weidel, fue recibida por sus partidarios con el canto “Alice für Deutschland” (Alice por Alemania), en una nada disimulada alusión casi homófona al prohibido cántico nazi “Alles für Deutschland” (Todos por Alemania). Las encuestas revelan que el votante típico de AfD piensa que a) todos los otros partidos y medios de comunicación mienten, b) el país se parece más a una dictadura que a una democracia, c) el feminismo perturba la armonía social, d) por consiguiente, está justificado que la reacción contra los políticos adopte formas violentas. Todo lo cual se parece bastante a una agenda fascistoide aggiornada al siglo XXI.
Por el momento, los demás partidos tradicionales de Alemania mantienen el cordon sanitaire contra la llegada de AfD al poder. Pero, de nuevo, eso puede cambiar antes de lo previsto; en las elecciones de los estados de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Antepomerania, AfD podría no ya ganar sino incluso obtener mayoría absoluta o faltarle muy poco, lo que abre la tentación a que algunos miembros de la CDU de Merz defeccionen. Lo que no sería tan inesperado en el marco de una gestión como la de Merz que, sin llegar al grado de inanidad de la del socialdemócrata Olaf Scholz, está muy lejos de dar respuestas convincentes a los grandes problemas de Alemania: la falta de crecimiento, la crisis de infraestructura y la contradicción de una política exterior poco consistente con el peso del país en la UE, que termina dándole más iniciativa estratégica a Macron justo en uno de sus momentos de mayor fragilidad. Y el eje franco-alemán es el núcleo de la UE, sin el cual todo el proyecto queda en el aire.
El de Giorgia Meloni en Italia es uno de los pocos gobiernos europeos que conserva buenos números de aceptación, lo cual es aún más paradójico para un país de política crónicamente inestable. El secreto posiblemente radique en dos factores: uno, que Italia fue con mucha diferencia el país más beneficiado por el fondo europeo de subsidios post pandemia, con casi 200.000 millones de euros. “Sin los fondos de la UE, estaríamos en recesión profunda”, estima Francesco Grillo, del think tank Vision. Buena parte de esos fondos terminaron en muy generosos subsidios para “mejora de hogares” del orden del 10% del PBI. El segundo, que, contra los temores derivados de la filiación neofascista de los Fratelli d’Italia, “una característica definitoria del gobierno de Meloni es que no hace, o más bien no cambia, demasiado” (“The conservative caretaker”, TE 9470, 18-10-25).[5]
Este carácter más “domesticado” de la derecha italiana se conjuga con un cierto renacer de la actividad del movimiento de masas, con expresiones como las muy significativas huelgas en solidaridad con Palestina (casi el único país donde se dieron fenómenos internacionalistas de ese tipo y a esa escala) y más recientemente sucesivas huelgas generales que muestran una nueva vitalidad de sectores muy importantes de la clase obrera.
La situación política de España es de inestabilidad crónica y a la vez un tanto rutinaria, con el gobierno de Pedro Sánchez en perpetua minoría pero a la vez sin que la oposición de derecha pueda desbordarlo por medios electorales o parlamentarios. Sánchez, un pragmático capaz de hablar en soledad contra Trump en la reunión de La Haya sobre el tema presupuesto militar o hacer gestos más visibles que los de sus pares hacia la causa palestina, está asediado por causas de corrupción… que también salpican a la oposición, de modo que la política española es un marasmo de acusaciones “ideológicas” cruzadas donde la sangre nunca llega al río. Por ahora, los motivos, la agenda y las acciones de sectores de trabajadores y de masas son minoritarias o muy contenidas en un régimen que, al estilo histórico italiano, ha hecho de la inestabilidad una institución.
Las elecciones en los Países Bajos, sin llegar a ser de ninguna manera un giro a la izquierda, muestran cierto agotamiento de la opción más derechista, la del Partido de la Libertad de Geert Wilders, que había sido la fuerza más votada en las elecciones anteriores. Se impuso un partido liberal de centro, D66, cuyo líder probablemente termine ungido como primer ministro, aunque eso dependerá de las vicisitudes del sistema político más fragmentado de Europa (el partido más votado tiene el 17% de los votos, y hay 15 partidos en el Parlamento).
También en los Países Bajos la agenda está ocupada por dos grandes temas: la vivienda y la inmigración (que la extrema derecha interconecta, naturalmente, de manera espuria). La vivienda social (como ocurre en Alemania, especialmente en Berlín) tiene un peso importante, ya que representa un 30% de la oferta total. Pero lo que el mercado no soluciona, el Estado capitalista tampoco: la falta de construcción de viviendas y las eternas listas de espera implican que para los jóvenes –ni hablar de los inmigrantes– el acceso a la vivienda propia sea una quimera.
Finamente, en los cuatro países del Este europeo del llamado grupo Visegrad (Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia) se dieron triunfos de los partidos de derecha populista en las últimas elecciones nacionales. Sin embargo, cabe establecer ciertas distinciones tanto entre esas formaciones como entre ellas y sus análogas del resto de Europa. Salvo el PiS polaco, los demás líderes de la región –Viktor Orban de Hungría, Andrej Babis de Chequia y Robert Fico de Eslovaquia– son claramente rusófilos, o más exactamente admiradores de Putin. Pero mientras Orban lleva más de una década en el poder y tiene un perfil ideológico muy definido,[6] la situación de los demás es mucho más abierta a ciertos niveles de pragmatismo en temas como la relación con la UE y, por ende, la política hacia la guerra Rusia-Ucrania. No pueden hacer cualquier cosa: Chequia, por ejemplo, recibió más de 600.000 refugiados ucranianos –en proporción a la población, el mayor receptor de Europa–, y Polonia acogió a casi un millón.
Una Europa agobiada por un “triple shock”
Volviendo a la cuestión del estado del proyecto de la Unión Europea, Emmanuel Macron –una de las cabezas más lúcidas del establishment europeo– reconoce que Europa sufre un “triple shock”. Uno es la crisis del esquema de defensa continental tras la invasión de Ucrania: “Si Rusia gana en Ucrania, no va a haber seguridad para Europa. ¿Quién va a creer que Rusia se detendrá allí? ¿Qué seguridad habrá para Moldavia, Rumania, Polonia, Lituania…?”
El segundo es el desplazamiento de Europa por China en el terreno de la tecnología digital y en general en la producción de bienes manufacturados de alta tecnología. Incluso EEUU se ve amenazado por el ascenso tecnológico chino, y la respuesta de EEUU ya con Biden no fue intentar recurrir a las reglas de comercio internacional, sino el más rabioso proteccionismo y subsidios masivos. ¿Sigue eso las reglas de la globalización establecidas en los años 90? Por supuesto que no. Pero, admite Macron, “nadie juega más de acuerdo con las reglas. El viejo orden está quebrado y nada vino en su reemplazo” (“How to rescue Europe”, entrevista a Emmanuel Macron, TE 9395, 4-5-24). Por ende, razona, es injusto acusar a la UE de proteccionista, cuando sólo está siendo “realista”: es lo que hacen todos.
Y el tercero es el que veníamos puntualizando: la crisis del andamiaje de estructuras y partidos que constituían el centro de la “democracia europea”, bajo el asedio de una derecha nacionalista y xenófoba en una era de la circulación del discurso político signada no por el debate ilustrado sino por la desinformación y la construcción de cámaras de eco ideológicas vía las redes sociales.
Digamos que la guerra no es el único fantasma que recorre Europa: cabe agregarle el fantasma del antieuropeísmo. Pero también es necesario reconocer sus límites. La histeria anti UE que desató el Brexit en 2016 fue sin duda morigerada por la pandemia y las cuantiosas sumas de ayuda provistas desde el bloque. Esta dependencia hace que incluso los demagogos más estridentes se cuiden ahora de prometer salidas intempestivas de la UE; la retórica se limita por ahora a la crítica a una nebulosa “burocracia de Bruselas”, que suele ser una conveniente coartada para cargar en hombros ajenos decisiones que esos mismos dirigentes se habrían visto obligados a tomar de todas maneras. Un ejemplo palmario son las quejas por la negociación del acuerdo comercial entre Trump y Von der Leyen; la alemana recibió palos desde todos los ángulos por haber hecho… lo que le pidieron que hiciera.
Volviendo al análisis de Macron, los elementos que señala son reales, pero omite dar cuenta de la base material de buena parte de estos desarrollos: el estancamiento económico está detrás tanto de la falta de perspectivas para la población –en especial las generaciones jóvenes– como del innegable y creciente retraso tecnológico respecto de China y EEUU. No es de extrañar la apatía o rechazo a las fuerzas políticas tradicionales ante el ataque continuo de los sucesivos gobiernos –que en esto se diferencian poco y nada– a todos los pilares del Estado de bienestar edificado desde la posguerra, cuya expansión era la condición no escrita de la salud del proyecto europeo. Por lo tanto, no está en manos del insípido y crecientemente estéril “centro” representado por los Macron, Starmer, Merz o Sánchez –y mucho menos de los demagogos de derecha– reencaminar las legítimas ilusiones de prosperidad de las masas europeas, algo que, hoy más que nunca, sólo puede tener sentido en el marco de un proyecto anticapitalista y socialista.
[1] Una primera ventaja que ha conseguido Europa en la guerra arancelaria es que Trump, probablemente por torpeza, dejó pasar la oportunidad de clavar una cuña en la UE estableciendo aranceles diferenciados por país, y aplicó el mismo arancel para toda la UE, lo que facilitó la respuesta del bloque. Cuando Robert Fico, el premier eslovaco, intentó una reunión bilateral con Trump por los aranceles, el rapapolvo que le dio Ursula von der Leyen, titular de la Comisión Europea, fue –según confesión del propio Fico– memorable: hay una sola voz europea para responderle a Trump, no 27.
[2] En lo que hace a la situación inmigratoria, el ascenso de la ultraderecha nativista y xenófoba empuja a los partidos de “centro” a posiciones más duras. Como el discurso antiinmigrante, acompañado de acciones a veces simbólicas y a veces más sustantivas, deja rédito político a gobiernos no caracterizados por sus elevados principios, el resultado es que la “libertad de circulación” de que tanto se jactaba el “proyecto europeo” sufre cada vez más recortes y excepciones. Algo que afecta ya no sólo a los inmigrantes extracontinentales sino incluso a la razón de ser de la UE y el espacio Schengen, es decir, el pasaje fluido de personas y bienes de origen europeo dentro de los países del bloque, como veremos más abajo.
[3] Asimismo, trataremos con más detalle todos estos problemas del proyecto europeo, en particular su situación de estancamiento económico y las urgencias presupuestarias y geopolíticas que plantea el horizonte de guerra en el continente, en secciones específicas.
[4] Como para subrayar el pésimo momento institucional francés, el ex presidente Nicolas Sarkozy fue condenado a prisión por financiamiento ilícito de su campaña presidencial de 2007, operación que involucraba nada menos que al líder libio Muammar Khadafi. No faltaron quienes se regodearon con el sorprendente dato de que sólo otros dos jefes de Estado en toda la historia francesa fueron condenados a prisión luego de abandonar el gobierno. Uno fue el mariscal Pétain, líder del régimen de Vichy colaboracionista con los nazis, en 1945. El otro fue Luis XVI, en 1792…
[5] Cómo será el declive del lugar británico en el orden económico europeo que Meloni pudo anunciar que el PBI per cápita de Italia había superado al del Reino Unido. Si bien esto es así sólo cuando se considera el PBI por paridad de poder de compra (PPA), no en términos nominales (con esa medida, el PBI per cápita británico sigue siendo un 27% superior al italiano), el índice PPA refleja muchas veces de manera más real y ponderada el estado de la economía.
[6] Lo que no significa que las tenga todas consigo: las encuestas más recientes habilitan por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Orban sea derrotado en las elecciones generales de 2026.




