La plataforma de Avanza Libertad

El programa de Espert: esclavitud y dictadura para los trabajadores

Fundir la industria local, flexibilizar el trabajo, despedir a 1,5 millones de estatales y desmantelar el sistema de jubilaciones. Esas son sólo algunas de las propuestas centrales en la plataforma de los liber - fascistas.



Discursivamente, los liberales han intentado demostrar dos cosas. La primera: que ellos son diferentes a todo el personal político que ha gobernado la Argentina en el último siglo. La segunda: que poseen una capacidad técnica cuasi divina que les permitiría dejar atrás los vicios del «estatismo populista» y hacer crecer la economía argentina a velocidades vertiginosas. Ambas son mentira.

La primera, porque los liberales intentan traer al presente lo peor de la historia política argentina (los gobiernos militares y el neoliberalismo de Menem y Cavallo). La segunda, porque no tienen nada similar a un plan para hacer crecer la economía argentina. Tienen un plan, es cierto, pero cuyo único objetivo radica en destruir las condiciones de vida de la clase trabajadora argentina, para hacerla vivir en condiciones de super – explotación propias del siglo XIX.

Leer la plataforma electoral de Avanza Libertad (el espacio que encabeza Espert en PBA) es como ver una película de terror (y una mal guionada). De terror, porque propone un futuro de pobreza y hambre para los trabajadores del país. Mal guionada, porque se basa en las fórmulas neoliberales más trilladas (o directamente en la mentira) para intentar convencer al electorado de que el ajuste más brutal puede redundar en prosperidad económica.

Para no aburrir (ni horrorizar en exceso) al lector, haremos un repaso únicamente de algunos de los puntos centrales de la plataforma de los liberales. Quien tenga el estómago suficiente puede leer la plataforma completa aquí.

Apertura del comercio exterior

El punto primero (y central) de la plataforma de la apertura del comercio exterior. Lo primero sería eliminar todo arancel a las importaciones: «1) eliminar o reducir a un mínimo las discriminaciones sectoriales que suponen los impuestos al comercio exterior, promoviendo la igualdad de condiciones competitivas entre los sectores productivos», «3) se renegociará el Mercosur manteniendo el libre comercio dentro de la zona pero eliminando el Arancel Externo Común y permitiendo que los países miembros negocien individualmente tratados de libre comercio con terceros países»

Los liberales argumentan que «la apertura es clave para mejorar la eficiencia de la economía, ampliar los mercados y generar empleo privado genuino». Así lo demostrarían «la experiencia mundial y nuestra experiencia política y económica de las últimas siete décadas».

Sin embargo, la apertura del comercio exterior no es un hecho inédito en la Argentina. Ya se ha hecho en los ’90, durante la presidencia de Menem («el mejor presidente de la historia argentina», según Milei). Y, contrariamente a lo que dice la plataforma liberal, el saldo fue nefasto. Las mercancías producidas en la industria local no podían competir con las importaciones baratas, lo cual no redundó en «generar empleo privado genuino» sino en el cierre de fábricas y la desocupación de masas del 2001. Esa es la parte que los liberales no mencionan de su plataforma.

La razón es bastante simple. Levantadas las barreras del proteccionismo arancelario, la producción local compite sin restricciones con la producción extranjera. Los liberales señalan esto como un hecho positivo, pero lo que sucede en realidad es una suerte de «selección natural capitalista» dentro del aparato productivo. Perviven las ramas económicas más competitivas a nivel internacional (en la Argentina, el agro y la minería), y decaen o directamente desaparecen las menos competitivas (la industria orientada al consumo interno).

Y sucede que no todas las ramas de la economía son iguales o «valen lo mismo» en materia de desarrollo social y laboral. El agro argentino, por ejemplo, es un sector productor de divisas, pero que no produce prácticamente puestos de trabajo (ya que su producción está altamente automatizada y centralizada a gran escala).

La producción real de nuevos puestos de trabajo sólo puede venir del desarrollo del aparato productivo industrial local. Pero para eso hace falta poner plata a niveles que ni los industriales argentinos ni el propio Estado están dispuestos a considerar. Y existe un sólo sector de la economía argentina que posee las divisas necesarias para modernizar la industria del país: el agro.

La segunda pata de la «apertura» liberal sería, justamente, la eliminación de retenciones a las exportaciones (agro y minería). «Se eliminarán los derechos de exportación como instrumento permanente para todos los productos primarios y elaborados. Si circunstancias excepcionales de los precios en dólares en los mercados internacionales aconsejaran la introducción transitoria de derechos de exportación a productos agropecuarios, el producido de ese gravamen no se sumará a rentas generales sino [que] constituirá un fondo anticíclico especial que sólo podrá disponerse para compensar futuras emergencias agropecuarias, como sequias, inundaciones y ayudas de emergencia por caídas excepcionales y transitorias de precios» o «para investigación en áreas de tecnología agropecuaria y para obras de infraestructura rentables que reduzcan los costos de exportación y transporte interno».

En pocas palabras: se eliminarán las retenciones, salvo en caso de que los precios internacionales de las commodities se disparen (como sucedió este año). Pero, en ese caso, la recaudación sobre esas exportaciones no se usará para transferir divisas a las ramas menos competitivas de la economía y crear nuevos puestos de trabajo, sino únicamente para salvar al agro en caso de que el mismo reporte pérdidas por causas naturales o, incluso, por la baja de los precios.

Se trataría de imponer (extraordinariamente) un impuesto sobre los agroexportadores, pero sólo para devolverle el dinero más tarde a los mismos agroexportadores. Un tratamiento «asistencialista» preferencial para la oligarquía agraria, teniendo en cuenta la retórica anti – asistencialista que esgrimen los liberales cuando se trata de asistir a los desocupados y la población que vive por debajo de la línea de pobreza.

Reforma laboral

Desde este portal hemos señalado varias veces que la reforma laboral que piden los liberales (al igual que el macrismo e incluso un amplio sector del peronismo) es una reforma anti – obrera, de destrucción de derechos laborales.

Pero por si queda alguna duda al respecto, nos remitimos al texto de los propios liberales: «el problema laboral en Argentina involucra cambiar una legislación obsoleta para tiempos en los que los procesos productivos se alteran rápidamente frente al avance vertiginoso de la tecnología. Pero antes de precisar sus principales problemas y los remedios que se necesitan, cabe mencionar que existe un problema anterior a esto que es el comportamiento del movimiento sindical que, amparado por las leyes vigentes y por costumbres antirrepublicanas asumidas como normales, abusa de una participación pública con fines políticos extorsivos, procurando resolver en las calles lo que se debería dirimir en el Congreso a través de los representantes del electorado. Este es el problema político primario.

Restituir los valores republicanos en el quehacer político exige una eliminación de la capacidad de extorsión del aparato sindical a través de las huelgas generales y de la ocupación de los espacios públicos. Esta anomalía también se aplica al comportamiento de los representantes de los trabajadores informales y los desempleados».

En resumen: la causa de la «decadencia» económica de la Argentina no sería otra que la sindicalización. Serían los trabajadores y sus organismos, los mismos trabajadores que al día de hoy trabajan con el salario promedio más bajo de las últimas dos décadas, los culpables de la baja productividad argentina. Sin embargo, mientras la mitad de la clase trabajadora argentina vive por debajo de la línea de pobreza, los agroexportadores han cosechado las ganancias más altas de los últimos años. Sí, esos mismos agroexportadores a los que los liberales quieren «ayudar» desde las arcas del Estado en caso de que sus ganancias eventualmente bajen.

Las medidas «institucionales» al respecto serían 3:

1) limitar el derecho a huelga por ley y establecer el no pago de todo día de paro.

2) limitar a condiciones «excepcionales» la legalidad de las huelgas generales, previendo «la condena de multa, inhabilitación y prisión para los dirigentes sindicales que convoquen al desacato impulsando movimientos de fuerza fuera de la ley. Aun cuando las huelgas cumplan con los requisitos legales, los días de huelga general no serán pagos.

3) «Los empleados estatales y de servicios esenciales privatizados, no tendrán derecho a la huelga y la ley preverá la inhabilitación y multa para los dirigentes sindicales estatales que violen las instancias legales con huelgas salvajes».

Según los liberales, eliminado el derecho a huelga se promovería la generación de empleo formal, ya que la sindicalización hace crecer «la conflictividad laboral y la industria del juicio». La solución liberal es simple: hacer que el trabajo «formal» se desarrolle en condiciones de «informalidad». Eso es lo que sucede cuando se elimina la sindicalización: las patronales aumentan los ritmos de producción y barren derechos laborales (jornada laboral, horas extras, vacaciones, paritarias, obras sociales, aportes jubilatorios) hasta que el trabajo formal y el informal no tiene mucha diferencia. Un ejemplo claro y actual es el de la «economía de plataformas» (como las apps de reparto). Allí no hay sindicalización… y tampoco derecho laboral de ningún tipo.

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Por si queda alguna duda de qué derechos pretende barrer la reforma propuesta por los liberales, el texto lo aclara: «La reforma debe focalizarse principalmente (aunque no exclusivamente) en la modificación de cuatro leyes: Ley 14.250 de Convenciones Colectivas de Trabajo (1953), Ley 18.610 de Obras Sociales (1970), Ley 20.744 de Contrato de Trabajo (1974) y Ley 23.551 de Asociaciones Sindicales (1988)». 

Esto permitiría avanzar hacia «esquemas de remuneración flexibles basados en productividad y en beneficios». Adiós al salario mínimo y las horas extra, a las obras sociales, a la estabilidad de contratación, al derecho a huelga; hola al trabajo a destajo, los salarios de hambre y los contratos basura.

Otro punto central sería el recorte del empleo estatal: «el sobreempleo reduce la oferta de mano de obra en el mercado y esa escasez aumenta el costo laboral», «reducir el empleo estatal en 1.5 millones de personas es posible y deseable». Aquí se hacen evidentes los errores en el guión de la fantasía liberal.

En primer lugar, es falso que haya «escasez de mano de obra» en la Argentina: en la última medición del INDEC, la desocupación superaba el 10%. Pero obviemos este dato.

En el apartado sobre el comercio exterior, los liberales plantean que su proyecto económico generará nuevos puestos de trabajo «formales y privados». Pero el aumento de la mano de obra disponible en el mercado laboral no generará un aumento de los empleos «formales privados». Por el contrario, es sabido desde Marx que el engrosamiento de las capas de trabajadores desocupados contribuye a empeorar las condiciones de trabajo y a reducir los salarios (eso que los liberales llaman «costo laboral»).

Podría argüirse que, aún con una mayor disponibilidad de mano de obra, la cantidad de empleos formales podría aumentar si se operase un crecimiento económico en las principales ramas de la industria. Pero con un programa de «apertura comercial» como el de los liberales, la industria local quedará librada a la competencia directa con la industria extranjera, mucho más productiva y desarrollada. El saldo directo sería similar al de los ’90: el cierre de cientos de fábricas y la destrucción de cientos de miles de puestos de trabajo.

Contrastadas con la experiencia histórica, las promesas de los liberales terminan siendo poco menos que las «falacias» de las que tanto le gusta hablar a Milei.

Reforma previsional

«El sistema previsional está quebrado […]. Debe declararse […] su reemplazo íntegro por un nuevo sistema (inicialmente estatal), que establezca como principio fundamental que los montos de las jubilaciones futuras tendrán que estar estrictamente relacionadas con los aportes realizados.

Nadie tendrá derecho en el futuro a recibir una jubilación, por más pequeña que sea, si no ha realizado aportes por un valor actuarial acorde al monto de la jubilación.«

Supongamos que Espert o Milei ganan las elecciones presidenceiales y comienzan a aplicar su plataforma. Con el punto 1 (apertura de importaciones) garantizan la reprimarización de la economía argentina y la pérdida de miles de puestos de trabajo. Con el punto 2 (reforma laboral) aplican una persecución con métodos dictatoriales (prohibición del derecho constitucional a huelga, encarcelamiento de dirigentes y activistas sindicales) de la clase obrera para aplicar una flexibilización brutal de las condiciones de trabajo y despedir a más de un millón de trabajadores. La película de terror liberal ya comienza a ponerse oscura.

Y no termina: a los millones de trabajadores flexibilizados, con salarios de miseria, y a los cientos de miles de desocupados del país, se les impondrá un régimen de jubilaciones al estilo yanqui. Se eliminan los aportes jubilatorios por parte del empleador, y la jubilación pasa a ser pagada por el propio trabajador, que debe depositar mes a mes una parte de su salario en una caja de «ahorro previsional». Si no ahorra, el trabajador no se jubila. El problema es que, con una reforma laboral, serán pocas personas las que logren ahorrar. Las demás deberán optar por seguir trabajando hasta el final de sus días para subsistir, o acudir al «asistencialismo residual» de los liberales, que veremos a continuación.

Asistencia social

En lo que respecto a subsidios estatales y programas de asistencia social, la retórica de los liberales recuerda al discurso macrista contra los “planeros” y los “ñoquis”, pero con tintes directamente fascistas. “El asistido se transforma en una carga crónica para la sociedad a través de una mayor presión tributaria para los que pagan impuestos; y consecuentemente, se transforma en un desaliento al crecimiento de la producción formal”.

Aquí directamente se presenta a los beneficiarios de asistencia estatal como “una carga” que la sociedad soporta sobre sus hombros, y que debería ser eliminada para evitar el riesgo de contaminar a la sociedad con su supuesta improductividad. Una vez más, la culpa de la informalidad laboral no la tendrían los empresarios negreros que precarizan a sus empleados, sino los “planeros” que “desalientan el crecimiento de la producción formal”.

Recordemos que en la Argentina, la mayor parte de los beneficiarios de algún programa de asistencia estatal trabaja, pero lo hace en la informalidad. Esto desmiente el discurso contra los “planeros” de los liberales, pero habla mal del gobierno del Frente de Todos. Si los trabajadores en actividad deben cobrar planes de asistencia para poder subsistir, es porque los salarios actuales en la Argentina son miserables.

La solución liberal es recortar la duración de los planes de asistencia: “Los países desarrollados palian el desempleo con seguros de desempleo monetarios transitorios, con un límite de tiempo no superior a los dos años. Este carácter finito del beneficio […] genera el incentivo para que la persona se esfuerce en recapacitarse y consiga un nueo empleo. En aquellos casos en que la persona no consiga empleo, por las razones que fuere, el desempleado deberá recurrir a la ayuda familiar o la asistencia estatal o social no monetaria, en la forma de comedores y residencias comunitarias”.

Ahondemos en esta idea de “asistencia no monetaria”: “el asistencialismo residual crónico [es decir, el que persista luega de las reformas liberales] será en especie y por lo tanto condicionado a un mínimo necesario para la supervivencia (comedores y residencias comunitarias) de personas absolutamente desvalidas sin capacidad de ser atendidas por sus familias u organizaciones de caridad privada”. Palabras clarificadoras. Para los liberales, el Estado sólo debe garantizar lo “mínimo necesario para la supervivencia” y únicamente de las personas “absolutamente desvalidas”. Ni hablar de garantizar el acceso a una vivienda propia, a vestimenta, educación, serivicios básicos, ni a los “trabajos formales genuinos” de los que habla la plataforma. Todo eso corre por cuenta del “esfuerzo en recapacitarse” del desempleado.

Resulta significativo que el lenguaje con el que se habla de un trabajador desocupado es similar al que la derecha suele utilizar para los delincuentes. Si el desempleado no se “recapacita”, deberá resignarse a vivir en instalaciones de marginación social, como si se tratara de cárceles.

Cuesta imaginar, además, cómo un trabajador desempleado podría reinsertarse sin ningún tipo de política estatal en un mercado laboral como el que proponen los liberales: con un “ejército de reserva” potencial de (al menos) 1,5 millones de desocupados, la libertad absoluta de los empresarios de flexibilizar el trabajo y despedir a gusto y piacere.

El discurso supuestamente liberal se torna abiertamente revanchista y discriminador (fascista, en suma) cuando se trata de la asistencia a las mujeres, al problema del embarazo adolescente y la educación sexual: “la asignación universal por hijo […] funciona como un subsidio al desempleo permanente y a la maternidad irresponsable”.

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Pero veamos los detalles: “para madres primerias a partir de la sanción de la ley, la AUH quedará limitada en función de hijos de hasta 12 años […] La AUH quedará además inmediatamente limitada a un máximo de 2 hijos […] La AUH aumentará en la medida que se postergue y se limite la maternidad. Las diferencias en los valores recibidos por hijo serán substanciales para desincentivar el embarazo precoz y fomentar una maternidad responsable.

[…] si el valor de la AUH básica fuera 100, la AUH que recibiría una madre primeriza a los 25 años o más sería 400; por su segundo hijo 200, y cero a partir del tercer hijo […] la que recibiría una madre primeriza entre los 21 y los 24 años por su primer hijo sería 300, por su segundo hijo 150, y cero a partir del tercer hijo. La AUH que recibiría una madre primeriza entre los 18 y los 20 años por su primer hijo sería 200, por su segundo hijo 100, y cero a partir del tercer hijo. La AUH que recibiría una madre primeriza menor de 18 años por su primer hijo sería 100, por su segundo hijo 100 y cero a partir del tercer hijo”.

Esto que los liberales llaman “desincentivar el embarazo precoz y fomentar una maternidad responsable” es en realidad castigar el embarazo adolescente. Un problema urgente en la Argentina por la falta de aplicación efectiva de la ESI en las escuelas, y que fue parte del debate que culminó con la legalización del aborto hace menos de un año. Para los liberales, el problema del embarazo adolescente no se soluciona previniéndolo con educación sexual y anticonceptivos, sino castigándolo dejando a las madres adolescentes (las más vulnerables y las que tienen menor acceso a trabajo de calidad) libradas a su suerte.

Reforma tributaria

Uno de los eslogans electorales de Milei y Espert ha sido el de la “presión impositiva” que no deja respirar a los empresarios. Según la plataforma, la tan mentada “informalidad” de la economía argentina sería culpa de la presión impositiva, que disminiye la rentabilidad de las grandes empresas al “no poder evadir el cúmulo de altísimas tasas de múltiples impuestos que se acumulan a nivel nacional, provincial y municipal”. Para terminar con la evasión, entonces, hay que realizar una “reducción previa de la presión tributaria, por la simple razón de que la marginalidad productiva no podría sobrevivir económicamente si tuviera que pagar impuestos”. En suma: para que las empresas paguen impuestos, hay que eliminar los impuestos. De una forma u otra, las empresas terminan no pagando (o pagando prácticamente nada, como sucede hoy).

Además, este planteo se afirma, como diría Milei, sobre una “falacia”. Es mentira que la evasión corra por cuenta de “la marginalidad productiva”, es decir, las pequeñas o medianas empresas que operan con una baja productividad. Como lo demostraron los Pandora Papers e infinidad de investigaciones similares, los principales evasores de la Argentina (y del mundo) son los grandes capitalistas, los multimillonarios. No hay muchos kioskeros de barrio que evadan impuestos mediante cuentas off – shore. Si los comerciantes o productores de esta envergadura “evaden” o dejan de pagar impuestos, resulta de todas maneras insignificante para las cifras de la economía nacional y la recaudación fiscal en su conjunto.

Se lo mire por donde se lo mire, el centro de la propuesta impositiva liberal es que los capitalistas no paguen impuestos (un objetivo para el que no hace falta ninguna reforma). Los que si seguirán pagando son los trabajadores, los únicos a los que no se les reducirían los impuestos. El mal llamado “impuesto a las ganancias” (que recauda mayormente de la “cuarta categoría”, es decir del salario de los trabajadores) se mantendría en su nivel actual. Lo mismo con el IVA (un aberrante impuesto al consumo de bienes básicos) y los impuestos al consumo (automóviles, cigarrillos).

Una historia de terror con final por definir

Capítulo 1 (apertura comercial): la “libre competencia” del mercado capitalista deglute a las ramas “menos competitivas” de la economía, y con ellas a miles de puestos de trabajo, profundizando la dependencia argentina de la agroexportación.

Capítulo 2 (reforma laboral): se aplica la mano dura anti – sindical en los lugares de trabajo, se destruyen convenios colectivos y derechos laborales. Se reducen los salarios a la miseria directa y se engrosan las filas de la desocupación.

Capítulo 3 (reforma previsional): se eliminan los aportes patronales y los trabajadores deben pagar su propia jubilación. Quien no lo logre (y serán muchos si se aplica una reforma laboral como la que proponen Espert y Milei) deberá trabajar hasta el último día de su vida sólo para lograr sobrevivir.

Capítulo 4 (recorte asistencial): los desocupados que no logran “recapacitarse” en el mercado laboral flexibilizado son arrojados a “viviendas comunitarias” y a vivir de la “asistencia en especias”, una suerte de campo de concentración meritocrático. El olor a fascismo es fuerte: quien no logra adaptarse al “nuevo mundo” liberal, debe perecer.

Capítulo 5 (reforma tributaria): se legaliza la evasión impositiva de los grandes capitalista al eliminar o reducir a cerca de cero los impuestos a la actividad productiva. Los trabajadores, ya empobrecidos con las reformas liberales, siguen pagando impuestos por algo tan básico como comprar alimentos.

Este es el recorrido que traza el film de horror liberal. Por suerte para los trabajadores argentinos, la plataforma de Avanza Libertad sigue siendo (al menos por ahora) ficción.

Desde la aparición en el escenario político de personajes como Milei o Espert, se han señalado largamente sus rasgos “locoides”, sus ridiculeces, su aparente ignorancia en materia histórica y política, la barbarie y el resentimiento social que impregnan su discurso y el de sus seguidores. Todo esto es cierto, pero no por eso los “liberales” son menos peligrosos para los derechos de los trabajadores y los sectores populares. Especialmente porque han avanzado posiciones en los últimos años.

En el escenario de la Argentina post – pandémica, el discurso de resentimiento liberal comienza a calar en algunos sectores de la sociedad, cuyas condiciones de vida y aspiraciones sociales fueron destrozadas por la crisis. Y no hablamos únicamente de la clase media reaccionaria que fue la base social del macrismo durante los últimos años.

Es cierto que Milei y Espert están lejos de guarismos electorales que les permitan aplicar reformas como las que proponen (obtuvieron el 12% y el 4% en las PASO, respectivamente). Pero los liberales comienzan a estar menos solos en el terreno electoral, a ser menos outsiders. Como ejemplo, recordemos que las reformas laboral, previsional e impositiva son un leit – motiv del proyecto macrista (aún si no lo dicen a gritos) y una exigencia de la burguesía argentina desde hace varios años.

Incluso sectores del peronismo (como Randazzo) se declararon a favor de la reforma laboral. En algunas fábricas, como Toyota, la reforma laboral ya comienza a aplicarse de hecho. La historia ya ha demostrado en distintas oportunidades cómo personajes nefastos (de peor calaña que los liberales locales) han logrado captar la atención del electorado y avanzar en agendas reaccionarias y anti – obreras. Sin ir más lejos, en Brasil (no tan distante de CABA y PBA), sigue gobernando Bolsonaro, el mandatario más reaccionario de la política latinoamericana de las últimas décadas.

Los liberales no necesitan ser gobierno para aplicar sus reformas. Su principal objetivo es lograr los consensos (electorales pero también sociales) necesarios para que dichas reformas puedan ser aplicadas, sea en manos de liberales, de macristas, de peronistas, o directamente por las patronales en cada fábricas. Para proteger los derechos laborales y las condiciones de vida de los trabajadores, así como para frenar el ajuste que ya comenzó Macri y continuó Fernández, es necesario y urgente ponerle un freno al avance de los liberales.

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