Desigualdad social

El problema de la inmigración en tiempos de pandemia y cambio climático

El 51% de los migrantes centroamericanos y mexicanos en el exterior (la mayoría de ellos en EEUU) perdió su trabajo durante la pandemia, solamente el 20%  se encuentra empleado y al 40% le redujeron sus horas de trabajo o su salario.



En los últimos años, el problema de la inmigración ha sido uno de los temas centrales en la política internacional. El fenómeno de los nuevos gobiernos y figuras populistas de derecha en Estados Unidos y la Unión Europea, del tipo Trump, Boris Johnson y Marine Le Pen, cuyos discursos públicos se han centrado en el acuciante problema de la migración para construir la idea de un enemigo externo culpable de todos los males (las personas que se desplazan desde Latinoamérica a EEUU y desde Medio Oriente a Europa, escapando de la pobreza o los conflictos bélicos) es un claro ejemplo de la importante presencia de este problema en el debate público.

Con la llegada de la pandemia y los cierres de fronteras, los flujos migratorios tendieron a desacelerarse o detenerse casi completamente. Sin embargo, el problema migratorio está lejos de haber desaparecido o, menos que menos, haberse resuelto, tanto en la inmediatez como a mediano y largo plazo.

La situación de los migrantes en la pandemia

En lo inmediato, la pandemia no ha hecho sino acentuar los problemas estructurales a los que la población migrante se encuentra expuesta. Según estadísticas de la ONU, a partir del comienzo de la pandemia más de la mitad de los centroamericanos y mexicanos que pensaban migrar cambió sus intenciones y permaneció en sus países de origen. Pero no se trata de una cómoda estadía en sus casas, ya que la mayoría de los migrantes centroamericanos buscan mejores condiciones económicas, escapando de situaciones que la mayoría de las veces son de lisa y llana miseria. A lo que hay que sumarle que muchos migrantes quedaron varados a mitad de camino entre su lugar d origen y la frontera estadounidense, sin acceso a ningún tipo de cuidado ante el contagio.

A su vez, el 51% de los migrantes centroamericanos y mexicanos en el exterior (la mayoría de ellos en EEUU) perdió su trabajo durante la pandemia, solamente el 20%  se encuentra empleado y al 40% le redujeron sus horas de trabajo o su salario. A lo económico hay que sumar la precaria situación sanitaria de los migrantes en EEUU. Con un sistema de salud que ya es sumamente elitista para la población yankee, la población inmigrante viene sufriendo, junto a la población afroamericana, lo más crudo de la pandemia, muchas veces excluidos del acceso a los hospitales, sin seguro médico y viviendo hacinados en los barrios populares.

El cierre de fronteras detuvo las migraciones pero no las medidas xenófobas contra los inmigrantes que ya se encontraban dentro de lo EEUU: entre marzo y agosto el gobierno de Trump ya efectuó 300.000 deportaciones hacia México y Centroamérica, cientos (o miles) de lo cuales se encontraban contagiados de coronavirus al momento de su traslado a los países de origen. A contramano de los discursos de Trump de “construir un muro para evitar la llegada del virus desde México”, es el gobierno yankee el que exporta contagios hacia Latinoamérica.

El Covid cerró fronteras y frenó momentáneamente los flujos migratorios. Pero en el largo plazo la enorme recesión generada por la pandemia va a cambiar drásticamente las migraciones. Con una caída del PBI mundial que rondará el 10%, mas pobreza y desigualdad aumentarán la presión migratoria desde la periferia hacie el centro del planeta. Además, hay incluso países enteros cuya población (y su economía de conjunto) dependen en gran medida del envío de remesas de migrantes para sostenerse (caso de Bangladesh, Filippinas, Ghana u Honduras). Dichas remesas alcanzan globalmente una suma aproximada de 600.000 millones de dolares, pero estos valores caerán drásticamente en 2020 y 2021.

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En este sentido, desde distintos sectores se empiezan a prender señales de alarma alrededor del tema migraciones. La Federación Internacional de la Cruz Roja ha señalado el problema en los últimos días, indicando la pérdida de fuentes de subsistencia por parte de amplias capas de la población en los países más golpeados económicamente por la pandemia podría desencadenar masivas olas de inmigración en los próximos meses y años, (Infobae, 24 – 7). Es que, obligadas a elegir entre la enfermedad y el hambre, las personas en esta situación no dejarán de desplazarse por miedo al contagio y terminarán haciéndolo tarde o temprano, pero en condiciones mucho más precarias, sin ningún tipo de protección legal y quedando a merced de diversas formas de violencia y explotación que van desde las redes clandestinas de trata de personas hasta distintas formas de estafa en los países de destino, donde pasarán a constituir una nueva capa de migrantes ultra – precarizados.

Nuevamente, a lo económico se suma lo sanitario: faltando todavía largos meses para que exista una vacuna efectiva, lo que es seguro es que la misma no se distribuirá igualitariamente por el planeta, sino que las principales potencias imperialistas acapararán las primeras tandas de la producción (decenas y cientos de millones) para garantizar la vacunación de la población de sus países. Esto provocará dos problemas: en primer lugar, la marginación de la población migrante ya establecida en esos países, y, en segundo lugar, la posibilidad de nuevos flujos migratorios desde los países periféricos y semi – coloniales hacia el centro del mundo en busca de acceder a la vacuna y a mejores condiciones de atención sanitaria.

Los problemas generados por la pandemia tenderán seguramente a acentuar las tendencias migratorias ya existentes (desde Latinoamérica y en menor medida Asia y África hacia los EEUU, y desde el Medio Oriente y el Norte africano hacia la Unión Europea) pero podrían también generar nuevos flujos migratorios en direcciones inesperadas (por ejemplo, si la situación sanitaria y económica en las potencias imperialistas se desborda, como está sucediendo en EEUU), lo cual le daría al problema migratorio un enorme factor de anarquía e impredecibilidad en los próximos meses y años. Situaciones dramáticas como las que se han vivido en el paso Centroamérica – EEUU (caso de las caravanas migrantes de los últimos años, en las que los miles de migrantes se exponen a estafas, múltiples formas de violencia y el peligro de morir antes de llegar a su destino, a lo que se suma la política xenófoba yankee y el riesgo de ser deportado apenas cruzar la frontera) y Asia – Europa (en los últimos días se cumplieron 5 años de la trágica muerte de Alyar Kurdi, el niño que muriera ahogado en la costa turca y cuya foto recorrió el planeta) podrían no sólo repetirse sino tomar escalas mucho más catastróficas.

El desastre climático, la migración y los gobiernos anti – inmigrantes

Al cuadro ya descrito hay que agregar un factor más que podría cambiar drásticamente en el próximo tiempo: el cambio climático. Es que la destrucción capitalista del medio ambiente (que ya está dando muestras de su magnitud y tornándose un problema inmediato con la pandemia del Covid – 19, un producto de las formas de agricultura hiper – invasivas y la irrupción humana en ecosistemas vírgenes con miras a la ganadería) podría generar nuevas olas migratorias inesperadas. Si el nivel de destrucción ambiental mantiene su ritmo actual, se calcula que en los próximos 50 años la porción de tierra inhabitable de planeta podría aumentar del actual 1% a un inusitado 20%, es decir, que una quinta parte del planeta quedaría inhabitable. Esto podría derivar en que hasta un tercio de la población deba desplazarse de sus países de origen. Para el 2070, tan sólo el problema ambiental podría generar 400 millones de nuevos refugiados, la misma cantidad de migrantes que existen actualmente por distintos motivos (económicos, bélicos, etc.). La sumatoria de crisis económica, crisis sanitaria y crisis ambiental (sumado a los ya preexistentes problemas político – bélicos) podría llevar la cantidad de migrantes a magnitudes nunca antes vistas.

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Ante este panorama, las políticas migratorias tomadas por los gobiernos capitalistas no plantean salida alguna al problema. En EEUU, la llegada de Trump al gobierno implica una política mucho más agresiva y marcadamente xenófoba con respecto a los inmigrantes. A de la situación de ultra – precariedad que los migrantes viven dentro de los EEUU, Trump le sumó un discurso de odio que incitó a los sectores más reaccionarios y supremacistas blancos a salir a la calle (lo que ya ha dejado un saldo de varios muertos en distintas oportunidades) y una política de deportaciones masivas como la que estamos presenciando en los últimos meses.

En el caso de la Unión Europea, que atraviesa su mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, la política anti – inmigrantes de los principales gobiernos europeos ha dejado postales trágicas como la de Alyan Kurdi y decenas de migrantes ahogados al intentar cruzar el mar. Sin embargo, no ha frenado el flujo de migrantes hacia el viejo continente. Una vez más, queda claro que las medidas xenófobas y de blindaje no detienen el flujo de refugiados, sino que los obliga a intentar migrar en condiciones muchos más precarias y arriesgar su vida. Las políticas de los gobiernos capitalistas, tanto en sus variantes “liberales” como en manos de los gobiernos más descarnadamente xenófobos (caso Trump), se muestran incapaces de darle una resolución al problema migratorio, limitándose a agitar prejuicios reaccionarios en la población nacional y dejar a los migrantes librados a su suerte.

Sin embargo, las condiciones económicas, sanitarias y climáticas que venimos mencionando harán que la cuestión migratoria se haga cada vez más urgente a lo largo de los próximos años, y en el futuro la misma podría afectar a un sector enormemente más grande de la población mundial (no sólo en los países periféricos). Las recetas xenófobas capitalistas no van a dar abasto para esconder la magnitud del problema: de resolver el problema ecológico y migratorio de manera anti – capitalista dependerá la vida de millones de personas, así como la sustentabilidad de cualquier proyecto habitacional futuro a escala internacional.

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