Artículo aparecido en La Joven Cuba. Lo reproducimos por el valor que tiene una crítica a los regímenes estalinistas hecha desde el suelo cubano. Opinamos, sin embargo, que tiene un importante déficit que no podemos no señalar: su falta de crítica al imperialismo capitalista de Alemania Occidental, al que define (más que equivocadamente desde nuestro punto de vista) como «libre». 

El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Ese día en la tarde, en medio de una atosigante rueda de prensa, Günter Schabowski  —entonces miembro del Buró Político del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA) y su secretario en Berlín Este—, ante una pregunta sobre la nueva ley de viajes que había ocasionado una marea de entusiastas alemanes circulando a través de Checoslovaquia y Hungría para pasar a Austria y Alemania Occidental; anunció que los ciudadanos germano-orientales podrían salir libremente del país sin autorización, pasaporte, ni visado.

Esto significaba que se podría viajar al lado occidental sin requisito alguno. A la pregunta: —«¿Cuándo entra en vigor?», su respuesta fue: —«Hasta donde yo sé, esto es inmediato, sin demoras». En realidad, la nota que le habían pasado decía que sería a partir del día siguiente.

La noticia se difundió inmediatamente a través de la radio y la televisión. La población salió a las calles, botellas de champaña y cervezas en mano, con la intención de cruzar el muro. Los soldados del Ejército Popular y de la Seguridad del Estado (Stasi), asombrados y carentes de información, no tuvieron otra opción que dejarlos pasar, e incluso algunos se unieron a la celebración.

No solo fue pasar o destapar botellas desde lo alto del muro. Horas después, de un lado y otro, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, armados de picas y de cualquier cosa que pudiera ayudarles, comenzaron a derribar aquel muro de la ignominia. Su caída no solo simbolizaba la destrucción del principal obstáculo físico que separaba a los alemanes, sino también de la opresión a la que un régimen, supuestamente socialista, había sometido a su población, al punto de que existía orden de matar a cualquiera que intentara cruzarlo.

Günter Schabowski durante la prensa de prensa.

La construcción

La división de Alemania en dos Estados en 1949 puso fin a un período de relativamente libre movimiento de ciudadanos entre las distintas zonas de ocupación. A partir de entonces comenzó una fuerte corriente migratoria del Este al Oeste, lo que llevó a las autoridades comunistas a establecer barreras fronterizas a partir de 1952. Sin embargo, el movimiento entre ambas partes de Berlín se mantuvo con pocas restricciones. Según la Deutsche Welle, entre 1949 y 1961, antes de la construcción del muro, cerca de tres millones de personas abandonaron la RDA desde Berlín Oriental.

En julio de 1953, en las calles de Berlín Este hubo huelgas obreras y protestas sociales contra las medidas adoptadas por el gobierno para enfrentar los problemas económicos con un aumento de precios, impuestos y normas de producción en las fábricas. Cerca de 40.000 manifestantes inundaron la ciudad y la crisis se extendió a otras localidades.

El entonces máximo dirigente Walter Ulbricht pidió ayuda al ejército soviético de ocupación y ordenó a la policía disparar contra los manifestantes. Como ha sido usual, el gobierno acusó a fuerzas externas de provocar las protestas para «derribar el socialismo», pero la realidad era que el supuesto gobierno de obreros y campesinos había ordenado disparar contra manifestaciones obreras.

Según el Centro de Historia Contemporánea de Postdam, 383 personas murieron en los enfrentamientos o ejecutadas posteriormente, más de mil ochocientas fueron heridas, más de cinco mil detenidas y más de mil doscientas pagaron largas condenas en campos de trabajo.

A esta crisis siguió una fuerte sangría migratoria que aumentó exponencialmente cada año, hasta que el gobierno decidió evitar el desprestigio que ello significaba impidiendo a sus ciudadanos salir del país. De manera sorpresiva, rodearon la parte occidental de la ciudad con una alambrada fuertemente custodiada y se cerró el paso entre ambas partes de Berlín.

Quien intentara cruzar desde el Este, lo haría a riesgo de morir ametrallado por las fuerzas del «Ejército Popular» o de la Stasi. Algunas personas tuvieron éxito; otras no. Pero la alambrada no era suficiente para aislar la ciudad y el país, por eso se construyó el muro. Para ello, tuvieron que demoler edificios de viviendas y reubicar obligatoriamente a sus inquilinos. A lo largo de toda su existencia, hubo miles de intentos de escape, incluso, mediante túneles excavados a tal efecto, con los consabidos peligros de cárcel o muerte en el intento.

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El Muro

La economía de la RDA era la más próspera y desarrollada de los países del bloque soviético. El nivel de vida promedio de sus ciudadanos era superior al del resto del bloque. Según cálculos que he realizado a partir de cifras publicadas en 1991 por el Economic Survey of Europe, de Naciones Unidas, la variación promedio anual de la economía germano-oriental había sido de 6,1% entre 1951 y 1985. Sin embargo, entre 1986 y 1990 fue de -1,8%.

A partir de 1963 se intentó crear una economía más eficiente mediante el llamado Nuevo Sistema Económico (Neues Ökonomisches System) que buscaba mayor descentralización en las decisiones económicas de las empresas y en los niveles locales de administración del Estado, aun en medio del sistema de planificación centralizada. Ello era complementado con la intención de vincular directamente el progreso científico a la producción de bienes. Por otra parte, se pretendía enfatizar en la producción de bienes de consumo para mejorar el nivel de vida de la población.

No obstante, este tímido intento de reforma fue obstaculizado sistemáticamente por un sector de la dirigencia del país que intentaba mantener el control absoluto del poder a través de los mecanismos de administración centralizada.

En 1971, Erich Honecker desplazó a Ulbricht del poder y fortaleció el alineamiento de la política económica y exterior de la RDA a la de la Unión Soviética. Honecker, quien dirigía los órganos de seguridad desde las estructuras del Partido, endureció la represión contra los intentos de oposición que aparecían sobre todo en medios intelectuales. Mientras tanto, trató de enfocar su política hacia un mayor nivel de consumo y a impulsar la construcción de viviendas. Además, incrementó relaciones comerciales con países capitalistas desarrollados, lo cual condujo a la acumulación de déficits comerciales que a menudo eran cubiertos con deuda externa.

Aquel acelerado crecimiento, como el de la mayor parte de los países del «socialismo real», se basaba en factores extensivos como: disponibilidad de materias primas, recursos energéticos baratos y relativa abundancia de mano de obra, sobre la que, asimismo, se ejercían presiones movilizativas.

El nivel de desarrollo tecnológico mostraba notable rezago frente al de los países capitalistas desarrollados. Las inversiones crecían significativamente, sin embargo, mantenían bajos niveles de eficiencia y la calidad de la producción industrial estaba por debajo de los estándares de competitividad internacional.

En consecuencia, Alemania Oriental, como el resto de países del bloque, tuvo dificultades en los años ochenta para transitar de un modelo de desarrollo extensivo a uno intensivo, basado en mayor productividad del trabajo, innovación tecnológica y competitividad.

Al igual que otros países socialistas, la RDA quedó expuesta a la crisis internacional de la deuda externa, en la medida que cubría sus crecientes déficits externos con deuda y, al elevarse los tipos de interés internacionales, como resultado de la política monetaria de Estados Unidos y Reino Unido a principios de los ochenta, se agravaron las condiciones de financiamiento de aquellas economías que habían tratado de compensar su déficit tecnológico con importaciones de bienes industriales.

El resultado fue un endurecimiento de las condiciones económicas y el empeoramiento del nivel de vida, a lo cual se añadían la ausencia de libertades políticas y la inviabilidad de encontrar formas democráticas de solución a estos problemas. La crisis se convirtió así en una situación explosiva.

La caída del Muro

Las reformas de Gorbachov en la Unión Soviética, a partir de 1985, encontraron en Honecker y el liderazgo germano-oriental a reacios opositores. Por su parte, la agudización de los problemas económicos, la ralentización y posterior contracción de su crecimiento, unidos al deterioro del nivel de vida, condujeron a la proliferación de grupos de oposición en el país.

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Aparecieron movimientos ecologistas que se oponían a la pésima calidad de los combustibles utilizados y al uso de materiales de construcción altamente dañinos para la salud, como el asbesto. Grupos pacifistas objetaban el despliegue de los cohetes soviéticos SS-20 en la parte oriental, así como los Pershing y Cruceros estadounidenses en la occidental. La iglesia comenzó a nuclear a opositores al gobierno, lo cual deterioró su relación con este.

Cuando el gobierno húngaro decidió abrir sus fronteras con Austria, miles de germano-orientales empezaron a viajar a Hungría a través de Checoslovaquia, lo cual, de paso, desestabilizó al gobierno de ese país donde comenzaron manifestaciones contrarias. Las embajadas de la República Federal de Alemania (RFA) en ambos países, se llenaron de ciudadanos de la RDA que solicitaban asilo.

En medio de esa crisis, se hizo pública la existencia de un grupo de oposición denominado Nuevo Foro, que pedía la liberalización del sistema político y elecciones libres. En tales circunstancias se hacía evidente que cuando un sistema político no puede asegurar el voto real de la ciudadanía, esta se manifiesta con acciones paralelas que demuestran la insolvencia de ese sistema.

El 7 de octubre de 1989, Mijaíl Gorbachov visitó Berlín-Este para asistir a la celebración por el 40 aniversario de la RDA. Miles de ciudadanos aclamaron al líder soviético, reclamando una Perestroika, una glasnost y una democratización; mientras, Honecker contemplaba impávido su propio desprestigio. Manifestaciones pacíficas en Leipzig, Dresde, Magdeburgo y Berlín fueron reprimidas por la fuerza pública.

Al día siguiente se refundó el Partido Socialdemócrata, Honecker perdió apoyo en el PSUA y fue obligado a dimitir el día 18. Sería sustituido por Egon Krenz, no obstante, ya no era posible evitar el hundimiento. El gobierno renunció y Hans Modrow asumió el cargo de primer ministro para intentar salvar lo que se pudiera del «socialismo» alemán; pero se habían perdido todas las oportunidades.

El día que fue derribado el Muro, comenzó la cuenta regresiva de la implosión de la RDA, resultado del intento fallido de imponer el modelo estalinista y burocrático. Como es sabido, tras una transición, la RDA se volvió insostenible y la unificación resultante fue, en realidad, la absorción de un país postrado económica y políticamente por otro poderoso en todo sentido, pero, sobre todo, libre. Tan fuerte resultaba entonces la RFA, que incluso preocupaba a la primera ministra inglesa Margaret Thatcher y al presidente francés François Mitterrand.

Erich Honecker

Los símbolos

El muro de Berlín representó toda la simbología cultural, económica y política del «socialismo realmente existente». Ese «socialismo» fracasó desde el momento en el que pretendió construir una narrativa que iba contra las aspiraciones humanas de libertad. No es posible concebir el progreso social de la Humanidad si ello no se traduce en la plena libertad, ni es posible construir el socialismo enclaustrado en camisas de fuerza de dogmas que solo sirven al sostenimiento de una casta que usufructúa la supuesta propiedad de todo el pueblo.

No existen excusas suficientemente importantes para cercenar la libertad. Todas ellas, en realidad, escudan el conservadurismo reaccionario de quienes únicamente pretenden conservar sus pingües privilegios a contrapelo de las aspiraciones y necesidades de la sociedad.

Por esas razones, el Muro de Berlín significó desde el principio la derrota moral y política de un sistema supuestamente socialista, que se erigió sobre la vulneración de los derechos más elementales de los ciudadanos, esos mismos derechos por los que luchaban los socialistas verdaderos, por los que dieron la vida miles de comunistas y socialistas y luego fueron pisoteados por quienes asumieron el poder en su nombre.

El Muro de Berlín simbolizó el carácter represor del sistema estalinista y neo-estalinista y, al mismo tiempo, la inmensa debilidad de un gobierno que necesitaba aislar a su población para no hacer evidente sus fallas, lo cual resultaba totalmente incoherente con su discurso ideológico.

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