Coronavirus

El impacto de la segunda ola en el Estado español

La pandemia de coronavirus no se detiene. La segunda ola pega con fuerza en España, que ya ha superado la barrera del millón de contagios, y la situación en el resto de Europa (sobre todo en Europa del Este) es lamentablemente similar.



Según datos del Ministerio de Sanidad, desde la identificación del primer caso de Covid en España el pasado 31 de enero, se han registrado más de 1.300.000 contagios con más de 39.000 fallecidos.

Ante esta situación, el gobierno de coalición del PSOE y UP decretaba desde el 14 de marzo, y por tres meses, el primer “Estado de Alarma”, consistente en el casi total confinamiento de la población en sus hogares con el fin de contener los contagios. Durante este tiempo el gobierno prometió ayudas y medidas que nunca llegaron, se cumplieron a medias o llegaron muy, muy tarde. El colapso del sistema sanitario junto a la presión y el desgaste del personal, fueron y son la primera evidencia de eso. Y es que mientras tanto, la mayoría de la población trabajadora, considerada como “trabajadores esenciales”, tenía que continuar yendo a trabajar abarrotando los transportes y sin ninguna medida sanitaria garantizada en sus lugares de trabajo. Los no considerados esenciales permanecían en sus casas bajo el acecho de la represión de los toques de queda y el control policial exacerbado, realizando teletrabajo en el caso de los que los conservaron o bien viendo cómo su economía familiar se degradaba día a día ante los despidos y las consecuencias de la crisis económica que empeora.

De esta manera, la “Nueva normalidad”, la etapa abierta tras la finalización del primer Estado de Alarma, con el paso del verano y el retorno a clases, se ha visto aplastada por la segunda ola, que deja 52.386 nuevos contagios confirmados con prueba diagnóstica desde el viernes, 1.054 muertes que se han producido en la última semana y 512 que se han añadido en las ultimas 24 Hs (actualizado al 9 de noviembre).

Ante la gravedad de la situación, el gobierno de Sánchez e Iglesias se ha visto obligado a decretar un segundo Estado de Alarma, menos restrictivo que el anterior, con toque de queda en todo el país y donde algunas Comunidades Autónomas han cerrado sus territorios.

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A su vez, el panorama de la virulencia del rebrote de la segunda ola se repite en el resto de Europa. Vemos que en Francia, que para evitar la saturación hospitalaria ya se está trasladando a los pacientes más estables a otras regiones a la vez que el sistema público de salud está reclutando profesionales de los sistemas privados y de otros lados, como el Ejército, para ayudar en la labor, haciéndose notoria y problemática la falta de formación y capacitación. En Italia se habla de que el rebrote es peor, ya que si bien se observan menos muertes, se evidencian más casos que necesitan internación en UCI y cada vez más la mayoría de los casos son asintomáticos, por lo que la enfermedad estaría siendo menos letal pero más contagiosa.

Pero esta vez, el factor sorpresa ya no juega. Juegan la desidia y el desinterés por parte de los gobiernos y los Estados, que vuelven a demostrar que nuestras vidas valen menos que sus beneficios.

El sentimiento general es de descontento, rabia y polarización. Descontento de saber que ante el aumento de los casos hay que cuidarse, y la mayoría entiende por esto que el confinamiento hasta el momento es una manera de hacerlo, pero también, comparado con la primera ola, se vive un clima de más asco, indignación y rechazo a la gestión de ver cómo no se han previsto, mejorado ni garantizado las condiciones para hacerle frente al rebrote del virus. Más bien se percibe una pésima e improvisada gestión del gobierno ante la crisis sanitaria, con medidas ineficaces e insuficientes y cae mal cuando se intenta una y otra vez culpabilizar a la juventud de los contagios cuando sale de botellón y sólo se apela a la responsabilidad “individual”, cuando desde el Estado no se garantizan medidas concretas que vayan en el sentido de mejorar la situación. Indignación de percibir que las restricciones son sólo para los trabajadores, las mujeres y la juventud y no para los empresarios capitalistas.

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Promesas de ayudas para alquileres y familias necesitadas que no alcanzan o no llegaron. Desahucios que continúan. Despidos, teletrabajo y precarización laboral. Crecen las “filas del hambre”, disparándose la demanda de alimentos a la vez que cambia el perfil de la gente que lo necesita, y si antes la asistencia a los Bancos de Alimentos era de personas mayores de 65 años sin o con pocos ingresos, hoy se trata de personas entre los 40 y 50 años, con hijos, con estudios superiores y con trabajo en muchos casos, pero que se ven obligados a asistir a los Bancos de Alimentos o pedir ayudas porque no alcanza. Se vuelven a cerrar bares, restaurantes y comercios.

Aumenta la presión hospitalaria y el personal sanitario no ha visto mejorada su situación. Volvieron las clases, los niños se contagian, los padres van a trabajar y la presión recae sobre los docentes y el personal escolar.

Las manifestaciones por derecha en este contexto de crisis y polarización vienen del lado de sectores de las clases altas que se pronunciaron en contra de la cuarentena y del uso de las mascarillas en nombre de la “libertad”. Pero más alarmante y peligroso es el accionar de grupos neofascistas, materializado, por ejemplo, en el asedio y ataque a los Menas (Menores No Acompañados, procedentes de otros países). Con el apoyo explícito de Vox e implícito de los medios de comunicación y de algunos sectores políticos, se blanquea y se tolera a estos grupos neonazis, que cada vez adquieren más preponderancia si no los frena la lucha.

Con las elecciones estadounidenses de fondo, la segunda ola del Covid impacta en una Europa convulsa y polarizada donde el descontento que se manifiesta, por derecha y por izquierda, expresa la magnitud y profundidad de dicha tensión y polarización.

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