Traducción de Viento Sur

Numerosos estudios nos anuncian que la automatización va a conducir a una gran hecatombe de empleos (Husson, 2015 a). Al mismo tiempo, la desaceleración de la productividad inquieta a los economistas oficiales y Christine Lagarde, la presidenta del FMI, incluso evoca una “nueva mediocridad”. Este artículo examina esta contradicción.

Un viejo estribillo

Los discursos proféticos sobre las destrucciones de empleos no provienen de hoy. Hemos tenido derecho al mismo estribillo con la “nueva economía” a inicios del siglo y después con las predicciones sobre el “fin del trabajo” de Jeremy Rifkin (1996), el mismo que celebrará un poco más tarde” el sueño europeo” (2004), del que se sabe que se ha transformado en pesadilla.

Si se vuelve más hacia atrás en el tiempo, tenemos el famoso in- forme Nora-Minc sobre “L’informatisation de la société” (1978), que anunciaba ya las enormes ganancias de productividad que nunca se han visto llegar, tal como ha recordado excelentemente Jean Gaudrey (2015).

Este tipo de predicciones son el tema favorito de los gurús que cuentan periódicamente la misma fábula. Veinte años después de sus predicciones futuristas, en el año 2000, Alain Minc volvía también sobre sus ilusiones, bajo la forma de una autocrítica implícita: “¡Cuál no fue, desde este punto de vista, la ilusión informática! Evidentemente, ni la aparición de los ordenadores más potentes, ni la explosión de la micro-informática, han cumplido ese papel salvador: han desempeñado su papel en la modernización del aparato productivo pero no han modificado los parámetros principales de la economía (…) Esa no fue la esperada panacea”.

Pero Minc no se desanima. Con la e.economia, esta vez es la buena: “Estoy convencido que esta vez entramos en un auténtico ciclo Kondratiev. Entre la informática y la multimedia (sic) existe una diferencia funda- mental. Un cambio tecnológico solo induce un nuevo ciclo de crecimiento si influye simultáneamente sobre la oferta y la demanda. Por un lado, mejorando la eficacia del aparato productivo al permitir ganancias masivas de productividad; por otro lado, haciendo nacer, a nivel del consumidor, productos radicalmente nuevos, susceptibles de modificar sus hábitos de consumo”.

La productividad se desacelera

“… la automatización de los procesos de producción está concebida como una “maquinización” de los trabajadores.”

Un decenio y una crisis más tarde ya no queda nada de esas predicciones. Por el momento la paradoja de Solow se sigue manteniendo: “se ven ordenadores en todos los lugares, salvo en las estadísticas de productividad” (1987). La desaceleración de la productividad es en efecto en la actualidad un fenómeno prácticamente universal y que no es bien comprendido por los economistas. El Financial Times del 29 de mayo de 2016 se inquieta de este “rompecabezas desconcertante”, mientras que Christine Lagarde evoca una “nueva mediocridad”. Los dos gráficos siguientes muestran el desplazamiento hacia abajo de las ganancias de productividad, un fenómeno casi universal que incluye también a los llamados países emergentes.

Fuente : The Economist, 4 juin 2016; The Conference Board, mai 2006

Los expertos: de 1 a 5

El estudio de referencia es el de Frey y Osborne (2013): prevé que el 47% de los empleos están amenazados por la automatización en los Estados Unidos. Los otros estudios son simples copias, por ejemplo, el del gabinete Roland Berger que prevé la destrucción de tres millones de empleos en Francia desde ahora hasta 2025 (Neveux, 2014).

Otras contribuciones son, sin embargo, netamente menos alarmistas. Georg Graetz y Guy Michaels (2015) no encuentran “efecto significativo de los robots industriales en el empleo global”. Otro especialista de estas cuestiones, David Autor (2015), se pregunta irónicamente “por qué hay todavía tantos empleos” e introduce la distinción fundamental entre tareas y empleos: “aunque algunas de las tareas efectuadas por los empleos medianamente cualificados están expuestas a la automatización, muchos de estos empleos continuarán movilizando un conjunto de tareas que comprenden el conjunto del espectro de las cualificaciones”.

Es sobre la base de esta distinción entre empleos y tareas como un reciente estudio de la OCDE (Arntz, Gregoory y Zierahn, 2016) llega a una cifra muy inferior (cinco veces menos) a las previsiones más alarmistas: “solo el 9% de los empleos se encuentran confrontados en los Estados Unidos a una fuerte probabilidad de ser automatizados [‘automatibility’] en lugar del 47%, según Frey y Osborne”. Este resultado ha sido obtenido a partir de una rigurosa crítica de su método (ver cuadro) que vale por todos los estudios que la retoman.

La maquinización del trabajador

Merece la pena describir los obstáculos a la automatización identificados por Frey y Osborne. Una primera categoría reagrupa las exigencias de dexteridad y las constricciones ligadas a la configuración del puesto de trabajo. A continuación viene la inteligencia creativa, es decir, la vivacidad intelectual o las disposiciones artísticas. Pero la última categoría, bautizada “inteligencia social”, da frío en la espalda y merece ser citada con más detalle. He aquí pues, según Frey y Osborne, cuáles son los otros obstáculos a la informatización:

  • la perspicacia social, que consiste en comprender las reacciones de los otros y las razones de estos comportamientos;
  • la negociación, dicho de otra forma, el hecho de intentar conciliar los pun- tos de vista diferentes;
  • la persuasión, que permite llevar a los otros a cambiar de punto de vista o de comportamiento;
  • la preocupación por los otros (colegas, clientes, pacientes) bajo forma de asistencia personal, de cuidados o médicos u otros o de apoyo emocional.

Esta enumeración permite comprender hasta qué punto la automatización de los procesos de producción está concebida como una “maquinización” de los trabajadores. El obstáculo a erradicar son las disposiciones —muy simplemente humanas— que constituyen el colectivo de trabajo y que permiten que se establezcan relaciones sociales entre productores y usuarios. El ideal, típico del capitalismo, consiste en el fondo en llevar al paroxismo la reificación de las relaciones sociales, que transforma la relación entre seres humanos en relaciones entre mercancías.

Ganancias de productividad y duración del trabajo

La idea muy extendida según la cual las ganancias muy elevadas de productividad serían la causa del desempleo y anunciarían el fin de trabajo se encuentra hoy completamente desmentida. Las ganancias de productividad eran muy elevadas durante el período de los “Treinta Gloriosos”, caracterizado por un casi pleno empleo. Y el auge del paro es concomitante con el agotamiento de las ganancias de productividad.

Admitamos incluso que sea creíble la amenaza de destrucciones masivas de empleo e imaginemos una sociedad que, por un golpe de varita mágica, solo tendría necesidad de la mitad del tiempo de trabajo necesario para asegurar el mismo nivel de vida. Esta podría decidir que la mitad de los productores continúe trabajando tanto como antes y que la

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otra mitad sería “dispensada” del trabajo y se beneficiaría de un ingreso. Pero podría también aprovecharse de la ventaja tecnológica para dividir por dos el tiempo de trabajo de cada uno(a).

Dejemos de lado la fábula y miremos lo que ha pasado durante el siglo XX: en ese período la productividad horaria del trabajo se ha multiplicado por 13,6 y la duración del trabajo ha bajado el 44%. En resumen, trabajamos a medio tiempo en relación con nuestros bisabuelos y si tal no hubiera sido el caso el desempleo habría alcanzado niveles insoportables.

Esto no se ha hecho “naturalmente”: son las luchas sociales las que han asegurado esa redistribución de las ganancias de productividad bajo forma de reducción del tiempo de trabajo y no solamente de aumento de salarios. La historia de las luchas sociales ha sido marcada por los combates sobre el tiempo de trabajo.

E incluso la OCDE (2016) evoca esta posibilidad siempre abierta: “incluso si la necesidad de mano de obra es menor en un país en particular, esto puede traducirse por una reducción del número de horas trabajadas y no necesariamente por una caída del número de empleos, como lo han constatado numerosos países europeos en el curso de los últimos decenios”.

Los límites de la automatización capitalista

La automatización se combina con las diferentes formas de lo que en lo sucesivo se denomina la economía numérica, de la que la “uberización” es la manifestación más mediatizada. Algunos ven en ella una explicación posible de la paradoja de Solow. Para Charles Bean (2016), ex-economista jefe del Banco de Inglaterra, esta paradoja provendría especialmente “del hecho que una parte creciente del consumo se dirige hacia productos numéricos gratuitos o financiados por otros medios, como la publicidad. Aunque los bienes virtuales gratuitos tienen claramente valor para los consumidores, están claramente excluidos del PIB, conforme a las normas estadísticas internacionales. Por consiguiente, nuestras medidas podrían no tomar en cuenta una parte creciente de la actividad económica”.

Para corregir esta tendencia, Bean propone dos métodos: “Se podrían utilizar los salarios medios para estimar el valor del tiempo que la gente pasa en línea utilizando los productos numéricos gratuitos, o bien corregir la producción de servicios de telecomunicación para tener en cuenta el rápido crecimiento del tráfico de Internet”.

El profesor de la London School of Economics comete aquí un error revelador, confundiendo valor de uso y valor de cambio. El “valor” que representa para el consumidor la escucha de música en línea representa un valor de uso pero no valor de cambio. Es la sociedad del “coste marginal cero” que teoriza Rifkin (2014) que quizá no se equivoca sobre este punto al pronosticar “el eclipse del capitalismo”.

“La historia de las luchas sociales ha sido marcada por los combates sobre el tiempo de trabajo.”

En efecto, la generalización de la economía numérica no es forzosamente compatible con la lógica capitalista de producir y vender mercancías: éstas pueden ser completamente virtuales y desmaterializadas, pero deben rentabilizar el capital.

Análogamente, la robotización debe, no solamente ser rentable, sino disponer de salidas. Si verdaderamente debía conducir a una destrucción masiva de empleos, se plantearía la cuestión de saber a quién vender las mercancías producidas por los robots.

Sería necesario profundizar estas pistas a fin de actualizar el principio avanzado por Ernest Mandel (1979: 550): “La automatización general en la gran industria es imposible en el capitalismo tardío. Esperar dicha automatización generalizada antes de derrocar las relaciones de producción capitalistas es, pues, tan incorrecto como esperar la abolición de las relaciones de producción capitalistas a través del mero avance de la automatización”.

Están en cuestión la estructura y el estatuto de los empleos

El punto de vista defendido aquí no cuestiona la amplitud de las transformaciones inducidas por la economía numérica, pero se dirige a las evaluaciones catastrofistas de sus efectos sobre el empleo. Sin embargo, el conjunto de los estudios disponibles, incluidos los más escépticos, insisten sobre el impacto de esas mutaciones sobre las estructuras de los empleos y su estatuto.

Tomemos el ejemplo de Industria 4.0, este proyecto desarrollado en Alemania para la automatización inteligente de las fábricas (smart factories) vía la puesta en marcha de “sistemas ciber-físicos” que aseguran una mejor coordinación y una mayor reactividad de los robots. Un estudio reciente (Wolter, Mönnig, Hummel et al., 2015) encuentra —como otros ya citados— que los efectos sobre el empleo global serían reducidos. No hay pues que caer en el story telling de observadores fascinados por esas mutaciones tecnológicas y de las que se hacen los profetas.

Ese es típicamente el caso de Bernard Stiegler (2016) quien, en una breve entrevista que resume bien su discurso, afirma que “hoy existen fábricas sin obreros: Mercedes ha puesto en marcha una fábrica que solo emplea a cuadros”. A quien un comentarista (Christian) responde con este desmentido bien informado: “¿Mercedes una fábrica sin obreros? Me gustaría saber dónde. Se engaña si piensa en Hambarch y la fábrica Smart. Es justamente ahí donde la barrera de la fábrica es más restrictiva: todo está subcontratado, o casi, vía el ensamblaje de módulos por los subcontratistas que utilizan la mano de obra. El montaje de estos módulos se realiza por algunos obreros Smart y todos los cuadros desempeñan su papel de interface entre estos diferentes interlocutores”.

Por el contrario, estos nuevos procesos de producción inducirían impor- tantes transferencias de mano de obra entre puestos de trabajo y sectores, orientados hacia empleos más cualificados. Desde hace varios decenios, las mutaciones tecnológicas desempeñan ya un papel esencial en la “tripolari- zación” de los empleos: los empleos altamente cualificados, de un lado, y los empleos poco cualificados del otro, ven aumentar su participación en el empleo total. Y declina la participación de los empleos intermedios. Este mo- vimiento se combina con la mundialización y las relocalizaciones de mano de obra en los llamados países emergentes (Husson, 2015 b) y contribuye a la profundización de las desigualdades en el interior mismo de la clase asa- lariada.

Según una hipótesis optimista, esta evolución podría ser corregida mediante una elevación general de las cualificaciones, asegurando así un auge de compe- titividad que ya no estaría basada en los bajos salarios. Pero esta perspectiva no es forzosamente una vía real susceptible de crear empleos en número suficiente y adaptados a las estructura de las cualificaciones.

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Lo “colaborativo” contra la clase asalariada

Es ahí donde interviene la economía numérica y, en particular, las plataformas que proporcionan pequeños trabajos a trabajadores llamados “independientes”: Se puede citar a AirBnB, Uber, BlaBlaCar, Task Rabbit, YoupiJob, Frizbiz o incluso el Turc mecánico de Amazon. Esta economía de “reparto”, “colaborativa” o ”a la demanda” ejerce un efecto corrosivo sobre las instituciones de la clase asalariada. Como observa la OCDE en su ya citada síntesis: “La duración legal del trabajo, el salario mínimo, el seguro de paro, los impuestos y las prestaciones están siempre basadas en la noción de una relación clásica y única entre el asalariado y el empleador”.

Con el desarrollo del trabajo independiente, agrega la OCDE, “un número creciente de trabajadores se arriesga a encontrarse excluido de los convenios colectivos. Puede suceder igualmente que no tengan derecho a las prestaciones de desempleo y a los regímenes de pensión y de salud de los que se benefician los asalariados y que tengan dificultades para conseguir un crédito. En el momento actual, los trabajadores independientes no tienen derecho a las prestaciones de desempleo en 19 países sobre 34 de la OCDE y en 10 países no tienen derecho a las prestaciones de accidentes de trabajo”.

Pero ahí también, las nuevas tecnologías no tienen mucho que ver. No hay en efecto ninguna correlación entre el peso del trabajo independiente y la parte del empleo en los sectores de alta tecnología. Iría más bien en sentido inverso, como lo muestra el gráfico de la página siguiente, prestado de Patrick Artus (2016), que sugiere que “el desarrollo del trabajo independiente [podría] permitir simplemente obviar la protección del empleo asalariado”.

La era de los gurús

¿Cuáles son a fin de cuentas las posibilidades de extensión de esta economía “colaborativa” y de los estatutos de trabajo degradado que la acompañan muy frecuentemente? Para algunos, “ninguna filial queda exceptuada”, como lo reivindica orgullosamente The Family, un “incubador” de starup, para quien el empleo, la protección social, los transportes, las pensiones, etc., están amenazadas por “los bárbaros”.

Esta problemática ha suscitado la aparición de profetas y gurús desigualmente inspirados, que funcionan en redes a menudo competidoras y hacen prueba de una gran habilidad para obtener subvenciones del Estado o de grandes empresas. Habrá que acercarse con más detalle para mostrar cómo la fascinación tecnológica de los grandes iniciados sirve para difundir una nueva ideología según la cual el empleo, la clase asalariada y las pensiones de reparto estarían sobrepasadas en la actualidad. Según ellos, sería inútil y reaccionario querer “hacer girar hacia atrás la rueda de la historia”, en lugar de inventar los medios para adaptarse al movimiento impetuoso del progreso tecnológico.

Se construye así un discurso multiforme, que exalta la “transversalidad” contra la “verticalidad”, el “nomadismo” contra el “sedentarismo”, la “reforma” contra el “conservadurismo”. Solicita a la mayoría de los seres humanos que se adapten a los cambios inevitables y a renunciar a toda forma solidaria de organización social. Insiste en la idea de que “el trabajo se ha acabado” y que la única compensación a la que se puede pretender es un (pequeño) ingreso en el marco de una sociedad de apartheid (Dessus, 2016). Todas estas predicciones tienen finalmente como punto común exhortar a los pueblos a abandonar todo proyecto de control de su destino.

Frey y Osborne: un método cuestionable

¿Cómo los dos economistas (aunque trabajen en Oxford) llegan a prever la evolución del empleo “sobre un cierto número, indeterminado, de años, quizá un decenio o dos”?

Ellos comienzan por seleccionar 70 puestos de trabajo entre los 702 de su base de datos. Después se dirigen a los “expertos” y les plantean esta cuestión: “Las tareas correspondientes a este empleo podrían ser suficientemente especificadas, bajo reserva de la disponibilidad de big data, para ser efectuadas por los más recientes equipos controlados por ordenador (state of the art)”.

Las evaluaciones de los expertos son a continuación extendidas al conjunto de los 702 puestos de trabajo considerados, sobre la base de una correlación con otras características que les sirven de indicadores de los obstáculos (bottlenecks) a la informatización. Pero esta extrapolación no es legítima, ya que solo puede establecer, justamente, las correlaciones que no dicen nada sobre la proporción de empleos automatizables para las 632 categorías (sobre 702) no “expertizadas”.

Referencias

Arntz, T. G., Zierahn, U. (2016) “The Risk of Automation for Jobs in OECD Countries”, OECD, http://goo.gl/jDVvbz

Artus, P. (2016) “Les travailleurs indépendants: évolution normale du marché du travail avec le numérique ou contournement de la protection de l’emploi salarié?”, 7 de junio, http://goo.gl/ LudQIp

Autor, D. G. (2015) “Why Are There Still So Many Jobs? The History and Future of Workpla- ce”, Journal of Economic Perspectives, vol.29, n°3, http://goo.gl/aTrgis

Bean, Ch. (2016) “Measuring the Value of Free”, Project Syndicate, 3 de mayo, http://goo. gl/4Kpq8P

Dessus, B. (2016) “Revenu universel : le risque d’apartheid”, AlterEcoPlus, 27 de mayo, http:// goo.gl/wh1qYn

Frey, C. B. y Osborne, M. A. (2013) “The future of employment: how susceptible are jobs to computerisation?”, septiembre, http://goo.gl/NrIsjq

Gadrey, J. (2015) “Le mythe de la robotisation détruisant des emplois par millions”, blog Alter- natives économiques, 1-2 de junio, http://goo.gl/2hq6Vi

Graetz, G. y Michaels, G. (2015) “Robots at Work”, CEPR Discussion Paper 10477, marzo, http://goo.gl/VUGXWL

Husson, M. (2015 a)) “Estancamiento secular: ¿un capitalismo empantanado?”, Viento Sur, 21 de junio de 2015, http://goo.gl/W5j7yG

Husson, M. (2015 b)) “La formación de una clase obrera mundial”, A través del espejo, nº 1, http://goo.gl/QeWwht

Mandel, E. (1979) El capitalismo tardío. México: Era

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Neveux, C. (2014) “Les robots vont-ils tuer la classe moyenne?”, Le Journal du Dimanche, 26 de octubre, http://goo.gl/qqMQOE

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