Después de la derrota electoral

El gobierno ante una crisis de rumbo político

El experimento frentetodista no ha podido trasladar su éxito electoral con el que llegó al gobierno al terreno de la gestión capitalista del país. Ahora, lo que antes era una alianza se ha convertido en un campo de batalla.

Renzo Fabb
Redacción de Izquierda Web.


El rumbo político que el Frente de Todos buscó imprimirle al país ha entrado en crisis, y con él toda la coalición gobernante misma. El experimento frentetodista no ha podido trasladar su éxito electoral con el que llegó al gobierno al terreno de la gestión capitalista del país. Ahora, lo que antes era una alianza se ha convertido en un campo de batalla.

Pero más allá de los nombres propios, las peleas dirigenciales y hasta las descalificaciones personales con que se tiran de uno y otro lado, lo que ha entrado en crisis es más que una coalición: es el camino trazado que se pensaba recorrer para administrar políticamente la crisis que arrastra el país.

Intentando hacer equilibrio entre el estancamiento económico, la crisis de deuda, el FMI y la grave situación social, el proyecto de gobierno del Frente de Todos pretendió un arbitraje que ahora se les revela imposible: aplicar un duro ajuste en un contexto social crítico, recurriendo a los mecanismos estatales y políticos de contención social. Todo este programa bellamente decorado con discursos progresistas.

La pandemia no estaba en los planes, y si bien obligó al gobierno a tomar algunas medidas paliativas extremadamente limitadas como el IFE, el grueso del rumbo económico ajustador no cambió. Para 2021, el llamado «Gasto Covid» fue directamente eliminado del Presupuesto previsto para este año.

Mientras tanto, la inflación se salió de control durante varios meses, el salario real se desplomó y la pobreza continuó en aumento. Las promesas nebulosas de que estaría por venir «la vida que queremos» no surtieron efecto en la campaña, y el golpe en las urnas fue como un mazazo.

Otro más, después de que Mauricio Macri sufriera un golpe parecido en las PASO de 2019. En la Argentina capitalista, el «voto castigo» se está volviendo la principal motivación para la participación democrática en los últimos años.

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La aparente paradoja es que, en esta oportunidad, el espacio político de Macri -claro que sin él como candidato- salió beneficiado electoralmente por el hecho de que el castigado ahora son los de en frente. Pero la herramienta para hacer efectivo el voto castigo no fue la coalición macrista, que sacó un número de votos similar a los de la última elección. La bronca se expresó por diversos canales: el ausentismo, el voto en blanco, la izquierda e incluso la ultraderecha liberal.

La contundente derrota puso en crisis las perspectivas para los segundos dos años de mandato que le restan a Alberto Fernández. Las contradicciones ahora se agudizan: un sector de la gran burguesía comienza a ver con buenos ojos una salida más nítidamente reaccionaria a la crisis, como lo expresaron los «mercados» alcistas para las acciones argentinas el día siguiente a la elección, motivados por la buena performance del macrismo reciclado y la instalación de una agenda derechista por parte de los «libertarios».

Por otro lado, la continuidad del ajuste y el deterioro progresivo de las condiciones de vida populares encienden las alarmas del gobierno de que la asistencia social comience a ser insuficiente para contener el descontento social que viene desde abajo, en los barrios, los lugares de trabajo y la movilización callejera nunca ausente en la Argentina post 2001. La buena elección de la izquierda es otro síntoma a tomar nota para el gobierno nacional.

Noviembre y más allá

El amague a una renuncia masiva de ministros y funcionarios kirchneristas del gobierno fue una jugada deliberada. Cristina Kirchner y el sector que lidera buscan presionar y condicionar al ala que responde más directamente al Presidente.

Pero, ¿En qué sentido va esta presión y qué busca lograr? Alberto Fernández es un esclavo del FMI. A través de Martín Guzmán, pretenden sumir al país a los mandatos neoliberales del Fondo. ¿El kirchnerismo busca evitar esto? De ninguna manera. Una ruptura con el FMI no entraría nunca en los planes de una «pagadora serial», como se autodefinió Cristina más de una vez. Además, su discurso «redistributivo» no puede ni pretende traspasar las reglas imperantes del mundo capitalista.

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Los deseos del kirchnerismo son bastante más modestos, contrario a lo que la vehemencia de estos enfrentamientos palaciegos parecen indicar. En lo inmediato, el bloque K reclama terminar con el fiscalismo de Guzmán y «ponerle plata en el bolsillo a la gente», para soñar con dar vuelta elección general, o al menos con atenuar la derrota, y de esa manera no retroceder tanto en el Poder Legislativo. El acuerdo con el FMI deberá pasar por un Congreso que, probablemente, encuentre al gobierno en minoría.

En ese mismo sentido, y pensando más a largo plazo (es decir, dentro de seis meses), el kirchnerismo quizás apueste a una negociación un tanto más «dura» con el Fondo, y no tan servil y cretina como la del actual Ministro de Economía. Algunos dirigentes camporistas sueñan con un acuerdo de plazos largos y condicionamientos suaves. Sin embargo, es difícil prever todavía la capacidad de negociación que pueda llegar a tener un gobierno dividido y debilitado.

Por lo pronto, aun no está nada claro como se resolverá la crisis política de la coalición oficialista. Los sectores en pugna buscan reconfigurar el gobierno de una manera que permita mostrar una mejor capacidad de administración de la crisis. Más o menos ajuste, más rápido o más adelante. Esto parecen ser los puntos de giro por los que se mueven, como en una partida de ajedrez, los bandos del FDT en pugna.

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