El fuego en la Patagonia lleva ya casi dos meses de descontrol. El gobierno negacionista, responsable de destruir buena parte de la prevención y lucha contra el fuego, decretó -50 días después de empezados los incendios- la emergencia ígnea en las provincias patagónicas.
Tarde, con bosques destruidos y ecosistemas que no se recuperarán; este gesto del gobierno está más cerca de ser una forma de tratar de ganarse el voto de algunos legisladores para la reforma laboral que una forma política de control del fuego. Hay que ser claros: si por Milei fuese, la emergencia caería al segundo siguiente de que los diputados que responden a los gobernadores del sur voten la contrarreforma.
Los datos de las pérdidas naturales son alarmantes. Se calcula que 230 mil hectáreas fueron consumidas por el fuego. La provincia más afectada es La Pampa, seguida por Chubut, Río Negro y Neuquén.
La flora nativa, por sus características, está muy expuesta de los incendios demasiado frecuentes. Los alerces, cipreses, coihues y demás especies patagónicas tienen un crecimiento lento. La frecuencia del fuego en la Patagonia hace muy difícil su recuperación.
Un gran ejemplo es el alerce, cuyo ejemplar más antiguo es “El abuelo”. Éste tiene alrededor de 2600 años y roza los 60 metros de altura. Ubicado en el Parque Nacional Los Alerces, lleva 2 meses en constante peligro porque el parque es uno de los más afectados.
Las llamas están consumiendo brutalmente árboles centenarios, partes de bosques milenarios de los cuales no quedan más que cenizas y paramos desolados. Con el tiempo, donde hubo bosques solo crecen matorrales, los únicos capaces de crecer entre incendio e incendio. A largo plazo, estos matorrales serán lo que conecten el fuego de un “manchón” de bosque con otro, cuando no sean directamente combustible en el que la chispa genere el incendio.
Pero no solo surgen matorrales. También ocupan una gran parte del espacio “libre” las especies invasoras de pinos, introducidos a principios del siglo pasado con el fin de impulsar la silvicultura.
Dijimos hace alguna semanas: “…La zona de Puerto Patriada fue, en 2013, objeto de una investigación del CONICET respecto al crecimiento desenfrenado de esta especie invasora, el pino Radiata y cómo afecta a todo el ecosistema y destroza la fauna nativa. Su acelerado crecimiento y la expansión rápida de sus semillas, en especial luego de los incendios, deja a la flora autóctona sin espacio. “…Tienen conos que permanecen cerrados mucho tiempo- pueden pasar 70 años-. Su apertura se propicia con aumento de las temperaturas por los incendios. Cae la semilla y germina. Muchas especies nativas tienen la capacidad de rebrotar y regenerar los ambientes, pero este pino no deja espacio para que crezca nada más…” decía en una entrevista, hecha alrededor de los incendios de 2022, una de las investigadoras. A esto se le suma que las hojas no aportan muchos nutrientes al suelo y son, al igual que el árbol, altamente inflamables…”
Los pinos son altamente inflamables porque, además de tener mayor cantidad de resina en su tronco, se expanden más rápidamente con el fuego. En el norte del continente, donde son más frecuentes y no fueron reciente y artificialmente introducidos, la flora tiene mecanismos distintos para repoblar. El crecimiento desenfrenado de estas especies causa una acidificación de los suelos nativos, generando un gran daño a los hongos e insectos.
Respecto a la fauna local, la mayoría en peligro de extinción y el fuego en la Patagonia tiende a reducir más y más su ámbito natural.
Un ejemplo es el Huemul, una especie de cérvido autóctona. Con un alto peligro de extinción debido a la caza y la pérdida del hábitat, este animal que otrora ocupaba una parte importante del sur ahora quedó reducido a la Patagonia Chilena y unas pocas franjas cordilleranas argentinas. Con menos de 500 ejemplares en Argentina en total, según un estudio de 2022, el Parque Nacional Los Alerces es dueño de una de las pocas poblaciones locales. Siendo éste, como dijimos, uno de los parques más afectados, aún no hay noticias de los ejemplares.
Hay que agregar la contaminación de los cursos de agua, que se llenaron de de cenizas y restos de los incendios, afectado el consumo de agua tanto para los animales como las poblaciones. Son los mismos grupos de personas que perdieron todo y que, cada vez que se reactiva un foco, sienten la presión de que el fuego alcance centros urbanos, como es el caso de Cholila.
Pero los villanos aquí no son ni el fuego ni los pinos, sino la política de destrucción ambiental del gobierno. Milei es un negacionista del cambio climático, oscurantista y ultra capitalista a ultranza. En su mundo mental, nada merece existir si no es para las ganancias empresariales y el imperialismo. Su ensañamiento con la prevención y combate de los fuegos forestales es parte de eso.
Ejemplos hay varios. El gobierno nacional lleva años subejecutando el presupuesto asignado al Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF): solo usaron el 22% en 2024 y el 25% en 2025.
El gobierno declaró que giraría $100.000 millones de pesos extra a los Bomberos Voluntarios. En la realidad, el dinero no llega. El equipamiento para pelear contra el fuego sigue preso en las aduanas y el tan anunciado giro “extra” a los bomberos voluntarios apenas sirve para saldar la deuda que tiene el Estado nacional con ellos.
Pasa que, desde el establecimiento de la Ley de Bomberos Voluntarios a final de los 90, el 5% de las primas de los seguros automotores se debe usar para financiarlos. El gobierno de Milei viene reteniendo y adeudando esos fondos. En total, y para sorpresa de nadie, esa deuda alcanzaba los $100.000 millones de pesos, según denunció la Federación de Bomberos Voluntarios de Chubut.
Esto termina de cerrar todo el show del gobierno y deja claro una cosa: necesitan los votos de las provincias para pasar la contrarreforma laboral y usan este decreto como forma de tranzar con los gobernadores “entreguistas”. No nos olvidemos que entre los afectados están Neuquén y Chubut. Mientras tanto, la plata llega tarde y puede directamente no llegar.
No es el fuego, es el ultra capitalismo, negacionismo climático y ajuste lo que está destruyendo la Patagonia.




