El fantasma de las huelgas recorre Europa

Una histórica ola de huelgas obreras recorre Europa mientras el encarecimiento del costo de vida no para. ¿Se vive un "revival" sindical?

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Tres largos años de dificultades pesan sobre la espalda de millones de trabajadores europeos. La pandemia, las cuarentenas, la crisis de la guerra en Ucrania, la crisis energética. Pero la gota que rebalsó el vaso fue la inflación.

Las decenas de huelgas de las últimas semanas ya han alcanzado proporciones suficientes para ganarse espacio en la opinión pública y preocupar a los gobiernos. Muchos analistas se preguntan si estamos ante un fenómeno similar al ascenso huelguístico de los años ’70. Trazar un paralelismo de este tipo siempre es arriesgado, pero una cosa es segura: algo cambió en los ánimos de miles de trabajadores a lo largo y ancho del viejo continente.

La inflación y los salarios

El punto común de todas las huelgas en curso es el reclamo de aumento de salario indexado según inflación. La inflación europea alcanzó un 5,1% anual en enero de este año. Ahora ya está rozando el 8%, pero el número es algo mayor en algunos países, motorizado por la guerra en Ucrania, el alza de los alimentos y la crisis energética. El elemental reclamo de la recomposición salarial está hoy en boca de cientos de miles de trabajadores.

En todo el continente se está desarrollando en estos momentos un proceso de huelgas en el sector aeroportuario. El mismo incluye a distintas ramas de trabajo, desde los pilotos hasta los trabajadores precarizados que manejan el equipaje. Los reclamos, además del salario, son por las condiciones de trabajo. Especialmente por la recuperación de derechos recortados por las aerolíneas durante la pandemia.

En el Reino Unido, 50.000 trabajadores ferroviarios vienen de realizar la huelga más importante del sector en más de 3 décadas, desde los días de Margaret Thatcher. Los ferroviarios confluyeron en un paro conjunto con los 10.000 empleados del subterráneo londinense, paralizando el transporte de la metrópolis.

Hay que señalar que ni las huelgas actuales tienen todavía la dimensión de aquellas que enfrentaron al thatcherismo, ni la situación económica es todavía tan acuciante como a finales de los años ’70. Pero la inflación del último año alcanzó el 9,1% en Gran Bretaña, la mayor cifra en cuarenta años. Aún así, se espera que siga subiendo hasta por lo menos el 11%. Durante los últimos dos años, los precios de los alimentos habían aumentado un propio 6% por los desbalances económicos del Brexit. La combinación de inflación, escasez energética y crisis política ya llevó a todos los medios ingleses a anticipar un «invierno del descontento».

Además de los ferroviarios, otros gremios como los de docentes, correos y salud están evaluando ir al paro. Se espera que durante las próximas semanas los sindicatos realicen «consultas» entre sus afiliados para decidirlo. De concretarse una huelga docente, el número de trabajadores en paro ascendería por arriba del millón.

Al mismo tiempo, 38.000 trabajadores votaron a favor de la huelga en rechazo al acuerdo de salario ofrecido por la patronal BT, una enorme multinacional de las telecomunicaciones. A esto hay que sumar una miríada de pequeñas huelgas, como por ejemplo un paro de 600 choferes de autobuses en Yorkshire.

En Alemania, quizás el país más afectado por la escasez energética, los huelguistas están exigiendo aumentos salariales de dos dígitos. Es el caso de los 12.000 trabajadores portuarios que fueron a la huelga el 23 de junio y afectaron los puertos de Hamburgo, Emden, Bremer, Bremerhaven, Brake y Wilhelmshaven. 4.000 de ellos se movilizaron activamente en la ciudad de Hamburgo, bajo la atenta mirada de los cordones policiales. El reclamo concreto es un aumento de 1,2 euros por hora de trabajo, una recomposición equivalente a la inflación del último año y la renegociación del convenio colectivo de trabajo.

Al mismo tiempo se está desarrollando un proceso de huelgas entre los trabajadores de hospitales universitarios de Renania del Norte – Westfalia. Se trata de trabajadores muy afectados por las convulsiones de la pandemia, lo que explica la llamativa duración del conflicto, que sobrepasó las 7 semanas e involucró a 2.500 enfermeros.

Los metalúrgicos de IG Mettal (el sindicato más grande del país, con 2 millones de afiliados) acaban de firmar un aumento del 6% tras varios días de huelga. La cifra queda ostensiblemente por debajo de la inflación, que llegó al 7,9% y fue la más alta en los últimos 50 años.

El 20 de junio se realizó la última huelga general en Bélgica, que paralizó sectores centrales del transporte. El aeropuerto de Bruselas (la ciudad «sede» de la Unión Europea) debió cancelar todos sus vuelos.

En Francia, un país con una fuerte tradición sindical, 35.000 trabajadores petroquímicos vienen de realizar una huelga de 24 horas el 24 de junio.

En Italia los taxistas realizaron una huelga «salvaje» (una wildcat strike, es decir, sin autorización de la cúpula sindical) en repudio a la patronal de Uber, pocos días después de darse a conocer los Uber files. Esta filtración expuso maniobras de lobby, evasión fiscal y estafa laboral por parte de la multinacional yanqui. Poco antes, los conductores pararon en rechazo a la desregulación del sector, que le permitiría a Uber avanzar sobre el mercado del transporte de pasajeros.

En España empiezan a moverse los trabajadores del metal. Una huelga de 16 días culminó recientemente en Cantabria, al tiempo que otra se iniciaba entre los metalúrgicos de Bizkaia. Ambas huelgas parecen la réplica de la histórica huelga de los metalúrgicos de Cádiz, que sacudió la región el año pasado.

Los sindicatos de tripulantes de cabina acumulan más de 18 días de huelga en varias aerolíneas del Estado español. Esto generó la parálisis de al menos 10 aeropuertos.

Además, 5.000 trabajadores vienen de realizar un paro de tres días en la planta de Mercedes Benz ubicada en Vitoria. Los automotrices de Vitoria exigen la anulación de un nuevo «plan de inversión» de la patronal que implica flexibilización del trabajo y recorte salarial. La huelga tuvo un acatamiento del 95% y paralizó completamente la producción.

Las huelgas golpean sobre los «eslabones débiles» de la economía

La causa inmediata del estallido huelguístico es la inflación. Pero es innegable que los problemas que están llevando a miles de trabajadores a las calles se remontan al inicio de la pandemia (y aún más atrás).

Así lo expresa la distribución de los conflictos dentro de las cadenas de producción y distribución. Las ramas de la economía más afectadas por las huelgas son, justamente, las que fueron más afectadas por las convulsiones de la pandemia y de la guerra. Veámoslo caso por caso.

Hace pocas semanas, los trabajadores del gas y el petróleo de Noruega iniciaron una huelga exigiendo aumentos de salario que cubran la inflación. En mayo, la inflación llegó al 5,7% en el país nórdico, el valor más alto desde 1988. La huelga puso en riesgo aproximadamente el 13% de la producción de gas y 130.000 barriles de petróleo de Noruega, el mayor productor energético de Europa occidental. Esto mientras la crisis del gas azota a Europa y anticipa un «invierno del descontento», como lo han llamado los medios.

Las consecuencias de las huelgas aeroportuarias se están sintiendo en todo el viejo continente desde hace semanas. Francia, Italia y España son algunos de los países más afectados. Pero por la enorme interconexión de las rutas europeas, el caos es generalizado. Cientos de vuelos debieron ser cancelados, y se espera que el conflicto continúe, aún si es de forma intermitente.

En Dinamarca, 900 pilotos de la aerolínea SAS realizan una huelga indefinida. Según denuncian, la patronal está intentando avanzar sobre las condiciones de trabajo a través de un cambio de convenio. En solidaridad con los pilotos, 200 trabajadores mecánicos se niegan a trabajar en maquinaria propiedad de SAS. Un ejemplo de cuán rápido pueden extenderse las huelgas cuando los conflictos se dan en un marco de crisis económica e inflacionaria, y de cuán imbricadas están las distintas ramas del trabajo.

Vale la pena mencionar que las aerolíneas fueron uno de los sectores más afectados por la retracción económica de la pandemia. Pero también uno de los que más están ganando con el fin de las cuarentenas. Hay un «boom» pospandémico de la industria hotelera y el turismo, del cual participan las principales aerolíneas. Pero las patronales no parecen dispuestas a devolver los sacrificios que les exigieron a sus empleados durante el 2020. Hablamos de condiciones de trabajo pero también de salario, premios, bonos y demás.

En Alemania el sector más afectado son los puertos. Esto es así en momentos en que se viven importantes dificultades en el transporte marítimo. Durante la pandemia, la interrupción de las cadenas de suministro generó cierta escasez de containers. Ahora, el precio de los mismos está cayendo en torno al 30% por el temor ante una posible recesión.

Algo similar sucede en el caso de los metalúrgicos. Los precios del aluminio, el acero y el cobre cayeron en torno al 15% en lo que va del año. Y el sector acumula largos años de pérdida de salario en términos reales.

Los problemas en los servicios públicos y el transporte (ferroviarios y docentes en Inglaterra, salud en Alemania) son una tónica de época. El problema remite a las políticas de austeridad sostenida en varios países de la UE, especialmente post 2008. Al recorte presupuestario se suma la licuación de salarios que ya eran históricamente bajos.

Además, hay que tener en cuenta que sectores como la salud llegaron a trabajar bajo condiciones de precariedad casi absoluta durante la pandemia. Por esa razón no sorprende que sea uno de los gremios más activos en términos cuantitativos. Además de Alemania, Escocia, Francia e incluso la India y Nueva Zelanda están presenciando huelgas que incluyen a decenas de miles de trabajadores de la salud.

Enfermeros y médicos soportaron jornadas de 24 horas ininterrumpidas y salarios de hambre bajo la presión de «sostener» el sistema de salud. Pero ya no están dispuestos a hacerlo.

La nueva clase obrera: un problema de derechos laborales

Un dato importante (y poco señalado por los analistas) es la participación e influencia de sectores de trabajadores precarizados en el actual proceso huelguístico. Es cierto que las huelgas más grandes se están dando en sectores del trabajo formal, especialmente de servicios públicos y transporte.

También es cierto que el reclamo central de todos estos conflictos es fundamentalmente salarial. Pero, justamente por ser el salario una reivindicación universal para toda la clase trabajadora (especialmente en momentos de inflación desbocada), dicho reclamo permite unificar a sectores muy dispares.

En muchos casos, junto al reclamo salarial se hacen presentes reclamos por las condiciones de trabajo. Así es en el caso de los trabajadores de seguridad de los aeropuertos alemanes, que paralizaron varios aeropuertos en Berlín, Münich, Düsseldorf, Frankfurt, Bremen, Hannover, Leipzig y Colonia.

El personal de seguridad alemán está sindicalizado en Verdi (Unión de Sindicatos de Servicios). Hace dos meses, este mismo sindicato (el segundo más grande del país) había protagonizado paros en 7 plantas alemanas del pulpo estadounidense Amazon.

El conflicto se enmarca en un reclamo que tiene más de una década: que los trabajadores de dichas plantas cobren según el convenio colectivo de empleados de venta por correo. Actualmente, Amazon les paga como «proveedores de servicios de logística». Una maniobra común en las empresas de la «economía de plataformas» para recortas «gastos» laborales.

Poco antes, los trabajadores de Amazon habían ido al paro en Francia para reclamar aumentos salariales. Mientras en Europa los trabajadores de Amazon parecen comenzar a moverse por el tema salarial, en Estados Unidos se vive un incipiente proceso de sindicalización que se expande a otras empresas como Starbucks y Apple.

La participación de sectores precarizados (es el caso de los empleados de start – ups como Amazon y del sector servicios en general) en el proceso huelguístico debe comprenderse como parte de dos procesos. Por un lado, se trata de la aparición en escena de nuevos sectores de la clase trabajadora, aquellos que vienen trabajando sin la protección de ningún tipo de derecho laboral. Es el caso de Amazon pero también de las empresas de reparto por aplicación como Deliveroo y Uber o Rappi y PedidosYa en Latinoamérica.

Por otro lado, lo que se vive en el viejo continente (y en todo el globo) es la creciente precarización de las viejas formas de trabajo. A esto responden los conflictos por condiciones de trabajo en las aerolíneas y el sector público. Y también, con sus diferencias, los conflictos por los convenios colectivos de trabajo (aerolíneas en Dinamarca, automotrices en España).

¿Un revival del movimiento obrero? 

Las huelgas europeas tienen incontables diferencias entre sí, pero dan cuenta de lo que varios analistas (tanto «pro – sindicatos» como del establishment neoliberal) han llamado «un revival de los sindicatos».

Hace algunas semanas, el medio especializado en economía Bloomberg hablaba de cómo «los trabajadores del mundo están uniéndose otra vez«. Más allá de las cuestiones de grado, todos estos analistas están dando cuenta (de formas distintas) de un fenómeno en curso. Se trata del surgimiento simultáneo de decenas o incluso cientos de conflictos sindicales a lo largo y ancho de Europa.

Pero si hay un «revival sindical» no es por un simple problema reivindicativo. Tampoco porque los trabajadores del mundo hayan recobrado la fe en los viejos sindicatos. De hecho, las estadísticas muestran que la tasa de sindicalización está en su mínimo histórico de las últimas décadas. En Estados Unidos, la sindicalización en el sector privado cayó del 20% al 6% en los últimos 30 años.

Las estadísticas también dicen que los salarios están estancados desde hace casi una década. En el Reino Unido, el salario promedio apenas llegó en el 2022 al nivel de 2007 (previo a la crisis). En EEUU, la participación del trabajo sobre las ganancias empresarias se redujo en 5 puntos porcentuales desde el 2008. Y los trabajadores sindicalizados suelen ser los de mayor edad. En Reino Unido, el 75,9% de los trabajadores sindicalizados son mayores de 35 años.

¿Qué expresan estos números? Primero: que el conjunto de los trabajadores están peor en términos de poder adquisitivo que hace 10 años atrás. Segundo: que una gran capa de los trabajadores, la más joven, no está sindicalizada. Y la falta de sindicalización no responde a otra cosa que a la proliferación de trabajos precarios. En los mismos las empresas son abiertamente anti – sindicales y las posibilidades de organización espontánea suelen ser menores por las malas condiciones.

Este último sector es el que se está sindicalizando de forma autoorganizada en las plantas de Amazon y las tiendas de Starbucks y Apple en Estados Unidos. Es la franja más explotada de la clase trabajadora, la que no posee derecho laborales ni sindicales, que parece estar entrando a la vida sindical.

La otra gran franja de trabajadores, la que conserva derechos laborales básicos y está sindicalizada en los grandes aparatos dirigidos por los partidos reformistas (el Partido Laborista inglés, el SPD alemán) está viendo (una vez más) cómo se licúan sus condiciones de vida.

Si bien es cierto que la clase obrera europea es sumamente cosmopolita y diversa, estos son los dos grandes sectores que están participando en el proceso huelguístico. La crisis inflacionaria, al golpear a los asalariados en su conjunto, podría hacer que estas dos grandes franjas de trabajadores se «crucen» en acciones comunes.

A este marco de empobrecimiento general de la clase trabajadora responde el actual movimiento huelguístico en Europa. No se trata de conflictos sectoriales, como podría parecer por el aislamiento mutuo de muchas huelgas, sino de problemas universales, comunes a todos los trabajadores.

Si se está desarrollando un movimiento huelguístico de estas magnitudes es porque el embate del capitalismo contra las condiciones de vida es más duro que durante los años pasados. La larga crisis del 2008, la pandemia, la guerra y la inflación han pulverizado los salarios obreros como no se veía desde hace décadas en los países del centro imperialista.

Prueba de esto es el importante factor auto – organizativo en algunos de estos conflictos (especialmente los de menor envergadura). Las «huelgas salvajes» y los paros regionales (como el caso de Vitoria, en que un sector del gremio rompió con la directriz central) son un ejemplo de cómo los trabajadores «estallan» tras largo tiempo de sufrir la degradación de sus condiciones de vida.

Otros conflictos están más mediatizados por la dirección de los sindicatos tradicionales. Este problema ya es histórico para el movimiento obrero internacional: la falta de direcciones propias, que respondan a los intereses de la clase trabajadora. En España, la burocracia de la CCOO y la UGT (las principales centrales sindicales) ya se las arregló para traicionar la huelga automotriz y dejó aislada a la planta de Vitoria del resto del país. En Alemania, la burocracia socialdemócrata de IG Metall (el sindicato industrial más grande, no sólo del país, sino del planeta) claudicó en el conflicto por salario y firmó un acuerdo por debajo de la inflación.

Además, al no haber ningún sector que nuclee los conflictos y les de una dirección general (es decir, política) la inercia trabaja hacia el aislamiento de los mismos. Los conflictos se cuentan de a decenas, pero es probable que existan muchos más que no conocemos al no tomar relevancia mediática.

Un nuevo actor en momentos de crisis

«Por décadas, los trabajadores obtuvieron una menor parte de las ganancias del capitalismo, y los sindicatos que los representaban perdieron miembros e influencia. Ahora los empleados están encontrando su voz colectiva de nuevo«. Así sintetizaba un analista el proceso del «revival». 

El balance de las experiencias del movimiento obrero durante las décadas pasadas merecen reflexiones más complejas que esta cita. Pero el autor señala un hecho que es ineludible, aunque todavía incipiente: la emergencia de la «voz» de los trabajadores en la escena política europea.

Este es sin duda el elemento más valioso del actual proceso huelguístico. Y es necesario tomar nota de que el proceso europeo se da tras un largo proceso similar en los Estados Unidos: la ola de huelgas del 2021 y el fenómeno del striketober, que puso a 100.000 trabajadores estadounidenses de paro.

Ya antes de la pandemia, una serie de huelgas recorrió Estados Unidos. La enorme huelga de General Motors, que marcó la reaparición histórica de uno de los sectores más concentrados de la clase obrera yanqui. La huelga de los trabajadores de las telecomunicaciones. La huelga de los docentes en Los Ángeles y la huelga docente de Chicago. Estos son algunos ejemplos de un proceso que involucró a casi medio millón de trabajadores y configuró el proceso huelguístico más masivo del país desde 1986.

Es cierto que los conflictos laborales en Europa no tomaron todavía un curso político expreso ni han derivado en instancias de unificación. Pero eso no significa que las huelgas no estén teniendo relevancia. En todo caso, nunca deberían subestimarse las fuerzas de los trabajadores movilizados. Ni tampoco circunscribir a priori los posibles alcances de los conflictos a «un mayor reparto» de las ganancias, como hacen los analistas del neoreformismo y los keynesianos.

El paro de los ferroviarios ingleses paralizó el transporte londinense y hizo que se volviera a hablar de la posibilidad de un paro general en un país que no ve tal cosa desde la década de 1920. Mick Lynch, el secretario general del sindicato ferroviario, se ha convertido en una suerte de «influencer» sindical luego de que se viralicen los argumentos con que le responde a las patronales.

Las huelgas de los aeroportuarios en toda Europa se abrieron paso hacia los medios de comunicación. En las últimas semanas se multiplicaron los títulos que se lamentaban por el «caos» de las aerolíneas.

La huelga de los petroleros en Noruega le puso los pelos de punta a los gobiernos europeos en medio de la mayor crisis energética de la que se tenga memoria.

Tal parece que no sólo los gobiernos y las empresas tienen la capacidad de controlar el suministro de energía, el transporte público y las aerolíneas: también los trabajadores pueden hacerlo.

Este es un hecho elemental del que pocos analistas toman nota. Las huelgas retoman un método histórico de lucha de la clase obrera con al menos un siglo de historia. A fines del siglo pasado se escribieron miles de páginas y papers académicos que sentenciaban «la muerte de la clase obrera» junto con la disolución de la historia en la «posmodernidad». Sin embargo, la clase obrera está dando sobradas muestras de su vitalidad.

La ola huelguística en Europa está poniendo sobre la mesa la capacidad de los trabajadores de intervenir en la crisis que viven Europa y el mundo entero. Los capitalistas y sus gobiernos llevaron la situación mundial al borde del abismo, reviviendo el fantasma de la guerra imperialista y la hambruna, recrudeciendo los sufrimientos sociales y los desastres naturales de todo tipo. Obviamente, no alcanzará con una ola de huelgas para solucionar estos problemas. Pero, de concretarse políticamente, la aparición de la clase obrera en la escena internacional podría cambiar el curso de más de una crisis y brindarle a millones de almas una perspectiva alternativa a la degradación del capitalismo.

 

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