7- La última palabra la tiene la lucha de clases

Marx, Trotsky y Mandel. Artículo aparecido por primera vez en la Revista Socialismo o Barbarie 30, octubre del 2016.

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“Estaba convencido de que su vida era como una prueba manifiesta de que era portador de una voluntad enorme, una voluntad a la que no era en absoluto ajena la indignación social y la utopía. No era otra cosa lo que siempre aconseja cuando, con una paciencia muy poco común, recomendaba a todos los que le pedían consejo lo mismo: trabajar, trabajar, trabajar…” (Pepe Gutiérrez Álvarez, Un siglo de Jack London).

El dinamismo recobrado por el sistema en los años 90, su expansión geográfica, el surgimiento de nuevas ramas productivas, fueron elementos reunidos que dieron lugar a la idea de que el capitalismo había inaugurado una nueva fase ascendente.

Hoy esta creencia aparece desacreditada. Algunos de los principales economistas marxistas de la actualidad, como Michael Husson o Michael Roberts, opinan que el capitalismo no ha podido pasar a una fase ascendente, lo que se expresa tanto en los déficits en materia de acumulación como en las dificultades para una suba sostenida de la productividad de las economías del centro imperialista. François Chesnais se pronuncia en igual sentido: “Para la burguesía, el problema es hallar un factor capaz de impulsar la acumulación otra vez, luego de varias décadas. Desde que se incorporó a China en el mercado mundial, ya no quedan ‘fronteras’. La única oportunidad son las nuevas tecnologías. Solamente éstas, con una inversión extremadamente alta y sus efectos en los empleos, son capaces de impulsar una nueva onda larga de acumulación, asociada con la expansión a través de nuevos mercados. El rol de las tecnologías de la información y de la comunicación en la reconfiguración radical de la organización del trabajo y en la vida cotidiana es indudable. La gran cuestión es si ellas tienen las consecuencias en las inversión y en el empleo capaces de impulsar una nueva onda larga de la acumulación”.

No es una opinión que compartan sólo los marxistas. Los economistas del establishment están preocupados por lo que señalan como “estancamiento secular” del sistema. Ya hemos comentado la opinión escéptica de un reconocido especialista en estudios de productividad, Robert Gordon, para quien en materia de productividad el panorama es adverso, y no prevé ganancias de productividad cualitativas en las próximas décadas.

Husson observa agudamente que en ningún caso la curva del capitalismo debería apreciarse de manera mecánica. Si se respetara el ritmo de los “ciclos de Kondratiev”, habría que evaluar las últimas décadas como de ascenso capitalista (como unilateralmente las considera, por ejemplo, Astarita). Sin embargo, según Husson, éste no es el caso: el hecho de que el capitalismo no se encuentre en una nueva fase ascendente es otro argumento contra la errónea apreciación de que la curva de desarrollo pueda tener algún tipo de regularidad, mecanismo o mecanicismo que hiciera que las inflexiones ascendentes o descendentes llegaran a la hora.

Como señalara Daniel Bensaïd para las revoluciones, que siempre llegan a destiempo, es evidente que si en el caso de la curva del desarrollo capitalista inevitablemente interviene la lucha de clases, no hay nada que pueda determinar, por fuera de esa misma lucha, regularidad alguna[1].

En todo caso, y más allá de esta cuestión de método, en lo sustantivo todo parece indicar que, efectivamente, el capitalismo sigue con una tónica descendente. Contribuyen para esto una multiplicidad de evidencias que van desde la frágil recuperación luego de 2008 –que a Roberts, Shaikh y otros marxistas los lleva a definir la crisis como la tercera depresión en la historia del sistema– hasta los problemas que, en materia de estancamiento de la productividad, caracterizan a los países centrales hoy: “Durante las tres primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, la economía global fue, en general, la historia de una marea ascendente que levantaba todos los barcos. Ése ya no es el caso: una elite minúscula se queda con la parte del león del crecimiento global. Para los de abajo, y cada vez más también para los del medio, se trata de ajustes de salarios, alto desempleo, deuda, austeridad y pobreza. Las 85 personas más ricas del planeta suman la misma riqueza que la mitad de la población del mundo, pero parecen olvidar el riesgo de una extendida agitación social. Lo mismo les pasaba, por supuesto, a los Borbones y a los Romanov” (Larry Elliott, en The Guardian, citado por M. Yunes, 2015).

7.1 Como a los Borbones y a los Romanov

Es importante finalizar este trabajo con la idea que lo recorre desde su inicio. A la hora de la caracterización de la dinámica del sistema, esa apreciación debe ser concreta: una combinación de las leyes generales del sistema, su concreto desarrollo histórico y la intersección de todas sus tendencias, en relación con los desarrollos de la lucha de clases. La economía, en todo caso, establece las bases materiales, las condiciones objetivas (a las que hay que sumar las políticas) en las que esa lucha de clases se desarrollará.

Por esto mismo es que, a la vez, hay que tener sumo cuidado en las previsiones: el catastrofismo –hermano gemelo del objetivismo y de una “filosofía de la historia” determinista[2]– es un mal consejero. Cuando definimos que el capitalismo no está hoy en una fase ascendente, no quiere decir que no pueda estarlo mañana. Eso dependerá de la lucha de clases y su desarrollo concreto. El sistema tiene a su disposición un conjunto de invenciones que bien podrían aplicarse y generalizarse para producir un nuevo salto adelante de la acumulación: robótica, impresoras 3D, nanotecnología, tecnología espacial, biotecnologías, inteligencia artificial…

Se trata de avances tecnológicos que no podrán tener un desarrollo independiente, pero que si el capitalismo lograra superar su crisis, destruir los capitales sobrantes, liquidar la sobreacumulación que echa para atrás las nuevas ramas productivas; en definitiva, si logra procesar su crisis socialmente (y esto quiere decir por el cedazo de la lucha de clases), no hay nada que en el mundo material pueda impedir una nueva fase de desarrollo.

Esto no quiere decir que, cual un mero movimiento cíclico, esto resolvería todas las taras que el capitalismo viene arrastrando. Sea como “última fase” (Lenin) o como “capitalismo tardío” (Mandel), el sistema viene acumulando contradicciones cada vez más brutales, expresadas en su capacidad sin antecedentes de crear fuerzas destructivas. Recordamos aquí el dramático problema del cambio climático, que coloca a la humanidad de manera perentoria y sistémica frente el pronóstico de socialismo o barbarie climática mundial, por no hablar de un eventual descontrol de la posesión de arsenal nuclear.

Pero aun con la acumulación creciente de inercias, sin perder de vista ni por un instante la idea de Trotsky de que el capitalismo, como el cuerpo humano, tiene edad y acumula “achaques”, mientras no muera (y el capitalismo, a diferencia en esto de los seres humanos, no puede morir de muerte natural), seguirá respirando. Esta respiración puede mostrarlo ahogado, fuera de estado o recuperando agilidad y oxígeno por la vía del relanzamiento de la acumulación y de nuevas ramas productivas.

¿De qué depende esto? ¿Cómo puede hacerse valer el capitalismo? Pues por la vía de la lucha de clases. Si lograra despedir a los trabajadores suficientes, si lograra ensanchar más la histórica desigualdad social que se vive hoy, si por una combinación de circunstancias lograra aumentar cualitativamente la extorsión de plusvalía absoluta y relativa, el capitalismo podría tener una nueva oportunidad.

Pero lo que podemos anticipar es que esto no será fácil. Es verdad que todavía campea gran desorientación entre los trabajadores en materia de perspectivas estratégicas, de alternativas. Pero la continuidad de la acumulación capitalista, el traslado de su centro más dinámico a China, India y mañana quizá a África, el surgimiento de una nueva generación trabajadora, están creando las condiciones históricas para un recomienzo de la experiencia de los explotados y oprimidos.

Un recomienzo que, ante el escenario de polarización creciente que parece abrirse con el triunfo de Donald Trump a la presidencia, apunta a dejar atrás los tiempos posmodernos dominantes en Occidente en las últimas décadas: “Lo ligero hipertrofia el placer inmediato, suprimiendo la progresión histórica: ‘Vivir mejor aquí y ahora –escribe Lipovetsky– y no en un futuro lejano: el universo materialista y hedonista de lo ligero es lo que ha acabado con las visiones titánicas del progreso’. (…) En este mundo, ya ningún líder podrá decir lo que Churchill les pidió a los ingleses en 1940: ‘Sólo tengo para ofrecerles sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas’. Nadie quiere sufrir en la hipermodernidad” (E. Fidanza, 2016).

Mejor sería no apresurarse tanto. Una radicalización de la nueva generación podría estar a la vuelta de los desarrollos si éstos se extreman, cuando rebote un péndulo de la lucha de clases que podría ser llevado demasiado a la derecha desde el gobierno más importante del mundo.

Será esta generación obrera, trabajadora, juvenil y del movimiento de mujeres la que podría determinar el curso futuro del sistema: “Visto desde el punto de vista de la lucha por la emancipación social, [la] única perspectiva es la que se resume en la palabra que dijo Marx durante su última conversación registrada (…) en una conversación con un joven periodista estadounidense: ‘Lucha’. ‘Durante la conversación, surgió en mi mente una pregunta relativa a la suprema ley de la vida. Mientras descendía a las profundidades del lenguaje, y se elevaba a las alturas de la solemnidad, durante un instante de silencio, interrumpí al revolucionario y filósofo con estas decisivas palabras, ‘¿Qué es?’ Parecía como si por un momento su mente diese marcha atrás mientras contemplaba bramar al mar ante él, así como a la inquieta multitud en la playa. ‘¿Qué es?’, había preguntado yo; a lo que en un tono profundo y solemne, replicó: ¡Lucha! Al principio creí haber oído el eco de la desesperación; pero, por ventura, era la ley de la vida’” (F. Chesnais).

Trabaja y lucha; lucha y trabaja. Éste debe ser un poco el mandato para las nuevas generaciones militantes. Porque todos los elementos objetivos de la situación mundial muestran que está reabriéndose la época de la crisis, guerras y revoluciones, la época de las nuevas revoluciones socialistas en el siglo XXI, la época que estará marcada por la autodeterminación democrática y socialista de la clase obrera.


Bibliografía

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Astarita, Rolando: “Trotsky y el estancamiento de las fuerzas productivas”.

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––– “¿Final de un modelo o nacimiento de un nuevo modelo?”. Transversales 17, invierno 2009-2010.

Bensaïd, Daniel: “Prefacio a Las ondas largas del capitalismo de Ernest Mandel. Los ritmos del capital”.

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Chesnais, Francois: “El curso actual del capitalismo y las perspectivas para la sociedad humana civilizada”.

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Federici, Silvia: “La muerte de mujeres en las maquilas recuerda a la fase del período de acumulación originaria”. Pueblos, 12-10-2016.

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[1] Recuerdo un comentario que me hiciera el compañero Valério Arcary sobre que frente a la paradójica “regularidad” en las “ondas” del desarrollo capitalista, esto podía apreciarse respecto de los niveles del PBI, pero no así en materia de la tasa de ganancia.

[2] “Que la revolución social radical es la solución es algo más cierto que nunca, pero la amenaza de las crisis ecológicas, algo que era imprevisible para Marx, como también el legado político del siglo XX, no nos inducen a ser tan optimistas como trataba de ser Mandel en 1981. En la tradición revolucionaria a la que adherí, el socialismo era una ‘necesidad’ en dos sentidos de la palabra: el de ser la única respuesta decisiva y duradera (…) y el de ser el resultado del movimiento del desarrollo capitalista. La burguesía no dejaría la escena sin luchar y los procesos contrarrevolucionarios como el nacimiento del stalinismo o el maoísmo podrían ocurrir, pero ‘la historia está de nuestro lado’. Los marxistas revolucionarios eran la ‘expresión consciente’ de proceso económicos y sociales fundamentales (…). Rosa Luxemburgo era objeto de sospechas, no sólo debido a sus advertencias sobre el posible curso de la Revolución de Octubre, sino por la angustia contenida en el grito ‘socialismo o barbarie’. El hecho de que en sus últimos años esta angustia también pasó a ser la de Trotsky jamás fue discutido” (Chesnais).

 

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