6- Un gigante comienza a despertar

Marx, Trotsky y Mandel. Artículo aparecido por primera vez en la Revista Socialismo o Barbarie 30, octubre del 2016.

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“La parte de los trabajadores llamados migrantes, es decir, los que vienen desde el campo, arriban a las ciudades y se instalan de una u otra manera en condiciones de precariedad extrema, ha devenido masiva. Se estima que dos obreros de fábrica sobre tres vienen del campo. Ellos representan la fracción más explotada del proletariado, similar a los inmigrantes en otros países” (Patrick Le Trehondat, citado en Au Loong Yu, La Chine, un capitalisme bureaucratique).

Una de las grandes transformaciones de las últimas décadas ha sido la creación de un proletariado universal. El hecho de que China, India y próximamente África estén agregando cientos de millones de nuevos asalariados es un dato contundente de cómo ha venido siendo el desarrollo, siempre contradictorio, de las fuerzas productivas el último siglo. La creación de semejante proletariado en los nuevos lugares de la acumulación capitalista es una expresión de su desarrollo. Nos dedicaremos someramente a dar cuenta de ese proceso, para luego detenernos en la nueva clase obrera china.

6.1 Un proletariado universal

La historia de este nuevo proletariado tiene su sede en países con un inmenso hinterland campesino, como China, India y continentes enteros como África, que en 2040 aportará la astronómica cifra de mil millones de nuevos trabajadores a la economía mundial capitalista: “Con más de 200 millones de habitantes entre 15 y 24 años, África posee la población más joven del mundo (…). El número de jóvenes en África alcanzará el doble de aquí al 2045. De 2000 a 2008, la población en edad de trabajar (15 a 64 años) pasó de 443 millones a 550 millones, una tasa de alza del 25%. En un año, eso equivale a un aumento de 13 millones, es decir, un 2,7% (Banco Mundial, 2011). Si esta tendencia se mantiene, la mano de obra del continente será de 1.000 millones de personas en 2040, la más numerosa del mundo, superando la de China e India” (León Crémieux).

Ante esta masiva evidencia de la aparición de una nueva clase trabajadora, últimamente hemos escuchado menos voces profetizando el “fin del proletariado”. O vuelve bajo la forma de que la inteligencia artificial, la automatización y los robots irán a reemplazar a los trabajadores en las próximas décadas…

En todo caso, y más allá de los problemas, que veremos más abajo, a nivel de la maduración subjetiva de esta nueva clase trabajadora mundial –a nuestro juicio, se está viviendo un recomienzo de la experiencia histórica, en que la clase obrera parte de muy atrás debido también a la herencia del “fracaso del socialismo” en el siglo pasado–, lo que nos interesa es dar cuenta de la faceta material de este acontecimiento. Esto es, cómo la acumulación capitalista está creando el proletariado universal más vasto de la historia, que todavía muestra un bajo nivel de actividad, pero que es un hecho testarudo del capitalismo actual: “Los datos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) permiten una estimación del número de asalariados a escala mundial. En los países ‘avanzados’, ha aumentado alrededor de un 20% entre 1992 y 2008, para luego estancarse desde la entrada en la crisis. En el resto del mundo (los países ‘emergentes’), aumentó cerca de un 80% en el mismo período. Se encuentra el mismo tipo de resultado, aún más marcado, para el empleo en la industria manufacturera: entre 1980 y 2005, la mano de obra industrial aumentó un 120% en los países ‘emergentes’, pero bajó un 19% en los países ‘avanzados’.

“La misma constatación se produce en un estudio reciente del FMI, que calcula la fuerza de trabajo en los sectores exportadores de cada país. Se obtiene una estimación de la fuerza de trabajo mundializada, es decir la que está directamente integrada en las cadenas de valor globales. La divergencia es aún más marcada: entre 1990 y 2010, la fuerza de trabajo global así calculada se incrementó un 190% en los países ‘emergentes’, frente al 46% en los países ‘avanzados’. Así, la mundialización lleva tendencialmente a la formación de un mercado mundial y también a la de una clase obrera mundial, cuyo crecimiento se produce en lo esencial en los llamados países emergentes” (Husson, 2015).

Completemos la panorámica con Crémieux: “La población mundial ha progresado de 6.400 millones en 2005 a 7.100 millones en 2013; la población activa pasó de 3.000 a 3.400 millones. La población rural se ha transformado en minoritaria al final de la década del 2000, un 47% en 2013. Un 65% de la población mundial será urbana en 2025, conteniendo ya 23 megalópolis de más de 10 millones de habitantes. Los empleos en la industria y los servicios aumentan: representan, respectivamente, un 22 y un 45% en 2005, un 24,5 y un 45% en 2013. El empleo agrícola retrocede del 35 al 31% en el mismo período”. Y agrega con un gráfico que el salariado mundial se reparte así: 1.800 millones en el mundo “emergente” y 1.200 millones en los países “avanzados”.

6.2 La nueva clase obrera migrante china

Como expresión más representativa de este nuevo proletariado, nos concentraremos en la nueva clase obrera china, país que está en el centro de la acumulación capitalista en la actualidad. El desplazamiento al Asia-Pacífico de los núcleos más dinámicos de la acumulación del capitalismo mundializado es un hecho tan evidente que no hace falta subrayarlo.

Hablamos del impactante fenómeno de la creación en pocas décadas de una nueva e inmensa clase obrera que está llamada a incrementar su protagonismo a medida que nos adentremos en el siglo XXI[1]. La paradoja del caso es que fue la revolución anticapitalista de 1949 la que creó las condiciones materiales para el enorme desarrollo capitalista de la China de hoy (en primer lugar, su unidad nacional como país).

Se trata de un desarrollo que, según la definición del intelectual hongkonés Au Loong Yu, el más profundo analista marxista de China en la actualidad, ha transformado el país en un capitalismo burocrático, caracterizado por la particularidad de que su clase dominante es originaria de la burocracia emergente del Estado maoísta fundado con la revolución de 1949: “Los burócratas chinos combinan las dos funciones [administradores del Estado y empresarios] y perciben simultáneamente un salario y captan una parte de la plusvalía” (Au Loong Yu 2013: 19).

Cuando la revolución de 1949, lo que quedaba de la clase obrera china luego de las derrotas de los años 20 y las destrucciones causadas por la guerra con Japón estaba concentrada en las ciudades bajo el mando del Kuomintang (la clase obrera sólo se había incrementado en Manchuria durante muchos años ocupada por los japoneses), y el movimiento nacionalista había logrado recrear los comportamientos corporativos que le eran característicos (Roland Lew, 1997)[2].

El maoísmo no hizo más que reafirmar estas conductas. Aunque formalmente los trabajadores eran “la clase social privilegiada”, no tenían arte ni parte en la decisión de los asuntos. Después de la revolución, la clase obrera siguió atada al terreno reivindicativo y a la estrechez de miras: a nadie se le ocurrió que “privilegiada” debía significar transformarse en clase dirigente.

Al respecto, y frente a los relatos fetichistas en la izquierda sobre los Estados burocráticos, veamos esta descripción de hasta dónde llegó en la China de Mao (y llega hoy), la falta de tradiciones políticas independientes de los trabajadores: “Antes de 1990, el Estado surcoreano era tan despiadado como el del PCCh, pero aquél nunca tuvo la capacidad de borrar todas las asociaciones civiles; la Iglesia, por ejemplo, siempre proporcionaba algún espacio para la organización inicial de los trabajadores. Por el contrario, el PCCh lo ha logrado desde los años 50. Todas las tradicionales asociaciones chinas religiosas y civiles desaparecieron, es decir, fueron destruidas o cooptadas por la burocracia, al grado que hasta los monjes taoístas o budistas se convirtieron prácticamente en funcionarios pagados por el Estado conforme a la escala retributiva de la burocracia (…). No había ni hay sociedad civil. No había ni hay ningún movimiento social organizado, por no hablar de una oposición política organizada” (Au Loong Yu, revista Transversales 2009-2010).

En este marco, el maoísmo creó una “clase obrera de Estado” (Lew) que, empleada en las empresas públicas, llegó a alcanzar 100 millones de integrantes bajo el régimen del “tazón de arroz de hierro”, que significaba una serie de seguridades en materia de empleo, vivienda, salud, etcétera. Ello significó, numéricamente, un importante crecimiento de la clase obrera, si recordamos que en 1949 no debía haber más de tres millones de obreros en toda China. Esta clase obrera no sólo tuvo restringida su movilidad laboral, sino que su participación sindical y política independiente fue completamente nula. Sólo se movió durante la Revolución Cultural, pero cuando sus luchas amenazaban con escalar y tornarse independientes, las fracciones burocráticas enfrentadas cerraron filas y pusieron punto final al más paradójico ciclo de luchas obreras bajo el maoísmo.

Sin embargo, al mismo tiempo, la clase obrera china recibió del Estado una serie de garantías que alimentaron su corporativismo, su no elevarse como alternativa para el conjunto de la sociedad: “Todo esto resultó en una capacidad de negociación (…) vinculada a la defensa de sus intereses corporativos, a una cierta solidaridad con su empresa y a la indiferencia respecto de la situación general, sobre todo respecto de los sectores no favorecidos del mundo del trabajo. Todo, salvo un sentido de clase global” (Lew 1997: 189).

La gestión del PCCh fue paternalista, en un Estado burocrático basado en una serie de concesiones a los trabajadores de las empresas estatizadas, que estuvieron ausentes para el resto de los trabajadores y ni que hablar, paradoja si las hay, para la base social real de la revolución: el campesinado. En efecto, luego de un primer momento de recuperación de las tierras y de reforma agraria vino una fuertísima colectivización forzosa que nunca convenció a los campesinos, y posteriormente avances y retrocesos en materia de explotación privada de la tierra.

Se trataba, entonces, de un Estado burocrático definido por la exclusión de los trabajadores del poder: “Los trabajadores no disponían de libertad de elección personal concerniente a su carrera profesional, sin hablar evidentemente de la libertad de expresión y organización, sin las cuales es simplemente imposible hablar de ‘poder de clase’” (Au Loong Yu 2013: 108).

La clase obrera china pagó caro este esquema: como todo se decidió siempre por arriba, lo mismo ocurrió con la vuelta al capitalismo, brutal represión y derrota en la Plaza de Tiananmen mediante[3]. El sector de trabajadores del Estado fue casi desmantelado. Subsiste hoy un plantel reducido de trabajadores del sector (los despidos alcanzaron 40 o 50 millones), en medio de que la gran novedad de las últimas décadas de restauración capitalista es la masa inmensa del nuevo proletariado migrante rural-urbano, obrero-campesino.

Una peculiaridad de esta nueva clase obrera es que se encuentra bajo el régimen del hukou, un pasaporte interno restablecido con el maoísmo (1953) que provenía de una práctica ancestral del antiguo Imperio chino, y que se ha generalizado con la restauración capitalista, regulando la radicación urbana de los trabajadores.

Los beneficios para la burocracia son evidentes, hasta por el hecho de que el grado de explotación del trabajo al que está acostumbrado un trabajador rural es mayor que el trabajador urbano. Es verdad que en el campo la rutina de trabajo no es la de la industria. Pero incluso obteniendo ingresos miserables en las ciudades, el trabajador de origen campesino considera que está mejor que en su lugar de origen.

El maoísmo hizo una explotación de esto en la medida en que benefició al sector obrero estatal bajo “tazón”, pero también invisibilizó a la otra mitad de la clase obrera, mantenida, ex profeso, bajo condiciones de precariedad laboral (Lew 1997).

Con la vuelta del capitalismo, el sector de la clase obrera estatal fue diezmado y la burocracia generalizó la nueva clase obrera “bajo pasaporte”: una clase “obrera-rural” que pasó a ser el grueso de la nueva clase trabajadora china, hoy la más grande del mundo, bajo condiciones de explotación especiales. Sucede que al trabajador asalariado, en su modelo “ideal”, se lo considera un “trabajador libre”: libre de servidumbre, de ataduras, libre de cambiar de trabajo, aunque también de morirse de hambre si no se emplea. La clase obrera china es, en este sentido, menos libre y bajo condiciones que difieren de la fórmula clásica: está bajo pasaporte y no se puede radicar en las ciudades. Es cierto que tiene algún tipo de “retaguardia” en el campo, pero de la que todo el mundo quiere escapar por razones obvias de falta de perspectivas.

Esto es lo que explica que China sea hoy el país cuyas migraciones internas sean las más grandes del mundo. Cada año entre 200 y 300 millones de trabajadores chinos vuelven a su lugar de origen atravesando 2.000 o 3.000 kilómetros durante el “Año nuevo lunar”: ven a sus familias, renuevan sus pasaportes y vuelven a las urbes.

¿Qué significa esto en materia de condiciones de explotación obrera? Los trabajadores no se sienten en “casa” en las grandes ciudades. Duermen muchas veces en los dormitorios de las mismas plantas (la Foxconn, empresa de origen taiwanés de semiconductores, agrupa en una misma planta, que es una ciudad, a 100.000 trabajadores). No pueden adquirir propiedades en la ciudad, ni radicarse en ellas, ni contraer matrimonio allí. Son extranjeros en su propio país. El mismo efecto que logran los países imperialistas clásicos respecto de los inmigrantes chicanos, latinos, mexicanos, africanos o asiáticos, lo logra China con sus propios trabajadores de origen rural.

De ahí que la inmensa mayoría de los trabajadores tengan la cabeza en el mundo rural, en su aldea de origen; cuesta mucho formar relaciones de agregación, de socialización, y ni hablar de organización sindical y política cuando cada trabajador, subjetivamente, está pensando en la vuelta a su pueblo: “La mayoría de la actual clase obrera está compuesta por trabajadores migrantes provenientes de las regiones rurales; carecen de cualquier memoria colectiva de clase previa a su llegada a las ciudades” (Au Loong Yu 2013: 53).

6.3 Potencialidades históricas

El carácter migrante de la mayoría de la fuerza de trabajo le agrega una serie de problemas a la economía china. El pasaporte como mecanismo de dominación de los trabajadores por parte de la burocracia es un arma de atomización extraordinaria. Pero, económicamente, implica una serie de contradicciones que se están agravando. El nivel de consumo de esta clase obrera es bajo, lo que dificulta la creación de un pujante mercado interno. Si uno no puede afincarse, adquirir propiedad, formar una familia, si todo esto debe ser concretado en la localidad de origen, el nivel de consumo urbano se mantendrá necesariamente por debajo de las posibilidades.

Para una economía exportadora esto funciona: la reproducción de la fuerza de trabajo se mantiene barata. Pero si la realidad es que los salarios vienen avanzando desde hace unos años –¡China ya no es el país con la fuerza de trabajo más barata del mundo!–, y si, para colmo, el comercio internacional se estanca, como ocurre actualmente, el gigante oriental ya no podrá contrapesar la desaceleración de su ritmo de crecimiento sin encarar el problema de la creación de un mercado interno digno de tal nombre, lo que pone sobre la mesa el interrogante de hasta cuándo se mantendrá el régimen del hukou.

La burocracia ha impulsado la creación de una nueva clase media y una ascendente burguesía enriquecida al calor del Estado (los escándalos de los hijos de los grandes jerarcas del régimen se suceden sin cesar), que ya es la mayor consumidora de marcas de lujo del mundo. De todos modos, no está claro que esto alcance para resolver los problemas de “realización” (venta de mercancías) que plantea el mercado más dinámico del mundo.

Un proletariado que está alcanzando las cifras de 200 o 300 millones de integrantes (las estimaciones difieren), que ya es la mayor concentración obrera del mundo[4], está llamado a dejar su huella en la historia, cualesquiera que sean los obstáculos que deba sortear debido a la herencia del “socialismo” maoísta: “Un obstáculo aún más difícil de vencer es que el socialismo está profundamente desacreditado. Si uno habla del socialismo a un trabajador activista, muy a menudo su respuesta será: ‘¿Cómo podemos construir algo nuevo usando la vieja mierda del partido comunista?’ En verdad, el grado de decepción sobre el socialismo es diferente según las industrias y regiones de que se trate, pero la apatía general hacia la izquierda política es demasiado obvia para negarla” (Au Loong Yu 2009).

Mucho del futuro estratégico de la clase obrera mundial se juega hoy en China, cuya clase obrera reinicia su experiencia histórica en condiciones en que, materialmente, es una potencia sin igual.

 


[1] La evidencia empírica muestra que la conflictividad social en general (sobre todo campesina), pero también la de los trabajadores en particular, viene aumentando sistemáticamente en los últimos años, aunque en un plano reivindicativo muy inicial; la mejor fuente de información al respecto es el China Labour Bulletin.

[2] Lew, un marxista europeo ya fallecido especialista en China, se formó en la corriente de Mandel para luego dejar la actividad política y dedicarse a la investigación. Su impronta luxemburguista se refleja en su preocupación por la autoemancipación de los explotados y oprimidos. En una nota redactada antes de su fallecimiento hacía la siguiente valoración del marxista belga: “Ernest Mandel trasmitía una pasión (en parte inconsecuente) por todo lo concerniente a la autoemancipación social” (julio 2004, en “Hommage a Roland Lew”, Critique Communiste, 7-4-05).

[3] Es significativa la importancia que le da Au Loong Yu a la derrota en Tiananmen en 1989. Si en Occidente se podría creer que fue la derrota de un levantamiento sólo estudiantil, Yu señala que, en realidad, fue una derrota sobre el conjunto de la sociedad trabajadora del país, que sigue pesando casi treinta años después.

[4] Sólo a modo de comparación, recordemos que el proletariado industrial de EEUU se mantiene estancado hace décadas en alrededor de 20 millones, claro que con un nivel de productividad media mucho más alto que el de China.

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