La crisis del transporte público

El colapso del transporte en el AMBA, la responsabilidad de Milei y los empresarios

Milei y los empresarios se llevan puesto al sistema y a los trabajadores.

El sistema de transporte público siempre funcionó mal en Argentina, pero con Milei llega al colapso. Esto no genera asombro en nadie que sea usuario frecuente de alguna de las tantas líneas de colectivos que circulan en el país. Pero el miércoles pasado la situación empeoró tanto que convirtió lo normal en noticia, afectando a miles y miles de trabajadores.

A los retrasos habituales y la deficiencia del servicio ahora se suma una reducción de la frecuencia de las unidades de un 40% al 50% de la mayoría de las líneas. El detonante fue la disparada de los precios de los combustibles.

El resultado son imágenes de eternas filas de personas, desde la primera hora del día, a la espera de poder viajar, después hacinadas dentro de los colectivos. Los subtes y trenes, que funcionan como alternativa, ya se encuentran al borde del colapso. Cuando llega el colectivo, la gente corre y se empuja. Lo importante es entrar. Los cuerpos sobresalen y las puertas cierran con dificultad. En la calle ya se siente un malestar que empeora minuto a minuto en medio de gritos y algún eventual codazo para poder subirse primero.

“Estoy esperando el 28. Cualquiera de los tres que venga. Voy a Ciudad Universitaria. Ayer me pasó lo mismo, y el lunes, por lo que tengo entendido, también. Ayer, cuando llegué, eran las seis menos cinco y ya estaba en la esquina la fila; pasaron 40 minutos y había avanzado solo media cuadra. Se ve que hoy voy a esperar más: ya esperé 40 minutos” explicaba en Liniers una estudiante de 20 años. “Si esto sigue así, me voy a pegar la vuelta y me voy a ir a mi casa, porque si llego a esta hora tengo media falta, si no voy, tengo una falta entera para la facultad. Es un descontrol, que igual lo veo siempre. Todos los años lo veo: la gente viaja apelmazada, quedan cuerpos afuera del colectivo sin poder cerrar. Es normal, pero esta semana es más caótico».

Otro usuario cuenta que en un día normal pasa un mínimo de doce horas fuera de su casa. Trabajador de la construcción, está empleado actualmente en una obra de la zona de Congreso a la que llega todos los días desde Monte Chingolo. Tiene, con suerte, una hora y media de viaje por cada tramo, a lo que se le suma una jornada laboral de nueve horas. Ayer, las doce horas totales se transformaron en catorce.

“Tuve que pedir salir unas horas antes porque ayer llegué como a las diez de la noche a mi casa; apenas comí, me bañé, me acosté y ya estaba esperando el colectivo de vuelta” dijo. Remarca que las complicaciones de estos dos días se suman a una base de cansancio y hartazgo sobre la situación general que, asegura, ya no da para más. “Lo que gano apenas me alcanza para lo justo; tengo esposa y una hija y vivimos con mi suegra; llegamos justo a fin de mes porque ella también trabaja y no tenemos que pagar alquiler, pero a la nena apenas la vemos porque nos la pasamos trabajando, y ahora encima pasa esto con los colectivos”.

La reducción de servicios que azota a los trabajadores de todo el país también se hizo sentir en Avellaneda, donde durante la hora pico varias paradas pasaron a tener una marea de gente a la espera de viajar. “Hoy se notó mucho más en líneas importantes como la 17, que manejan una frecuencia de dos o tres minutos por coche. En Mitre y Avellaneda, en la estación Sarandí, la 17 hizo estragos. A las 7 de la mañana había entre 25 y 30 personas esperando, lo que es infernal. Faltaron dos o tres coches por salida”, señaló Marcelo, trabajador de la línea 373, en una parada cercana a la calle Asunción.

Las razones del colapso del transporte público en el AMBA

Una de las causas inmediatas del colapso del servicio visto en los últimos días es el conflicto gestado entre Estados Unidos e Irán y la consecuente disparada de los precios d elos combustibles.

La situación internacional, y la incertidumbre de su escalada y desenlace, sumado a las políticas de recortes y la ineptitud del gobierno nacional, la suba de combustibles en Argentina durante marzo y abril golpeó fuerte con aumentos cercanos al 40%. La suba del precio del gasoil causó un desfasaje entre el costo del insumo y los montos que figuran en las planillas estatales. Los aportes del Estado sufrieron a su vez un retroceso y cubrieron el 63% de los ingresos frente al 91% de diciembre de 2023.

Esta merma de recursos se dio en un escenario de caída del 12% en la demanda del servicio durante el último año. Los sectores económicos que históricamente generan demanda de transporte público —industria, construcción y comercio— no muestran signos de recuperación. Hay que sumar también el deterioro del servicio a lo largo de estos años, con frecuencias cada vez más espaciadas, y el aumento de las tarifas mientras los salarios se mantienen rezagados, lo que llevó a muchos pasajeros a prescindir del colectivo para trayectos cortos que antes hacían sin pensarlo.

Los empresarios y el gobierno hacen y toman decisiones, los que pagan las consecuencias son los trabajadores. Esta crisis es el estallido de un deterioro acumulado por años y años de depredación parasitaria de los subsidios por parte de las empresas y la política de Estado de los gobiernos de mantenerla. Las empresas no invierten, solamente ponen parches.

Según un informe del Área de Desarrollo Económico del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), los subsidios se otorgan a las empresas “sin garantías de que la oferta sea eficiente y con el riesgo de que se estén generando rentas extraordinarias a los operadores. Es decir, sin corroborar que los subsidios lleguen efectivamente a quienes se quiere ayudar”.

Es decir, las empresas parasitan los subsidios del Estado y éste tiene por política estratégica dejar que lo hagan.

Si antes esta relación entre los privados y el Estado se limitaba apenas a sostener las pésimas condiciones del servicio de transporte, hoy se vuelve insostenible con las políticas de ajuste y recorte mileístas, que son de directa destrucción de lo poco y decadente que ya había. El gobierno opta por desprenderse del problema y centrarse en responder tweets sobre la papada del presidente, dejando que colapse un sistema de transporte que necesita de los subsidios para funcionar.

Sin transporte público no hay país capitalista que mínimamente funcione. No hay país del mundo que no subsidie al transporte, usando al Estado como una suerte de «fondo común» para que funcione para todos. Si la gente no puede ir al trabajo, no hay explotación del trabajo. La existencia del transporte no puede depender de qué tan rentable es, porque si no existe hace que todo lo demás deje de ser rentable. Y eso es lo que está dejando pasar Milei: su ultracapitalismo se convierte en inviabilidad del capitalismo. no es una contradicción, es la consecuencia natural de las cosas.

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