Introducción
Hacia fines del siglo XIX e inicios del XX, la Argentina atravesaba grandes transformaciones producto de su ingreso a los avatares de la modernidad capitalista. El proceso de organización nacional y la conformación del Estado nacional argentino clausuraron problemáticas abordadas por las clases dominantes desde la declaración de la independencia en 1816. Sin embargo, abría interrogantes en torno a cómo abordar los nuevos problemas, entre ellos, la “cuestión social”.
En 1910, las clases dominantes argentinas se encomendaron a la tarea de organizar fastuosos festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo. El objetivo era mostrar una Argentina “a la europea”, cuyo devenir se encontraba signado por el progreso y la modernidad impulsados por el desarrollo capitalista del país. Sin embargo, las contradicciones propias de este desarrollo colocaron como protagonista del período al creciente movimiento obrero, organizado en distintas corrientes políticas.
El movimiento obrero argentino se caracterizaba por la gran presencia de trabajadores extranjeros. El “aluvión inmigratorio” fue temido por las élites argentinas, quienes lo consideraron un elemento que colaboraba a la disolución de una sociedad cada vez más atravesada por la lucha de clases.
Ante esta novedosa situación político-social, la élite se encontraba dividida con respecto a la táctica a adoptar para resolver el problema. En este trabajo, estudiaremos particularmente a los ‘liberales reformistas’, quienes, preocupados por el creciente divorcio entre los sectores gobernantes y las grandes masas, buscaron apelar al sentimiento nacional como aglutinador social de lo que la modernidad disolvía. La educación pública sería un ámbito privilegiado para la intervención estatal en su objetivo de fortalecer la construcción de la identidad nacional argentina. Un referente ejemplar de este sector fue José María Ramos Mejía, presidente del Consejo Nacional de Educación entre 1908-1912, quien elaboró un programa para la participación activa de las escuelas en los festejos del Centenario.

Sin embargo, las clases dominantes no fueron las únicas que buscaron interpelar a las grandes masas. El Partido Socialista, fundado en 1896, tenía la ambición de construirse entre el movimiento obrero. Sus filas se encontraban mayormente integradas por trabajadores extranjeros, lo que resultaba un problema a la hora de adoptar una estrategia política reformista-parlamentaria en la cual su propia base militante no podía contribuir al estar imposibilitada de participar en los procesos electorales. Por ello, la dirigencia del PS, con Juan B. Justo a la cabeza, impulsó a los trabajadores extranjeros a la naturalización. Esto último instaló una tensión en un partido marxista cuya orientación emancipadora era internacional, pero que debió enfrentar las presiones nacionalizadoras para ‘hacerse de’ un lugar en la política del país en el que buscó intervenir.
El siguiente trabajo, aborda y problematiza cómo en una época marcada por la oleada nacionalizadora, no solo la élite apeló al sentimiento nacional, sino que el Partido Socialista se vio necesitado de hacerlo también para colocarse como alternativa política en la construcción de la Nación.
‘La invasión de masas extranjeras’ y la cruzada nacionalizadora de la élite
La ‘modernidad’ anhelada por la élite se vio atravesada por la denominada “cuestión social”, que según Zimmermann, refiere a un proceso de ‘temprano’ conflicto social producto de las primeras contradicciones de las relaciones sociales de producción capitalistas, ahora extendidas en el mundo. Para la Argentina, debemos considerar el rol que ocupó la masiva inmigración que arribó entre 1880-1914 y que se constituyó como parte importante de la clase obrera en el litoral del país. (Zimmermann, 1995; Terán, 2008)
Preocupada por ‘la invasión de las masas extranjeras’ que vendrían a disolver a la sociedad que las había incorporado, un sector de la élite buscó resolver esta problemática desde el Estado. Los ‘reformistas liberales’ apelaron a una redefinición de la relación entre el Estado y la sociedad civil, que buscó atenuar los rasgos más “peligrosos” de la cuestión social. (Zimmermann, 1995; Romero, 1965).
En términos de Oszlak, el Estado recurre a distintas vías de penetración sobre la sociedad civil para la imposición del orden social y su dominación hegemónica. Por un lado, recurrió a la vía represiva: la Ley de Residencia fue sancionada en 1902, en un contexto de ascenso de la agitación social, y permitía la expulsión de extranjeros del país sin juicio previo. Constituyó un gran ataque a las diversas corrientes de izquierda cuya composición militante era marcadamente extranjera. (Oszlak, 1982)
A pesar del carácter fuertemente represivo, expresado con dureza en la jornada del 1ero de mayo de 1909 en una nueva conmemoración por el Día Internacional de las y los Trabajadores, el Estado también debió recurrir a elementos de consenso para garantizar la convivencia social. La construcción de la identidad nacional argentina sería el elemento cohesionador que tendría el objetivo de homogeneizar y unir aquello que las relaciones sociales capitalistas disolvían. Bajo esta perspectiva, Bertoni consideró a la nacionalidad argentina como aglutinante social para contrarrestar la disgregación interna. Era necesario crear una conciencia nacional que promoviera un profundo sentimiento de pertenencia e identificación a partir de un mismo origen, la lengua y las costumbres. (Oszlak, 1982; Bertoni, 2001; Terán, 2008)

El “espíritu del Centenario” buscó exaltar el patriotismo y afirmar lo nacional para contrarrestar los riesgos del cosmopolitismo y la inmigración masiva. Detrás de ello subyacía, según Iñigo Carrera, el temor a la organización política obrera, en particular hacia los anarquistas y socialistas. (Iñigo Carrera, 2013)
En ese sentido, las fiestas patrias constituyeron un gran acontecimiento. Bertoni señala que los actos escolares eran momentos de vuelco de la escuela y sus enseñanzas hacia la comunidad. Los festejos del Centenario fueron un punto de inflexión, en el cual triunfó la concepción culturalista esencialista de la nación. En los preparativos y los festejos, las escuelas ocuparon un rol central. (Bertoni, 2005; Bertoni, 2001)
Ramos Mejía: la escuela es “el germen del alma nacional”
José María Ramos Mejía se desempeñó como presidente del Consejo Nacional de Educación entre 1908-1912. Influenciado por la corriente positivista se dedicó al estudio de la psicología de las masas en un contexto en el cual, las grandes multitudes urbanas influían temor entre las clases dirigentes. Apostó al sentimiento nacional como nueva base sobre la cual asentar el lazo social. La enseñanza primaria sería su sector estratégico: la escuela pública sería la herramienta para la nacionalización de las masas, y también, el freno a la penetración de “ideas subversivas” al orden conservador. En ese sentido, el nacionalismo también buscaba disputar frente a otras ofertas identitarias (no solo nacionales, sino también políticas). (Terán, 2008)
En su proyecto elaborado en el año 1909, La Escuela Argentina en el Centenario. Proyectos del Presidente del Consejo Nacional de Educación, Dr José María Ramos Mejía, expresó la importancia de que la escuela participe de los festejos del Centenario, en tanto representaba “el germen del alma nacional”. A partir de los proyectos, buscó vincular a la escuela con “los movimientos espontáneos del pueblo”. En sintonía con las reformas institucionales, afirmó que la escuela era el “vínculo entre el hogar y el Estado” y por ello debía ser la primera en hacer “convergir todas las energías hacia la grandeza de la patria”. Además, consideraba que la escuela primaria pública era producto de la “existencia, progreso y devenir de la Nación” y que “necesariamente” debía estar representada en los festejos del Centenario. (1909)
A lo largo de estos años, la élite desplegó estrategias para impulsar un Estado educador que interviniera activamente sobre la sociedad civil. A través de un discurso emotivo y patriótico buscó interpelar a las grandes masas (nacionales e inmigrantes) para homogeneizar al ‘crisol de razas’ que caracterizaba a la sociedad. (Becerra, 2005)
No fue el único sector de la política nacional que intentó a su manera interpelar a las grandes mayorías sociales- y al movimiento obrero en particular-. El Partido Socialista, aspirando a ser una alternativa política independiente de la burguesía y del Estado para la clase obrera, también buscó abrirse paso. Sin embargo, la pregunta que atraviesa nuestro trabajo es ¿de qué manera el PS logró conjugar el internacionalismo proletario con su interés por influir en la política nacional argentina en el marco de una agresiva oleada nacionalizadora estatal?
El Partido Socialista en búsqueda del arraigo nacional
El Partido Socialista, fundado en 1896, se constituyó como una de las alternativas ‘de izquierda’ para la organización del movimiento obrero en Argentina. Bajo el liderazgo de Juan B. Justo, se definió como partido para los trabajadores, independiente del Estado y la burguesía. Como corriente adherente al marxismo, cuyo fin último era la emancipación de la humanidad del yugo del capital, integró la II Internacional Socialista, de cuyos congresos y debates participó con la presencia de delegados. (Poy, 2026)
Lucas Poy y José Benclowicz analizaron la relación que mantuvo el PS con la II Internacional a lo largo de un período de 50 años. Aquí nos interesa abordar el concepto de “inter-nacionalismo periférico” (Poy, 2026: 6) esbozado para comprender el vínculo. Por un lado, se sostiene que, al contrario del giro y la disolución de 1914, los partidos de los países integrantes de la Internacional habían logrado conciliar el compromiso internacionalista propio del marxismo con una concepción de nación para su país, logrando así un “inter-nacionalismo”. (Poy, 2026)
Por otro lado, sostienen que el Partido Socialista argentino mantenía un carácter periférico en su relación con la Internacional,
tanto por su lejanía geográfica como por su posición económica en el sistema mundo capitalista. A pesar de ello, compartían un mismo marco y orientación para la intervención política y la construcción partidaria: la de un socialismo blanco europeo. En el periódico partidario La Vanguardia, se afirmó que “la República Argentina necesita el concurso de un elemento extranjero inteligente, que se adapte al país y que adaptándose que lo regenere, interviniendo en su política e introduciendo solo las buenas prácticas de su país de origen”. (La Vanguardia, 26 de abril de 1902) (Poy, 2026)
Esto último constituía un problema para el Partido Socialista argentino, que se encontraba con la dificultad de construirse en un país con un heterogéneo movimiento obrero, con gran presencia inmigrante, pero que no podía despreciar la necesidad de entablar un vínculo con los argentinos. (Poy, 2014)
Con el objetivo de presentarse de cara a la sociedad como alternativa frente a la tradicional política criolla, el Partido Socialista debió saldar debates no solo hacia fuera, sino dentro de la estructura partidaria y militante. Estas tensiones estuvieron presentes durante las primeras dos décadas de existencia del partido. En este trabajo ahondaremos en particular en la tensión entre su concepción internacionalista y la necesidad de tener una respuesta a la cuestión nacional, cada vez más presente no solo para las clases dominantes, sino para las grandes mayorías en el mundo. La insistencia y necesidad por la naturalización de los extranjeros, es reveladora al respecto, como también lo será luego su posicionamiento e intervención ante los acontecimientos del Centenario. (Poy, 2014)
El Partido Socialista caracterizaba que el país se encontraba en un estadío prematuro de su desarrollo capitalista. Fue crítico a la denominada “política criolla”, a la cual le atribuía formas semi-bárbaras en su accionar, debido a la ineptitud de la clase dominante como al sistema político restrictivo que dejaba a la gran masa inmigrante sin la posibilidad de participar en el régimen político-institucional. Esto último tenía un gran peso sobre la orientación del Partido, no solo porque sus filas estuvieran integradas en gran parte por extranjeros, sino porque a los inmigrantes europeos se les atribuía el rol activo de intervenir en la sociedad para absorber el viejo elemento criollo. (Poy, 2020)
A partir de una concepción evolucionista de la Historia, el socialismo era un estadío inevitable en el desarrollo de la humanidad. Por lo tanto, la tarea del partido debía estar destinada a la conquista de reivindicaciones inmediatas, de realizar reformas dentro del propio sistema, como así también asumir el rol de ‘educador de las masas’. En estas condiciones, la única tarea concreta para el Partido Socialista era la acción política parlamentaria donde los diputados socialistas electos llevarían las reivindicaciones inmediatas (el ‘programa mínimo’) que contribuirían a la concientización del proletariado y a la modernización y progresión de las relaciones sociales. (Poy, 2020; Falcón, 1987)
La vía electoral fue la privilegiada por el PS. La presencia de diputados socialistas en el Congreso sería la garantía para conquistar mejoras para la clase trabajadora. Sin embargo, las restricciones del sistema político obstaculizaban el crecimiento deseado para el partido. La participación electoral estaba restringida a los argentinos mayores de 18 años, y en Buenos Aires, gran parte de la población era extranjera.
Desde su formación, y con mayor insistencia luego de sancionada la Ley de Residencia (1902), la dirigencia del Partido Socialista insistía tanto a sus militantes como simpatizantes, en la importancia de naturalizarse argentinos. Sin embargo, la resistencia a abandonar su ciudadanía de origen se hizo sentir en las propias filas partidarias. Desde fines del siglo XIX hasta la fecha del Centenario es posible analizar una transición entre dos grandes argumentaciones esbozadas por la dirección partidaria para adoptar la ciudadanía argentina: primero, la conciencia social y la convicción revolucionaria, luego, la perspectiva de un ‘buen nacionalismo’. La deriva de la primera a la segunda demuestra las posiciones y tensiones que el PS atravesó entre el binomio internacionalismo-nación.
“Donde uno vive, trabaja y se reproduce… allí está su patria”
La acción parlamentaria como instrumento para la conquista de reformas parciales se desarrolló en paralelo a la necesidad de “argentinización” de las filas socialistas, y por lo tanto, de la naturalización de los trabajadores extranjeros. (Falcón, 1987)
En un artículo publicado en La Vanguardia, titulado “Naturalización de los extranjeros” en septiembre de 1902, se afirmó que “…nuestra acción se hará sentir prácticamente el día que nuestro partido se presente compacto a las urnas a fin de librar batalla contra la política criolla…”, demostrando que la estrategia reformista-electoral y la naturalización iban de la mano.
La sensación de urgencia que se expresaba desde la dirección del PS por la participación política electoral de los trabajadores inmigrantes y su necesaria nacionalización, convirtió a la naturalización en una expresión de la conciencia de clase de los mismos. Era una obligación para todo trabajador con conciencia de clase naturalizarse como argentino.
Inicialmente, la naturalización de los trabajadores extranjeros expresaba una necesidad. No era un requisito militante en clave patriótica, sino que, por el contrario, era muestra de despreocupación y desinterés por el sentir nacional que las burguesías del mundo buscaban exaltar para disolver la lucha de clases. (Poy, 2014)
Como se argumentaba en La Vanguardia en septiembre de 1902:
“…los extranjeros socialistas tienen el deber de adquirir los derechos de ciudadanía en los países donde ganan el pan de cada día, para ser así consecuentes con el ideal y el método de lucha que a diario preconizamos desde la tribuna popular, las columnas de los periódicos y la propaganda personal.”
En los años subsiguientes es posible observar un desplazamiento en la argumentación partidaria para interpelar a los trabajadores extranjeros y la necesidad de su naturalización. Las apelaciones a ‘la patria’ y a la ‘República Argentina’ resultaron frecuentes en diversas publicaciones, hasta finalmente concluir en que el Partido Socialista debía contribuir a la construcción de un ‘buen nacionalismo’.
En una publicación titulada “Extranjerismo” del 5 de agosto de 1906 en La Vanguardia, se denunció la persecución al “extranjero invasor”, acusándola de “propaganda consciente y pérfidamente organizada” para “impedir la inminente intervención de este en la cosa pública”. El artículo le atribuye- en sintonía con el socialismo blanco europeo que pregonaban- a la población extranjera ser “la más activa y laboriosa” ya que de ellos es “todo lo que constituye obra productiva y fecunda”. Afirmó que el valor técnico y económico del país se debía a “la perseverante e inteligente labor de los extranjeros”. De esta forma, su autor concluyó que “Los que tal propaganda hacen son los verdaderos traidores, en el amplio sentido de la palabra, de la patria.” Se proclamó también que “El patriotismo, en este como en muchos otros casos, es el refugio de los pillos y los farsantes.” Sin embargo, en el artículo publicado, se esgrimió otra concepción para la patria: “Donde uno vive, trabaja y se reproduce, allí está su patria…” y cierra el artículo alentando a trabajar por “el progreso de este pedazo de suelo que se llama República Argentina.” (La Vanguardia, 1906)
Este último artículo devela una transformación en la lógica argumentativa utilizada para exigir la incorporación de los trabajadores extranjeros en el régimen político. Ya no se hace referencia a los ideales y métodos de lucha revolucionarios como razón del deber naturalizarse, sino que se apeló al engrandecimiento de la República y se contrapuso dos concepciones de patria. ¿Cómo convivía en el discurso del PS el cuestionamiento a la ola nacionalista con su concepción marxista de la nación como “frontera político-ideológica” y la necesidad de la naturalización de las masas extranjeras? (Reyes, 2016)
La liturgia nacionalista propugnada por la clase dominante se oponía al proyecto de educación progresiva de las masas que el Partido Socialista se proponía impulsar. A su vez, Juan B. Justo problematizó la simbología patriótica esgrimida por la élite, en tanto esta se presentaba como antagónica a la adscripción política de la izquierda.
Ante el nacionalismo excluyente y el patriotismo opresivo de la oligarquía, Justo opuso al movimiento obrero argentino, al cual presentaba sin prejuicios de nacionalidad. También afirmó que el socialismo, a diferencia del nacionalismo agresivo, era una obra de “buen nacionalismo”. De este modo, logró confluir bajo una misma línea discursiva al socialismo y la nación. (Reyes, 2016)
¿De qué manera este giro conceptual (con sus posteriores implicaciones prácticas) se conciliaba con la teoría y la concepción marxista?
Por un lado, se partía de asumir, en sintonía con los preceptos de la Segunda Internacional, a la nación como el espacio necesario en el cual se desarrolla su política como partido de clase. Por otro lado, la nación y la nacionalidad era entendida como el resultado de los avances civilizatorios y producto del proceso secular de la construcción de la sociedad. La comprensión que Justo tiene de la nación es indisociable de su comprensión evolutiva de la Historia: la nación es un momento de la evolución histórica, es el estadio previo al internacionalismo. (Reyes, 2016; Da Orden, 1994)
Estas concepciones se plasmaron en los festejos del Centenario, el cual sostenemos que fue un momento bisagra para el Partido Socialista, ya que marcó su posterior desarrollo, en el cual la nación desplazaría al internacionalismo.
Entre el patriotismo agresivo y el buen nacionalismo obrero. El Centenario como momento bisagra
En el preludio del Centenario la élite estaba preocupada por construir un elemento cohesionador para la sociedad argentina. A los agitadores extranjeros que atentaban contra el lazo nacional, se oponían los “buenos argentinos” que exaltaban el patriotismo y el espíritu nacional. (Suriano, 2010)
La coyuntura nacional y el patriotismo desplegado por el Estado le impusieron al Partido Socialista la necesidad de una respuesta: debía demostrar hacia afuera su arraigo en la sociedad y el lugar ocupado en la política del país. Si la élite desplegaba las herramientas del aparato estatal, en particular con su injerencia en la educación pública primaria, para fortalecer el lazo nacional en favor de sus intereses y modelo de país, el socialismo también debía construir un lazo entre el movimiento obrero que buscaba representar y la nación homenajeada. Tanto los reformistas liberales como el PS buscaron apelar a pasiones del pasado para calar en las emociones presentes de las grandes masas. Había un espacio simbólico como así también una identidad en disputa. (Reyes, 2018; Becerra, 2005)
Inicialmente las fechas patrias como el 25 de mayo y el 9 de julio eran presentadas por el Partido Socialista como un evento más en la historia argentina del desarrollo de la lucha de clases, al cual se le oponía como contraejemplo el 1ero de mayo, expresión del proletariado consciente y sus luchas. Sin embargo, en sintonía con la transformación argumentativa por la naturalización de los extranjeros, hubo una transformación en la manera de concebir estas fechas. (Reyes, 2018; Becerra, 2005)
Si bien el siguiente discurso esbozado por Juan B. Justo en el Congreso Nacional es de 1915 y escapa a la periodización de este trabajo centrada en el Centenario y los años previos, expresa con claridad la transformación discursiva que venimos analizando:
“Creemos que nuestros símbolos nacionales, las manos que se estrechan, el gorro frigio, las palabras «libertad » o»igualdad «, los acordes del himno, los colores azul y blanco, son de los símbolos más simpáticos que en ese orden existen en el mundo. Los aceptamos y hasta los amamos […]
El socialismo no puede renegar de la revolución de Mayo y del movimiento emancipador, porque sería renegar de la sociedad política donde está militando y procura realizar todas aquellas medidas pacíficas y legales que tienden a la emancipación política, completa, del pueblo trabajador.” (en Amorebieta, 2022: 715)
Encontramos allí una apropiación y disputa de sentido en torno al pasado revolucionario. El accionar del Partido Socialista como vanguardia de un proletariado consciente, sería la continuación de la obra de los ‘héroes de Mayo’. (Amorebieta, 2022)
En la antesala de los festejos del Centenario organizados desde el Estado, se abrió un debate hacia el interior de ‘las izquierdas’ sobre la participación o no de las diversas corrientes en los actos oficiales. El anarquismo y el sindicalismo revolucionario se posicionaron y alentaron a la huelga general para el 25 de mayo, y exigían la derogación de la Ley de Residencia.
Por su parte, el Partido Socialista desistió de participar de esta medida de lucha. Declaró inicialmente que participar de la huelga general implicaría otorgarle demasiada importancia a los actos desplegados por las clases dominantes: “…sería, pues, asociarse a ellas, contribuir por contraste a darles importancia, subordinar a la tradición burguesa un acontecimiento de la vida obrera que se pretende sea grande.” Esto lo llevó a grandes enfrentamientos, en particular con el anarquismo y su estrategia insurreccional. A su vez, impugnó las prácticas y los actos oficiales del Estado y decidió no participar en los mismos: “Mantengámonos, pues, lejos de los altares en que los politicastros van a ofrendar sus sonados y mentidos sacrificios a la patria” (La Vanguardia, 10/04/1910)
El Partido Socialista optó por una tercera posición: “Celebrar el Centenario en nuestro fuero interno”, aclarando que “El papel del pueblo trabajador consciente en las próximas fiestas debe ser otro”. (La Vanguardia, 10/04/1910)
Consideramos que la posición del PS ante el Centenario era consecuente con las tensiones atravesadas como partido en plena consolidación que aún no tenía definida una identidad socialista con arraigo nacional. Por su orientación estratégica rechazó la participación en la huelga general, método que le resultaba anticuado e inconducente. A su vez, se distanció de los discursos oficiales, asociados a la ‘política criolla’ cuestionada frecuentemente por el partido, por su carácter restrictivo, excluyente y persecutorio de los inmigrantes. Sin embargo, la presión nacionalista y una orientación destinada a la participación en el régimen político, derivó a la dirigencia partidaria a asumir un ‘buen nacionalismo’ obrero. A partir de su comprensión de la nación como momento necesario de la evolución social, los destinos del movimiento obrero y la nación no se encontraban opuestos, sino que se orientaban en el mismo camino del desarrollo de la humanidad, para la cual, la clase trabajadora debía ser su agente fundamental. (Da Orden, 1994; Becerra, 2005)
Al nacionalismo espurio de la oligarquía, Justo le contraponía el nacionalismo obrero, cosmopolita y socialista. En este último, lo nacional era definido como solidaridad social y apelaba a los elementos democratizadores del socialismo. Esta definición buscaba conciliar a un movimiento obrero con gran predominancia del factor inmigrante y a la nación, en la búsqueda de construir un <<nacionalismo abierto>> dentro del cual se encerraba la necesidad del sufragio universal y la participación electoral de los trabajadores para la obtención de representación socialista en el Congreso. (Reyes, 2016; Da Orden, 1994)
Conclusiones
El nacionalismo como movimiento fue un fenómeno internacional. Una nueva clase social, la clase obrera, se abría paso en el plano político, económico y social y su relevancia era innegable. Ante las contradicciones de las relaciones sociales de producción capitalista en expansión y la marginación de las grandes mayorías sociales, las clases dominantes debieron dar respuesta a las presiones de ampliación democrática y participativa. Pero para ello, debían lograr encauzar a esa grandes masas bajo sus propios intereses. El nacionalismo fue la respuesta esbozada: a partir de enaltecer a la patria y los sentimientos asociados a la misma (en cada país adoptó sus propias formas), se uniría a la población bajo una misma bandera y emoción; la lucha de clases quedaría (en su ideal) en segundo plano. (Hobsbawm, 1991)
En Argentina el impulso nacionalista adquirió sus propias formas y discusiones. Se trataba de un país con un Estado nacional aún no completamente consolidado y que debió hacer frente a las consecuencias de la modernidad capitalista deseada. La masiva inmigración aportó brazos para trabajar en el país, pero también fue un elemento agravante para la cohesión social entre una élite cada vez más alejada de la clase trabajadora. La heterogeneidad del movimiento obrero y su organización política en partidos o corrientes que cuestionaban el sistema imperante era representada como una amenaza. La respuesta ante ello fue un agresivo nacionalismo que atacó la extranjeridad absorbente de lo nacional y políticas persecutorias como la Ley de Residencia (1902). A su vez, hacia el interior de la élite existían discusiones en torno a cómo abordar dicha problemática, y los ‘reformistas liberales’ se desprendieron como sector que buscó una transformación en las instituciones estatales para fortalecer el lazo entre el Estado (representante y garante de determinados intereses de clase) y las grandes masas. El lugar esbozado por la escuela pública y los proyectos de Ramos Mejía son prueba de ello.
Sin embargo, este período estuvo caracterizado por la organización política de la clase obrera en exigencia de sus derechos, como así también en cuestionamiento al sistema capitalista. El Partido Socialista fue uno de los principales referentes para un sector de la clase obrera. Entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XX no solo se consolidó el Estado Nacional, sino que también se consolidó el Partido Socialista. En este trabajo, abordamos cómo la tensión por dar una respuesta a la cuestión nacional atravesó tanto a las élites como a los socialistas argentinos.
La cuestión nacional y la definición del lugar que esta ocuparía en la identidad partidaria, fue un punto de inflexión en la constitución del Partido. El mismo atravesó debates y rupturas que aquí no alcanzan a ser desarrolladas, pero que fueron parte sustancial en la definición del Partido Socialista, tanto ante la naturalización de los extranjeros, como en los festejos del Centenario y la posterior postura en torno a eventos internacionales y de gran impacto para el siglo XX, como la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa.
Como fue analizado en este trabajo, en el PS hubo una transformación argumentativa en un período menor a diez años, en el cual la cuestión nacional pasó a ocupar un lugar preponderante por sobre el internacionalismo proletario característico del marxismo. No es posible separar esta deriva de la experiencia y los debates que atravesó la II Internacional y que concluyó con su ruptura ante la guerra imperialista iniciada en 1914.
A partir del análisis expuesto, concluimos que tanto las presiones de la coyuntura internacional como nacional en torno a la cuestión nacional influyeron sobre un Partido Socialista aún en constitución y no plenamente consolidado en el movimiento obrero. Su estrategia reformista lo condicionó a depender de la injerencia en el sistema político institucional. La identidad del Partido Socialista integró una visión específica de la nación junto a su carácter internacionalista. El elemento nacional no fue meramente coyuntural, sino que luego del Centenario, el juego del binomio universalismo-nación permaneció para favorecer a este último.
Argumentamos que la tensión entre el internacionalismo y la cuestión nacional ligada a la participación electoral, fue un obstáculo que el PS no logró trascender. La necesidad de apelar al sentimiento nacional en las masas obreras para cohesionar al movimiento obrero que se planteaba representar, lo llevó a una deriva reformista y nacionalista. El Centenario fue un punto de inflexión en la constitución identitaria del socialismo argentino.
Bibliografía
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Fuentes
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La Vanguardia “Naturalización de los extranjeros” 20/09/1902
La Vanguardia “Extranjerismo” 05/08/1906
La Vanguardia “Justo sobre la ‘huelga del Centenario’” 10/04/1910
“La Escuela Argentina en el Centenario. Proyectos del Presidente del Consejo Nacional de Educación, Dr José María Ramos Mejía” (1909).




