Artículo de opinión

EEUU: el día que la derecha asaltó el Capitolio

Un análisis de la toma del Capitolio por la extrema derecha y sus consecuencias políticas en el futuro de los Estados Unidos.



Toma del Capitolio de Estados Unidos por la extrema derecha

En este artículo queremos presentar algunos elementos de análisis sobre lo que ocurrió el día 6 de enero en Estados Unidos, cuando un movimiento derechista de miles de personas irrumpió en el Capitolio1 intentando descarrilar el proceso de transición presidencial. La declaración política de la corriente internacional Socialismo o Barbarie puede leerse aquí.

Muchas de las cuestiones se plantean aquí más como interrogantes que como respuestas concisas, por lo novedoso de los fenómenos que vemos ocurrir frente a nuestros ojos.

Comenzaremos justamente por ese punto: lo novedoso de la cuestión. No todos los días una de las principales instituciones del Estado norteamericano (hasta hoy todavía la primera potencia mundial) es asaltada por un movimiento muy numeroso (y muy reaccionario) con integrantes fuertemente armados. Las imágenes produjeron un intenso impacto político internacional dando lugar a un comentario obvio: la famosa “democracia estadounidense” (tomada como modelo por las clases y partidos capitalistas de todo el mundo) se parece cada vez más al régimen caótico de cualquier “república bananera”. Ese es el “piso” de cualquier análisis serio: el reconocimiento de que se viene abriendo un nuevo periodo político en EEUU (como parte de un ciclo global) con elementos mayores de polarización y de irrupción de métodos extra-parlamentarios y choques directos como forma de resolución de los asuntos.

Pero para equilibrar las definiciones, es necesario establecer el “techo” del análisis. Y es que pese a lo disruptivo de la toma del Capitolio, no llegó a configurar una ruptura seria del statu quo: la transición presidencial sigue en pie, lo que significa que el 20 de enero Biden asumirá la presidencia y se acabará el periodo de Trump en la Casa Blanca. Esto a esta altura es irreversible, tanto porque el Congreso ya reconoció el triunfo electoral de Biden (luego de reunirse tras los incidentes), como por el hecho de que Trump reconoció públicamente que va a colaborar con esa transición. Los elementos radicalizados que existen entre la base de Trump se quedaron así (por el momento) sin una voz propia en la superestructura política.

Esto tiene también una razón profunda. Más allá de simpatías y antipatías, ningún sector orgánico de la clase dominante norteamericana (ni el empresariado, ni la mayor parte del «estado profundo”, ni el Partido Demócrata ni los sectores más tradicionales del Partido Republicano) está dispuesto a dejar que la sangre llegue al río: en primer lugar, porque no hay grandes intereses capitalistas profundamente contrapuestos entre sí que justifiquen llevar el país a una gran crisis – y en segundo lugar, porque “el horno no está para bollos” con el ascenso de China, lo desafíos de Rusia, Irán, etc.

Un ejemplo muy claro del rol de la clase dominante “orgánica” son los CEOs de las redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) que decidieron suspender a Trump de las mismas para que no pueda usarlas como plataforma para “incitar a la violencia”. El propio vicepresidente Mike Pence actuó de alguna forma como correa de transmisión de esta presión social, negándose a impugnar los resultados electorales (lo que llevó prácticamente a su ruptura pública con Trump). Sin este apoyo orgánico de sectores dominantes, la polarización que hay por abajo difícilmente se exprese (por ahora) en algo más que desbordes y enfrentamientos – aunque esto no quita que pueda haber mucho de ello en el futuro, especialmente si reaparecen divisiones en las alturas.

Partiendo de este piso y este techo, quedan por analizar los demás elementos. ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió en el Capitolio? No está del todo claro hasta qué punto el asalto fue realmente premeditado por parte de Trump (en todos sus elementos y en toda su extensión), o en cambio fue un intento de marcar presencia política que se le fue de las manos y se radicalizó más de lo esperado con elementos de desborde de su propia base. Esto último tiene cierto sentido dado que rápidamente el propio Trump llamó a sus simpatizantes a abandonar el Capitolio (aunque a la vez manteniendo la arenga contra los resultados electorales), y a que luego de los hechos se ubicó rápidamente en el campo del “respeto de la transición presidencial”.

Pero ¿cuáles fueron los elementos que llevaron a la radicalización de la base trumpista? Por un lado, una tendencia profunda a la polarización política, que ya hace muchos años lleva a amplios sectores conservadores a posiciones cada vez más reaccionarias: el propio gobierno de Trump y sus constantes arengas fue aquí un importante factor2. Esto generó un movimiento de masas, política e ideológicamente de derecha, en cuya vanguardia se encuentran grupos de tinte “supremacista blanco”, filo-fascistas, etc. Por ejemplo, uno de los símbolos utilizados por algunos de ellos es la bandera de la Confederación esclavista y racista del sur de EEUU.

Estos “grupos de choque” parecen reclutarse en parte entre sectores sociales de las clases medias-bajas blancas3 de las periferias, del interior rural y semi-rural, al estilo de los grupos bikers (motoqueros, ver por ejemplo la nota “’He’s their man’: why do bikers love Trump so much?”). Esto le da al “trumpismo” un contenido social más profundo (y por eso mucho más peligroso) que el que posee, por ejemplo, el liberalismo argentino de clases medias urbanas4. Es, en cierto sentido (y salvando las distancias), más parecido a la base social clásica de los movimientos fascistas de la década de 1930. Estos sectores sociales enardecidos no parecen tener ningún tipo de problema con provocar grandes enfrentamientos físicos contra los explotados y oprimidos, el progresismo y la izquierda. Por otra parte, más allá de que electoralmente estos sectores se referencian en Trump, no parecen responderle de manera totalmente orgánica, sino más bien tener elementos de iniciativa propia, de desborde, etc.

El otro elemento que radicalizó la movilización en el Capitolio fue el rol jugado por la propia policía, que le abrió la puerta deliberadamente a los sectores derechistas para que puedan ingresar. Este es probablemente el elemento más grave de todos, en el sentido de que el propio aparato estatal jugó un rol clave en una asonada contra el mandato democrático de las urnas. No está claro si la orden vino del propio Trump o de sectores intermedios en la cadena de mandos afines a la derecha, pero en cualquier caso constituye un claro elemento golpista. Contrasta además de manera abismal este tratamiento con el que recibe cualquier movilización antirracista de Black Lives Matter (o de los sectores progresistas en general), donde sus integrantes son inmediatamente apaleados, gaseados y rociados con gas pimienta muchísimo antes de que se puedan acercar a ninguna institución.

Significado histórico

Para dimensionar históricamente lo ocurrido en el Capitolio, esto no debe ser tomado de manera aislada sino en combinación con otro elemento: la rebelión antirracista desatada en EEUU en junio, que atravesó el país de punta a punta durante varios meses, desbordando las instituciones, produciendo enfrentamientos, agudizando la polarización, etc.

Tomados de conjunto, estos dos fenómenos expresan una tendencia (por lo menos parcial) de la política norteamericana a salir de los carriles exclusivamente parlamentarios y a dirimirse en las calles, en el terreno de los movimientos sociales. Es decir, a saltearse hasta cierto punto las mediaciones institucionales y resolverse de manera directa como correlación de fuerzas. Esto no debe entenderse de modo unilateral: las mediaciones políticas y parlamentarias siguen jugando un rol muy importante, pero ya no ejercen un monopolio exclusivo del juego político – y ese es el dato históricamente novedoso. Este dato no es solamente norteamericano, sino que puede verse internacionalmente en toda clase de procesos, sin ir más lejos, en la conquista del derecho al aborto en Argentina (gracias a la persistencia de la Marea Verde), en las rebeliones populares en Chile y Bolivia, en la continuidad de los movimientos sociales en Francia, etc.

Sin embargo, hace falta también aquí una precisión: la toma del Capitolio y Black Lives Matter no son exactamente simétricos en su alcance. La toma del Capitolio representa a un bando político que (por lo menos hoy) se encuentra en retroceso – acaba de perder el poder y no puede recuperarlo en el corto plazo. Se trata en ese sentido de un “manotazo de ahogado” de quien perdió posiciones, no de la muestra de fuerza de un sector en ascenso.

En cambio, la rebelión antirracista fue el despertar de uno de los sectores más explotados y oprimidos de EEUU, fue el regreso a escena de la lucha en las calles que golpea «por izquierda», y que (por un momento) sacó a todo un sector del progresismo de los carriles puramente institucionales y lo llevó al terreno de la acción directa. Ayudó a la radicalización aunque sea de un sector de la izquierda y a la forja de un nuevo activismo. Dejó planteados elementos programáticos radicales y le introdujo una presión por izquierda al Partido Demócrata. En ese sentido, la rebelión antirracista altera el mapa estratégico en un modo que puede llegar a ser más profundo, aunque sea menos «espectacular».

Por último queda planteado un interrogante difícil de responder: ¿qué ocurrirá con Trump y con el movimiento social trumpista?

En el corto plazo, Trump se ve debilitado por la pérdida del control del aparato estatal, por los crecientes desafíos internos de sectores republicanos tradicionales y por el aumento del rechazo entre quienes no son sus fervientes partidarios. Pero está claro que pese a lo anterior, al día de hoy sigue siendo el principal referente político de los sectores conservadores en EEUU, y que difícilmente vaya a salir de la escena. Esto a la vez deja varias cuestiones sobre la mesa, en primer lugar, qué pasará con el propio Partido Republicano, que atraviesa una profunda crisis. ¿Llegará finalmente una ruptura que acabe con el bipartidismo tradicional? ¿conservará Trump el sello partidario y serán los republicanos “moderados” los obligados a separarse? Es imposible responder estas cuestiones de antemano, será necesario observar como se desarrollan los acontecimientos en el próximo periodo.

En cualquier caso, lo que está claro es que la polarización político-social llegó para quedarse, y que el “genio” ya no puede volver a ser introducido en la botella.

1 El Capitolio es el congreso nacional norteamericano, ubicado en su capital Washington D.C.

2 Pareciera ser también que la pandemia contribuyó a esta radicalización: la derecha tiende o bien a negar la existencia del coronavirus (con teorías conspirativas) o a pretender un abordaje liberal de “supervivencia del más apto” que no imponga ninguna medida de control. Esto choca frontalmente con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y de la mayor parte de los estados del mundo, contribuyendo a la polarización política (y a la pretensión por parte de la derecha de ser supuestamente “anti-sistema” y de enfrentarse al “nuevo orden mundial” dirigido por “los científicos”, etc.).

3 El caracter “blanco” de estos grupos de derecha es una aclaración muy importante ya que en EEUU las clases trabajadoras y populares están en cierto sentido segregadas por color de piel: los barrios populares negros y latinos no tienen ningún vínculo con las periferias rurales blancas, existiendo entre los segundos un prejuicio histórico muy profundo contra los primeros. Esto viene de muy atrás, desde los tiempos de la esclavitud, especialmente en el sur del país.

4 A modo de interrogante, podría preguntarse si el movimiento social trumpista tiene algunos elementos en común con los movimientos conservadores de masas de Medio Oriente, como los Hermanos Musulmanes y los salafistas. Allí también hay profundas raíces en sectores periféricos y rurales, un movimiento masivo que se moviliza persistentemente en las calles desbordando las instituciones (al mismo tiempo que las utiliza a su favor), un discurso “anti-sistema” que se ubica en el lugar de víctima frente a las “élites liberales”… junto a una visión del mundo abiertamente reaccionaria y a un rol muchas veces abiertamente represivo frente a los movimientos sociales progresistas o independientes. Los islamistas también explotan abiertamente las divisiones en el propio “tejido social” (aunque en clave étnico-religiosa, mientras que en EEUU la derecha la división es en clave étnico-racial).

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