“La puesta en escena (por Malvinas. NdR) no alivia al Gobierno en otros frentes. Desde la batalla parlamentaria por las moras financieras, hasta el nuevo derrumbe de la construcción y de la industria. Malvinas debe compensar esos sinsabores. Con una dificultad. Como señaló la especialista en campañas electorales Ana Iparraguirre, es casi imposible llevar agua para el propio molino cuando se trata de una cuestión que, como la “sagrada causa” de Malvinas, no provoca debate alguno” (Carlos Pagni, La Nación, 10/9/26)
El gobierno intentó salir del laberinto en el que estuvo metido durante más de medio año como en general lo hace en estos casos: por arriba. Sin embargo, no está claro que haya levantado el vuelo suficiente como para no volver a perderse. La apuesta por la causa Malvinas, más allá del impacto inicial, hasta el momento le ha redituado poco. Mientras tanto, en el hiato entre el anuncio y las medidas efectivas se vuelve a colar la realidad de la crisis social en su distorsionada forma parlamentaria, en un contexto en el que los actores políticos se preparan para el 2027.
Malvinas: un puente hacia no se sabe dónde
Milei fue golpeado en su enésimo intento contrarreformista el 6 de agosto con el despedazamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Tal fue el impacto que, aun a pesar de la media sanción, el proyecto fue -hasta el momento- abandonado. Se condensó de esa manera un enorme desprestigio social que hizo la coyuntura más adversa para el gobierno: si su plan era apurar algunas leyes y encaminarse hacia la reelección, hoy está más lejos de esos objetivos que antes.
La “causa Malvinas” se inserta en este contexto. Aunque el gobierno lo piense como una ofensiva para retomar la iniciativa, es a su vez la admisión de un fracaso: el agotamiento de la agenda económica. El mileísmo fue llevado al poder por varios motivos, pero uno importante fue su promesa de poner orden en una economía que se desangraba en la última etapa del gobierno Fernández- CFK- Massa, a causa sobre todo de una inflación desbocada. Un sector de la sociedad compró el brutal ajuste fiscal como moneda de cambio de la baja de la inflación y cierta “normalización” en la vida diaria. Y si bien este último objetivo módicamente se cumplió, trajo aparejado toda otra serie de problemas: pérdida de poder adquisitivo, despidos, cierre de fábricas, caída del consumo; que se convirtieron en el insumo básico del quiebre de una parte importante de la sociedad con el gobierno.
Por esto Milei recurre al manotazo de una causa sensible para la sociedad: Malvinas, presente en el imaginario colectivo por la guerra de tan solo 44 años atrás y reavivado recientemente por el enfrentamiento en el Mundial con Inglaterra. La apuesta es osada, pero el impacto social ha sido bastante bajo. Un sondeo de Management&Fit señala que el 60% de los encuestados cree que el abrazo de Milei a Malvinas es por conveniencia política. Además, un 36% señala que su imagen de MIlei “empeoró” a partir del anuncio, contra solo un 17% que dice que “mejoró”.
Difícilmente haya existido un gobierno más ajeno a una causa de este tipo en la historia argentina. Admirador confeso de Margaret Thatcher -quien no fue solo una criminal de guerra durante la guerra de Malvinas, sino fundamentalmente el ariete (junto con Ronald Reagan) de la “revolución conservadora” que dio lugar al neoliberalismo-, Milei tenía una foto de ella en su despacho. En oportunidad del aniversario de la guerra el año pasado, respaldó el derecho a la “autodeterminación” de los kelpers. Desde este punto de vista, la ruptura con la sociedad no parece haber sanado con esta maniobra reaccionaria, nacionalista y policlasista.
Sí concitó apoyos en la burguesía: el G6, en el que se agrupan las principales cámaras empresarias de todo el país, respaldó los anuncios y reforzaron el llamado a la unidad nacional. Queda planteada una duda sobre el desarrollo de la iniciativa más reaccionaria: el Consejo de Seguridad Nacional, que unificaría Defensa, Seguridad Nacional, Inteligencia de Estado, Cancillería y Economía en una estructura con fines represivos internos.
Mientras tanto, a la espera de la presentación del proyecto para ver su fisonomía definitiva, emergen los problemas generados por un modelo económico para unos pocos y vuelven a generar contratiempos al gobierno. El miércoles 9 se realizó la Sesión en Diputados convocada por la oposición para ponerle fecha al tratamiento de una variedad de proyectos sobre morosidad y la prórroga de la Ley de emergencia en Discapacidad. Hubo una fuerte convocatoria sobre todo de este último sector, mientras se perdió la oportunidad de generar una movilización mayor, como podría haberse hecho si la izquierda lo hubiera tomado. El Congreso por momentos se le vuelve adverso al gobierno, porque la serie de problemas acumulados es grande, porque la presión social (aun sin canales claros para expresarse) existe y porque el calendario electoral está cada vez más cerca y cada actor hace su juego.
Uno de esos problemas es el presupuesto universitario. Se vienen desarrollando una serie de paros muy fuertes por el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario. Está en el horizonte una nueva Marcha Universitaria para la primera semana de octubre. Hay que construir esa jornada apostando al protagonismo del movimiento estudiantil. La defensa de la educación y la Universidad públicas es de las que mayor apoyo social concitan, y hay que trabajar para volcar esa simpatía a las calles y construir una nueva jornada histórica contra Milei.
Un ojo en el país y un ojo en el mundo
Los puntos de apoyo (o de quiebre) para el gobierno no hay que buscarlos solo en el país. El contexto internacional está marcado por una fuerte polarización política y social, con el polo de la extrema derecha (del cual es parte Milei) tratando de reafirmarse gubernamentalmente. En ese marco, los eventos que dan la tónica a esta coyuntura son los enfrentamientos militares y las elecciones, y la retroalimentación entre ellos.
Trump ha sido categóricamente derrotado en Irán. No solo porque el régimen reaccionario de los ayatolas resistió anclado en el estrecho de Ormuz, sino porque el ataque solo le redituó malestar al interior de su propio país. La incapacidad de admitir la derrota y retirarse de manera ordenada está dando pasos a elementos de descontrol en Medio Oriente.
En el mismo sentido, un Trump que venía a poner fin a las conflagraciones internacionales, mira con impotencia como promedia el quinto año de la guerra en Ucrania, con el pueblo ucraniano llevándose la peor parte. A punto de ir a las elecciones de medio término, es claro que el mundo es más peligroso que antes de que asumiera el gobierno.
Con esta carga sobre sus espaldas, se encamina a una casi segura derrota: la duda hoy es si pierde solo la Cámara de Representantes o también el Senado.
Las elecciones en Brasil, marcadas por la intervención trumpista, dan un empate técnico entre Lula y Flavio Bolsanaro. En la última etapa se colocó como elemento el enchastre de un sistema político que utiliza la corrupción como lubricante y salpica a todos los actores. En ese marco, la acusación cruzada contra jueces del Tribunal Supremo Federal, y en particular de Alexander de Moraes, quien puso tras las rejas a Jair Bolsonaro, golpean a Lula en la recta final de la campaña. Si en un primer momento logró hacerse fuerte con un discurso “soberanista” ante la embestida de Trump, ahora son sus propios límites de clase los que le impiden desarrollar una campaña sistemática contra una extrema derecha que tiende a reagruparse.
La suma de estos resultados puede ayudar a inclinar el péndulo político en América Latina: hacia la extrema derecha si ganan Trump y Bolsonaro, hacia el centro si pierde Trump y gana Lula, o algún resultado más mediado por una combinación de variantes. Milei mira con atención los comicios porque parte de su supervivencia depende de estos resultados.
Dominan la coyuntura internacional las tendencias contrapuestas. Y si bien las elecciones no resuelven las inmensas incógnitas que hay (un camino lento pero firme hacia conflagraciones mundiales, la crisis ecológica que ha vuelto a aparecer, el dominio y control sobre la Inteligencia Artificial con su contenido de distopía, entre otros), pueden aportar certezas sobre la coyuntura y el marco inmediato en que se desarrolla la lucha de clases.
Se reinstala la pregunta por el futuro
El quiebre operado en el orden internacional, la aparición de nuevos y el replanteo de viejos problemas, han sembrado la duda sobre el futuro.
La ruptura de la estabilidad, sumado a las condiciones de un ultracapitalismo cada vez más destructivo y voraz, han abierto un incipiente debate sobre una alternativa a este sistema: ¿es posible otro sistema económico-social?
Así, como parte de la polarización global de asuntos en disputa, reaparece el eje capitalismo/socialismo. En un sentido, es la misma extrema derecha quien lo replantea: ideológicamente, ubican su batalla como parte del enfrentamiento al socialismo y al marxismo.
Globalmente, se están procesando dos experiencias simultáneas. Por un lado, la experiencia de la globalización y el neoliberalismo ha dado lugar al surgimiento de las extremas derechas. Por otro lado, la experiencia del ultra capitalismo brutal del siglo XXI abre el espacio para la izquierda. En el primer caso -afirma nuestro compañero Roberto Sáenz– “en el contexto marcado por el neoliberalismo extremo de los últimos 40 años, la precarización de las condiciones de vida de amplios sectores de masas, el estancamiento económico en Occidente que viene desde la crisis del 2008, la deslocalización industrial, etc., así como en la subsecuente crisis del sistema de partidos tradicionales y la crisis de alternativa socialista tras la caída del muro de Berlín aún no resuelta -aunque crecen las pulsiones anticapitalistas, sobre todo entre la juventud- ese ha sido y es el caldo de cultivo del crecimiento de la extrema derecha en los EE.UU., Europa y Latinoamérica” (Un mundo en combustión). Esta semana, fueron parte del debate internacional las elecciones en Sajonia-Anhalt, en las que la AfD obtuvo el 43,8% de los votos. Aquí se combinan dos problemas: la reunificación alemana, que desindustrializó la zona oriental y pauperizó a grandes porciones de la población, con la herencia tenebrosa del estalinismo, dando lugar a esta respuesta ultra reaccionaria.
Pero también las lacras del ultracapitalismo generan respuestas por izquierda e incluso fenómenos electorales que, si bien distorsionados, comienzan a hablar incipientemente de la posibilidad de construir una sociedad distinta. En Estados Unidos, esto está siendo capitalizado por el DSA (Democratic Socialists of América), que se proyecta como la gran novedad de las elecciones de noviembre. En el país de mayor tradición anticomunista, más del 40% de la población opina que “el socialismo sería bueno para el país”, número que se eleva hasta más del 60% en la juventud.
Transformar la incertidumbre en organización
La incertidumbre del mundo coloca a la izquierda revolucionaria ante la inmensa responsabilidad de tener un anclaje internacional frente a la realidad, y de reactualizar de manera no doctrinaria las polémicas que acumula 180 años de marxismo frente a los nuevos desafíos. Cantidad de debates estratégicos se vuelven a poner sobre la mesa, y entre ellos uno es clave: el balance del estalinismo. Frente a la pregunta de las nuevas generaciones de qué sociedad es posible construir, hay que tener la capacidad suficiente de meter el cuchillo en el balance de nuestra revolución, la Revolución Rusa, su posterior degeneración burocrática y sacar todas las lecciones del caso. Nuestro corriente funda su identidad en este problema, y entre cientos de elaboraciones recomendamos “El marxismo y la transición socialista” de Roberto Sáenz.
Porque apostamos a refundar el socialismo revolucionario sobre estas bases, para dar respuesta a los problemas del mundo, para enfrentar al gobierno reaccionario de Milei, para defender la Universidad pública, es que estamos convocando al 2º Plenario Nacional del ¡Ya Basta!, el evento de la juventud anticapitalista que crece año tras año.




