“En una comunidad primitiva en la que, por ejemplo, se produzcan colectivamente los medios de vida y se repartan entre los miembros de la comunidad, el producto común satisface directamente las necesidades de cada individuo, de cada productor; el carácter social del producto, del valor de uso, radica aquí en su carácter colectivo (comunal) (…) Como se deduce de lo anterior, sería pura charlatanería si en el análisis de la mercancía (…) se aprovechara la ocasión para «empalmar» a esta observación toda una serie de reflexiones triviales acerca de los valores de uso o bienes que [supuestamente] no entran en el mundo de las mercancías, como ocurre con los «bienes estatales», los «bienes comunales», etc., que es lo que hacen Wagner y los profesores alemanes en general (…) Allí donde el Estado mismo es un productor capitalista, como ocurre en la explotación de minas, los bosques, etc., sus productos son mercancías, y poseen, por tanto, el carácter específico de cualquier otra mercancía”
(Marx: 2022: 33/4)[1]
“«El trabajo -dice Marx en La ideología alemana- es libre en todos los países civilizados; no se trata de liberar el trabajo, sino de derogarlo» (…) Al respecto, Herbert Marcuse, Reason and revolution [afirma]: «Marx (…) considera que el modo futuro del trabajo sería tan diferente del modo imperante, que vacilaba en emplear el mismo término ‘trabajo’ para designar de igual manera el proceso material de la sociedad capitalista y de la sociedad comunista (…)”
(Rosdolsky: 1983: 468)
Marx considera que la producción directamente social ya no es mercantil. En la medida en que el mercado y el Estado, cualquiera sea él, incluso un Estado obrero, aparezca mediándola, automáticamente la producción es indirectamente social (es decir, todavía mediada). El carácter social del producto no puede realizarse de manera directa en la economía transitoria porque la misma no es todavía realmente colectiva (comunal). Como la palabra lo dice, es una economía transitoria: combina las leyes heredadas del capitalismo con las futuras tendencias socialistas.
Estos profesores a los que critica Marx en sus Notas marginales (Rodbertus, Wagner, etc.), eran “socialistas de Estado” (que, en cierto modo, es lo mismo que decir “capitalistas de Estado”). Opinaban que, automáticamente, siendo la producción estatal, el carácter mercantil de la economía desaparecía: “Según el señor Wagner, valor de uso y valor de cambio han derivarse d’abord del concepto de valor, y no como yo hago, de un concretum de las mercancías (…)” (Marx:2022: 21).
La crítica de Marx se aplica perfectamente a todo lo que viene a continuación. Porque, incluso en la transición auténtica, tenemos todavía un trabajo indirectamente social que pugna por ser directamente social: una producción asociada -es decir, no estatizada- de directos valores de uso. Una condición sine qua non para romper con este carácter indirecto -es decir, mercantil- de la producción en todas las ramas económicas, es una verdadera planificación democrática de la economía en el marco de una democracia socialista (el carácter crecientemente socializado y comunal de la producción).
Las y los trabajadores deben tener decisión real sobre la producción: así es el pasaje de la estatización de los medios de producción a la verdadera socialización de los mismos.
Por tanto, en una economía transitoria tenemos necesariamente todavía una producción mercantil, indirectamente social, lo que supone, como supone la mercancía misma, su carácter de valor y valor de uso. Y la consecuente expresión del valor en el valor de cambio para el intercambio: “Según el señor Wagner, la teoría del valor de Marx es «la piedra angular de sus sistema socialista». Como yo no he construido jamás un «sistema socialista», esto es una fantasía de los Wagner, Schäffle y tutti cuanti (…) El señor Wagner olvida también que para mí no son sujetos no el «valor», ni el «valor de cambio», sino solamente la mercancía” (Marx: 2022: 15/5).[2]
Es sobre la base de estas definiciones que desarrollaremos este artículo.
1- La transición y el mercado (o crítica de los “socialistas de Estado”)
Detrás de las relaciones sociales creadas por la planificación socialista en la transición [regulador 1], están las relaciones de valor-trabajo que son la base material de la producción mercantil [regulador 2], por lo que comenzaremos por ellas en esta parte de nuestra obra.
Es un hecho que el debate sobre la economía transitoria nunca tuvo un carácter meramente “teórico” (scholarship): las relaciones de clase y las eventuales imposiciones burocráticas suponen una continuidad de la lucha de clases en la transición. Tomar la continuidad de las categorías de la economía política en la economía transitoria (y de las relaciones sociales que éstas expresan en el terreno de la planificación, el mercado y la democracia socialista) como relaciones meramente “formales” o “técnicas”, oscurece la subsistencia de imposiciones económico-sociales que se deben develar y que son inevitables en toda economía transitoria. Una de las características de esta economía son las desproporciones y la falta de armonía (Trotsky).[3] Son imposiciones en el terreno económico, desigualdades sociales de todo tipo que se hacen valer materialmente al menos hasta cierto punto dada la inevitable continuidad de la producción de la riqueza sobre la base del trabajo humano empleado: las subsistentes relaciones de autoexplotación -o explotación mutua- que inevitablemente imperan en la transición.
Está claro que Marx afirma que el intercambio de trabajo como tal, es propio de toda forma de sociedad. Sin embargo, la experiencia del siglo XX demostró que no es tan sencillo que dicho intercambio de trabajo no devenga en imposiciones expoliadoras o explotadoras, que en el pasaje del capitalismo al comunismo dicha circunstancia debe ser problematizada. Medir de manera directa los intercambios de trabajo humano y que los mismos no resulten en relaciones de desigualdad, se demostró algo más complejo durante el siglo pasado de lo que está colocado en la letra escrita de Marx y Engels, de ahí la problemática que intentamos abordar en este artículo.
Ya con la experiencia sobre sus espaldas, Trotsky era meridianamente claro cuando señalaba que los dos problemas heredados del capitalismo, el del Estado y el del dinero, expresión de las escisiones subsistentes en la sociedad transitoria (de una producción que tiende a ser social pero todavía no puede serlo del todo), tienen diversos aspectos comunes, pues se reducen ambos, a fin de cuentas, al problema de los problemas, “que es el rendimiento del trabajo”. Es decir: las nuevas relaciones productivas se ven limitadas todavía por unas bases materiales que siguen siendo estrechas y que condicionan materialmente los desarrollos emancipatorios.[4]
Trotsky agregaba que la imposición estatal y la imposición monetaria son una herencia de la sociedad dividida en clases. (Recordemos acá, nuevamente, como habla Marx en la Crítica del Programa de Gotha de “una primera fase del socialismo marcada todavía por las leyes heredadas del capitalismo”).[5] “El fetichismo [¡véase que Trotsky habla de la subsistencia del fetichismo de la mercancía en la transición!] y el dinero sólo recibirán el golpe de gracia cuando el crecimiento ininterrumpido de la riqueza social libere a los bípedos de la avaricia por cada minuto suplementario de trabajo y del miedo humillante por la magnitud de sus raciones [es decir, de las lacras del trabajo asalariado subsistente en la transición]. Al perder su poder para proporcionar felicidad y para hundir en el polvo, el dinero se reducirá a un cómodo medio para la estadística y para la planificación; después, es probable que no sea necesario ni aun para eso” (La revolución traicionada: 2009: 67-68).
Es decir: el dinero -que supone la producción de mercancías- perderá sus atributos sociales deviniendo una forma meramente técnica de contabilidad, y, quizás, después ni siquiera eso. El problema es que esto no puede ocurrir todavía en la transición aun si las formas de planificación cibernéticas posibilitadas por los desarrollos técnicos del siglo XXI puedan operar como una suerte de remedo del dinero mismo, claro que sin por ello perder el contenido social que ambos medios revisten en la transición.[6]
En otras palabras, las categorías específicas de la producción mercantil: mercancía, valor, valor de cambio, fuerza de trabajo, salario, precios, contabilidad de costos, etc., subsisten inevitablemente en la transición, al menos en las sociedades con economías atrasadas.[7] La medición del valor de los productos-mercancías por el tiempo de trabajo socialmente necesario utilizado en producirlos es imposible de sustituir todavía por otro rasero porque subsiste todavía el talón de valor-trabajo en esta economía: “(…) lo que al señor Wagner le preocupa (molesta), en mi obra, es que yo no le dé el gusto de seguir la «tendencia» profesoral y patriótica-alemana que consiste en confundir el valor de uso y el valor. Aunque muy post-festum, la sociedad alemana, a pesar de todo, ha ido pasando poco a poco de la economía natural feudal, o por lo menos de su predominio, a la economía capitalista, pero los profesores alemanes siguen todavía con un pie en la vieja basura, como es natural” (Marx: 2022: 35).
Esta escuela socialista de Estado seguía adscripta a cierta “economía natural” (economía feudal natural), y desde ese punto de vista reaccionario criticaban la teoría del valor mercantil de Marx afirmando, falsamente, que Marx negaba la importancia de los valores de uso. La pertinencia de esta crítica para la transición tiene que ver con dos cosas: a) Marx se delimita de la afirmación que la producción estatal no es producción de mercancías, b) Marx rechaza la afirmación mecánica de que la producción estatal es producción directa de valores de uso (en esto la obra de Paresh Chattopadhyay y su radical antiestatalismo nos ha servido de ayuda).
La subsistencia del talón de valor-trabajo de la economía transitoria ocurre como producto necesario del bajo desarrollo de las fuerzas productivas, al menos en las sociedades atrasadas (o por el avance colosal de las fuerzas destructivas en las avanzadas).[8] Lo que, a su vez, deviene en un bajo desarrollo de la productividad del trabajo y un grave límite material para el revolucionamiento de las relaciones sociales (humanas) como un todo. Ambos hechos impiden todavía liberar a las y los trabajadores -a los “bípedos”, en palabras de Trotsky[9]– del yugo del trabajo para satisfacer sus necesidades, y a la economía como un todo de la dependencia del trabajo humano -físico, intelectual y moral- para producir la riqueza.[10]
Las dificultades para encontrar otro talón de medida (más allá de la sustancia del trabajo) que no sea el valor en las sociedades de transición, está señalada, entre muchos/as otras, por la especialista en los países del Este europeo en la posguerra (sobre todo, la ex Yugoslavia), Catherina Samary: “En «Plan, mercado y democracia», he citado a Charles Bettelheim [reconocido economista marxista francés de la segunda posguerra], que subraya muy justamente (…) que las sociedades de transición no habían desarrollado aún «los conceptos adecuados para medir el trabajo social, que no se resume en la dimensión del trabajo físico» [Samuel Farber da cuenta del mismo problema]. Afirmaba que «el equivalente socialista del ‘trabajo socialmente necesario’ ligado al efecto ‘socialmente útil’, no ha sido encontrado». Los precios en una sociedad de transición recubrirán a la vez la forma en que son medidas las necesidades, los costes, [la calidad, agregamos nosotros] y las relaciones sociales, de una forma diferente pero análoga a lo que recubre la ley del valor” (Catherina Samary, “El papel del mercado: el debate Mandel-Nove”).
Dicho con nuestras palabras: la experiencia demostró que no existe todavía en la transición una forma diferente pero análoga a lo que “recubre” la ley del valor.
Debido a la mediación tanto del Estado como del mercado, la producción sigue siendo mercantil. De ahí, también, los reguladores de la propia economía transitoria: la planificación (estatal), el mercado y la democracia socialista (reguladores que tienden a ser cada vez más colectivos (comunales) pero todavía no lo pueden ser del todo -la producción no es todavía directamente social).
La definición de Samary de una forma “diferente pero análoga” es, en cierto modo, una contradicción en los términos en lo que tiene que ver con medir la magnitud del trabajo humano. Porque se mida de una u otra forma, la sustancia de la producción es el trabajo humano y ahí reside todo el problema de las potenciales imposiciones espurias en la transición. Ocurre que si existe trabajo en el sentido clásico del término, puede haber imposiciones de desigualdad, e, incluso, explotación (ya hemos señalado que no nos parece tan sencillo medir el trabajo humano de manera directa y, menos que menos, que una economía todavía fundada en el gasto de trabajo humano en la producción no sea pasible de imposiciones expoliadoras o explotadoras).
Chattopadhyay habla de los tres estadios históricos de los cuales habla Marx en relación a las relaciones de trabajo: pre-capitalista, capitalista y socialista. Y agrega que en relación al trabajo humano el punto de partida del comunismo “es la muy importante distinción que hace Marx entre el trabajo individual como tal y el trabajo individual como autoactividad, una distinción que la mayoría de los lectores deja de lado. El olvido de los lectores de este punto los lleva a una comprensión errada de énfasis explícito de Marx en algunos textos acerca de la abolición de la división del trabajo y del trabajo como tal en la sociedad futura. Esta posición de Marx y Engels aparece explicitada sobre todo en La ideología alemana” (Chattopadhyay: 2018: 56/7).
La ley del valor, y el propio valor-trabajo, es decir, la evaluación del trabajo rendido en términos dinerarios, subsiste necesariamente en la transición. Y subsiste porque subsiste lo que le da base: la permanencia del trabajo escindido en trabajo necesario y trabajo excedente. Se trata esta de una cuestión que no se puede fetichizar -oscurecer, mistificar- so pena de la puesta en pie de nuevas relaciones explotadoras, y que sólo debatiéndolas abiertamente es posible manejarlas en forma igualitaria: acá entra en escena, por la puerta grande, el tercer regulador de la economía transitoria: la democracia socialista [regulador 3].
En contraposición con este análisis materialista (y permanentista: la unidad de principios del mercado mundial), muchos autores marxistas argumentaron durante el siglo pasado, y continúan argumentando en este, que la ley del valor “desaparece” en la economía transitoria. (Vinculan esta ausencia a la afirmación igualmente errónea de que los países no capitalistas del siglo pasado -salvo la Revolución Rusa en su apogeo revolucionario- hubieran sido “Estados obreros”).[11] Prototípico en esta apreciación fue el caso de Ernest Mandel, importante economista marxista de posguerra, que cayó en el embellecimiento de la economía no capitalista en manos de la burocracia presentándola como directa productora de valores de uso, al menos en la rama I (Tratado de economía marxista, 1962).
Oponiendo mecánicamente la planificación al mercado Mandel defendía una economía basada en meros mecanismos administrativos (sic), algo extrañísimo para un militante trotskista (“La reforma de la planificación soviética y sus implicaciones teóricas”).[12] Hacía esto pese a ciertas observaciones agudas respecto de los elementos irracionales de la planificación en manos de la burocracia, a la que calificaba como “reino del absurdo del Rey Ubu”.[13]
La afirmación de Mandel era un craso error: no solo que era falso que la producción de medios de producción en la rama 1 de medios de producción fuera de meros “valores de uso” (se le pasaba por alto las mediaciones del Estado y el mercado; que la producción seguía siendo indirectamente social). Perdía de vista, además, que no hay manera de racionalizar la economía transitoria si no es sobre una base objetiva, no meramente “administrativa” o “convencional”. Y esa base sólo puede tenerse, a pesar de la expropiación de los capitalistas, sobre la medida del tiempo de trabajo socialmente necesario empleado en la producción y expresada en dinero (en una moneda estable, afirmaba Trotsky).
Mandel perdía de vista que la regulación de la producción medida por el tiempo de trabajo social empleado, que en el capitalismo se afirma de manera indirecta por intermedio del mercado, en la economía transitoria no desaparece (no puede materialmente desaparecer): debe tender a hacérselo de manera cada vez más directa, consciente y planificada direccionada por el Estado obrero bajo criterios de democracia socialista.[14]
Pero esto -es decir, el devenir de indirecto en cada vez más directo el trabajo social- tiene dos condiciones: a) el Estado obrero debe tender, realmente, a ser un semi-Estado proletario en el sentido que la clase obrera esté realmente en el poder bajo criterios de planificación democrática de la economía y democracia socialista (de dirección crecientemente consciente y socializada de la economía) y b) que en vez de ocultarse, las imposiciones subsistentes de la continuidad del trabajo asalariado se den a luz para manejarlas conscientemente. Esto equivale, según la aguda expresión de Nahuel Moreno, a una suerte de “autoconsciencia de la ley del valor” (antes que pueda acabarse con ella y aun si debe ser infringida a cada paso para que la acumulación socialista progrese, cosa esta última que Moreno erróneamente no señala).[15]
2- “Autoconciencia crítica de la ley del valor”
La subsistencia de la ley del valor en la transición depende tanto de la subsistencia del Estado, es decir, la insuficiente socialización de la producción, como del mercado, por las mismas razones, amén de las relaciones con el mercado mundial.[16] Por lo demás, agregamos inmediatamente que (al menos para el caso de la URSS) dichos mercados no solo subsistieron en relación a los intercambios de la industria estatizada con el campo, los pequeños propietarios, el consumo popular, etc., sino que existió intrafirmas estatizadas, por no hablar de los intercambios con el mercado internacional, llamados a aumentar según se desarrolla la economía transitoria. Y todo esto amén de la subsistencia del mercado negro, donde se encontraba todo lo que escaseaba en los “mercados estatizados”.[17] (Recordémoslo: la transición -y el socialismo/comunismo- parte de la conquista del mercado mundial, concomitante con la llegada de la humanidad a la historia universal. Esta es la base material de la teoría de la revolución permanente por oposición al “socialismo nacional” -Trotsky vs. Stalin.)[18]
Detengámonos a continuación en la “institución mercado” en la transición (lo hacemos, evidentemente, desde otro ángulo que la teoría capitalista-liberal de adoración del mismo, como adora todo mecanismo espontáneo y no consciente en la acción humana).[19] El mercado en la transición es una de las formas de las relaciones sociales, no algo puramente técnico o “instrumental”: es un “punto de conjunción” de clases y capas sociales todavía productoras de mercancías en el terreno del intercambio económico, por ejemplo, en la relación entre el campo y la ciudad o entre la producción y los consumidores. Como se sabe, por lo demás, el mercado -como “mecanismo paradigmático” de asignación de recursos en el capitalismo- también estuvo presente en las sociedades precapitalistas y se mantiene en la transición socialista. (Naville habla de que el mercado se reabsorberá en la planificación; que la planificación opera “con y contra el mercado” porque por un lado sirve de lugar de verificación de la producción y por el otro debe romper con la ley equivalente de los intercambios.)
Lo anterior es conocido. Sin embargo, existe un “elemento democrático” en el mercado de la economía transitoria que habitualmente se olvida, y que dio lugar a enormes dolores de cabeza en las sociedades poscapitalistas del siglo pasado: el mercado como lugar en el que la clase trabajadora como consumidora puede evaluar el costo y la calidad de los productos.[20] La economía transitoria no puede ser esa “fotografía” gris que fueron los estados no capitalistas de posguerra, tampoco puede afirmarse que la mayoría de las necesidades del consumo popular sean “artificiales”. Esto no es así: las hay artificiales creadas por el consumismo capitalista (amén del derroche parasitario del consumo suntuario), así como también una conciencia forjada en la psicológica social capitalista del “tener en vez del ser” -Erich Fromm.
La adscripción estricta al mercado para la existencia de la ley del valor, le ha jugado malas pasadas al marxismo durante el siglo XX. En la medida que el mercado desarrollado universalmente por el capitalismo logró, en cierto modo, un patrón de medida universal, una “contabilidad” del trabajo rendido, no quiere decir que “desaparecido” este (es decir, el mercado), dicha contabilidad del trabajo humano encuentre automáticamente a mano otra “metodología”: el gasto de energía humana tiene que ser contabilizado y racionalizado mediante la planificación y ya hemos señalado los problemas para reemplazar el sistema de precios, que, a priori, esconde relaciones de valor (el paso a una contabilidad directa del trabajo humano ha resultado más complejo de lo que creían Marx y Engels).
Pero podemos afirmar, sin lugar a dudas, que la mayoría de las necesidades, las más difundidas socialmente (atento, además, a que la inmensa mayoría de los países no han llegado al nivel de vida promedio de los países imperialistas tradicionales), son necesidades reales. ¿Necesidades reales en qué sentido? El hecho que las necesidades son históricas: una vez que se han adquirido, no se puede retroceder de ellas.[21] La primera Agnes Heller hablaba de las “necesidades radicales”, las que, en este punto, van más allá de las puramente materiales o “biológicas” que son, sin embargo, su condición material: la mayor riqueza es el pleno desarrollo del ser humano.[22]
Lógicamente que esta “reivindicación” del mercado como uno de los reguladores de la economía transitoria, es contraintuitiva en el marxismo revolucionario (¡no somos “socialistas de mercado”!). Sin embargo, es necesaria si queremos escapar de la vulgarización y el reduccionismo recordando, una vez más, que la democracia socialista y el mercado son las dos formas que tienen las masas trabajadoras para controlar la planificación misma (amen de mecanismos de autogestión en los lugares de trabajo, mecanismos de descentralización económica y cosas así).
Visto desde este punto de vista, el mercado en la transición no es una institución puramente negativa. Es parte de la anarquía capitalista por el carácter indirecto de su regulación: esto es obvio. (Es decir: es la institución por antonomasia de una economía indirectamente social). También es obvio que librada a la estricta ley del mercado, sin planificación ni proteccionismo socialista que rompa “la ley del mercado”, ninguna economía de transición podría avanzar (ya hemos señalado esto en muchos de nuestros textos).
Pero es menos obvio, y el siglo pasado lo demostró, que, a la vez, permite a las y los trabajadores evaluar “democráticamente” su nivel de vida (una democracia ejercida con los “pies”, no política, pero complemento de la democracia política en la transición). Es obvio que la atribución directa del consumo mediante cartillas de racionamiento y mecanismos por el estilo (incluso mediante una “planificación algorítmica heterónoma”, es decir, sin participación popular), son pasos para atrás y no para adelante en la transición socialista como lo demostró palmariamente el derrumbe de las ilusiones del comunismo de Guerra. Marx y Engels nos recuerdan que no existe algo así como la “frugalidad socialista”; que el reparto de lo escaso es el retorno al viejo caos de la lucha de todos contra todos por lo escaso.[23]
En todo caso, y como señala Naville, el elemento decisivo que da fundamento a la continuidad de la ley del valor en la transición es el carácter asalariado del trabajo. La fuerza de trabajo sigue siendo una mercancía, lo que significa que rinde un valor y un plusvalor; es una mercancía intercambiable por un salario, lo que significa todas las deducciones que devengan de él en la transición, deben ser decididas democráticamente para que no se transforme en nuevas desigualdades, o, en el límite, nuevas formas de explotación no orgánicas. El hecho es que el carácter asalariado del trabajo debe ser superado hacia adelante y “no hacia atrás”. (Esta es la misma manera en que debe abordarse la automatización del trabajo: no se trata de volver al trabajo integrado del artesano, sino de ir a una integración laboral superior que significa la dirección de toda la economía valiéndonos del desarrollo de las fuerzas productivas.)[24]
Nos explicamos: superación hacia adelante significa la abolición del salariado, la transformación del trabajo en actividad dejando atrás toda posible connotación explotadora.[25] Lógicamente que muy otra cosa fueron las formas de trabajo forzado en el GULAG, evidentemente un paso atrás respecto del carácter “libre” del trabajo en el capitalismo. Por no hablar del estajanovismo, que no tuvo nada que envidiarle a las formas más extremas del taylorismo capitalista.[26]
Esta idea se refuerza desde otro ángulo: los productos del trabajo en las sociedades no capitalistas -y no solo las burocratizadas, sino en una auténtica transición socialista-, no tienen forma de ser otra cosa que intercambio de aplicaciones de trabajo (el concepto es de Naville, que, recordémoslo, era especialista en sociología del trabajo). Intercambio de aplicaciones de trabajo medidas por el tiempo socialmente necesario empleado en la producción de las mercancías, expresadas como valor intercambiable.
Este concepto requiere cierto desarrollo, una explicación. Cuando el marxista francés habla del “intercambio de aplicaciones de trabajo” se está refiriendo, sencillamente, a que, en última instancia, lo que la economía planificada regula, modera e intercambia son productos del trabajo humano. Y, siendo esto así, siendo que es el trabajo humano (y la naturaleza) lo que está detrás de la producción de la riqueza, y siendo, a la vez, que no se está todavía en una “economía de abundancia” (una contradicción en los términos, pero eso acá no importa), no se inventó durante el siglo pasado otra forma mejor que medir todavía esos intercambios que mediante el valor de cambio; es decir, mediante el dinero. El hecho práctico-material de la experiencia del siglo pasado es que todas las demás formas de evaluación de la producción y el consumo en las economías transitorias, entre ellas las físicas, fracasaron.
Si lo que “recubre” la ley del valor es el intercambio indirecto de aplicaciones de trabajo, la misma tenderá a desaparecer en la medida que la producción social se haga cada vez más directa: sin la mediación ni del Estado ni del mercado. (Los problemas de irracionalidad de la planificación burocrática fueron los que llevaron al empirista Stalin a proclamar la ley del valor como “eterna” en 1952 –“Problemas económicos del socialismo”).
Por lo demás, en la medición de las aplicaciones de trabajo de manera ex ante mediante la planificación (medición que, a priori, liquida la anarquía del mercado como regulador), incluso en la planificación algorítmica hoy en debate, la sustancia de la cosa sigue siendo la misma. No cambia: estamos midiendo aplicaciones de trabajo, lo que supone, por fuera de la planificación democrática y la democracia socialista, la posibilidad del relanzamiento de relaciones de explotación del trabajo.[27]
Como contraejemplo mistificador de las relaciones reales, podemos tomar afirmaciones de Bujarin en su período izquierdista: “El salario deviene (simplemente) un fenómeno de magnitud sin contenido. En la medida que la clase trabajadora es la clase dominante, el trabajo asalariado desaparece; en la producción socializada [estatizada, debería decir], no hay trabajo asalariado. Y en la medida que no existe trabajo asalariado, no existe el salario como el precio de la fuerza de trabajo pagada por el capitalista. Lo que queda del salario es simplemente una cobertura externa (outer cover) -la forma monetaria” (Bujarin citado por Chattopadhyay: 2018: 127).
Se aprecia el ridículo antidialéctico de estas afirmaciones. Sin embargo, sirve recuperarlas por su reducción al absurdo. Porque como afirmaba Charles Bettelheim en Cálculo económico y formas de propiedad, si una determinada forma social subsiste es porque subsiste el contenido que le da vida a dicha forma. Es decir: si las categorías de la economía política burguesa subsisten en la transición es porque -hasta cierto punto- subsisten las relaciones sociales que les dan vida (Evgeny Pashukanis, Teoría general del derecho y el marxismo, 1924).
Ya Marx había insistido sobre el hecho que Ricardo apreciaba la magnitud del valor pero no su sustancia: “Rodbertus (…) habría descubierto, pues, que «el valor» de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que ya existía en todas las demás formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, es decir, bajo la forma del carácter social del trabajo, en cuanto gasto de fuerza social de trabajo. Y si el «valor» de la mercancía sólo es una forma histórica concreta, algo que existe en todas las formas de sociedad, ocurre lo mismo con lo que él llama «valor de uso social», o sea «valor de uso» de la mercancía. El señor Rodbertus toma de Ricardo la medida de la magnitud de valor, pero, el igual que Ricardo [y el primer Bujarin, agregamos nosotros], no ha investigado ni comprendido la sustancia misma del valor; por ejemplo, el carácter «común» del {proceso de trabajo} en las comunidades primitivas como organismo colectivo de las fuerzas de trabajo asociadas, por tanto el {carácter colectivo} de su trabajo, o sea la aplicación de estas fuerzas” (Marx: 2022: 42). Que, lógicamente, en dichas comunidades en donde el trabajo es directamente social, no se expresan como valor.
Evgueni Preobrajensky, aunque mucho más cuidadoso que Bujarin antes de su giro derechista, cae asimismo en un criterio esquemático al considerar como “naturalista” una “concepción no histórica de la ley del valor, en el cual la manera en que el proceso económico es regulado bajo la producción mercantil se funde con el rol regulador del gasto de trabajo en la economía social en general; el rol (…) que su gasto ha jugado y seguirá jugando en cualquier sistema de producción social” (La nueva economía: 1984: 3).
A nuestro modo de ver, aquí Preobrajensky peca tanto por exceso como por defecto. Porque en la sociedad comunista el gasto de trabajo humano ya no será el regulador directo de la producción (esto se complejiza con la automación y el desarrollo del General Intellect), pero en la sociedad de transición la producción todavía no es directamente social: es decir, subsiste el valor de cambio como medida de los valores de uso. Ocurre que, en el fondo, la experiencia de la URSS demostró que el problema gira alrededor del verdadero contenido de las relaciones productivas. ¿Qué pasa en la transición con la sustancia que enmascaran estas relaciones, esto es, con el hecho que la medida de la riqueza sigue siendo el trabajo humano directo? Si el trabajo humano directo no es la medida de la riqueza en la transición: ¿Cuál podría ser?[28]
Mandel no logra -no lo logró nunca salvo de manera confusionista en su última obra, El poder y el dinero, 1992- dar cuenta de esta problemática. Es verdad, reiteramos, que las categorías del valor-trabajo se afirman en las condiciones de la producción para el intercambio, es decir, bajo el capitalismo. Sin embargo, se requiere una apreciación históricamente ampliada de la ley del valor para aprehender las formas de la vigencia de las relaciones que supone esta ley incluso en las economías no capitalistas (de transición al socialismo).
Lo esencial es recordar que en la transición la producción de la riqueza sigue dependiendo del disciplinamiento de los nervios, de los músculos y de la mente de las y los trabajadores. Oscurecer la continuidad de esta imposición le hizo enormes favores al estalinismo (es decir, la confusión entre transición al socialismo y comunismo): “En 1920, Lenin no estaba satisfecho con algunas apreciaciones de Bujarin. En sus notas marginales a la Teoría económica del período de transición [obra del mismo año escrita bajo el impacto del comunismo de guerra], señaló que no era del todo exacto describir el capitalismo como ‘desorganizado’ (…). También señaló la persistencia, incluso bajo el comunismo, de leyes económicas como las que gobiernan las proporciones básicas de la economía. Podría haber estado de acuerdo con Bastle, que imaginó dos especies o aspectos de la ley del valor: la «versión 1» se refiere a la distribución del trabajo en distintas proporciones para diversos objetivos, que debe existir en toda la sociedad [y que ya deja de ser la ley del valor, evidentemente]; y la «versión 2», [que] es el aspecto en que se manifiesta en la economía mercantil, con intercambios, mercados, competencia, etcétera” (Nove: 1987: 19).
A Nove se le pasa por alto, por lo demás, que Lenin se quejaba que Bujarin imaginaba una economía de transición inmunizada contra la “desorganización” (es decir, el reverso dialéctico de su afirmación sobre el capitalismo). También de su marginalia al texto de Bujarin, donde éste afirmaba que la economía del período de transición “no está regida por la ganancia”. Lenin le espetaba “no está logrado” en el sentido que, siendo la economía transitoria todavía una “economía” (es decir, un reino opuesto a la abundancia), no puede funcionar permanentemente a pérdida (una circunstancia donde no se respetan los costos de producción). (Acá rige todo un confusionismo que proviene de una contraposición mecánica entre el capitalismo y el socialismo/comunismo, confusionismo de palabras y conceptos que marxólogos ultraeruditos como Paresh Chattopodhyay no ayudan a resolver porque no abordan los problemas de la economía transitoria.)
Estos señalamientos ilustran la complejidad del problema, si bien cabe advertir que este esquema -es decir, la idea de la continuidad de la ley del valor durante la transición- corre el riesgo de diluir el irreductible carácter histórico de la ley del valor, que sufre modificaciones sustanciales en la transición y cuyo imperio queda limitado por la planificación socialista para ser abolido en el comunismo.
Aun así, Mandel reconoce que “las categorías mercantiles cubren un período más vasto de la humanidad que el único período del capitalismo. Nacen mucho antes que el capitalismo, no fenecerán sino mucho después de la desaparición de éste. En la época de la transición del capitalismo al socialismo, es la relativa penuria de valores de uso lo que prolonga la vida de los valores de cambio, al menos en la esfera de los bienes de consumo” (el primer capítulo del primer tomo de su Tratado de economía marxista, 1962, es muy educativo a este respecto si bien todo su tratamiento de la economía transitoria no nos satisface).
Sin embargo, luego de cuestionar la visión unilateral de la economía transitoria como “inmunizada” contra la ley del valor, Mandel crea inmediatamente en otra visión unilateral, de signo contrario: “El error de Bordiga proviene del hecho de que no distingue claramente una economía en la cual hay presencia de categorías mercantiles respecto de una economía regida por la ley del valor (…) Bordiga (…) pierde de vista la distinción fundamental entre una sociedad regida por la ley del valor y una sociedad en la que circulan mercancías sin que esta circulación determine la dinámica económica fundamental en ellas” (Mandel, ídem). Es verdad que el marxista italiano Amadeo Bordiga (1889/1970) era incapaz de distinguir los grises, ya que su caracterización de la URSS era la de un capitalismo de Estado donde la ley del valor regía sin restricción alguna.[29] Pero Mandel se va casi al polo opuesto perdiendo de vista que la dinámica económica fundamental de la economía transitoria -lo que no quiere decir que la ley del valor sea su regulador fundamental- sigue basada sobre el gasto de trabajo humano en la producción lo que supone el peligro de imposiciones explotadoras (“expoliadoras” en palabras de Trotsky).
Respecto de la continuidad de la ley del valor en la transición y su significado, Nahuel Moreno hacía una apreciación más matizada, dando cuenta, de manera más objetiva, de los problemas reales. (Es característico de Moreno tratar de dar cuenta de los problemas reales aunque se equivocara en sus apreciaciones.) “Ya en el terreno económico, nosotros estamos contra Mandel y contra Preobrajensky. Creemos que son poco dialécticos. En la circulación de mercancías hay la famosa fórmula de Marx, M-D-M. Y está la otra fórmula de Marx de circulación, D-M-D’. Es decir, más dinero incrementado por la explotación. Marx dice: circulación simple de mercancías y circulación capitalista [incrementada por la explotación en el lugar de producción, es decir, capital] (…) Y estas dos son expresiones de la ley del valor: cambio simple de mercancías y capitalista. Entonces, para nosotros, acá está la ley del valor, D-M-D’, y acá está la ley del plan, M-D-M. Para nosotros, el plan, la planificación y la sociedad de transición, la economía de transición hacia el socialismo, están obligadas a unirse a esta expresión de la ley del valor, M-D-M, a desarrollarla [es decir, expandir la producción] y combatir a muerte esta otra, D-M-D’ [que es la ley de la explotación capitalista]. (…) Es decir, no es toda la ley del valor [la que se cuestiona]. Dentro de esta fórmula económica, se esconden problemas de clase muy profundos, problemas políticos (…) Detrás de esta fórmula de circulación, D-M-D’, está una clase, la capitalista. Y aquí, M-D-M, están los trabajadores (…) Esta es una dialéctica típica: antes de desaparecer, la ley del valor cumplirá un rol más racional que nunca, porque habrá moneda sólida, confiable, etcétera” (selección de citas para el “Seminario sobre transición”, 1985).
Como señalamos más arriba, aunque Moreno planteaba el problema con agudeza, no dejaba de colocarlo de manera unilateral. Se le escapaba que incluso en la fórmula M-D-M la planificación debía romper con la ley equivalente si pretendía que la acumulación socialista procediera. Este era el aspecto correcto de Preobrajensky que apreciando el hecho que la economía soviética era atrasada y aislada debía romper con la ley del intercambio equivalente, al menos en dos planos: en el comercio internacional y en el intercambio con el campo (aunque esto es más complejo porque, en realidad, para lograr la industrialización del mismo, cuando se intenta pasar a la colectivización agraria, la industria debe entregar más valor a cambio de menos si pretende efectivizarla -Tony Cliff).
3- Estudiar la transición sin anteojeras doctrinarias
“El marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo su primera victoria y fundó el primer Estado obrero. Ninguna fuerza será capaz de borrar estos hechos históricos. Pero, como la Revolución de Octubre ha conducido al estado actual, es decir al triunfo de la burocracia, con su sistema de opresión, de falsificación y de expoliación (…) numerosos espíritus formalistas y superficiales, se inclinan ante la sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el estalinismo, sin renunciar al bolchevismo (…) Resumiendo: se trata de volver en definitiva … a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico no hay necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas”
(Trotsky: 1975: 12/3)
Moreno se inspira en Trotsky en su apreciación respecto de las relaciones entre la ley del valor y la economía transitoria. Ocurre que Trotsky señalaba con claridad que la expansión de la economía en la URSS significaba un aumento de la producción mercantil y no su disminución (recordemos los 5 modos de producción de los que hablara Lenin a comienzos de los años 20 como característicos de Rusia de la época: economía natural, pequeña producción mercantil, cooperación, capitalismo de Estado, socialismo), así como insistía en favor de un talón de valor estable: una moneda sólida sin inflación.
Para Moreno (y Trotsky), la economía de la transición debe apoyarse en criterios de racionalidad que no pueden ser puramente arbitrarios (administrativos), sino que deben respetar y/o tener en cuenta las relaciones reales a la hora de los intercambios. Al mismo tiempo, claro está, debe combatirse la acumulación capitalista, lo que se hace mediante el mecanismo de la planificación, la infracción de la ley del valor para que la acumulación socialista progrese y el proteccionismo socialista en relación al mercado mundial.
Recordémoslo para que quede claro: la base de valor de la economía transitoria proviene de que sigue apoyándose en la autoexploración de las y los trabajadores, algo inevitable en la primera etapa de la transición al socialismo. Sin embargo, esto no quiere decir que es la ley del valor la que rige la economía transitoria: esto no es así. La transición es una encrucijada de contradicciones (Trotsky) precisamente porque es un mix de las leyes heredadas del capitalismo, la ley del valor, así como las tendenciales leyes hacia el socialismo: la planificación económica y la democracia soviética.
En todo caso, la ausencia de la idea de un período transitorio entre el capitalismo y el socialismo llama la atención en Paresh Chattopadhyay, un erudito en la obra de Marx que le exige demasiado a éste. Le pide que “legisle” sobre una experiencia que no vivió y sobre la cual, junto con Engels, dejaron definiciones sólo aproximativas: “Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de nuestra época, dejando de lado la lucha teórica y política de decenas de años, lucha que comprende también al bolchevismo y a la Revolución de Octubre? (…) Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar El capital. Contra esto, no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han estudiado El capital, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió la degeneración del Estado soviético (…)” (Trotsky: 1975: 13).
Bibliografía
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Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, tomo 2, Ediciones ERA, 1985.
-“La reforma de la planificación soviética y sus implicaciones teóricas”.
–Ensayos sobre neocapitalismo, México, Era.
-“La economía del período de transición”, Barcelona, Anagrama, 1975.
Karl Marx, Notas marginales al «Tratado de economía política de A. Wagner», segunda mitad de 1879/noviembre 1880, publicado por primera vez por David Riazanov en los Arkiv Marksa-Engels de Moscú en 1930 y traducido al castellano por Aricó, Blanco y Di Lisa, Dos cuadrados, Madrid, febrero 2022.
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Nahuel Moreno, “Seminario sobre Transición”, 1985.
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Catherina Samary, “El papel del mercado: el debate Mandel-Nove”, www.ernestmandel.org.es.
León Trotsky, La revolución traicionada, Antídoto-Gallo Rojo, Buenos Aires, 2009.
–Bolchevismo y estalinismo, El Yunque editora, Argentina, 1975.
[1] Engels hace una afirmación exactamente igual en el Anti-Dhüring.
[2] Y Marx agrega inmediatamente algo que es muy importante para nuestro análisis: “(…) las mercancías, en la medida que son valores representan solamente algo social, trabajo, y (…) la magnitud de valor de una mercancía se determina, según mi punto de vista, por la cantidad de tiempo de trabajo que encierra, etc., o sea por la masa normal de trabajo que cuesta producir un objeto (…)” (Marx: 2022: 16/7).
[3] Trotsky identificaba, sucintamente, el comunismo como una economía armónica, y lo hacía bien: la idea de armonía remite a la superación de las contradicciones, al menos, las propias del capitalismo y de las sociedades de clase.
[4] La dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción es compleja, dialéctica, y suele abordarse de manera unilateral de parte de los marxistas: ora positivista (Segunda Internacional), ora culturalista (escuela de Frankfurt).
[5] La frase textual de Marx es “una sociedad que se apoya todavía sobre la vieja base capitalista y no sobre una completamente nueva”. Autores marxistas eruditos pero dramáticamente mecánicos como Paresh Chattopadhyay, que desecha toda la experiencia crítica del siglo pasado, afirma de manera precipitada que, según Marx, el modo de producción socialista (modo de producción asociado lo llama él) reemplazaría al modo de producción socialista sin ninguna transición poscapitalista: “Marx caracterizaba este período como «los dolores prolongados dentro del vientre de la sociedad capitalista»” (Chattopadhayay: 2018: 40), una cita sacada de contexto que da a entender que del capitalismo se pasa directamente al comunismo (todas las experiencias anticapitalistas del siglo pasado habrían sido, simplemente, capitalismo de Estado).
Tomando el ejemplo de un gran pensador del siglo XX podemos afirmar sin lugar a dudas que Freud era mucho más materialista y dialéctico que Chattopadhayay (Freud se apoyaba, escrupulosamente en la clínica, en la experiencia práctica, a diferencia del normativismo “kantiano” de Chattopadhayay): “Sabemos que el primer paso para obtener el dominio intelectual de lo que nos rodea es descubrir las generalizaciones, reglas y leyes que ponen orden en el caos. Al hacer esto simplificamos el mundo de los fenómenos; pero no podemos evitar falsificarlo, especialmente si nos ocupamos en procesos de desarrollo y de cambio. Lo que nos interesa es discernir la alteración cualitativa (…). En el mundo real las transiciones y los estadios intermedios son mucho más comunes que los estados opuestos, claramente diferenciados. Al estudiar los desarrollos y los cambios dirigimos nuestra atención únicamente al resultado [¡y acá Freud parece haber leído a Hegel cuando este afirma que el desarrollo se esconde en el resultado!]; pasamos fácilmente por alto el hecho de que tales procesos son corrientemente más o menos incompletos -es decir, que en realidad son sólo alteraciones parciales. Un agudo escritor satírico de la vieja Austria, Johann Nestroy, dijo una vez: «Cada paso adelante es sólo la mitad de largo de lo que parece al principio»” (“Análisis terminable e interminable”, 1937, en Sigmund Freud, Obras Completas, Siglo Veintiuno Editores: 2013: 3347/8).
[6] Hay que tomar en cuenta la creciente desaparición del dinero papel en las transacciones en este siglo XXI. Pero ese cambio en la forma del dinero, que del patrón oro y plata pasó al papel (dinero fiduciario), y del papel está pasando al dinero que podríamos llamar electrónico, no quiere decir que su función económico-social y las desigualdades que implica, estén desapareciendo: a fin de meses hay que hacer las transferencias dinerarias correspondientes para enfrentar las obligaciones que se han contraído.
[7] Se verá la circunstancia de una revolución socialista en un país del centro imperialista (tradicional o “revisionista”).
[8] La crisis ecológica que está generando el capitalismo del siglo XXI puede plantear a las futuras revoluciones socialistas tareas colosales de reconstrucción, de reversión de fuerzas destructivas en productivas.
[9] Es obvio que los únicos animales bípedos… son los seres humanos. Una antropología materialista básica nos informa que la postura erguida y la liberación de la mano, fue la condición material para el desarrollo del cerebro humano. De ahí que Marx pudiera hablar de las herramientas como un “producto del cerebro humano formado por la mano humana” (Grundrisse), yendo un paso más allá del relato de Engels en “El lugar del trabajo en la transición del mono al hombre”: Marx vincula la mano y el cerebro más dialécticamente.
[10] Este concepto ampliado de la explotación incluyendo en él la explotación del trabajo intelectual, nos fue sugerido por la lectura de la obra de Matteo Pasquinelli, The eye of the Master, que a pesar de varios mecanicismos (se sufre cierta falta de dialéctica en sus análisis), hace un valioso esfuerzo de análisis materialista por entender a la IA como “imitación” del comportamiento humano. El primer movimiento de los algoritmos es determinado por la copia de los movimientos del trabajo humano, que, posteriormente, y mediante un efecto de reversibilidad dialéctica y estricta racionalización, dominan explotadoramente el trabajo humano mismo: “En este libro argumento (…) que el código interno de la IA está constituida no por imitación de la inteligencia biológica sino por la [imitación de la] inteligencia del trabajo y de las relaciones sociales. Hoy en día, debería ser evidente que el proyecto de la IA es un proyecto para capturar el conocimiento expresado a través de los comportamientos individuales y sociales y codificados (encode) en modelos algorítmicos para automatizar las más diversas tareas (…)” (Pasquinelli: 2023: 2).
[11] También en una unilateralidad en el sentido opuesto: la permanencia de la ley del valor como uno de los reguladores de la transición habría transformado a estas sociedades en “capitalistas de Estado”… Más fiel a la teorización marxista clásica fue la definición de Pierre Naville de estas sociedades como “socialistas de Estado” (una corriente que como acabamos de ver existía en la época de Marx). Como se sabe, de todas maneras, nuestra definición, inspirada en Christian Rakovsky, es la de Estado burocrático con restos de la revolución anticapitalista. Nosotros apreciamos la transición como un fenómeno histórico-concreto: como una formación económico-social y no como un modo de producción puesto. Un concepto que en la obra de Chatopadhayay está ausente.
[12] Los Cahiers de Verkhnéouralsk están repletos de críticas al reemplazo de los mecanismos políticos por los administrativos llevados adelante por el estalinismo en los años 30.
Al desestimar toda la experiencia real del siglo XX y contraponerle doctrinariamente las formulaciones de Marx sobre el comunismo, Chattopadhayay se ríe de los problemas del administrativismo y la burocratización de las revoluciones, entregando una versión “ingenua” del comunismo, hacia el cual no existen ni los dolores de parto de la transición ni las experiencias históricas poscapitalistas del siglo pasado.
[13] Los jóvenes trotskistas en los aisladores no separaban la teoría de la revolución permanente de la teoría de la transición, lo que les daba cierta mayor consistencia a sus apreciaciones: “Ustedes dicen, se indigna Azagarov, «que la lucha contra la burocracia es una lucha de clases. Sin embargo, la burocracia, es un hecho que, doce años después de Octubre, el proletariado [acá se aprecia un solapamiento del proletariado y la burocracia] ha puesto en obra la colectivización». [Por esto], ahora, ustedes quieren debilitar la lucha contra la burocracia. Acá se ve a qué se resume vuestra «lucha de clases». Así se expresa la lógica de Azagarov” (“La théorie de la révolution permanente et la théorie du socialismo dans un seul pays”, Pavel Papirmeïster, Le Bolchevique-léniniste, n~1, mars, 1933. En Les cahiers de Verkhnéouralsky. Écrits de militantes trotkystes soviétiques, tome 2, 1932-1933, Les bons caracteres: 2024: 277).
[14] “En la Asociación [comunismo], con la apropiación colectiva (social) de las condiciones de producción, el trabajo individual es directamente social desde el principio. En vez del intercambio de productos que toman la forma valor, hay ahora «libre intercambio de actividades» entre los individuos sociales determinada por las colectivas necesidades y deseos sociales” (Chattopadhayay: 2018: 51).
[15] Hemos señalado varias veces que, aunque de manera empírica, Moreno tenía apreciaciones agudas sobre las sociedades de transición que rompían con el canon ortodoxo de la época (años 80).
[16] Hemos visto en otros textos como Trotsky hacía referencia a esto en sus notas de 1926: “Notas sobre cuestiones económicas. La ley de acumulación socialista, el principio de planificación, la tasa de industrialización y la falta de principios”.
Debemos decir que así como el tomo I de nuestra obra, El marxismo y la transición socialista. Estado, poder y burocracia, tuvo inspiración marxista-engelsiana-rakovskyana, este tomo 2 tiene inspiración marxista-trotskista-navilliana. Esto es así porque, a nuestro modo de ver, el que mejor síntesis logro sobre la economía transitoria de la sociedad que llegó más lejos hasta ahora en ese punto, la ex URSS, fue el mismo Trotsky en su texto de 1932: “La economía soviética en peligro», también conocido como “El fracaso del plan quinquenal”.
[17] Es interesante la afirmación que venimos haciendo: no solo las categorías de la economía política son estatizadas en la transición, con el mercado mismo ocurre lo propio. Ninguna de estas relaciones de la economía capitalista se pueden declarar por abolidas por el acto político de la revolución socialista sino que son reabsorbidas en el posterior proceso social de la transición. Es que como hemos señalado varias veces en esta obra: política y economía se “entremezclan” en la transición pero no por ello dejan de ser campos específicos del todo social.
[18] Una referencia erudita a la idea de la revolución permanente en Marx referida específicamente a lo que hace a la parte de la misma respecto de la transición, la encontramos en Chattopadhyay: “Este socialismo es la declaración de la permanencia de la revolución, la dictadura de clase del proletariado como paso de transición hacia la abolición de las distinciones de clase en general, a la abolición de todas las relaciones de producción en las cuales ellas se apoyan, hacia la abolición de todas las relaciones sociales que resultan de todas estas relaciones” (Chattopadhyay citando a Marx en La lucha de clases en Francia: 2018: 39/40).
[19] En nuestros artículos respecto de la relación entre marxismo y anarquismo criticamos la adoración de este último por el “orden espontaneo” (“Marxismo y anarquismo”, izquierda web).
[20] Se afirma habitualmente que la clase trabajadora en el poder debe ser apreciada como clase productora. Pero esto es correcto sino se pierde de vista que, como señalaba Trotsky, aún a sabiendas de los rigores de todo proceso económico de transición en una sociedad eventualmente aislada (como fue el caso de la URSS, entre otras), las generaciones contemporáneas con la transición deben poder atravesarla para que la dictadura proletaria mantenga su legitimidad. De ahí que no sea secundario abordar, también, a la clase trabajadora como consumidora (ya desde los textos de Preobrajensky se cometía este error), cosa que no hizo el trotskismo en la posguerra marcado por inflexiones doctrinarias (es decir, por no reflexionar acerca de la experiencia real).
[21] Léase hoy la obviedad de los teléfonos móviles.
[22] Chattopadhyay nos recuerda una cita hermosa de los Grundrisse a este respecto (cita que tiene una complejidad incluso psicológica): “Una vez que la limitada forma burguesa desaparezca, la riqueza aparecerá como la universalidad de las necesidades, de las capacidades, de los disfrutes, como el poder productivo de los individuos, el desarrollo absoluto de las aptitudes creativas individuales sin otra presuposición que el desarrollo histórico anterior, [y] que hace un fin en sí mismo la totalidad del desarrollo de todos los poderes humanos como tales, no medidos por las viejas formas estándar, donde el individuo es reproducido de acuerdo a una forma determinada, sino que crea su totalidad (but creates her -his- totality). En la economía burguesa, y en su correspondiente época de producción, está completa elaboración de la interioridad humana aparece como un vacío completo” (Pattopadhyay: 2018: 61). La idea de la “completa elaboración de la interioridad humana” podría aparecer como una suerte de introducción en el psicoanálisis.
Trotsky demostró su sensibilidad a este respecto no solamente en textos brillantes como los recopilados en Literatura y revolución, sino en su discusión con André Bretón sobre el psicoanálisis: “La lucha por las ideas de la revolución en el arte debe empezar por la lucha por la verdad artística, no en el sentido de tal o cual escuela, sino en el sentido de la fidelidad inquebrantable del artista a su yo interior. Sin ello no hay arte. «No mentirás»: he aquí la fórmula de la salvación” (Jacquy Chemouni: 2007: 191). Y una perla más de su debate con Bretón: “«Usted invoca a Freud, ¿pero no es acaso para la tarea contraria? Freud hace surgir el inconsciente en lo consciente. Usted quiere ahogar lo consciente en lo inconsciente». Bretón respondió: «no, claro que no, evidentemente»” (ídem: 196).
[23] “(…) ¿qué puede probar el «impuesto social» en pro ni en contra de mi teoría del valor? Tan poca cosa como las medidas obligatorias adoptadas para racionar los víveres, en caso de penuria, en un barco, en una plaza sitiada o durante la revolución francesa, etc., en que no se tomaba para nada en cuenta el valor; y lo más terrible para el «Estado social» [de Schäffle]: infringir las leyes del valor del «Estado capitalista» (burgués) y por ende también ¡la teoría del valor! ¡Cuentos para niños! (Marx: 2022: 21).
[24] Acá entra el debate de Marx con Proudhon sobre el maquinismo.
[25] Chattopadhyay, al igual que Artous, no se define respecto de la problemática del trabajo, como sí lo hace Naville cuando aborda los problemas de la automatización. Tiende a señalar, al igual que Artous, que Marx esboza una posición de superación del trabajo en los Grundrisse pero luego retrocede en El capital.
Lógicamente que el tema es complejo porque lo que está en juego acá no es solamente la relación de la personas entre sí, sino el eterno metabolismo de la sociedad con la naturaleza.
Chattopadhyay agrega algo que nos simpatiza porque va en el sentido de cómo apreciamos nosotros la transformación del trabajo en actividad: “Incluso el indisponible o tiempo de trabajo necesario en el comunismo tiene un carácter cualitativamente distinto comparado con el tiempo de trabajo necesario en una sociedad de clases, en la medida que este tiempo no está impuesto por un poder ajeno sino que es asumido libremente por la asociación de productores como autoactividad, como autoafirmación. «El tiempo de trabajo de un individuo quien al mismo tiempo es un individuo con tiempo a su disposición debe poseer una cualidad muy superior a la de una bestia de trabajo»” (ídem: 60, Teorías de la plusvalía, volumen 3).
[26] Ver a este respecto al agudo artículo de León Sedov: “El movimiento stajanovista”, izquierda web.
[27] Matteo Pasquinelli demuestra bien como los algoritmos lo “único” que hacen es copiar y sistematizar los movimientos del trabajo humano, En cierto modo, y al igual que el antiguo maquinismo, avanzan por la vía del análisis de dichos movimientos y se transforman en otros tantos reguladores del mismo.
[28] Nos llamó la atención que en su clásico estudio sobre los Grundrisse (Génesis y estructura de El capital de Marx, estudios sobre los Grundrisse, 1968), el erudito marxista polaco, Román Rosdolsky, reivindicara a pie juntillas los análisis de Evgueni Preobrajensky sobre la economía transitoria.
[29] Recordemos que Bordiga fue el fundador del PCI en su época revolucionaria. Sin embargo, formó filas entre los ultraizquierdistas contra Lenin en el II Congreso de la III Internacional en 1920 y fue reemplazado por Gramsci, mucho más equilibrado él, como secretario general del PCI hasta que fue detenido por Mussolini (1927).




