El acuerdo Estados Unidos-Irán: una derrota para el trumpismo

Declaración de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie, 20/06/2026

Declaración preparada por: Federico Dertaube. Sobre el acuerdo entre Estados Unidos e Irán, y la derrota del trumpismo.

El acuerdo alcanzado por Washington con el régimen de los ayatolás es probablemente el principal freno de la ofensiva trumpista lanzada cuando asumió su segundo mandato a principios del 2025 (tarifas, amenazas de ocupación de Groenlandia y Panamá, etc.). Sus resultados fueron mixtos, pero con ninguna Trump se había metido poniendo literalmente sangre en juego (aunque en Irán fue en pequeñas dosis).

No llega a ser un golpe estratégico para el propio imperialismo estadounidense, pero es un síntoma de su debilitamiento y un revés del proyecto trumpista de resolver su crisis de hegemonía. No hay que impresionarse ni darlo por muerto, pero el mundo entero está viendo el espectáculo de la derrota de Trump.

En enero, quiso comenzar su segundo año de mandato con una ofensiva multiplicada. El primer golpe lo dio en Venezuela, de donde salió exitoso de una operación mucho más fácil e incruenta de la esperada. El segundo lo dio en Irán, inaugurando esta guerra en el ya lejano 28 de febrero, haciendo seguidismo a Netanyahu. En paralelo, la rebelión de Minneapolis le paró también su avanzada dentro de las fronteras de Estados Unidos. Hasta ahora, no ha logrado asediar a ninguna otra ciudad. Es en estas condiciones, con el pueblo estadounidense mayoritariamente enfurecido con su gobierno, que tiene que afrontar las elecciones de medio término del 3 de noviembre.

Una guerra desigual

Cuando fueron las agresiones sionistas con la protección del imperialismo tradicional sobre Irán en 2024, explicamos la posición que debía tener el marxismo revolucionario en este tipo de guerras entre países imperialistas o peones del imperialismo, y países independientes: «La Corriente Socialismo o Barbarie se posiciona críticamente del lado de Irán en este conflicto, pese a su régimen ultrarreacionario. El gobierno sionista de Israel representa un Estado colonizador, racista y genocida (y agente del imperialismo) que viene perpetrando un brutal genocidio contra el pueblo palestino».

Nuestra corriente se puso del lado del país oprimido.

La guerra comenzada en febrero de este año fue lanzada por el imperialismo yanqui y el sionismo en medio de la crisis del régimen iraní por las movilizaciones de masas que sacudían al país. La agresión externa inhibió y paralizó la protesta popular, como era de esperarse, y le sacó temporalmente de sus manos al pueblo iraní la posibilidad de luchar por su propia emancipación.

Triunfo de Irán y derrota de Trump

Es Irán el que acaba de salir triunfante, derrotando a la agresión imperialista y colonial. Los puntos del acuerdo por 60 días, en principio, incluyen la apertura del Estrecho de Ormuz, que estaba abierto antes de que cayera la primera bomba sobre suelo persa. Todo a cambio de vagas negociaciones a futuro sobre el programa nuclear iraní y el uranio enriquecido. Mientras tanto, acuerdan una compensación económica para Irán de parte de Estados Unidos y sus aliados de 300 mil millones de dólares, lo que ha encolerizado a cada vez más voces del Partido Republicano.

Los hechos son categóricos: Trump ha sido derrotado, al menos por el momento. La fuerza militar abrumadora, evidentemente, no es suficiente para ganar una guerra. La guerra es una continuación de la política por otros medios, pero ni la política ni sus medios desaparecen cuando comienzan a silbar las balas. Trump no solo se metió en la guerra siguiendo a Netanyahu sino que cambió innumerables veces los objetivos políticos propuestos. Así no se puede ganar ninguna guerra, como le dijo desde el comienzo casi toda la prensa imperialista.

Trump diseñó su “estrategia” sobre la perspectiva de que el régimen iraní se podía derrumbara como un castillo de naipes como había pasado con Caracas. Pero el error de cálculo fue mayúsculo: los ayatolás demostraron tener la capacidad de sostenerse frente a ese ataque. Entonces, para alcanzar su primer objetivo, reemplazar o subordinar al régimen político iraní, Trump debía poner en juego fuerzas militares mucho mayores, como una intervención territorial directa, con tropas. Eso sí que ya no lo podía hacer porque la situación política en Estados Unidos no se lo permitía. Trump se había mofado del fracaso de la intervención y la retirada en suelo iraquí y afgano en sus campañas electorales.

Irán, con fuerzas militares infinitamente menores (pero con drones), necesitaba resistir militarmente a la agresión de (relativa) baja intensidad mientras desgastaba políticamente a Trump hasta forzarlo a negociar en sus términos. El golpe económico de cerrar el Estrecho de Ormuz funcionó como su “botón nuclear”.

La estrategia del bravucón que golpea sobre la mesa y espera que las fichas se alinean como quiere no funcionó. La agresividad gestual ha sido derrotada. Se confirma que la sigla del trumpismo es TACO (Trump Always Chickens Out o «Trump siempre se acobarda»), aunque siga siendo un gran peligro.

Alcances y límites de la derrota yanqui en Irán

Al lado de otras derrotas militares yanquis, esta es una de menos alcance. Algunos la comparan con Vietnam, pero es una comparación desafortunada. Vietnam derrotó a la principal potencia del mundo cuando todavía vivía su era de esplendor, en un contexto de lucha internacional emancipatoria anticolonial e incluso de experiencias anticapitalistas. Además, la guerra había durado más de una década y se había convertido en uno de los mayores quiebres de la sociedad yanqui, junto a la lucha contra la segregación racial.

Incluso las comparaciones con Iraq y Afganistán son abusivas. Allí, Estados Unidos puso tropas en el terreno. El desastre de las guerras de Bush significó el fracaso del proyecto de “Nuevo Siglo Americano”. Junto a la crisis económica del 2008 y el ascenso chino, esas derrotas sentaron las bases de la crisis de la hegemonía indiscutible de Estados Unidos que marca a este siglo XXI.

Trump se mira en el espejo de Xi y Putin, imagina un mundo con reparto de zonas de influencia con Estados Unidos llevándose la principal parte.

La burguesía y el establishment estadounidense están divididas y tienen en frente un debate cada vez más apremiante: Trump probablemente está debilitando sus posiciones estratégicas. Mientras erosiona sus alianzas y herramientas de dominación tradicionales (como la OTAN), falla en conquistar nuevas posiciones.

Además, parte no menor de la fuerza de Estados Unidos a lo largo del siglo XX es que podía presentarse como una encarnación de los valores de la Ilustración: democracia, libertad, progreso, etc. Aunque fueran solamente la fachada del garrote imperialista, seguían dándole su impronta a algunas de sus intervenciones internacionales. Pasar a mostrarse abiertamente como una fuerza de dominación bruta y por la fuerza es un golpe para la legitimidad histórica de Washington.

Además, Medio Oriente vuelve a convertirse en el escenario de la humillación. Eso no es poca cosa. Hace años que es sabido que el imperialismo yanqui necesita girar de sus preocupaciones en otras regiones para pasar a la ofensiva con su principal desafío estratégico: China.

El trumpismo intentó facilistamente resolver posiciones internacionales complejas yendo de lo más fácil a lo más difícil y, una vez asegurada su dominación sobre ciertos díscolos, afrontar directamente la cuestión china. Primero fue Venezuela, después Irán… y hasta ahí (por ahora). La promesa de afrontar su gran problema histórico encontró un freno en el mismo lugar en el que ya estaban frenados.

Y, mientras todo esto pasa afuera, mucho también pasa adentro: cada fracaso de Trump en política internacional es una dificultad nueva en política nacional. Y viceversa: cada paso en falso del trumpismo es abono para el crecimiento de la polarización política en Estados Unidos. La misma que puso de pie la rebelión y organización popular masiva en Minneapolis, la que le dio impulso a la rebelión antirracista del 2020, la de la organización sindical de la nueva clase trabajadora. Es un hecho: la era del consenso interno imperialista en Estados Unidos se ha terminado.

En suma: Trump acaba de ser duramente derrotado, pero la etapa política reaccionaria marcada por su gobierno está lejos de haberse terminado. Sería un error impresionista pensar lo contrario. La extrema derecha sigue siendo la fuerza política burguesa con más iniciativa del mundo, al menos del mundo occidental.

Israel: la bala perdida de la situación internacional

Mientras tanto, el acuerdo con Irán ha abierto una crisis política en Israel y una fisura de sus relaciones con Washington. Su problema es obvio: la ofensiva fue lanzada por Israel y Estados Unidos de forma conjunta, y ahora es resuelta por Estados Unidos de forma unilateral. Tel Aviv se ha convertido en un problema grave hasta para el trumpismo.

«Sin Estados Unidos no habría Israel. Sin mí, no existiría Israel» dijo Trump, confrontando por abiertamente con Netanyahu. Su vicepresidente JD Vance también discutió públicamente con los sionistas “poco agradecidos”, diciendo que deberían tener cuidado de andar criticando al único aliado poderosos que les queda.

Trump y el régimen iraní querían ambos llegar a un acuerdo desde hacía meses. Pero el gobierno de Netanyahu bombardeó (literalmente) esa posibilidad desde el primer anuncio de tregua. Cuando el gobierno yanqui quiso hacer público el primer intento de acuerdo, las Fuerzas de Defensa de Israel perpetraron una horrenda masacre en Líbano, haciendo entrar en crisis toda la diplomacia. Fue en ese momento que Tel Aviv quedó definitivamente fuera del acuerdo de paz, y porque Trump afronta cada vez más críticas y acusaciones de ser dirigido él por Netanyahu, y no a la inversa.

Mientras Trump necesita apagar algunos focos de incendio para no quemarse los dedos, el gobierno de Netanyahu se comporta como un “bombero loco” que echa combustible por todos lados. Israel es hoy la principal fuente de inestabilidad internacional.

El sionismo le sirve a Estados Unidos como garrote regional, pero sus perspectivas estratégicas están lejos de ser iguales. El proyecto genocida israelí y los intereses de Estados Unidos parecen estar chocando con fuerza creciente.

La oposición sionista a Netanyahu lo cuestiona por supuestamente haber atado todo el destino de Israel a Trump, por romper puentes con la Unión Europea y los demócratas, etc. Le discuten todo menos una cosa: las masacres, la expansión territorial y la ocupación.

Israel viene sembrando y cosechando repudio mundial desde finales del 2023, cuando lanzó el genocidio en Gaza. Se ha colocado algo profundo en la agenda internacional: la inviabilidad estratégica e histórica del proyecto genocida.

Cuando la agresión genocida sobre Gaza escalaba sin parar, cuando la masacre encontraba su punto máximo, el intelectual israelí anti-sionista Ilán Pappé afirmó: “el colonialismo de Israel llegará a su fin”.

Pappé decía en ese momento sobre la división de la sociedad israelí que “a ambos bandos no les importa el pueblo palestino, ambos creen que la supervivencia de Israel depende de que se mantenga su política de eliminación de los palestinos. Pero eso es insostenible. Se va a desintegrar por implosión desde dentro porque en el siglo XXI un Estado y una sociedad no se pueden mantener unidos sobre la base de que su sentimiento compartido de pertenencia es formar parte de un proyecto de eliminación genocida.”

Lo que afirmaba Pappé hace dos años lo piensa ahora cada vez más gente. Las redes sociales del mundo están inundadas de testimonios de los horrores de la sociedad israelí, y la agresividad de una opinión pública y un Estado que sienten que solamente pueden existir matando todo lo que los rodea. La limpieza étnica del sur del Líbano está siendo la extensión de la limpieza étnica de Gaza y Cisjordania.

Semejante proyecto solamente se puede sostener con la guerra permanente o consagrando la destrucción completa de los demás. Pero cuando se logra la destrucción del otro, siempre aparece algún nuevo otro para destruir. El sionismo es tan inestable como el guerrerismo fascista, y por los mismos motivos.

En junio del 2025, caracterizábamos al gobierno de Netanyahu como directamente fascista. Uno de los rasgos del fascismo clásico es la necesidad de un estado perpetuo de guerradecíamos. Y agregábamos que la “base social más firme del gobierno son los grupos de colonos, que son fuerza de choque pseudo civil contra los palestinos todos los días.”

Irán y la movilización popular

El año comenzó en Medio Oriente con las esperanzas abiertas por las movilizaciones de masas contra el régimen de Teherán. Pero las masas populares recibieron dos duros golpes: las masacres perpetradas por el propio gobierno y los bombardeos extranjeros imperialistas. Por ahora, el balance de la guerra es que la movilización de masas se ha detenido.

Los hechos han dado su veredicto. Dijeran lo que dijeran, Trump y Netanyahu han demostrado ser enemigos mortales de la movilización popular. El resultado de su agresión es que los ayatolás siguen en el poder y la movilización popular, por ahora, ha sido aplacada. La agresión militar externa desorganiza la vida entera del pueblo iraní, haciendo imposible su organización y autoemancipación.

Quedó claro desde el principio, cuando en nombre de los intereses del pueblo iraní los Estados Unidos y el sionismo comenzaron su guerra perpetrando una masacre de niñas en un colegio. La horrible tragedia de Minab es un emblema de la brutalidad de la agresión.

Pero la historia está lejos de haberse terminado. Teherán, a pesar de salir airoso, ha demostrado ser más frágil de lo que parecía. Es solamente cuestión de tiempo para que, una vez que se haya sacado de encima la bota yanqui-sionista, el pueblo iraní esté listo de nuevo para tratar de rendir cuentas con su propio gobierno.

Irán es, después de todo, uno de los países más movilizados de la región. Los sectores populares urbanos iraníes, su clase trabajadora y su movimiento de mujeres y personas LGBT, han demostrado ser perfectamente capaces de persistir a lo largo de décadas de crisis, de represiones y de guerras. Ellos, y nadie más que ellos, pueden ser los artífices de su propia emancipación. Así fue en la revolución del 79′ (luego lamentablemente apropiada por los ayatolás), así fue con el movimiento de mujeres del 2022.

El régimen de los ayatolás ha demostrado tener una capacidad de resistencia mucho mayor a la esperada por Trump. Los dirigentes del régimen, el clero chiíta y los miembros de la Guardia Revolucionaria se confunden profundamente con la propia burguesía iraní.

El «cambio de régimen» que buscaba Trump solamente puede redistribuir el poder al interior de la clase dominante iraní. Para sacarse de encima al autoritarismo ayatolá, para conquistar su soberanía frente a las potencias extranjeras, la movilización popular iraní necesita adoptar la perspectiva anticapitalista del derrocamiento político y la expropiación económica de sus opresores.

Eso puede hacerse solamente con las manos de los trabajadores, las mujeres y diversidades, las etnias oprimidas y todos los protagonistas del movimiento popular que recorrió las calles del país, poniendo en pie un movimiento de autoemancipación e independencia nacional de carácter socialista.

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