De la transición a la ruptura: la evolución del pensamiento de Carney 2019-2026 y una nota sobre Walter Benjamin

Traducción de Sin Permiso

«Permítanme ser directo. Nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición».

Aunque se expresó en términos extremadamente abstractos y evitó cualquier mención a Trump, el discurso de Mark Carney en Davos el martes fue, con mucho, la reacción más contundente que hemos visto hasta ahora por parte de cualquier jefe de Gobierno ante la crisis desatada en las relaciones internacionales de Occidente por la agresividad de la presidencia de Trump.

El contraste con los oradores anteriores fue sorprendente.

Larry Fink y otros líderes del Foro Económico Mundial evitaron cualquier mención a los temas más controvertidos de las relaciones euroamericanas.

Ursula von der Leyen ofreció una declaración clara pero moderada de la posición europea. Todo lo que dijo sobre la amenaza de Trump de imponer aranceles por Groenlandia fue que sería un «error».

Macron fue más franco, por decirlo suavemente. Se refirió a lo absurdo de verse obligado a amenazar a Estados Unidos con medidas coercitivas. Describió la situación como «una locura». En un momento dado, varios de nosotros creímos oír al presidente preguntar, en voz baja, si toda la crisis se debía al tamaño del «pene» de alguien. No confiaría en mi propia memoria si no fuera porque mi vecino se volvió hacia mí con asombro. Admito que puede haber sido una alucinación provocada por el reflejo de sus gafas de sol de aviador.

El discurso de Carney fue de un tipo muy diferente. Adoptó un tono de seriedad apropiada y gran moralidad.

Parece que cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias, que el orden basado en normas se está desvaneciendo, que los fuertes pueden hacer lo que quieran y los débiles deben sufrir lo que les toque. Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose. Y ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a seguir la corriente para llevarse bien, a adaptarse, a evitar problemas, a esperar que el cumplimiento les garantice la seguridad. Pero no es así.

En un gesto dramático, invocó el ensayo de 1978 del disidente checo Václav Havel titulado El poder de los sin poder, para argumentar que es esencial negarse a repetir una mentira, aunque ese sea el camino más fácil. A continuación, Carney pasó a describir el incómodo modus vivendi de los últimos años.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Y gracias a ello, pudimos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos de resolución de controversias. Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad. Este acuerdo ya no funciona. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica han puesto de manifiesto los riesgos de una integración global extrema. Pero, más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coacción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede vivir en la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que han confiado las potencias medias —la OMC, la ONU, la COP— la arquitectura, la propia arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están amenazadas. Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en materia de energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Las potencias hegemónicas no pueden seguir monetizando sus relaciones.

Los aliados se diversificarán para protegerse contra la incertidumbre.

Contratarán seguros, aumentarán las opciones para reconstruir la soberanía, una soberanía que antes se basaba en normas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir la presión.

Lo que Carney recomienda a continuación son «inversiones colectivas en resiliencia», que considera «más baratas que construir cada uno su propia fortaleza».

Las normas compartidas reducen las fragmentaciones. Las complementariedades son una suma positiva. Y la cuestión para las potencias medias como Canadá no es si adaptarse a la nueva realidad, sino que debemos hacerlo. La cuestión es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso».

Lo que defiende Carney es lo que Alexander Stubb, presidente de Finlandia (otro habitual de Davos), ha denominado «realismo basado en valores».

¿En qué consiste este realismo basado en valores? Los siguientes puntos se han extraído del discurso:

*Basado en principios y pragmático: basado en principios en nuestro compromiso con los valores fundamentales, la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza, excepto cuando sea compatible con la Carta de las Naciones Unidas, y el respeto de los derechos humanos, y pragmático y reconociendo que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores.

*Compromiso amplio y estratégico con los ojos abiertos. Aceptamos activamente el mundo tal y como es, sin esperar a que sea como deseamos.

*Estamos calibrando nuestras relaciones, de modo que su profundidad refleje nuestros valores, y estamos dando prioridad a un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo en este momento, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego para el futuro.

*Y ya no solo confiamos en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fuerza.

*Estamos construyendo esa fuerza en casa.

*Y nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la UE, que incluye la adhesión a SAFE, los acuerdos europeos de adquisición de defensa. Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. Estamos negociando pactos de libre comercio con la India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

*Para ayudar a resolver los problemas mundiales, estamos aplicando una geometría variable, es decir, diferentes coaliciones para diferentes cuestiones basadas en valores e intereses comunes.

*No se trata de un multilateralismo ingenuo, ni de depender de sus instituciones. Se trata de crear coaliciones que funcionen, cuestión por cuestión, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos.

*Cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la apariencia de soberanía mientras se acepta la subordinación. En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto.

*No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte si decidimos ejercerlo juntos.

*Nombrar la realidad. Dejemos de invocar el orden internacional basado en normas como si siguiera funcionando tal y como se anuncia. Llamémoslo por su nombre: un sistema que intensifica la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coacción.

*Significa actuar de forma coherente, aplicando los mismos criterios a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica procedente de una dirección, pero guardan silencio cuando procede de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.

*Significa construir lo que decimos creer, en lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden. Significa crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe.

*Y la diversificación internacional no es solo prudencia económica, es una base material para una política exterior honesta, porque los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

Al leer esta lista, estoy de acuerdo con gran parte de ella. «Realismo progresista» fue una frase con la que terminé en mi libro Deluge.

Pero lo que me pareció más interesante es que ya hemos oído muchos de los elementos de la visión de Carney antes, del propio Carney. En concreto, me refiero al último discurso que pronunció como gobernador del Banco de Inglaterra en Jackson Hole en agosto de 2019, titulado: «Los crecientes retos de la política monetaria en el actual sistema monetario y financiero internacional».

Al igual que en 2016, agosto de 2019 fue un momento marcado por la larga sombra de Trump 1.0. Pero en el marco de Jackson Hole y en su calidad de banquero central, Carney se tomó más espacio para elaborar una visión estructural de las tensiones que ya entonces se estaban acumulando claramente dentro del orden internacional.

Curiosamente, Carney también ofreció en 2019 una jerarquía y un calendario de actuación.

A corto plazo, los banqueros centrales deben jugar las cartas que les han tocado lo mejor que puedan.

Eso significa utilizar toda la flexibilidad en los objetivos de inflación flexibles. Para mantener la credibilidad esencial de sus marcos, lo mejor es hacerlo de forma transparente, con los banqueros centrales explicando sus razones para fijar objetivos específicos de equilibrio entre la estabilidad de los precios y la volatilidad de la producción. En términos más generales, los bancos centrales deben desarrollar una mejor comprensión común de la magnitud de los riesgos globales y sus consecuencias para la política monetaria. No todos podemos salir de estos retos mediante las exportaciones. En una trampa de liquidez global, la coordinación reporta beneficios, y otras políticas, en particular las fiscales, tienen un papel claro que desempeñar. Además, actuar antes y con más contundencia aumentará su eficacia.

Piense en estos puntos como ilustraciones de la idea de Carney en la conferencia de Davos de 2026 de que el seguro individual es posible, pero caro. Es caro porque ignora los efectos de contagio.

A medio plazo, los responsables políticos deben reorganizar el tablero. Es decir, debemos mejorar la estructura del actual Sistema Monetario y Financiero Internacional (IMFS). Para ello, es necesario garantizar que las instituciones que constituyen el núcleo de las finanzas basadas en el mercado, en particular los fondos abiertos, sean resistentes a lo largo de todo el ciclo financiero mundial. Se requiere una mejor vigilancia de los efectos de contagio transfronterizos para orientar las medidas macroprudenciales y, en casos extremos, las medidas de gestión de los flujos de capital. Y subraya la importancia de reconstruir una red de seguridad financiera mundial adecuada.

Y luego vino el análisis estructural más básico:

Los riesgos están aumentando y son estructurales.

Según Carney, en 2019 estos riesgos tenían que ver con una asimetría básica en la economía mundial, que Carney ilustró en un discurso anterior en 2019 con la siguiente diapositiva:

Mientras que la economía mundial es cada vez más multipolar, el sistema financiero mundial sigue obstinadamente centrado en el dólar.

A largo plazo, tenemos que cambiar las reglas del juego. No debemos hacernos ilusiones de que el IMFS pueda reformarse de la noche a la mañana o de que las fuerzas del mercado vayan a forzar un cambio rápido de los activos de reserva.4 Pero aceptar con la misma alegría el statu quo es un error.

Así pues, ya en 2019, bajo la sombra de Trump 1.0, pero impulsado sobre todo por el cambio estructural de la economía mundial, Carney había llegado a la conclusión de que soplaban vientos de cambio. Era el momento de prepararse para un mundo más allá de la hegemonía estadounidense. Una política inteligente consistía en anticiparse a esta ruptura y dar forma a un nuevo tipo de orden. Y el nuevo modelo que tenía en mente en 2019 ya anticipaba el modelo plurilateral de geometría variable que defendió ayer en Davos. Esto es de 2019:

Cuando llegue el cambio, no debería consistir en cambiar una moneda hegemónica por otra. Cualquier sistema unipolar es inadecuado para un mundo multipolar. Haríamos bien en considerar todas las oportunidades, incluidas las que ofrecen las nuevas tecnologías, para crear un sistema más equilibrado y eficaz.

Como señaló Carney, solo ha habido un cambio en el régimen monetario mundial en la historia económica moderna y en el período de entreguerras. Fue un desastre. La década de 1920, con un cambio de moneda de oro anclado principalmente en el dólar y la libra esterlina, fue un desastre. Esto llevó a Carney a la conclusión de que:

En lo que respecta al suministro de monedas de reserva, los problemas de coordinación son mayores cuando hay menos emisores que cuando hay un monopolio o muchos emisores. Si bien el auge del renminbi puede proporcionar con el tiempo una segunda mejor solución a los problemas actuales del IMFS, la mejor solución sería construir un sistema multipolar. La principal ventaja de un IMFS multipolar es la diversificación. La existencia de múltiples monedas de reserva aumentaría la oferta de activos seguros, aliviando las presiones a la baja sobre el tipo de interés de equilibrio global que puede ejercer un sistema asimétrico. Y con muchos países emitiendo activos seguros globales en competencia entre sí, la prima de seguridad que reciben debería reducirse.40 Un IMFS más diversificado también reduciría los efectos de contagio del núcleo y, con ello, disminuiría la sincronización de los ciclos comerciales y financieros. Esto, a su vez, reduciría las fragilidades del sistema y aumentaría la sostenibilidad de los flujos de capital, lo que impulsaría al alza el tipo de interés de equilibrio. Aunque la probabilidad de un IMFS multipolar pueda parecer lejana en la actualidad, los avances tecnológicos ofrecen el potencial para que surja un mundo así. Dicha plataforma se basaría en lo virtual más que en lo físico.

Las continuidades entre el modelo que Carney estaba desarrollando en 2019 y sus comentarios en Davos esta semana son evidentes.

Pero, volviendo a las reflexiones más tranquilas de Carney en 2019, también se pone de relieve la fuerza de la frase decisiva que pronunció el martes:

«Estamos en medio de una ruptura, no de una transición».

*****

Presencia de mente y el presente como prognosis

La presencia de la mente como categoría política cobra magníficamente vida en estas palabras de Turgot: «Antes de que hayamos aprendido a lidiar con las cosas en una posición determinada, ya han cambiado varias veces. Por lo tanto, siempre percibimos los eventos demasiado tarde, y la política siempre necesita prever, por así decirlo, el presente». Turgot, Oeuvres, vol. 2 (París, 1844) (Pensées et fragments»). N12a, 1.

Me encontré con este brillante pasaje de Walter Benjamin en el Libro de los Pasajes (Arcades Proyect Convolute N) en el camino a Davos hoy y quería comentarlo. N se ocupa de la filosofía y la historia, presentando el método de Benjamin y mucho más.

Dos cosas realmente me llamaron la atención de este pasaje.

Primero, la idea de Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781) de que la historia moderna tiene tal dinamismo y velocidad que para comprender realmente el presente nuestra única esperanza es la previsión del futuro. No captamos el presente tanto como lo prevemos. En eso queda, por lo tanto, la autoevidencia de estar en mitad de las cosas (in medias res).

Y Benjamin lleva a su terreno este punto con su celebración de la calidad de la «presencia de mente» – Geistesgegenwart. Por lo tanto, una mente que realmente puede estar presente en el presente se reconoce como un logro raro y valorado, no como un simple hecho.

De hecho, lo hace central para su definición de materialismo histórico, que en lo que respecta a Benjamin «basa sus procedimientos en la larga experiencia, el sentido común, la presencia de mente y la dialéctica». N11,4

Y en un fragmento anterior, Benjamin comenta: «Aún no se ha establecido la conexión entre la presencia de mente y el «método» del materialismo dialéctico. No es solo que uno siempre podrá detectar un proceso dialéctico en la presencia de mente, considerada como una de las formas más altas de comportamiento apropiado. Lo que es aún más decisivo es que el dialéctico no puede ver la historia como otra cosa que una constelación de peligros que siempre, porque sigue su desarrollo en su pensamiento, está a punto de evitar». N7, 2

Volveré a Benjamin. Pero en este momento en particular esto me pareció notablemente clamoroso. Cómo captar el presente es, después de todo, nuestro problema central.

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