“[Se entiende la postura de China desde] la perspectiva de un Estado-nación, pero cuando ese plan entra en conflicto con nuestros intereses nacionales, necesitamos hacer lo que es correcto para Estados Unidos”.
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín ocurrió en un momento particularmente tenso de la situación internacional, marcado por la guerra con Irán, la disputa tecnológica por los semiconductores y el aumento de las tensiones militares en torno a Taiwán. Además, se inscribe en un proceso más de fondo, a saber, el deterioro de la hegemonía de los Estados Unidos y la emergencia de China como competidor global.
A continuación, nos abocaremos a analizar los elementos geopolíticos del asunto, del cual la cumbre constituye un episodio.
Mucha escenografía, pocos acuerdos
Uno de los aspectos más llamativos de la cumbre fue la ausencia de acuerdos concretos, más allá de simples declaraciones o renovaciones comerciales. Aunque ambas delegaciones señalaron públicamente la reunión como un éxito, en los hechos no se finiquitaron resoluciones sustanciales. Los anuncios estuvieron compuestos, principalmente, por declaraciones generales, mecanismos de diálogo y compromisos abiertos a futuras negociaciones, más que por pactos definitivos.
Washington presentó la reunión como un avance importante en materia comercial y tecnológica. Trump afirmó que ambas partes acordaron “mejorar la cooperación económica”, reducir ciertas tensiones arancelarias y mantener canales de negociación sobre inteligencia artificial, semiconductores (de Nvidia) y comercio bilateral. También, mencionó entendimientos relacionados con exportaciones agrícolas e inversiones industriales. Sin embargo, la mayoría de esos anuncios quedaron formulados de manera ambigua y sin calendarios concretos de implementación.
Por el momento no se ha dado a conocer ningún documento oficial que contenga los puntos firmados. Lo que se sabe de la encerrona es solamente por las declaraciones o publicaciones en redes sociales de alguno de los dirigentes. Trump asegura que acordó la venta de 200 aviones Boeing y productos agrícolas por 10.000 millones de dólares.
China actuó de manera muy distinta, mantuvo un lenguaje mucho más prudente, evitando declaraciones grandilocuentes sobre los resultados de la reunión. Los comunicados oficiales chinos enfatizaron principalmente la necesidad de “gestionar adecuadamente las diferencias”, “mantener relaciones estables” y “evitar confrontaciones”. Por ejemplo, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores no confirmó ninguno de los anuncios de Trump. La dirigencia china pareció más interesada en transmitir estabilidad y paciencia, antes que entusiasmo inmediato.
Por otra parte, algo que llamó la atención fue que Xi Jinping recurrió a la idea de la “trampa de Tucídides”, para advertir sobre el riesgo de guerra entre una potencia dominante y otra emergente. La formulación diplomática remite al análisis histórico según el cual el ascenso de Atenas y el temor de Esparta hicieron inevitable la Guerra del Peloponeso.
Asimismo, durante la cumbre Xi estableció “una línea roja” con relación a Taiwán, pues sostuvo que puede derivar en un conflicto abierto si Washington erosiona el principio de “una sola China” mediante apoyo político y militar a Taipéi.
La isla concentra la rivalidad militar en el Pacífico y el control de la industria mundial de semiconductores, mientras la competencia por inteligencia artificial y chips avanzados define crecientemente las capacidades económicas y militares futuras.
La competencia entre las dos principales potencias capitalistas del planeta puede, potencialmente, desatar una caja de Pandora con alcances globales en medio de un escenario internacional más fragmentado, peligroso e imprevisible.
Atinadamente, un antiguo negociador comercial estadounidense, Stephen Olson, señaló que “no se esperaban grandes avances y no se logró ninguno, pero ambos países obtuvieron lo que necesitaban de esta cumbre: un poco de estabilidad adicional”. En ese sentido, se prevé el establecimiento de una “Junta de Comercio” dual para eliminar los aranceles sobre 30.000 mil millones de dólares en productos. Además, Pekín renovaría las licencias de exportación de mataderos de carnes de res y se prorrogarían los acuerdos sobre tierras raras.
Sin embargo, tanto Washington como Beijing intentaron mostrarse como vencedores políticos del encuentro. Trump buscó presentar la reunión como prueba de su capacidad negociadora y como señal de que todavía puede obtener concesiones de China mediante presión económica y diplomática. Xi, por su parte, utilizó la propia realización de la cumbre y el tratamiento protocolario recibido por Trump para reforzar la imagen de China como potencia equivalente a Estados Unidos.
Un equilibrio en disputa
La visita de Donald Trump a Pekín tuvo una importancia geopolítica significativa. El encuentro ocurrió en un contexto marcado por el deterioro del orden construido después de la Segunda Guerra Mundial y por el ascenso de China como imperialismo en construcción.
La imagen de la superpotencia estadounidense capaz de imponer unilateralmente sus decisiones muestra límites cada vez más visibles, mientras Beijing se presenta como un actor con capacidad real para extender su influencia globalmente. La cumbre, en ningún sentido, fue un acto de concertación. Por el contrario, fue un intento de administrar una rivalidad estratégica que tenderá a profundizarse en los próximos años.
Durante décadas Estados Unidos fue la potencia hegemónica indiscutida, ya que controlaba las principales instituciones financieras internacionales, mantenía una superioridad militar absoluta y concentraba enormes porcentajes del PIB mundial. Sin embargo, esa posición comenzó a erosionarse. En medio, China fortaleció su capacidad industrial, expandió su infraestructura, desarrolló empresas tecnológicas y aumentó su presencia comercial global. Según datos del Banco Mundial, pasó de representar cerca del 4% del PIB mundial en 1990 a más del 18% en la actualidad, mientras Estados Unidos redujo su participación relativa en la economía global.
Por otro lado, la visita ocurre en medio del escenario de guerra con Irán y de la crisis en el golfo Pérsico. Este conflicto tiene un costo enorme (más allá de las vidas perdidas) en términos energéticos, de cadenas de suministro y militar. Informes citados por The Washington Post sostienen que sectores de la inteligencia estadounidense consideran que China obtiene ventajas indirectas del desgaste militar y económico de Estados Unidos en Medio Oriente.
Al mismo tiempo, la relación entre ambas potencias mantiene un alto grado de interrelación comercial. Estados Unidos intenta contener el desarrollo tecnológico chino mediante sanciones y restricciones comerciales, por eso ese país fue el objeto de los pomposos anuncios arancelarios, pero que, más temprano que tarde, se revirtieron por la insostenibilidad de tales medidas para los grandes capitalistas de ambos lados. Las grandes corporaciones estadounidenses continúan dependiendo del mercado chino y de las cadenas productivas asiáticas.
China, por su parte, necesita acceso a tecnologías, mercados de exportación y estabilidad financiera global. Estados Unidos conserva superioridad militar y una enorme capacidad financiera, mientras China gana peso económico, industrial y diplomático.
Diplomacia entre rivales
Propiamente con el evento, su escenografía, por sí misma, fue muy significativa. China organizó una recepción cuidadosamente diseñada para proyectar la imagen de una potencia equivalente a Estados Unidos, capaz de negociar de igual a igual con Washington y de disputar el liderazgo global. La ceremonia incluyó despliegues militares, actos protocolares en espacios simbólicos del poder estatal chino y una cobertura mediática masiva orientada tanto al público interno como a la audiencia internacional.
Beijing buscó transmitir una idea clara: el período en que Estados Unidos definía unilateralmente las reglas del orden mundial llegó a un límite. El simbolismo político adquirió todavía más importancia por el momento de tensión global actual. La administración china organizó la visita con un nivel ceremonial reservado para acontecimientos de muy alto nivel.
Pero no es solo imagen, tiene un asidero material. China ya concentra cerca del 31% de la producción manufacturera mundial, más que Estados Unidos, Japón y Alemania juntos. Además, lidera sectores industriales claves como paneles solares, baterías eléctricas, tierras raras y construcción naval. En 2025, produjo más de 30 millones de vehículos, mientras Estados Unidos fabricó alrededor de 10 millones. También posee la mayor red ferroviaria de alta velocidad del mundo, con más de 45.000 kilómetros operativos, y mantiene reservas internacionales superiores a los 3 billones de dólares.
La cumbre también buscó mostrar a Beijing como el nuevo centro de estabilidad global frente a una imagen cada vez más asociada a Washington con guerras y aranceles. Mientras Estados Unidos despliega portaaviones y aumenta su presencia militar en Medio Oriente, China se presenta como defensor del comercio global y de la estabilidad mundial.
En este sentido, la reunión reflejó las diferencias de ambas partes respecto a la forma de entender la política internacional. Trump opera desde una lógica transaccional, cortoplacista, con un pie en la Casa Blanca y otro en Wall Street. Su prioridad consiste en obtener resultados inmediatos que puedan traducirse en ventajas políticas internas (elecciones) y beneficios económicos rápidos.
Trump llegó a la cumbre presionado por problemas internos importantes. Aunque la economía estadounidense se mantiene en crecimiento y el desempleo ronda el 4%, persisten tensiones vinculadas a la inflación, el endeudamiento y los costos energéticos derivados del conflicto con Irán. La deuda pública supera los 36 billones de dólares y el gasto militar anual se acerca a los 900.000 millones, cifras que muestran tanto su enorme poder como los costos crecientes de sus incursiones guerreristas.
Por su parte, Xi Jinping actúa desde una posición distinta, piensa la competencia con Estados Unidos como un proceso de largo plazo, no como una sucesión de acuerdos coyunturales. Trabaja sobre planes a décadas, con proyectos como “Made in China 2025” o la Nueva Ruta de la Seda. China invierte anualmente cientos de miles de millones de dólares en infraestructura, inteligencia artificial, semiconductores y transición energética. Sólo en energías renovables, el país destinó más de 890.000 millones de dólares en 2025, casi la mitad de toda la inversión mundial del sector.
La estabilidad política del régimen chino también le otorga ventajas en términos de continuidad de su proyecto. Mientras la política estadounidense se encuentra atravesada por ciclos electorales regulares, Xi no necesita producir victorias mediáticas inmediatas que le proporcionen respaldo popular. Sin embargo, el ascenso chino también enfrenta límites importantes. La crisis inmobiliaria, el endeudamiento de los gobiernos locales, el envejecimiento demográfico y la desaceleración del crecimiento muestran que Beijing tampoco atraviesa una expansión ilimitada ni exenta de contradicciones.
Taiwán: línea roja
Taiwán constituye hoy quizás el punto de mayor tensión entre Estados Unidos y China, pues concentra simultáneamente aspectos militares, competencia tecnológica, legitimidad nacional, disputas territoriales y riesgos de guerra entre potencias nucleares. La advertencia realizada por Xi durante la cumbre refleja esto. Sostuvo que la cuestión taiwanesa puede derivar en un conflicto abierto si Washington erosiona el principio de “una sola China” mediante apoyo político y militar a Taipéi.
La declaración expresa una definición clave del Estado chino: Beijing considera la reunificación como un objetivo histórico irrenunciable y vinculado directamente a la legitimidad del régimen. Aunque su importancia excede ampliamente el problema territorial. Desde el punto de vista militar, la isla ocupa una posición clave dentro de la llamada “primera cadena de islas”, una línea geográfica que va desde Japón hasta Filipinas y que constituye uno de los principales dispositivos de contención marítima frente a China.
Si Beijing lograra controlar Taiwán, ampliaría enormemente su capacidad de proyección naval hacia el Pacífico occidental y reduciría la capacidad estadounidense de vigilancia y bloqueo en la región. Por eso Washington considera la isla como una pieza clave de su arquitectura militar en la zona. Esto explica por qué Estados Unidos mantiene cerca de 55.000 soldados en Japón, alrededor de 28.000 en Corea del Sur y múltiples bases militares distribuidas entre Guam, Filipinas y otros puntos del Pacífico.
El problema para Washington es que la correlación militar regional cambia progresivamente, aunque aún conserva superioridad como principal potencia, China desarrolla capacidades específicamente diseñadas para limitar la intervención estadounidense alrededor del estrecho de Taiwán. Según el Departamento de Defensa de Estados Unidos, el Ejército Popular de Liberación ya dispone de más de 370 buques de guerra y submarinos, frente a unos 290 de la marina estadounidense, aunque Washington mantiene ventaja tecnológica y operativa global. China también expandió rápidamente su arsenal misilístico, el Pentágono estima que posee más de 2.300 misiles balísticos y de crucero capaces de alcanzar bases estadounidenses y objetivos navales en Asia-Pacífico.
La tensión militar aumenta además por el crecimiento constante de ejercicios navales y maniobras alrededor de Taiwán. En abril de 2025, China movilizó decenas de barcos de guerra y más de 120 aeronaves en ejercicios de simulación de bloqueo sobre la isla. Taiwán respondió elevando alertas militares y reforzando la cooperación con Estados Unidos y Japón. Según el Ministerio de Defensa taiwanés, las incursiones aéreas chinas dentro de la zona de identificación aérea de la isla superaron las 3.000 durante 2024, un incremento enorme respecto a años anteriores.
La dimensión tecnológica vuelve todavía más explosiva la disputa. Taiwán produce alrededor del 60% de los semiconductores del planeta y cerca del 90% de los chips avanzados de menos de 7 nanómetros, esenciales para inteligencia artificial, supercomputación, industria militar y telecomunicaciones. La empresa taiwanesa TSMC controla prácticamente el mercado mundial de fabricación avanzada de chips. Esto significa que cualquier conflicto militar en la isla tendría consecuencias económicas globales inmediatas.
La cuestión taiwanesa también tiene enorme importancia ideológica nacionalista para el gobierno chino. Desde la perspectiva de Beijing, la separación de Taiwán constituye una herencia de la guerra civil y del período de intervención imperialista occidental y japonesa. Xi presenta la reunificación como parte del fin del llamado “siglo de humillación”. Esto explica por qué considera cualquier declaración formal de independencia como línea roja absoluta. La Ley Antisecesión aprobada en 2005 autoriza explícitamente el uso de la fuerza si Taiwán avanza hacia la independencia formal.
Ante esto, Estados Unidos mantiene una política de «ambigüedad estratégica» respecto a la defensa de Taiwán. Desde 1979, Washington reconoce oficialmente a Beijing como gobierno de China, pero al mismo tiempo conserva relaciones militares y económicas estrechas con Taipéi mediante la Taiwan Relations Act. El problema es que ese equilibrio se vuelve cada vez más inestable a medida que aumenta la capacidad militar china y se profundiza la rivalidad entre ambas potencias.
La propia dirigencia estadounidense reconoce límites crecientes en su capacidad de disuasión. Informes del Center for Strategic and International Studies concluyen que una guerra por Taiwán produciría pérdidas enormes para todos los actores involucrados. Simulaciones militares realizadas en 2023 mostraron que, incluso en un escenario favorable para Washington, perdería decenas de barcos y centenares de aeronaves en pocas semanas de combate, mientras Taiwán sufriría devastación masiva y China enfrentaría enormes costos militares y económicos.
Esto explica la extrema cautela de Trump durante la cumbre, incluso diciéndole a la isla que omita declarar su independencia formal. Washington oficialmente mantiene su apoyo militar a Taiwán, aunque, por ejemplo, acaba de poner en duda un acuerdo armamentístico por 11.100 millones de dólares ya aprobados por el Congreso.
La guerra de los chips
La rivalidad entre ambos países gira también sobre el control de tecnologías capaces de definir la estructura económica, militar y política del siglo XXI. Inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica, telecomunicaciones y procesamiento de datos ocupan un lugar privilegiado en la competencia por la hegemonía imperialista en la actualidad. La visita de Donald Trump refleja precisamente esa transformación, junto a él viajaron ejecutivos de grandes corporaciones tecnológicas y financieras, porque la competencia entre Washington y Beijing se desarrolla cada vez más alrededor del control de cadenas globales de alta tecnología.
El viaje se percibió como una peregrinación de CEOs para pedir que les abran las puertas al mercado chino. Algunos titulares lo sintetizaron en el sentido de que 13,6 billones de dólares acompañaron a Trump en el viaje, haciendo referencia a las fortunas personales y valor bursátil de las empresas. Se trata de los máximos representantes de corporaciones como Nvidia, Tesla, SpaceX, Apple, BlackRock, Blackstone, Boeing, Cargill, Citigroup, GE Aerospace, Goldman Sachs, Micron Technology y Qualcomm. Todas estas compañías quieren su porción del pastel y esperaban cerrar contratos multimillonarios, los cuales, públicamente, no se han detallado.
La inteligencia artificial ocupa un lugar particularmente significativo dentro de la disputa por la hegemonía mundial. Según PwC, la IA podría aportar cerca de 15,7 billones de dólares a la economía mundial para 2030, de los cuales aproximadamente 7 billones corresponderían a China y 3,7 billones a América del Norte. El desarrollo de IA avanzada depende directamente de la capacidad de producir y controlar semiconductores de alto rendimiento, especialmente unidades gráficas avanzadas utilizadas para entrenamiento de modelos de lenguaje, reconocimiento de patrones y sistemas militares automatizados. Por eso la lucha por los chips se vuelve una cuestión geopolítica.
Estados Unidos todavía mantiene ventajas decisivas en sectores clave de esa industria. Empresas como NVIDIA, AMD, Intel y Qualcomm dominan áreas del diseño de semiconductores avanzados y software industrial. Nvidia es uno de los actores más importantes del capitalismo global debido a su posición dominante en procesadores utilizados para inteligencia artificial. En 2025, la empresa superó una capitalización bursátil de 3 billones de dólares, ubicándose entre las corporaciones más valiosas del planeta. Sus chips H100 y B200 son esenciales para el entrenamiento de modelos avanzados de IA utilizados tanto por empresas privadas como por complejos militares y agencias estatales.
El problema para Washington es que China representa uno de los mercados más importantes para esas corporaciones. Antes de las restricciones comerciales, cerca del 20% al 25% de los ingresos de Nvidia provenían del mercado chino. Esa dependencia económica expone una contradicción: intenta contener tecnológicamente a China, mientras las grandes corporaciones necesitan mantener acceso a ese mercado para sostener sus niveles de rentabilidad y crecimiento. Hay una contraposición entre la lógica geopolítica y la lógica de acumulación privada, derivada de la mayor injerencia de la política en la economía.
El gobierno estadounidense también presiona a aliados como Japón y Países Bajos para bloquear exportaciones de tecnologías. La empresa neerlandesa ASML, único productor mundial de máquinas EUV (litografía ultravioleta extrema) avanzadas necesarias para fabricar chips de última generación, restringe sus ventas a China bajo presión estadounidense. Cada máquina EUV cuesta más de 150 millones de dólares y representa uno de los puntos más sensibles de toda la cadena tecnológica global.
Washington justifica estas restricciones mediante argumentos de “seguridad nacional”, pero el objetivo real consiste en ralentizar el desarrollo tecnológico chino y preservar la superioridad estadounidense. El propio asesor de seguridad nacional Jake Sullivan sostuvo en 2022 que Estados Unidos ya no busca simplemente mantener una ventaja relativa sobre China, sino conservar “la mayor distancia posible” en tecnologías avanzadas.
Sin embargo, las sanciones tuvieron el efecto contrario, aceleraron la estrategia china de autonomía tecnológica. Beijing respondió aumentando la inversión estatal en semiconductores e inteligencia artificial. Según Bloomberg, China destinó más de 140.000 millones de dólares en subsidios y programas de apoyo para fortalecer su producción doméstica de chips. Empresas como SMIC, Huawei y YMTC reciben respaldo estatal para reducir la dependencia de proveedores occidentales.
Huawei es un caso particularmente ilustrativo. Tras las sanciones estadounidenses del primer gobierno de Trump y el bloqueo al acceso de tecnologías de Google y chips avanzados, se anticipaba el colapso de la compañía. Sin embargo, logró sostenerse mediante el desarrollo propio de procesadores y cooperación con empresas nacionales. En 2024, la empresa presentó nuevos teléfonos equipados con chips fabricados en China, lo que Washington intentaba impedir.
China también avanza rápidamente en inteligencia artificial. Según la Universidad de Stanford, el país ya produce más publicaciones científicas sobre IA que Estados Unidos y concentra una enorme cantidad de patentes relacionadas con tecnologías emergentes. Empresas como Baidu, Alibaba y Tencent desarrollan modelos de lenguaje propios y aplicaciones industriales de inteligencia artificial. La dimensión militar de esta disputa resulta igualmente decisiva, la inteligencia artificial y los semiconductores poseen aplicaciones directas en sistemas de vigilancia, drones o reconocimiento satelital.
El Pentágono considera que la superioridad tecnológica definirá futuras correlaciones militares globales. Por eso Estados Unidos busca impedir que China alcance liderazgo en computación avanzada y supercomputación. La competencia tecnológica es una extensión de la rivalidad geopolítica y militar. La competencia por semiconductores además revela el papel geopolítico de las corporaciones tecnológicas.
Estados Unidos intenta desacoplar las actuales cadenas tecnológicas ya sea intentando llevarlas a su territorio o a países amigos, pero la propia estructura de producción mundial sigue profundamente integrada. Apple fabrica gran parte de sus productos en China; Nvidia depende de TSMC en Taiwán; Estados Unidos necesita minerales estratégicos procesados en Asia; y China continúa dependiendo de software, maquinaria y diseño occidental. La competencia tecnológica ocurre dentro de un sistema económico mundial altamente interdependiente.
Ormuz y el equilibrio global
La guerra con Irán y la crisis alrededor del estrecho de Ormuz colocan nuevamente al golfo Pérsico en el centro de la política mundial. Estados Unidos tiene una enorme capacidad militar en Medio Oriente, pero ese atolladero se complicó mucho más de lo que el trumpismo calculó (si es que lo hicieron).
El estrecho es uno de los puntos geoestratégicos más sensibles del planeta. Según la Administración de Información Energética de EEUU (EIA), alrededor de 20 millones de barriles de petróleo atraviesan diariamente ese corredor marítimo, cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Además del petróleo, grandes volúmenes de gas natural licuado exportados por Qatar circulan por esa ruta. Cualquier interrupción significativa impacta inmediatamente los precios energéticos, la inflación, el transporte marítimo y las cadenas globales de producción.
La guerra con Irán provocó precisamente ese efecto. Los ataques sobre embarcaciones comerciales y el cierre del estrecho dispararon la volatilidad en los mercados energéticos internacionales. En cuestión de semanas, el precio del barril Brent superó nuevamente los 100 dólares y aumentó la presión inflacionaria global. Asia es particularmente vulnerable porque concentra la mayor dependencia energética respecto al Golfo Pérsico. China importa aproximadamente el 70% del petróleo que consume y cerca de la mitad proviene de Medio Oriente.
La relación entre Beijing y Teherán tiene enorme importancia. China se convirtió durante los últimos años en el principal comprador de petróleo iraní. Diversos análisis estiman que entre el 80% y el 90% de las exportaciones petroleras iraníes terminan en el mercado chino. Según datos de Kpler y Vortexa, China ha llegado a importar más de 1,5 millones de barriles diarios de crudo iraní, convirtiéndose en un sostén económico fundamental para Teherán.
Washington reconoce que China posee capacidad real de influencia sobre Irán por sus vínculos energéticos y comerciales. Marco Rubio admitió públicamente que Estados Unidos espera cooperación china para moderar las tensiones en el golfo y evitar una escalada que desestabilice aún más los mercados y las posiciones geopolíticas. La declaración es muy significativa, ya que deja de manifiesto que Washington necesita asistencia, aunque Trump públicamente diga lo contrario.
La mediación china entre Irán y Arabia Saudita en 2023 es un ejemplo importante de esa expansión diplomática. Beijing facilitó el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambas sub-potencias después de años de confrontación. El acuerdo sorprendió a muchos porque mostró que China no actúa solamente como actor económico, sino también como intermediario político capaz de intervenir en conflictos regionales.
Sin embargo, la posición china también tiene límites importantes. Beijing depende profundamente de la estabilidad energética global y no le conviene una guerra regional descontrolada. Aproximadamente el 50% de las importaciones petroleras chinas provienen del Golfo Pérsico. Un cierre prolongado del estrecho de Ormuz afectaría en algún porcentaje su crecimiento industrial.
El golpe por un lado es matizado por otro. China domina actualmente gran parte de las cadenas globales vinculadas a energías renovables. Produce más del 80% de los paneles solares del planeta y controla sectores estratégicos relacionados con baterías y procesamiento de minerales críticos. Así que, si hay una respuesta de sustitución del petróleo como fuente energética puede obtener réditos significativos.
Pero lo que pareciera ser estratégicamente más relevante es que la guerra con Irán profundiza un problema estadounidense: la sobreextensión militar. Estados Unidos mantiene cerca de 40.000 soldados desplegados en Medio Oriente y decenas de bases distribuidas en el área. El costo financiero y logístico de sostener esa presencia es enorme. El gasto militar estadounidense es de cerca de 900.000 millones de dólares anuales, más que los siguientes diez países combinados según datos del SIPRI. Sin embargo, esa superioridad militar no le está garantizando estabilidad política ni control de la región. Mientras Washington dispersa sus capacidades militares globalmente, Beijing concentra sus esfuerzos alrededor de Asia-Pacífico.




