“Está insuficientemente apreciado que, desde temprano, Marx y Engels, habitualmente establecieron su objetivo político no en términos del cambio deseable en el sistema social (socialismo), sino en términos de cambio en el poder de clase (dominio proletario). Los dos no pueden ser asumidos como sinónimos. El objetivo de dominio proletario, seguramente, es comúnmente asumido como socialismo o comunismo, como la forma social correspondiente. Pero, por el contrario, no se da automáticamente. Marx y Engels tomaban como su objetivo mayor no la aspiración a cierto tipo de sociedad futura, sino la posición de una clase social como la representante de los intereses de la humanidad; no una abstracta ideología del cambio (ideas socialistas), sino una condicionada perspectiva de clase, que ellos llamaban punto de vista proletario”. [17]

Se combinan, desde el punto de vista teórico, dos cuestiones: el análisis critico de las revoluciones de posguerra y su devenir, por un lado; por el otro, el análisis crítico de aquellas sociedades donde fue expropiado el capitalismo, única manera de poder hacer “sustancial la teoría de la revolución permanente de cara al siglo XXI. Por supuesto, contamos con la ventaja de la mirada retrospectiva para sacar de la experiencia viva de la lucha de clases lecciones estratégicas hacia el siglo XXI. [18]

Estas lecciones estratégicas indican que las formaciones sociales inestables que surgieron como subproducto de las revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas de la posguerra sólo podían ser momentos transitorios, pasibles de ser reabsorbidos en última instancia por el capitalismo mundial, en la medida en que no dieron lugar a revoluciones verdaderamente obreras y socialistas. Mucho menos a Estados obreros o sociedades efectivamente en transición al socialismo en una perspectiva de revolución mundial, lo que explica su actual y completa desaparición. [19]

Por el contrario, representaron revoluciones encabezadas por direcciones pequeño burguesas y/o burocráticas, necesaria e históricamente inestables y no asimilables –mediante el uso de esquemas mecánicos y/o sociológicos– a revoluciones que sólo podían ser “obreras o burguesas”. [20] El propio Trotsky, en La revolución permanente, plantea un elemento de abordaje metodológico que aparece como contradictorio con otros aspectos mas deterministas de su elaboración: “En 1906, Lenin dio a conocer el artículo de Kautsky sobre las fuerzas motrices de la revolución rusa, acompañándolo de un prefacio suyo (…) Tanto Lenin como yo expresamos una solidaridad completa con el análisis de Kautsky. A la pregunta de Plejánov de si nuestra revolución era burguesa o socialista, Kautsky contestaba en el sentido de que no era ya burguesa ni era aún socialista, esto es, que representaba una forma transitoria de la una a la otra. Lenin escribía, a este propósito, en su prefacio: ‘por su carácter, nuestra revolución, ¿es burguesa o socialista? Es esta una forma rutinaria de plantear la cuestión (…) No se puede plantear así, no es la manera marxista de plantearla. La revolución en Rusia no es burguesa, pues la burguesía no se cuenta entre las fuerzas motoras del actual movimiento revolucionario ruso. Y la revolución rusa no es tampoco socialista‘ ”. [21]

Volviendo a las revoluciones de posguerra, se trató de procesos específicos que, en un sentido general, parecieron entrar en la “excepcionalidad” que había señalado Trotsky en el Programa de Transición:

“¿Es posible la creación de un gobierno de las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia anterior nos muestra, como ya hemos dicho, que esto es, como mínimo, sumamente improbable. Sin embargo, no se puede negar categóricamente, por anticipado, la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de circunstancias completamente excepcionales (guerra, derrota, crack financiero, presión revolucionaria de las masas, etc.) los partidos pequeño burgueses, incluyendo a los estalinistas, puedan ir más lejos de lo que ellos mismos quieran en la vía de la ruptura con la burguesía. En cualquier caso, una cosa es indudable: aunque esta variante, sumamente improbable, se realizara alguna vez en alguna parte, y el ‘gobierno obrero y campesino‘, en el sentido arriba mencionado, se estableciera de hecho, representaría meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”. [22]

Porque en un sentido esto fue lo que pasó en la posguerra en China, Yugoslavia, Cuba y Vietnam, así como en los países del llamado Glacis (aunque en este caso sin revolución, sino completamente “desde arriba”). Trotsky, que tenia presente el criterio metodológico más algebraico y menos sociológico de Lenin, dejó abierta esta posibilidad teórica, que pareció ser, finalmente, la norma de las revoluciones triunfantes en la posguerra. [23]

Pero el inmenso problema que la gran mayoría del trotskismo no tuvo en cuenta residió en que no representaron “meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”, sino que el congelamiento, desvío e imposibilidad del desarrollo de la revolución en tanto que revolución socialista, se hizo permanente. Por lo tanto, resultaron ser revoluciones abortadas desde el punto de vista obrero y socialista, que no consumaron verdaderas dictaduras del proletariado ni lograron abrir un verdadero proceso de transición al socialismo, en ausencia total y completa de la clase obrera en el centro del proceso y de la tendencia a la disolución del Estado y del trabajo asalariado.[24]       Porque si no sobrevenía“la verdadera dictadura del proletariado”, cambiaba globalmente la previsión hecha por Trotsky. De ahí el carácter específico del proceso de las revoluciones de la posguerra, que nunca fue realmente explicado por el movimiento trotskista.

Porque, en suma, se trató de procesos que fueron más allá (con direcciones burocráticas pequeño burguesas y de base campesina, o de las clases medias y la intelectualidad urbana) en un camino de ruptura con la burguesía en condiciones particulares, pero que no alcanzaron a constituirse en Estados obreros, configurando un modo de apropiación y unas formaciones sociales bastardas, que terminaron volviendo al capitalismo. Esto es, la “excepcionalidad” se resolvió de una manera específica, que no llegaron a comprender las corrientes del trotskismo “tradicional” en la posguerra. Esta y no otra es la conclusión que muestra la experiencia histórica.

Desde el ángulo teórico, estos procesos mostraron un alcance histórico de estas clases y capas pequeño burguesas mayor a lo previsto por la hipótesis más probable de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y por el curso histórico anterior. Esto es, mostraron un rol relativamente independiente más amplio al previsto por la teoría como síntesis de la experiencia anterior, donde la pequeño burguesía radicalizada fue el instrumento de la burguesía en la revolución francesa de 1789, o pura impotencia en las revoluciones de 1830 y 1848, cuando la burguesía ya no planteaba llevar adelante sus tareas de manera revolucionaria.

Esta conclusión no conduce a romper el marco teórico del marxismo, sino a enriquecerlo a partir de nuevos desarrollos históricos ciertamente inesperados y muy complejos, conservando por otra parte coordenadas teóricas básicas, como la concepción clásica marxista de que las clases históricamente orgánicas son la burguesía y el proletariado. Porque las capas o clases pequeño burguesas a las que nos estamos refiriendo no alcanzaron a configurar un rol históricamente dirigente ni lograron establecer una sociedad “a su imagen y semejanza”, sino que las formaciones sociales a las que dieron origen fueron tributarias, en último análisis, del capitalismo mundial, y absorbidas por él en unas décadas.

Surgió así, de manera no orgánica y transitoria, un “tercer actor” que se montó sobre el congelamiento de la dinámica permanente de la revolución para darle su impronta a estas sociedades por algunas décadas: estas capas pequeño burguesas burocráticas que no llegan a ser una clase en el sentido histórico-orgánico del termino, sino que constituían, como decía el propio Trotsky, “más que una mera burocracia, pero menos que una clase orgánica”.

El centro del problema es que en ningún caso se efectivizó realmente el tránsito de la revolución democrática a la socialista, fondo histórico y núcleo de la teoría de la revolución permanente, que plantea como condición para que esto ocurra que la clase trabajadora hegemonice el proceso como sujeto consciente. Del mismo modo, tampoco se abrió realmente un proceso de transición al socialismo.[25]       Veamos:

“(…) la llamada revolución de febrero entendida como democrática no es nuestra revolución, así como tampoco lo fueron las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra. Nuestra intervención en ellas, en cualquier caso, parte de la comprensión de la teoría de la revolución permanente, es decir, de la apuesta histórica a su transformación en verdaderas revoluciones socialistas (…) Trotsky dice que la revolución democrático-burguesa, además de la conquista de libertades democráticas, comprende dos tareas fundamentales: la liberación nacional y la solución al problema agrario. Ambas tareas, no resueltas por la burguesía, sobre todo en los países atrasados, sólo pueden ser llevadas a cabo consecuentemente por el proletariado y su dirección revolucionaria (…) Si tomamos los casos de México (en los años 30), Bolivia (en los 50), Perú o Chile (en los 60 y 70), por citar algunos, ni la expropiación de las empresas imperialistas ni la reforma agraria significaron la realización de la revolución democrático burguesa en el sentido de la teoría de la revolución permanente. Lo mismo puede decirse de los movimientos de liberación nacional, que libraron verdaderas guerras revolucionarias contra la dominación colonial, pero que sólo alcanzaron una independencia relativa para volver luego a ser países dependientes o semicoloniales. Todos estos casos confirman la vigencia de la teoría de la revolución permanente precisamente porque demuestran la incapacidad histórico-orgánica de la burguesía ‘nacional‘ y también de la pequeño burguesía para culminar la revolución democrático burguesa.

“Trotsky no niega la existencia de la revolución democrático burguesa o democrática. Lo que dice es que solo puede ser llevada consecuentemente a cabo por un sujeto revolucionario: el proletariado y su partido. A partir de esto, la integra en un proceso permanente, que se combina con la revolución socialista, cuyas tareas hacen a la transición al socialismo.

“Volviendo a Moreno, al afirmar que en la época actual lo que hay son ‘dos tipos distintos de revolución socialista‘: la inconsciente, de febrero, dirigida o capitalizada por los partidos reformistas; y la consciente, de octubre, dirigida por los partidos trotskistas (…) se asume erróneamente que la revolución democrático burguesa o democrática seria un cierto tipo de revolución socialista. Con esto desaparece la revolución democrática como tal, es decir, no se reconoce como distinta a la revolución socialista. Este reconocimiento, sin embargo, es fundamental para la política revolucionaría (…) Al asumirlos como un tipo de revolución socialista, no solo se incurre en un error de reconocimiento, sino que de hecho se niega el rol histórico del único sujeto político-social capaz de garantizar el tránsito de la revolución democrática a la revolución socialista (…) Lo cierto es que esta transformación nunca se concretó en las revoluciones de la segunda posguerra (…) [y] si bien puede decirse que realizaron a su modo las tareas democráticas, en ningún caso significaron el inicio de la revolución socialista (…) Su resultado, más allá de la realización de ciertas tareas democráticas y de la propia expropiación de la burguesía, no significó, en ningún caso, el tránsito hacia la revolución socialista o el inicio de la transición al socialismo, sino más bien, como está dicho, la constitución de nuevos Estados burocráticos.

“Desde esta constatación histórica, el eje fundamental de la teoría de la Revolución Permanente, es decir, el proceso de transformación de la revolución democrático burguesa en revolución socialista a partir de la acción del sujeto social, el proletariado, y del sujeto político, el partido comunista revolucionario (…) sigue siendo esencialmente válido (…). Lo cierto es que durante el último medio siglo hubo grandes revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas, pero también que ninguna de esas revoluciones fue una revolución socialista como tal”.[26]      

A diferencia de las revoluciones burguesas y su mecánica “objetiva”, la revolución socialista debe ser un proceso consciente: esto es, una revolución encarnada realmente por la clase trabajadora y a la que es connatural la participación consciente y autodeterminada de las más amplias masas. El propio Trotsky había sostenido que “a diferencia del capitalismo, el socialismo no       se construye mecánicamente, sino más bien de manera consciente“. Esta es una de las diferencias más grandes con la revolución burguesa, que podía basarse en el automatismo del desarrollo económico. Esto es, en una separación históricamente específica entre economía y política que no había sido característica de ninguna formación social histórica anterior y que tampoco lo es de la transición socialista, donde ambas instancias vuelven a fusionarse.

Desde su propia perspectiva, Trotsky decía muy ilustrativamente:

“Después de una profunda revolución democrática que libera a los campesinos de la servidumbre y les da la tierra, la contrarrevolución feudal es generalmente imposible. La monarquía derrocada puede reasumir el poder y rodearse de fantasmas medievales. Pero ya es impotente para restablecer la economía feudal. Una vez liberadas de los frenos feudales, las relaciones burguesas se desarrollan automáticamente. No hay fuerza externa que pueda controlarlas; tienen que cavarse su propia fosa, habiendo creado previamente su propio sepulturero.

“Muy distinto es el desarrollo de las relaciones socialistas. La revolución proletaria no sólo libera las fuerzas productivas de los frenos de la propiedad privada; también las pone a disposición directa del Estado que ella misma crea. Mientras que después de la revolución el Estado burgués se limita al rol de policía, dejando el mercado librado a sus propias leyes, el Estado obrero asume un rol directo de economista y organizador. En el primer caso, el reemplazo de un régimen por otro no ejerce más que una influencia indirecta y superficial sobre la economía de mercado. Por el contrario, la sustitución de un gobierno obrero por uno burgués o pequeño burgués llevaría inevitablemente a la liquidación del comienzo de la planificación, y en consecuencia a la restauración de la propiedad privada. A diferencia del capitalismo, el socialismo no se construye mecánicamente, sino conscientemente. El avance hacia el socialismo es inseparable del poder estatal que desea el socialismo o se ve obligado a desearlo. El socialismo recién puede adquirir un carácter inconmovible en una etapa muy avanzada de su desarrollo, cuando sus fuerzas productivas hayan superado de lejos las del capitalismo, cuando se satisfagan abundantemente las necesidades de cada individuo y de todos los hombres y el estado haya desaparecido completamente, diluyéndose en la sociedad”. [27]

Más allá de que es evidente que aquí Trotsky se refiere de hecho a la burocracia como “obligada a desear el socialismo”, cosa que, a la postre, no se demostró así, desde el punto de vista teórico el abordaje retiene toda su validez en la medida en que, efectivamente, el tránsito del “reino de la necesidad al reino de la libertad” sólo puede ser un proceso asumido conscientemente.

Desde otro ángulo, el historiador inglés Perry Anderson desarrolla esta misma idea en su importante trabajo El Estado absolutista:

“Todos los modos de producción de las sociedades anteriores al capitalismo extraen plustrabajo de los productores inmediatos mediante la coerción extraeconómica. El capitalismo es el primer modo de producción de la historia en el que los medios por los que se extrae el excedente del productor directo son ‘puramente‘ económicos en su forma: el contrato de trabajo, el intercambio igual entre agentes libres que reproduce, cada hora y cada día, la desigualdad y la opresión. Todos los modos de producción anteriores operan a través de sanciones extraeconómicas: de parentesco, consuetudinarias, religiosas, legales o políticas. En principio, por tanto, siempre es imposible interpretar estas sanciones como algo separado de las relaciones económicas. Las ‘superestructuras‘ del parentesco, la religión, la familia, el derecho o el estado entran necesariamente en la estructura constitutiva del modo de producción de las formaciones sociales precapitalistas. Todas ellas intervienen directamente en el nexo ‘interno‘ de extracción del excedente, mientras que en las formaciones sociales capitalistas –las primeras de la historia que separan la economía como un orden formalmente autosuficiente– proporcionan sus precondiciones ‘externas‘. En consecuencia, los modos de producción precapitalistas no pueden definirse excepto por sus superestructuras políticas, legales e ideológicas, ya que son ellas que las que determinan el tipo de coerción extraeconómica que les es específica. Las formas exactas de dependencia jurídica, de propiedad y de soberanía que caracterizan a las formaciones sociales precapitalistas, lejos de ser meros epifenómenos accesorios y contingentes, componen, por el contrario, los rasgos fundamentales del modo de producción dominante dentro de ellas”. [28]

En nuestra opinión, este criterio es igualmente aplicable a la transición y sirve para comprender por qué la democracia de los trabajadores es connatural a la transición socialista y a la formación social transicional. [29] Esto es, entran como componente esencial de las propias relaciones de producción transicionales: en el caso de la revolución socialista (tal como en las formaciones económico-sociales anteriores al capitalismo), no hay, entonces, “automatismo” que valga: la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista.

Para comprender esto, “tal vez un primer problema a superar es la idea –corriente en la Cuarta Internacional– de que caracterizar la dictadura del proletariado por sus formas políticas constituye un error de tipo ‘superestructural‘ (o no materialista) (…). Cuando Lenin definió a la política de la dictadura del proletariado como ‘economía concentrada‘ (…) quiso decir (…) que lo esencial de la dictadura era la lucha por nuevas relaciones de producción, y en esto no hay una gota de ‘superestructuralismo‘ (…) o sea, la clase obrera organizada como clase dominante (…) se define por una política estatal que ataca las relaciones de producción burguesas y lucha por las relaciones de producción socialistas; por eso, es él transito a la abolición de las clases (…) De lo anterior se desprende que en la dictadura del proletariado la política juega un rol distinto al que desempeña en el capitalismo, donde las relaciones de producción se reproducen ‘automáticamente‘. La misma expresión ‘dictadura del proletariado‘ hace referencia no a determinada relación de producción que le sea específica, sino a la acción política transformadora –nacional e internacional– ejercida a través de la violencia organizada en Estado. Todo el peso está ubicado en lo político, porque no existe automatismo económico que garantice la transición hacia el socialismo; si se pierde el control político, el proceso (…) se invierte y se crean las condiciones de la restauración del capitalismo. La tesis central de la dictadura del proletariado podríamos enunciarla así: no existe transición al socialismo por fuera de la aplicación consciente de un programa revolucionario (…) Esta tesis (programática, en nuestra opinión) esta en consonancia con la teoría de Trotsky sobre la revolución permanente, en el sentido que la transformación socialista se caracteriza por ser un proceso esencialmente político”. [30]

Esta es la norma que Trotsky “transgredió” al pasar de una fundamentación político-social del Estado obrero (fines de los 20 y comienzo de los 30) a una económico-social promediando los 30. [31]

Pero esto trajo una enorme complicación metodológica para la teoría de la revolución en Trotsky: sus dos elaboraciones teórico-programáticas principales (la teoría de la revolución permanente y la del Estado obrero degenerado) terminan asentadas, de hecho, sobre premisas diferentes. Esto podía ser admisible en virtud de circunstancias históricas bien determinadas (“no enterrar una revolución aún viva” [32] ), pero introduciendo una fuerte tensión –en el límite, no dialéctica sino mecánica– entre los elementos de determinación objetivos y los subjetivos respecto de la dinámica de la revolución social. Así, se constituyó un tremendo factor de confusión teórica y metodológica en el trotskismo de posguerra; y sus efectos se perciben aun hoy, dando lugar al fenómeno del “objetivismo” que cruzó a la mayoría del trotskismo en la segunda mitad del siglo XX. [33] En la medida en que su teoría de la revolución estaba parada sobre los sujetos políticos y sociales, mientras que la teoría del Estado obrero degenerado se apoyaba sobre una determinación económico-social “objetiva” (y no sobre la clase obrera ejerciendo de manera efectiva el poder político), se introducía una dualidad de principios metodológicos de graves consecuencias.[34]      

Se dio lugar en el movimiento trotskista a una mirada objetivista, en el sentido de concebir Estados obreros como obtenidos por el milagro cristiano de la multiplicación de los panes, por intermedio de direcciones “empíricamente revolucionarias” y una burocracia estalinista “obligada por el peso de las circunstancias a cumplir un papel revolucionario”… De esta visión fueron tributarias, cada cual a su manera, prácticamente todas las ramas del tronco trotskista en la posguerra. Por otra parte, las distintas variantes subjetivistas que aparecieron en escena tampoco configuraron una alternativa ante este desbarranque.

Nos vemos obligados entonces a insistir en nuestra crítica a “(…) las versiones puramente deterministas de la historia y muy especialmente de las ilusiones deterministas de la marcha hacia el comunismo. Nos parece evidente, a esta altura de la experiencia histórica, que la acumulación de ‘condiciones materiales‘ u ‘objetivas‘, no alcanza para avanzar hacia la emancipación social. Por el contrario, el peso de las determinaciones opera juntamente con posibilidades y ocasiones (en las que cabe el azar) y las decisiones de los hombres, y de este complejo juego surge el devenir histórico. Por lo tanto, la transición al socialismo y el comunismo no se desarrollarán en virtud de algún automatismo socio-económico, sino mediante la lucha de clases y la revolución”. [35]

Volviendo a la analogía con la revolución francesa, recordemos que los jacobinos cumplieron las tareas revolucionarias de la burguesía, pero lo hicieron pegando no sólo sobre el flanco derecho sino también sobre el izquierdo, llevando a la guillotina a los verdaderos dirigentes de los sans-coulottes e impidiendo su organización independiente. No casualmente, Cristian Rakovsky señalaba a este respecto: “Lo que juega el papel más serio en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que les separa completamente de las masas de obreros y pequeño burgueses, es, además de la liquidación de todos los elementos de la izquierda, comenzando por los enragés, los heberistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, es la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos (…) todas estas medidas tuvieron por resultado reforzar el poder de la burocracia y matar la iniciativa popular. Así, el régimen de Robespierre, en lugar de impulsar la actividad revolucionaria de las masas –ya oprimidas por la crisis económica y, ante todo, por la crisis alimenticia– agravó el mal y facilitó el trabajo de las fuerzas antidemocráticas”. [36]

De haber sabido reconocer este criterio tan elemental, seguramente muchos de los dirigentes trotskistas de la posguerra no hubieran hecho seguidismo a burócratas como Tito, Mao, Ho Chi Mihn o Castro. Sin esta “actividad revolucionaria de las masas”, la segunda mitad del siglo XX ha demostrado que puede haber distintos tipos de revoluciones que incluso tomen a su cargo y resuelvan de manera parcial y deformada tareas democráticas y nacionales. [37] Pero estas revoluciones de ninguna manera lograron adquirir una verdadera dinámica de clase y socialista, en la medida en que, insistimos, no fue la clase trabajadora la que estuvo en el centro, mediante sus organismos de autodeterminación y poder, así como tampoco estuvo presente el partido revolucionario y la lucha de tendencias entre diversas corrientes obreras y populares.

El caso de la revolución china de 1949

Veamos un ejemplo histórico: el caso de la revolución china, que adquiere una relevancia mayor en virtud de los extraordinarios análisis legados por León Trotsky acerca de este proceso. [38]

Una primera característica a señalar es el ínfimo peso del Partido Comunista Chino (PCCH) en los sectores de trabajadores asalariados, dado que esa organización era prácticamente inexistente en los centros industriales del país, todos en áreas controladas por el Kuomintang (partido nacionalista).

En un trabajo relativamente reciente sobre el tema, se dice: “La revolución china que triunfó el 1º de octubre de 1949 fue una revolución antiimperialista y antiburguesa, pero de ninguna manera una revolución socialista. La política aventurera de la Internacional Comunista (…) había llevado a las derrotas catastróficas de la segunda revolución china –la revolución obrera de 1926-7– (…). Diezmado por las derrotas, el PC tuvo que elegir entre replegarse con la clase obrera en las ciudades, como aconsejaban Trotsky y la Oposición de Izquierda, o refugiarse en el campo, entre las organizaciones campesinas. La opción elegida fue la segunda (…) [lo] que traería aparejado el predominio que el campesinado estaba tomando dentro del partido. La preocupación sobre la pérdida del carácter obrero del partido se manifestó no sólo en sectores de la dirección regional partidaria y los cuadros ligados a las fábricas –a los que se llamo ‘fracción del trabajo real‘–, sino también en importantes sectores dentro de la propia dirección del PCCH (…) El PCCH, que decía representar al movimiento obrero, se transformó así en un aparato político-militar injertado en medio del campesinado: un partido-ejército” [39]

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Trotsky ya había alertado brillantemente sobre esto en sus escritos sobre China. En “Guerra campesina en China y el proletariado” (1932) planteaba su preocupación acerca de que la milicia campesina y la guerra que se estaba desarrollando en el campo (socialmente pequeño burguesa) no podían sustituir la lucha de los trabajadores en las ciudades, so pena de terminar enfrentando estas milicias con los propios obreros:

“El movimiento campesino ha creado sus propios ejércitos, ha tomado grandes territorios y ha instalado sus propias instituciones. En la posibilidad de un mayor éxito –y todos nosotros, desde ya, apasionadamente deseamos ese éxito– el movimiento va a vincularse con los centros urbanos e industriales y, por este hecho, va a encontrarse cara a cara con la clase trabajadora. ¿Cuál va a ser la naturaleza de este encuentro? ¿Es seguro que el carácter del mismo será pacífico y amigable? [40]

Trotsky, como se ve, no cuestionaba el apoyo a la guerra campesina, sino la estrategia del PC de construirse entre los campesinos y no entre los trabajadores. Y aunque los dirigentes se llamaran comunistas, el ejército campesino “rojo”, esto para nada cambiaba el problema de la naturaleza social de estas organizaciones, ya que se dejaba a la clase obrera urbana a merced del nacionalismo de Chiang-Kai-Shek y de la ocupación imperialista japonesa. [41]

“Entre los dirigentes comunistas de los destacamentos rojos indudablemente hay muchos intelectuales y semiintelectuales desclasados que no han pasado por la escuela de la lucha proletaria. Por dos o tres años vivieron vidas de comandantes y comisarios partisanos; lucharon en batallas, tomaron territorios, etc. Absorbieron el espíritu de su medio. Mientras tanto, la mayoría de la base de los destacamentos rojos consisten en campesinos que asumen el nombre de comunistas con toda honestidad y sinceridad, pero que en la realidad siguen siendo revolucionarios pobres o pequeños propietarios pobres. En política, el que juzga por denominaciones y etiquetas y no por los hechos sociales está perdido”. [42]

Incluso va más lejos en la caracterización social y política de la capa dirigente del movimiento campesino, la misma que dirigió la revolución de 1949, sustituyendo en ella al proletariado: “Es una cosa cuando un Partido Comunista, firmemente asentado en la base del proletariado urbano (…) lidera la guerra campesina. Pero es un hecho diferente cuando algunos miles o incluso decenas de miles de revolucionarios (…) asumen el liderazgo de la guerra campesina sin tener un serio apoyo de parte del proletariado. Esta es precisamente la situación de China (…) El estrato de comando del “Ejército Rojo” chino ha tenido sin duda éxito en obtener el hábito del comando. En ausencia de un fuerte partido revolucionario y organizaciones de masas del proletariado, el control sobre el estrato de comando es virtualmente imposible. Los comandos y comisarios aparecen como absolutamente dueños de la situación e incluso al ocupar ciudades están en condiciones de mirar desde arriba a los obreros”. [43]

Se trata de un análisis muy educativo respecto del rol de sujetos sociales y políticos no obreros en la revolución, mas allá de que Trotsky, como norma, descartaba que las capas pequeño burguesas y campesinas pudieran cumplir un rol siquiera relativamente independiente. [44] Porque la brecha que Trotsky identificara ya en 1932 entre el PCCH y la clase obrera china cruzó todo el proceso revolucionario y la revolución misma y jamás llegó a cerrarse, lo que afectó, a nuestro entender, la naturaleza misma de la revolución del 1949, la más importante de todo el siglo XX luego de la rusa.

Porque “es innegable que la revolución de octubre del 1949 fue un gran triunfo de las masas campesinas, pero ni el sujeto ni la dinámica que tomó pueden permitirnos calificarla, como se hizo durante años, de ‘obrera y socialista‘. Por empezar, no sólo el movimiento obrero estuvo completamente ausente, sino que el divorcio de años debido a la orientación política del PCCH lo había hecho indiferente a la lucha protagonizada por el partido y el campesinado. Para continuar, las propias masas campesinas que llevaron al PCCH al poder no tenían otro objetivo (…) que la reforma agraria. Más aún, las organizaciones independientes del campesinado habían desaparecido hacia décadas (…) todas las organizaciones campesinas eran total y absolutamente dependientes del partido (…) La democracia obrera, es decir, el proletariado moviéndose conscientemente con sus organizaciones independientes (…) no sólo brilló por su ausencia, sino que en las instancias en las que pudo aparecer fue aplastada”. [45]

Esta evaluación se puede confirmar hoy en multitud de trabajos y ensayos. Por ejemplo, en un artículo reciente de Roland Lew (especialista en países del Este), leemos: “Es asombroso el contraste entre el dinamismo de los distintos componentes de la sociedad y la inercia política que, fuera del circulo de las élites, persiste hasta hoy (…) el maoísmo no sólo fue dictatorial y antidemocrático, sino que desde el comienzo fragmentó consciente y metódicamente el mundo social, en especial su componente obrero; en contra de lo que proclamaba el régimen –al igual que el de Stalin– era profundamente ‘despolitizador‘. Así perpetuó e incluso acentuó las tendencias antidemocráticas que ya existían cuando accedió al poder”. [46]

Algo muy parecido llegó a anticipar Trotsky en el texto arriba citado, refiriéndose a cómo el PCCH había pasado a tener una base social campesina: “Los narodnikis rusos solían acusar a los marxistas de Rusia de ‘ignorar‘ a los campesinos (…) A esto, los marxistas respondían ‘levantaremos y organizaremos a los obreros avanzados, y por intermedio de los trabajadores levantaremos a los campesinos‘. Los estalinistas chinos han actuado de una manera completamente distinta. Durante la revolución de 1925-1927 subordinaron directa e inmediatamente los intereses de los trabajadores y campesinos a los intereses de la burguesía nacional. En los años de la contrarrevolución, se pasaron del proletariado al campesinado, esto es, tomaron el rol que había sido llenado en Rusia por los socialrevolucionarios, cuando éstos eran aún un partido revolucionario”.[47]      

Esta conceptualización no pretende abonar un “normativismo” ante los procesos revolucionarios. Los marxistas tenemos siempre la obligación de intervenir en las revoluciones tal como son. Pero tienen asimismo otra obligación tan importante como la anterior: no adaptarse a ellas tal cual son, como ocurrió con muchas de las corrientes trotskistas de la posguerra, sobre todo con el pablo-mandelismo.

Por el contrario, se trata de buscar defender siempre el ángulo de clase y socialista en un movimiento de lucha dado –como, por ejemplo, el debate actual acerca del programa y la política para los movimientos piqueteros en Argentina-, sin perder jamás de vista que el eje estratégico debe partir de la construcción de los socialistas revolucionarios en el propio seno de la clase trabajadora, para desde allí combatir por su hegemonía política sobre el conjunto de los explotados y oprimidos.

En resumen: la intervención de los socialistas revolucionarios debe hacerse desde la perspectiva de la pelea para que adquieran esa dinámica de clase y socialista, lo que de ninguna manera se puede lograr “objetivamente”.

Esta no es una discusión meramente histórica. A comienzos del siglo XXI, asistimos al surgimiento de nuevos movimientos de lucha y procesos revolucionarios, como en el cono sur latinoamericano, que aún son ”híbridos” desde el punto de vista de clase y donde se sigue viviendo una crisis de “subjetividad” y/o de conciencia socialista. Bajo esas condiciones, el rol de los revolucionarios socialistas pasa evidentemente por batallar en su seno por que adquieran este carácter más de clase y socialista, o, lo que es lo mismo, por el ingreso de la clase trabajadora como sujeto consciente en el centro de esos procesos. Y esto sigue siendo un inmenso problema presente.

Que esto no se sucede de manera “objetiva” ha sido demostrado una vez más, si hacía falta, por la experiencia viva y reciente del Argentinazo. Porque la progresión clasista y socialista de los procesos revolucionarios no puede tener lugar como resultado de una mecánica social o automatismo político de una clase obrera “muda” (como es la concepción de tantas corrientes “ortodoxas”): se debe tratar de un proceso cada vez más consciente, más democrático y con una centralidad cada vez mayor de los trabajadores. [48]

Los distintos tipos de revoluciones y la especificidad de la segunda posguerra

La definición “ortodoxa” de las revoluciones de posguerra se basó en una interpretación tan difundida como errada de la teoría de la revolución permanente: la creencia que en el siglo XX habría un solo tipo de revolución: la “obrera y socialista”.[49] Esto es un grave error. En ninguna parte Trotsky había planteado un solo tipo de revolución, sino que llevar a término de manera consecuente las revoluciones democráticas, agraria, nacional o antiimperialista pasaba por la realización de la revolución proletaria, lo que es otra cosa muy distinta.

Este fue el caso, por ejemplo, de la revolución rusa, en cuyo seno se combinaron en una unidad la revolución proletaria de las ciudades, la revolución agraria en el campo e incluso la revolución nacional a nivel de las distintas nacionalidades que formaban parte del imperio ruso.

Lo novedoso del siglo XX es la actualidad de la revolución proletaria, es decir, la posibilidad de que sea la clase trabajadora la que dé su impronta al conjunto de estas revoluciones y la que, ejerciendo su hegemonía, las consume de manera efectiva. Este fue el patrón de todas las revoluciones que se dieron en torno a la revolución rusa y en los 20 años posteriores, triunfantes (sólo la rusa, a la postre) o derrotadas (todas las demás: la alemana, la húngara, la española…).

Lo que debe ser señalado es que luego de la Segunda Guerra Mundial, el patrón cambió: la clase obrera no pudo imprimir su sello a los acontecimientos, y donde podría haberlo hecho fue derrotada merced a los oficios del estalinismo (Francia, Italia y en cierta medida Japón). Así, quedó planteado el problema para el conjunto del movimiento revolucionario.

Corrientes como Socialismo Internacional, orientada por Tony Cliff, ante la ausencia de la clase trabajadora y la conducción burocrática y pequeño burguesa de las revoluciones de posguerra, plantearon la hipótesis de que se trataría de revoluciones burguesas. Pero a nuestro entender, en pleno siglo XX, siendo que la burguesía había dejado de ser revolucionaria a escala mundial ya en el siglo XIX, esto implicaba una evidente falta de perspectiva histórica. El razonamiento de Cliff y su corriente era que si bien esto era válido al nivel mundial, no tenía que serlo necesariamente a escala de países determinados. Pero si se parte de la totalidad que es la economía mundial capitalista, el argumento parece poco sólido.

¿Qué nos queda, entonces? Que precisamente por una combinación específica, históricamente determinada de circunstancias, revoluciones democráticas antiimperialistas y agrarias se resolvieron parcialmente como revoluciones anticapitalistas, pero, en ausencia de la centralidad de la clase obrera, no como revoluciones socialistas. Porque, reiteramos, la connotación propiamente socialista de la revolución pasa por que de manera efectiva la clase trabajadora le dé su sello al proceso.

Sin embargo, es atendible la idea de que, en virtud del desarrollo desigual y combinado, no podía descartarse que una clase terminara desarrollando las tareas de otra. Este fue el caso de las tareas de la revolución democrática burguesa, llevadas a término de manera consecuente no por la burguesía sino por la clase trabajadora en la Revolución Rusa. O, en el caso de la Revolución Francesa, con la pequeño burguesía radicalizada de los jacobinos desbrozando el camino al desarrollo burgués. Se podría concebir entonces –como dijo el trotskismo tradicional– que, en la segunda posguerra, las capas pequeño burguesas dirigidas por los partidos-ejército llevaron a término las tareas de la revolución proletaria, al expropiar a la burguesía. [50]

Pero es aquí donde se pierde de vista que la expropiación en sí todavía no es una tarea propiamente socialista, sino que depende del sentido de la evolución ulterior. Esto es, del desarrollo de una verdadera tendencia a la socialización de la producción.

Porque aquí, precisamente, hay un enorme problema que hace propiamente a la revolución proletaria: no se trata sólo de cuáles son las tareas, sino de cómo (los medios) y quién (el sujeto) las lleva a cabo. [51] Esta fue la ubicación de Trotsky respecto de la industrialización acelerada y la colectivización forzosa del campo, o ante la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia. La definición de Trotsky había sido “revolución complementaria”, lo que, visto retrospectivamente, resultó en definitiva erróneo. Pero su ubicación metodológica mantiene sin embargo, toda su validez, porque aun considerando esas medidas eventualmente como “progresivas”, dejaba sentado que al ser ejecutadas por la burocracia estalinista, no por la clase trabajadora ejerciendo la democracia obrera, la realización de esas tareas resultaba totalmente distorsionada.

En un trabajo sobre la corriente morenista, O. Garmendia explica que “Trotsky no pretendió prescribir un curso obligatorio a los acontecimientos históricos (…) analizó los casos en los que fuerzas burocráticas (…) se vieron obligadas a ‘ir más allá‘ de los límites que originalmente se proponían, sin por esto modificar su teoría (…) la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia en los 30 dio ocasión a Trotsky de analizar transformaciones de las relaciones de propiedad provocadas por la burocracia (…) Pero una expropiación no significa por sí misma la revolución socialista, ni garantiza las conquistas revolucionarias, ni siquiera las conquistas democráticas (…) Esta fue la posición con la que Trotsky enfrentó las capitulaciones ante el estalinismo de muchos militantes de la Oposición de Izquierda –como Preobrajensky– que asignaban un valor revolucionario y socialista objetivo a la colectivización de Stalin (…) Finalmente, en polémica con una fracción del partido norteamericano, vuelve sobre el significado de las expropiaciones de la burocracia en Polonia diciendo: ‘La estatización de los medios de producción es, como dijimos, una medida progresiva. Pero su progresividad es relativa; su peso específico depende de la suma de todos los otros factores (…) engendrar ilusiones con respecto a la posibilidad de reemplazar a la revolución proletaria con maniobras burocráticas. El mal sobrepasa con mucho al contenido progresivo de las reformas estalinistas en Polonia. Para que la propiedad nacionalizada en las áreas ocupadas, así como en la URSS, se convierta en la base de un desarrollo genuinamente progresivo, esto es, socialista, es necesario derribar a la burocracia de Moscú. En consecuencia, nuestro programa retiene toda su validez‘. Como vemos, Trotsky consideraba que su programa seguía vigente a pesar de las expropiaciones porque éstas, de por sí, no garantizan el desarrollo socialista. Lo mismo podemos decir con respecto a las revoluciones de la posguerra (…) si bien expropiaron, no por ello garantizaron que el proceso de la revolución democrática se dirigiese hacia la revolución socialista”. [52]

Como señalara el propio Trotsky, existe una dialéctica entre las tareas y el sujeto que las lleva a cabo, donde no todo viene determinado por el contenido objetivo de esas tareas, sino también por quién y cómo las lleva adelante. En relación con este problema, la Oposición rusa se dividió en dos alas: la de dirigentes como Preobrajensky [53] que, al ver que la burocracia supuestamente aplicaba el programa de la Oposición de Izquierda, capitularon a Stalin; y otra que tendía a plantear que la manera de llevar adelante estas medidas, más que una “revolución complementaria”, significaban el comienzo de la consumación de una “contrarrevolución” social, que llevaba a la pérdida del carácter obrero del Estado. Es el caso de Christian Rakovsky, que a partir de este giro de la burocracia estalinista va a terminar definiendo a la URSS como “Estado burocrático con restos proletarios comunistas”.

En su famoso intercambio de cartas con Preobrajensky acerca de la revolución china, Trotsky ilustra un aspecto teórico-metodológico central de la teoría de la revolución permanente: “¿Cómo caracterizar una revolución? ¿Por la clase que la dirige o por su contenido social? Hay una trampa teórica subyacente al contraponer la primera a la última en forma tan general. El período jacobino de la revolución francesa fue, por supuesto, el periodo de la dictadura pequeño burguesa, en el cual, además, la pequeño burguesía, en armonía total con su ‘naturaleza sociológica‘, abrió el camino para la gran burguesía. La revolución de noviembre en Alemania fue el comienzo de la revolución proletaria, pero fue detenida en sus primeros pasos por la dirección pequeño burguesa, y sólo logró unas pocas cuestiones que no fueron cumplidas por la revolución burguesa. ¿Cómo llamamos a la revolución de noviembre: burguesa o proletaria? Ambas respuestas son incorrectas. El lugar de la revolución de octubre será restablecido cuando definamos la mecánica de esta revolución y determinemos sus resultados. No habrá contradicción en este caso entre la mecánica (poniendo bajo este nombre, por supuesto, no sólo la fuerza motriz sino también la dirección) y los resultados: ambos poseen un carácter ‘sociológicamente‘ indeterminado (…). El quid de la cuestión reside precisamente en el hecho de que aunque la mecánica política de la revolución depende en ultima instancia de una base económica (no sólo nacional sino internacional), no puede, sin embargo, deducirse con una lógica abstracta de esta base económica (…). Por esta razón, en lo que concierne al contenido social, es necesario decir: ‘esperar y ver‘ ”.

Esto valía para Preobrajenzky, que negaba por anticipado que la revolución china pudiera devenir de revolución democrático-burguesa en revolución socialista. Pero metodológicamente vale también a la inversa: no es posible hablar de revoluciones “objetivamente” socialistas (deducción “con una lógica abstracta de esta base económica”) aun en ausencia de la clase trabajadora como sujeto consciente: quién y cómo consuma la tarea de la expropiación hace al carácter mismo de la revolución.

Este es , creemos, el criterio válido para las revoluciones de posguerra. [54] En ellas, el cómo y el quién de las expropiaciones fue lo que decidió el destino ulterior de éstas. Al no estar al servicio de un mayor grado de organización y emancipación de la clase trabajadora (proceso de transición al socialismo), sino acabar en la tremenda bancarrota que conocemos, el contenido “objetivo” obrero y socialista (no es deducible de, ni reducible a, una lógica economicista abstracta), quedó irremediablemente cuestionado.[55]      

Esto es lo que explica que en el caso de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, de las expropiaciones en el Este de Europa y de la gesta de la revolución china de 1949, estas medidas y acciones se hayan llevado a cabo en términos de discurso nacional o nacionalista y no de clase. Esto obedece a una lógica profunda, porque, evidentemente, apuntaba a borrar conscientemente el protagonismo y la impronta de la propia clase trabajadora. A este respecto dice R. Lew: “(…) durante mucho tiempo –desde la década del 30– se subestimó la importancia e incluso la preeminencia de la dimensión nacionalista en la motivación del régimen de Pekín y en la historia del comunismo chino. Sin embargo, más que el comunismo que le servía de ropaje ideológico, es esta dimensión nacionalista la que explica la trayectoria del PCCH (…) El PCCH es nacionalista dado que su objeto esencial es, para emplear una consigna usada en los años 20, ‘salvar a la nación‘ de los imperialismos depredadores, protegerla y asimismo reconstruir su unidad (…). Esta prioridad nacionalista –incluso en su dimensión antiimperialista– (…) supone un pragmatismo muy alejado de la ideología comunista (…) El resto, gran parte de los nuevos temas emancipadores extraídos del socialismo occidental (la democracia, el poder del pueblo, etc.), se tornaba progresivamente secundario, incluso una verdadera molestia; de allí la eliminación precoz, vigorosa y reiterada de las minorías más sensibles (…) apegadas a la significación revolucionaria de la emancipación popular”. [56]

Y Ernest Mandel se ve obligado a describir una situación similar (aunque en ese caso fue sin revolución) en los países del Este europeo: “Pero por el carácter extremadamente limitado de la movilización de las masas en los (…) países del Glacis, por la pasividad e incluso la apatía mayoritaria de los trabajadores de esos países, imprevista por nuestro movimiento (…) la burocracia soviética de hecho subordinó la asimilación estructural de su glacis a la destrucción de la posibilidad de desarrollo autónomo del movimiento obrero”. [57]

Esto refuerza la necesidad de dejar establecido un criterio clásico del marxismo revolucionario, confirmado por la experiencia de las revoluciones de la segunda posguerra: toda conquista económico-social de los trabajadores, en principio tiene un valor en sí misma, pero el criterio definitivo de evaluación de las conquistas en este terreno debe ponerse en correspondencia con el continuo y progresivo proceso de organización independiente y desarrollo de la conciencia del proletariado: éste es el criterio principal. Porque se ha visto demasiadas veces en los procesos revolucionarios en Occidente y en las revoluciones de posguerra cómo la burguesía –y aun las burocracias– ceden conquistas y/o concesiones económico-sociales parciales a costa de liquidar lo fundamental, el proceso de organización independiente.

El propio Mandel, que integraba la mayoría pablista de la IV Internacional, consignaba lo siguiente en un documento de hace ya 50 años: “a) Yugoslavia y China son países muy atrasados, donde el proletariado es poco numeroso y con débil tradición marxista, habiendo pasado por dos décadas de postración, bajo una dictadura reaccionaria (…). b) La lucha revolucionaria tuvo su centro de gravedad en el campo y tomó la forma de una centralización militar por los PC de los levantamientos de los campesinos pobres (…). c) La victoria revolucionaria se adquirió por la conquista militar de las ciudades (…) por un conjunto de razones históricas, no se produjo ningún levantamiento [revolucionario] (…). d) Por todas estas razones, la victoria revolucionaria pudo obtenerse sin que los PC rompan completamente con una táctica oportunista y se delimiten públicamente del Kremlin”. [58]

Es, en suma, un criterio metodológico marxista revolucionario elemental que, en último análisis, la nacionalización de los medios de producción en ningún caso puede ser analizada solamente en sí misma, sino que debe ponerse en correspondencia con el proceso real de la transición y la revolución mundial. Este es el criterio de Trotsky incluso para el caso de las estatizaciones en Polonia en ocasión de su ocupación en 1939 por parte del ejército estalinista. Y es el mismo criterio que Rosa Luxemburgo había esgrimido en su famosa discusión con Karl Kautsky a propósito de la huelga de masas: “La concepción marxista consiste precisamente en la consideración de la masa y de su conciencia como los factores determinantes de todas las acciones políticas de la socialdemocracia. En el espíritu de esta concepción, también las huelgas de masas políticas –como toda la lucha por el derecho al sufragio– no son finalmente otra cosa que un medio de esclarecimiento de clase y de organización de capas más amplias del proletariado”. [59]

Porque “(…) Cualquier activista sindical sabe muy bien que el ‘resultado específico‘ bajo la forma de una conquista material no es ni puede ser de ningún modo el único punto de vista decisivo en una lucha económica, que las organizaciones gremiales en Europa occidental a cada paso se encuentran en la forzosa situación de emprender la lucha aun con escasas perspectivas de ‘resultados específicos‘ (…) Estas huelgas ‘carentes de éxito‘ no sólo no han fracasado en su objetivo sino que son una condición vital, directa, para defender el nivel de vida de los trabajadores, para mantener vivo el ímpetu de lucha de las masas de trabajadores (…) es conocido en general que además del ‘resultado específico‘ en conquistas materiales, y aun sin este resultado, el efecto quizá más importante de las huelgas en Europa occidental consiste en servir de puntos de partida para la organización sindical”. [60] Es decir que el criterio principal para la evaluación de las conquistas es siempre que den lugar a un progreso en el terreno de la conciencia y la organización.[61]      

Es por eso que, en definitiva, en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo que valga: si no hay presencia real de la clase trabajadora con su conciencia, organizaciones y partidos, no hay revolución socialista. La clase obrera, en este tipo histórico de revolución, es insustituible.

Y como decía el propio Trotsky, en el carácter de las revoluciones opera una dialéctica que no admite definiciones a priori: quedan “sociológicamente indeterminadas” en función de su mecánica social y política real. Es por ello que resulta imprescindible bregar por que de manera efectiva las revoluciones o procesos democráticos y/o antiimperialistas generales –como los que, por ejemplo, están en marcha hoy en América Latina– se transformen en revoluciones obreras y socialistas.

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Pero esto es lo que abre paso a la superación de cierto criterio objetivista, mecanicista o determinista de diversas corrientes trotskistas (¡pero no de Trotsky!). Y es, asimismo, el fundamento último que da lugar a toda la densidad del pensamiento de Lenin (en el fondo relegado en la tradición habitual de las corrientes trotskistas) referido a la absolutamente imprescindible construcción del partido revolucionario, así como al problema de la superación de la crisis de subjetividad socialista y de conciencia. Como hemos dicho, procesos como el Argentinazo o el Octubre boliviano plantean estos problemas, de modo que la reflexión sobre estos elementos de balance histórico que estamos señalando se hace hoy más pertinente que antes y no menos.

Respecto del rol imprescindible del partido revolucionario, decíamos recientemente: “[El] carácter fetichizado, ‘invertido‘, deformado de las relaciones sociales en la sociedad (…) [hace que no esté] dado a los trabajadores adquirir una conciencia clara y profunda acerca de las circunstancias de su explotación y opresión más que mediante una elaboración, un proceso en el que intervienen las tradiciones de lucha heredadas de generaciones anteriores, su propia acción ‘espontánea‘, los elementos de aprendizaje que vienen o se acumulan como experiencia y –en el límite– un absolutamente necesario metabolismo con la organización revolucionaria, sin la cual no se puede obtener del todo la conciencia política socialista”. [62]

 

 

[17].- No podemos dejar de señalar que compañeros con los que desarrollamos parte de esta elaboración acerca del balance de la ex URSS y de las revoluciones de posguerra terminaron en un curso político liquidacionista y/o en una variante de secta utópica. El primer caso es el de Andrés Romero, que, al perder de vista la relación dialéctica entre la acción espontánea de las masas trabajadoras y el problema de la adquisición de la conciencia y la necesidad del partido, prácticamente se ha pasado a posiciones autonomistas à la Holloway (“Cambiar el mundo sin tomar el poder”) y/o antileninistas como las de Werner Bonefeld y otros. Su prédica antipartidos y su falta de perspectiva de clase –incluso se reemplaza a la clase por el concepto espantosamente pasivo de “víctimas”, proveniente de la reformista Teología de la Liberación– no ha dejado lugar a nada convincente. Esto se expresó de manera palmaria en su completa pérdida de puntos de referencia en el proceso del Argentinazo, en el que todo debía subordinarse al proyecto electoralista de Luis Zamora. Otro sector se sumó a la corriente internacional Utopía Socialista, hegemonizada por Socialismo Revolucionario de Italia, que ha venido teorizando una concepción “antipolítica” y de reemplazo de la centralidad de la clase trabajadora en la revolución por el vago concepto de “sociedad civil”. La pérdida completa del punto de vista de clase de la política revolucionaria los condujo a terminar apoyando movilizaciones reaccionarias de la clase media alta, como las del notorio derechista Juan Carlos Blumberg en Argentina.

[18].- Ver al respecto los artículos de J. Bragga y R. Ramírez en esta misma edición.

[19].- Señalamos someramente algunas de las características distintivas de las revoluciones socialistas (triunfantes y derrotadas) de la primera mitad del siglo: las tres revoluciones rusas (1905; febrero y octubre de 1917), la revolución alemana (1918-9 y 1923), la revolución húngara (1918), el gran ascenso obrero en Italia (1918-1921), la segunda revolución china (1925-7) y la revolución española (1931-9). Estas revoluciones configuraron una serie de experiencias con rasgos propios, marcados decisivamente por el sello que les otorgó la clase trabajadora. En estas condiciones, todas estas revoluciones, más allá de sus diferencias y desarrollos desiguales,           se caracterizaron por tener en el centro la acción y los métodos de lucha del proletariado, el desarrollo fuertísimo de tendencias de democracia de los trabajadores y de lucha de tendencias políticas, en el marco más general de la expansión, en los cincuenta años anteriores, de elementos de una cultura obrera y socialista ampliamente extendida.

[20].- Al respecto, dejamos anotada una observación metodológica de Naville que nos parece completamente apropiada para la posguerra: “(…) el período actual es poco propicio, en razón misma de su carácter transitorio y de las mutaciones aceleradas, a una formalización del tipo de la que elabora Marx en 1850. Por emplear un vocabulario proveniente de los saintsimonianos, estaríamos en una época crítica, y no orgánica. Los períodos críticos se ajustan menos que los otros a la elaboración de un modelo global, formalizado. Hace falta que un modelo se apoye sobre una realidad orgánica y constituya un conjunto funcional bien definido e incluso estable por un largo período de tiempo (…) ¿Tiene este aspecto orgánico la época actual? (…) Es justamente eso de lo que carece”. Pierre Naville, El salario socialista, volumen 2, p. 27. Esta notable observación metodológica nos da una pista de cómo se debían afrontar los fenómenos “híbridos” y “transitorios” de la posguerra. La dialéctica materialista de Naville echa así por tierra el escolasticismo del modelo de una economía que sólo podría ser “obrera o burguesa”.

[21].- León Trotsky, La revolución permanente, La Paz, 1989, Crux, pp. 72-73.

[22].- León Trotsky, El Programa de Transición, La Paz, 1989,Crux, p. 60.

[23].- Esto no implica que en la posguerra no haya habido revoluciones con características distintas. Por el contrario, la revolución boliviana de 1952 fue una de las más importantes y con características “clásicas”, esto es, verdaderamente obrera y socialista. Pero terminó en una derrota, a la que contribuyó también la política capituladora del trotskismo pablista, que apoyó al gobierno nacionalista burgués del MNR. También siguió patrones “clásicos” la revolución portuguesa de mediados de los 70, así como –en general– el ascenso de fines de los 60 y principios de los 70 en América Latina y Europa Occidental. En todos los casos, lamentablemente, estas revoluciones o procesos revolucionarios fueron derrotados.

[24].- Como decíamos hace ya varios años: “(…) a la luz de las deformaciones del Estado soviético y de su degeneración total posterior, debemos reafirmar más que nunca el carácter de la dictadura del proletariado, en relación a las propias masas trabajadoras, como representación de la máxima democracia obrera, de la ‘clase obrera organizada como clase dominante’, tendiendo a la máxima actuación de las masas (…) en la dirección y administración de todos los asuntos del Estado proletario. Esto se liga (…) con el carácter de la dictadura del proletariado, que, desde el comienzo, debe ser solamente un ‘semiestado proletario‘, un Estado constituido de tal forma que ‘comience inmediatamente a desaparecer y no pueda dejar de desaparecer‘, tendiéndose a la abolición de todo Estado, de toda institución permanente por encima de los trabajadores. Esto es, tendiéndose a la reabsorción de las funciones del Estado por la sociedad trabajadora, proceso que en concreto irá de la mano de y estará marcado por el ritmo de la revolución internacional y de la transición al socialismo en el terreno económico-social, en una combinación no lineal sino contradictoria.

“(…) Intrínsecamente ligado a lo anterior (…), la transición debe tender a la liquidación del trabajo asalariado. Esta liquidación del trabajo asalariado, que subsistió en la Rusia soviética por su atraso económico y la presión del imperialismo, pero también posteriormente por la propia degeneración burocrática del Estado obrero, es una tarea gradual pero absolutamente de principio, que el estalinismo también oscureció, justamente porque se basó en la lisa y llana explotación del trabajo como fuente de sus privilegios. Y esta pelea por su liquidación y por organizar el conjunto del trabajo sobre nuevos principios y objetivos es absolutamente de principios justamente porque debe significar la revolución a nivel del propio proceso concreto de producción inmediato. (…) No se debe olvidar que (…) Marx y Engels identificaron como la tarea específica más importante de la revolución la liquidación de la base económica de toda explotación y opresión del hombre por el hombre”. En Roberto Sáenz, “Problemas del Estado soviético según la visión de Lenin”, Crítica marxista revolucionaria, 1993. Como hemos dicho, son estas tendencias las que estuvieron ausentes en los estados no capitalistas de la posguerra.

[25].- Respecto del sentido y el significado de un verdadero proceso de transición, veamos esta aguda observación: “Una de las respuestas que tradicionalmente dieron Trotsky y sus seguidores a quienes criticaban la caracterización de la URSS como Estado obrero fue que a lo largo de la historia no siempre la dominación de clase ha coincidido con el grupo social que ejerce el poder estatal. Para Trotsky, la dominación de clase se ejercía indirectamente a través de la burocracia, excrecencia parasitaria (…) Sin embargo, como apuntamos en la critica a las posiciones de Trotsky, el argumento es abstracto si no nos cuestionamos hasta qué grado el ejercicio del poder por una fracción de clase, o por cualquier grupo social, efectivamente apunta al fortalecimiento –por lo menos en un sentido histórico– de la clase que se supone dominante (…) cuando una clase tiene el poder, lo que se hace a través del Estado incide de manera positiva sobre la reproducción de las relaciones de producción de las cuales esa clase es portadora dominante. En cambio, cuando esa acción estatal va sistemáticamente en contra del afianzamiento del poder de esa clase que se suponía dominante, se ha producido un cambio en la naturaleza de clase del Estado”. Rolando Astarita, “Relaciones de producción y Estado en la URSS”, Debate Marxista, 1998.

[26].- Manuel Martínez, “Crítica de las revoluciones objetivas (apuntes)”, mimeo, capítulo V, pp. 7-14. Aunque tenemos coincidencias con este texto, también sostenemos importantes diferencias, sobre todo en lo que hace a la incorrecta caracterización de las revoluciones como, en primer lugar, “burocráticas”, lo que sugiere la equivocada idea de que no se trataba de procesos genuinos, más allá de sus límites y naturaleza.

[27].- León Trotsky, “Estado obrero, Termidor y Bonapartismo”, 1º de febrero de 1935, en Escritos, tomo VI, Bogotá, Pluma, 1979.

[28].- Perry Anderson, El Estado absolutista, México, Siglo XXI, 1985, p. 413.

[29].- El propio Trotsky subraya este ángulo muchas veces en sus escritos de fines de los 20 y principios de los 30: “En un país donde los medios de producción fundamentales son propiedad del estado, la política de la conducción gubernamental juega en la economía un papel directo y, en cierto periodo, decisivo. Por lo tanto, la cuestión se reduce a si la dirección es capaz de comprender la necesidad de un cambio de política y si está en posición de llevar a cabo ese cambio en la práctica. Volvemos así al problema de determinar hasta qué punto el poder del Estado sigue en manos del proletariado y sus partidos, es decir, hasta qué punto el poder del Estado sigue siendo el de la Revolución de octubre. No se puede responder a este interrogante a priori. La política no se rige por leyes mecánicas. La fuerza de las distintas clases y partidos se revela en la lucha. Y la lucha decisiva todavía no se ha librado”. “Prólogo a La revolución desfigurada” (1929), Escritos, tomo II.

[30].- R. Astarita, op. cit. Por otra parte, si bien Astarita hace una serie de observaciones de contenido y metodológicas útiles respecto de las revoluciones de posguerra y la transición, en donde se resiente su abordaje es cuando, apelando a un modelo de análisis tributario de Ernest Mandel, pierde de vista el fundamento material de la propia teoría de la revolución permanente. Esto es, el continuado imperio de la ley del valor en las sociedades no capitalistas, así como la subsistencia del trabajo asalariado y la producción de una plusvalía estatizada mediante formas emparentadas (aunque no iguales) a las del capitalismo.

[31].- Este viraje se concreta en el ya citado artículo “Estado obrero, Termidor y bonapartismo”, donde Trotsky anuncia la consumación del Termidor (término tomado de la revolución francesa, en el sentido de restauración reaccionaria) en la URSS, pero sólo en el terreno político, no social, por lo que la URSS mantenía su carácter de Estado obrero.

[32].- Ese cuidado metodológico se reitera una y otro vez a lo largo de las décadas del 20 y el 30, y creemos que era correcto, porque una evaluación más de conjunto sólo podía hacerse a posteriori de acontecimientos decisivos de la lucha de clases, que para Trotsky no serían otros que los de la Segunda Guerra Mundial en ciernes.

[33].- Michel Pablo, Gerry Healy, Pierre Lambert, Ernest Mandel y Nahuel Moreno, es decir, los principales dirigentes del movimiento trotskista en la posguerra, estuvieron atravesados por este objetivismo, de una magnitud sin precedentes en la tradición anterior.

[34].- Una mirada similar de la génesis del objetivismo es la de M. Martínez (op. cit.): “(…) puede decirse que el problema parte de una interpretación cerrada y absoluta de la categoría del propio Trotsky, que definió firmemente el carácter obrero del Estado soviético (…) sólo por la permanencia de la propiedad estatal de los medios de producción. A partir de esta definición, tomada como genérica, la mayoría del movimiento trotskista relativizó casi absolutamente los factores subjetivos. La aplicación cerrada y genérica de la categoría de Trotsky, en efecto, sólo se basaba en un hecho objetivo: la propiedad estatal de los medios de producción, tomándola como propiedad estatal en sí supuestamente progresiva”.

[35].- H. Camarero, J. Dutra, A. Méndez y A. Romero, “Problemas de la revolución y el socialismo“, en Construir otro futuro, Buenos Aires, Antídoto, 2000, pp. 87-88.

[36].- C. Rakovsky, Los peligros profesionales del poder, en www.mas.org.ar.

[37].- En las condiciones de comienzos del siglo XXI, de mundialización del capital y derrumbe del aparato estalinista, no hay ninguna posibilidad que la tarea de la expropiación sea llevada a cabo por otra revolución que no sea la encarnada por la clase trabajadora, sus organismos y partidos, la revolución genuinamente obrera y socialista.

[38].- En Yugoslavia, el sujeto político de la revolución fue un partido-ejército de tipo estalinista, y su sujeto social, las masas explotadas rurales y urbanas. En China (como luego en Vietnam y Corea del Norte), el proceso fue igualmente dirigido por un partido-ejército estalinista al frente de una revolución campesina. En el caso de Cuba, la revolución fue hecha por un movimiento armado pequeño burgués –que sólo posteriormente se integró al aparato estalinista internacional– conduciendo una revuelta popular policlasista.

[39].- Virginia Marconi, China, la larga marcha, Buenos Aires, Antídoto, 1999, pp. 87-88. También podría decirse que el partido- ejército tenía la forma de “partido-movimiento”, en el sentido de que al administrar porciones de territorio y pequeñas urbes, incluyendo la organización de la producción, adquiría (aunque a escala mucho mayor) formas análogas a las de los movimientos sin tierra y de desocupados de hoy.

[40].- León Trotsky, Peasant War in China and the Proletariat, 1932. Tomado del Leon Trotsky Internet Archive (www.marxist.org), 2003.

[41].- El criterio metodológico de Trotsky debería servir de alerta a tantos teóricos del “piqueterismo” en el Argentinazo, así como de explicación del surgimiento de caudillos al frente de estos movimientos al estilo de Raúl Castells, que no casualmente se identifica con el pensamiento de Mao Tse Tung.

[42].- Citado en V. Marconi, op. cit., p. 71

[43].- L. Trotsky, Peasant War…, cit.

[44].- Sin embargo, considérese esta observación de Trotsky: “El centrismo burocrático, como centrismo, no puede tener un punto de apoyo de clase independiente. Pero en su lucha contra los bolcheviques-leninistas está obligado a buscar apoyo de la derecha, i.e., de los campesinos y la pequeño burguesía, contraponiéndolos al proletariado”, Peasant War…, cit.

[45].- V. Marconi, op. cit., pp. 77-8.

[46].- Le Monde diplomatique, versión en castellano, Nº 64, octubre 2004.

[47].- Peasant War..., cit. No casualmente, Peng Shuzhi (fundador del PC Chino y de la Oposición de Izquierda junto con Chen Tu Siu) enfrentó la capitulación al estalinismo de Michel Pablo en el III Congreso de la IV Internacional (1951): “El Congreso no votó un texto sobre la revolución china, y se limitó a escuchar el informe de la comisión presentado por el camarada Peng Shuzhi (…) Allí estuvo, sin ninguna duda, la mayor laguna del Congreso (…) El largo informe de Peng (…) evaluaba que China seguía siendo un Estado burgués incluso luego de la victoria revolucionaria de octubre de 1949; y que existía en China una dictadura jacobina pequeño-burguesa (…) A sus ojos, tres perspectivas eran posibles: 1) retorno a una dictadura burguesa; 2) posibilidad de un desarrollo hacia la dictadura del proletariado bajo ciertas condiciones especiales; 3) posibilidad de una situación semejante a la del ‘Glacis’ (excepto el ejemplo de Yugoslavia), esto así, de asimilación a la URSS; y esta tercera perspectiva es la más probable”. En Los Congresos de la IV Internacional, París, La Breche-PEC, 1989, p. 112. Ubicación más meritoria aún por venir de uno de los principales dirigentes de la oposición de izquierda en China y que sostenía la posición “oficial” de la URSS como Estado obrero.

[48].- Es el caso, especialmente, del PO de Argentina, que considera al movimiento piquetero, en tanto dirigido en algunas de sus expresiones por corrientes socialistas, como constituyendo por sí mismo un movimiento socialista, lo que es a todas luces un despropósito.

[49].- Nahuel Moreno diferenciaba entre revoluciones socialistas “inconscientes” y “conscientes” para diferenciar las revoluciones de la posguerra respecto de la de octubre de 1917. En el texto que sigue criticamos esta concepción, que constituye por otra parte una matriz común de corrientes como el PSTU de Brasil y el MST argentino, basada (aunque, justo es decirlo, vulgarizándola al extremo) en esa reelaboración equivocada de Moreno de la teoría de la revolución permanente. Por ejemplo, el MST vio en el Argentinazo lisa y llanamente una “revolución obrera y socialista”, y la misma evaluación hizo el PSTU del Octubre boliviano en 2003.

[50].- Moreno resumía esto, según una célebre expresión, diciendo que “la realidad había sido más trotskista” que las propias previsiones de Trotsky.

[51].- Es allí donde se hace notar la presencia de la clase trabajadora, con sus hábitos, métodos y tradiciones de lucha colectiva que vienen de la base material, esto es, determinados por las condiciones en que trabajan y forman su carácter ciertos elementos distintivos de la clase que, en ausencia de ésta, lógicamente, no entran en la escena histórica.

[52].- Osvaldo Garmendia, Crítica a Nahuel Moreno desde el trotskismo, 1991, mimeo, versión corregida en 1995.

[53].- Suele olvidarse que la visión de Preobrajensky tenía fuertes elementos objetivistas y economicistas. Cuando en su por otra parte valioso trabajo La nueva economía (1926) teoriza sobre una competencia casi objetiva entre la “ley del plan” y la ley del valor en la economía soviética, abre la puerta a que la burocracia aparezca como “agente objetivo” de las necesidades del Estado obrero. Esto se ha demostrado completamente equivocado: no hay “ley del plan” que por sí misma pueda expresar los intereses de la clase obrera en el seno de la economía de transición. Para que la planificación flexible esté realmente al servicio de la clase trabajadora, ésta debe tomarla en sus manos de manera efectiva y consciente.

Consideremos, en contraste, el punto de vista de Trotsky al respecto: “El análisis de nuestra economía desde el punto de vista de la interacción (tanto en sus conflictos como en sus armonías) entre la ley del valor y la ley de la acumulación socialista es en principio un enfoque extremadamente provechoso; más precisamente, el único correcto (…) Pero ahora hay un peligro creciente de que este enfoque metodológico sea convertido en una perspectiva económica acabada que prevea el ‘desarrollo del socialismo en un solo país‘. Hay motivos para esperar, y temer, que los seguidores de esta filosofía, que se han basado hasta ahora en una cita mal entendida de Lenin, van a tratar de adaptar el análisis de Preobrajensky convirtiendo un enfoque metodológico en una generalización para un proceso casi autónomo (…) La interacción entre la ley del valor y la ley de la acumulación socialista debe ser puesta en el contexto de la economía mundial. Entonces, quedará claro que la ley del valor que opera dentro del marco limitado de la NEP está complementada por la creciente presión externa de la ley del valor que domina el marcado mundial y que se está volviendo cada vez más fuerte”. León Trotsky: “Notas sobre cuestiones económicas” (1926), en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición. Compilación de escritos de León Trotsky, Buenos Aires, CEIP, 1999, p. 365. Evidentemente, fue el propio Preobrajensky quien se desbarrancó por la pendiente de esta “filosofía objetivista” que apuntara Trotsky.

[54].- Consideramos que esta especificidad de la segunda posguerra difícilmente se repita. La ubicación mundial de la burocracia en ese momento histórico era realmente excepcional en virtud del grado de independencia de que gozaba, al estar al frente de inmensos Estados sin tener a su lado una clase realmente propietaria. En el momento presente, en caso de reiniciarse una dinámica de revolución que apunte a la expropiación de la burguesía, sólo vemos posible esta tarea encarada por la clase obrera. No hay otro sector social que puede llevarla adelante, y menos aún en las condiciones del imperialismo en su fase de mundialización.

[55].- La realización distorsionada de estas tareas en manos de la burocracia replanteó a la postre, en otras condiciones, nuevas relaciones de opresión y explotación. Insistimos que este es el caso –por ejemplo– de la cuestión nacional en los países del Este europeo, pero también de los desastres provocados en el campo por la colectivización forzosa en Rusia o el “gran salto adelante” a fines de los 50 en China. De todos modos, el registro histórico-concreto de estas experiencias requeriría de otro tipo de abordaje que no estamos en condiciones de desarrollar aquí.

[56].- Le Monde diplomatique, ed. en castellano, Nº 64, octubre 2004.

[57].- “¿Qué modificar y qué mantener en las tesis del II Congreso Mundial sobre la cuestión del estalinismo?”. En Los Congresos de la IV Internacional, cit., p. 58.

[58].- Idem, p. 55. Queda claro que en Europa del Este (sin ningún tipo de revolución), así como en China, Yugoslavia, Vietnam y Cuba, donde las acciones de masas tomaron la forma de movimiento revolucionario, la revolución se hizo desde afuera y sin participación alguna de la clase trabajadora. El “criterio principal” que estamos señalando, el progreso en la organización y conciencia de la clase obrera, no se verificó en absoluto.

[59].- Rosa Luxemburgo, “¿Desgaste o lucha?”. En Debate sobre la huelga de masas, México, Pasado y Presente, 1975, p. 164.

[60].- Rosa Luxemburgo, “La teoría y la praxis”, idem, p. 244.

[61].- Ahora mismo tenemos el ejemplo de muchas fábricas cooperativizadas en Argentina, que aun de manera distorsionada son una inmensa conquista frente a la catástrofe económica en la que estuvo sumido el país, pero que van siendo reabsorbidas bajo una orientación absolutamente economicista.

[62].- “A un siglo del ¿Qué Hacer? de Lenin”. Roberto Sáenz, SoB 15. En un sentido similar dice Jorge Sanmartino: “Porque aunque la clase trabajadora sea capaz de elevarse muy por encima del sindicalismo, y lo demostró a lo largo de todo el siglo XX, no sólo en la experiencia del soviet de 1905 o 1917, sino en la experiencia de los consejos de Turín (…), el consejismo alemán, (…) o las experiencias de los años ‘70 (…), ninguna de estas experiencias de autoorganización puede reemplazar el papel centralizador de la experiencia histórica, el programa y la teoría marxista, de la que sólo pueden ser portadores los partidos revolucionarios. En última instancia, si algo caracterizó al pensamiento de Lenin y conserva hoy toda su vigencia es la distinción entre la clase trabajadora (…) y el partido revolucionario. Una distinción que implica también una separación –siempre relativa– entre el campo específicamente político y el campo social, incluida la lucha de clases que surge a consecuencia de la disputa espontánea por el reparto de la plusvalía (…) con todas las criticas que podamos hacerle, D. Bensaïd tiene razón cuando sostiene que las relaciones sociales de fuerza no tienen un traducción automática en el terreno político. De hecho, este terreno tiene su independencia relativa y es un campo específico”. En “Contribución al rearme teórico y político del PTS”, en el folleto “Debate al interior del PTS. Fundación de Socialismo Revolucionario”, Buenos Aires, 2004.

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