En el análisis de la dinámica de clase de las revoluciones de posguerra hay un núcleo teórico, del que hay que dar cuenta explícitamente, que entrelaza la teoría de la revolución (tareas y sujetos), con la valoración del carácter de las sociedades no capitalistas que jalonaron la segunda mitad del siglo XX.

En este marco, dos aspectos de enrome importancia requieren una explicación teórica fundamentada. El primero refiere al carácter de la burocracia de la ex URSS y demás países donde se expropió al capital; el segundo, a la forma que asumieron las relaciones sociales de producción luego de la estatización generalizada de los medios de producción.

Comenzando por el primer aspecto, recordemos que Trotsky ordena la teoría de la revolución permanente alrededor de la comprensión de que a partir del siglo XX sólo la clase trabajadora podía tomar a su cargo y hegemonizar la resolución íntegra de las tareas burguesas pendientes, y que la dinámica de este proceso apuntaría a colocar la cuestión de su propio poder: la revolución democrática devenía en socialista. Junto con esto, para Trotsky el otro gran sector oprimido, los campesinos y las capas pequeño burguesas en general, tenían un gran papel que cumplir en la revolución, pero no podían tener un rol político independiente.

De lo anterior se desprendió que la mayoría de las corrientes del trotskismo consideraron de manera objetivista al resultado de las revoluciones de posguerra como Estados obreros. Esto, a pesar de la total ausencia de la acción conciente y autoorganizada de la clase trabajadora en esos procesos. Lógicamente, y si la concepción de Trotsky era correcta y las capas pequeño burguesas no podían desarrollar ningún rol independiente, por limitado que fuera, éstas no podían ser más que instrumentos de una mecánica objetiva: el establecimiento de nuevos “Estados obreros deformados”, de los cuales esas capas no serían, en última instancia, más que meras excrecencias burocráticas, grupos sociales parásitos. El pablo-mandelismo fue el que llevó este enfoque más lejos, al punto de la capitulación total a estas direcciones burocráticas, embellecidas como “empíricamente revolucionarias” y socialmente “obreras”.

A nuestro entender, las cosas fueron completamente diferentes. Estas capas pequeño burguesas o burocráticas (campesinado, capas medias, intelligentsia, burocracias), en condiciones muy determinadas y específicas, y por un período histórico relativamente corto, cumplieron un papel más destacado de lo previsto (en el marco de sociedades que expropiaron a los capitalistas). Pero estos procesos, que potencialmente podrían haber iniciado una transición al socialismo, precisamente debido a la ausencia de la clase trabajadora fueron abortados desde su mismo comienzo.

Sobre la base de auténticas revoluciones populares, estos sectores pequeño burgueses aparecieron realizando tareas democráticas, antiimperialistas e incluso la expropiación; pero en ausencia de la clase trabajadora en el centro del proceso y de manera consciente (el cómo y el quién), en ausencia de verdaderas revoluciones obreras y socialistas, la “resolución” de estas tareas fue muy relativa. De hecho, esas direcciones y esa base social del proceso sólo podían, en última instancia, llevar a esas sociedades a un callejón sin salida, en el marco de la continua presión del capitalismo imperialista a nivel mundial, restableciendo así mecanismos y relaciones de opresión y explotación. [63]

Pero, en verdad, la teoría de la revolución permanente de Trotsky no quedó desmentida en este sentido fundamental, porque, a diferencia de la conceptualización de Nahuel Moreno,       [64] la tarea de los socialistas revolucionarios no queda reducida a factores puramente agregados como la democracia obrera o la revolución mundial, considerados como elementos aislados, externos a la mecánica real de la revolución. Porque, en verdad, era incorrecto estimar que en la posguerra la revolución había avanzado “cientos de kilómetros más” de lo que Trotsky había previsto, sino más bien al contrario: cientos de kilómetros menos, y no llegaron a adquirir, en ningún caso, un carácter socialista. De hecho, prácticamente toda la tarea de la revolución socialista y la transición quedó pendiente, en la medida en que se trató de revoluciones sin socialismo.[65]

Esto conducía inmediatamente a un debate respecto de la naturaleza misma de la burocracia: ¿capa o clase?. Y, en consecuencia, sobre el alcance de su acción “independiente”. Porque se afirmaba que si en los países donde se había expropiado al capitalismo en la posguerra no se habían constituido verdaderamente Estados obreros, no quedaba más que rendirse ante la evidencia de que la burocracia se habría constituido en una “nueva clase explotadora orgánica”.

Las teorizaciones del “capitalismo de Estado” o del “colectivismo burocrático” fueron las que llevaron esto más lejos, cada una a su manera: para los “capitalistas de Estado”, la burocracia se había constituido en una nueva clase capitalista “sui generis”; para los “colectivistas burocráticos”, se trataba de una nueva clase sin antecedentes históricos ni vínculos en la sociedad de origen, como surgida de un repollo. Incluso, para esta última corriente en la URSS existía “servidumbre feudal” y la clase trabajadora “no era un proletariado” en el sentido moderno del término, aunque por otra parte nunca se explicó de manera marxista sobre la base de qué perspectivas históricas habría ocurrido este desastre. [66]

Nuestra posición es muy distinta, mucho más emparentada con los análisis clásicos de Trotsky, quien fue el primero en plantear que la burocracia de la URSS era más que una mera burocracia, en la medida en que estaba al frente de un inmenso Estado sin que existiera una clase verdaderamente propietaria (hecho que ocurrió en todos los países donde se expropió al capital en la posguerra). Pero, al mismo tiempo, como resultado del contexto capitalista internacional y del carácter no orgánico y parásito de su usufructo de la propiedad estatizada y su apropiación del sobre producto social, era menos que una clase orgánica.

Desde el punto de vista teórico, “para un análisis concreto de la degeneración de la URSS es insuficiente un enfoque economista-mecanicista de la problemática del Estado ‘soviético‘ y del Estado en general. Los análisis mecánicos en términos de estructura y superestructura (…) se revelan particularmente inútiles para comprender lo ocurrido en la URSS. Se requiere retomar (…) lo esbozado por Marx y Engels. Las formas políticas de la sociedad que tienen sus raíces en determinadas relaciones sociales, condicionadas por el desarrollo de las fuerzas productivas, tienen una tendencia a la autonomía y una innegable capacidad de reacción sobre las relaciones sociales y económicas, que pueden ser, y de hecho son, afectadas por la producción política de la clase o casta que controla el poder del Estado” [67]

En este marco, cabe recordar el brillante trabajo de Christian Rakovsky, Los peligros profesionales del poder, donde destaca que lo que había comenzado como diferenciación funcional de quienes asumían funciones gubernamentales se había convertido en una diferenciación social, con marcadas desigualdades materiales. Estos nuevos privilegiados, decía, “no sólo objetiva, sino también subjetivamente; no sólo material, sino también moralmente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera (…) No se trata de casos aislados (…) sino más bien de una nueva categoría social”. [68]

En 1930, luego de comprobar que se había desarrollado aún más “la rapacidad, la irresponsabilidad, el despotismo del aparato, cuyo reverso es el embrutecimiento, la humillación y la privación de los derechos de las clases trabajadoras”, escribió: “Bajo nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una gran clase de gobernantes con sus propias divisiones internas, que crece mediante la cooptación”. [69]

Trotsky, que cita explícitamente a Rakovsky en La revolución traicionada (1935) desarrolla este análisis y señala la originalidad del fenómeno: “Bajo ningún otro régimen la burocracia alcanza semejante independencia (…) La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y dominio (…) la burocracia de la URSS asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado a una burguesía nacional. En este sentido, no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética (…) el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado ‘pertenece‘, en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria”. [70]

Al mismo tiempo, Trotsky puso extremo cuidado en precisar que la burocracia continuaba “sin tener derechos particulares en materia de propiedad (…) Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una parte inmensa de la renta nacional es un hecho de parasitismo social”. [71]

En particular, Trotsky polemizó contra quienes definían a la burocracia como una “nueva clase explotadora” en ascenso, impuesta tanto en la URSS como en los países fascistas. Puntualizó las evidentes diferencias entre la burocracia fascista y la estalinista, y explicó, con relación a esta última, que por poderosa o incontrolada que fuere, estaba lejos de consolidarse como una clase explotadora orgánica. De aquí se derivaban rasgos tan característicos como las frecuentes convulsiones intestinas, la necesidad de gobernar con métodos totalitarios y sus tendencias a la restauración del capitalismo. La definición de Trotsky es, entonces, dialéctica, porque es dinámica: “siendo más que una simple burocracia, la casta privilegiada omnipotente que maneja Rusia no constituye una nueva clase explotadora orgánica, y valorada a escala mundial tiende a convertirse en un órgano de la burguesía mundial. [72]

El desarrollo de la lucha de clases hacia el final del siglo XX terminó demostrando que este era el único análisis de clase correcto. En circunstancias históricas muy determinadas, y a la cabeza, inicialmente, de procesos revolucionarios populares reales, esta capa o casta pequeño burguesa había cumplido un rol dirigente relativamente más independiente que en los 150 años de lucha de clases anteriores. [73] Pero se trató de una “independencia” no histórica, que por la naturaleza social pequeño burguesa de esta misma capa estaba condenada, precisamente en términos históricos, a su derrocamiento revolucionario por la clase trabajadora o a su reabsorción burguesa de la misma, alternativa ésta que a la postre se impuso. Pero sólo es posible dar cuenta de esta experiencia histórica dejando de lado todo abordaje escolástico del marxismo y poniendo las categorías teóricas –por otra parte, dinámicas y no osificadas– en correspondencia con la experiencia histórica real.

Explotación mutua, explotación no orgánica

“El marxismo parte del concepto de la economía mundial no como una amalgama de partículas nacionales, sino como una potente realidad con vida propia, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial, que impera en los tiempos que corren sobre los mercados nacionales (…). Proponerse por fin la edificación de una sociedad socialista nacional y cerrada equivaldría, a pesar de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas, deteniendo incluso la marcha del capitalismo (…) Pero los rasgos específicos de la economía nacional, por grandes que sean, forman parte integrante, en proporción cada día mayor, de una realidad superior que se llama economía mundial (…) La teoría de la revolución permanente, al pronosticar la revolución de octubre, se apoyaba precisamente en esa ley de la falta de ritmo uniforme del desarrollo histórico (…) Pero la ley a la que aludimos (…) lejos de sustituir o anular las leyes de la economía mundial, está supeditada a ellas”. [74]

Es desde el punto de vista de la teoría de la revolución permanente y de sus presupuestos metodológicos fundamentales que se deben abordar las formaciones económico-sociales a las que dieron lugar las revoluciones de posguerra, totalmente emparentadas con la degeneración de la economía de transición de la URSS. Creemos que Pierre Naville, en su colosal estudio El nuevo Leviatán, es el que mejor se ajusta a estos presupuestos metodológicos verdaderamente trotskistas, a diferencia de supuestos “ortodoxos” como Ernest Mandel que, como luego veremos, hicieron escuela en el embellecimiento y mitificación de la burocracia estalinista. [75]

Lo que hay que explicar, desde nuestro punto de vista, es el significado concreto de ser “menos que una clase orgánica” en relación con la burocracia estalinista. Adelantamos que, en último análisis, consideramos a la burocracia como órgano de la burguesía mundial en el seno de estas sociedades no capitalistas, es decir, una capa social no obrera sino pequeño burguesa, un fenómeno histórico inestable y condenado a desaparecer.

Pero esto obliga a volver a revisar la lógica del funcionamiento económico que operaba detrás de la estatización de los medios de producción de estas sociedades. Esto es, determinar cuáles eran las relaciones sociales de producción y/o explotación actuantes en el seno de la estatización de los medios de producción. Al respecto, el análisis de Trotsky en los capítulos IX y XI de La revolución traicionada es infinitamente superior al de todos los “trotskistas” que le sucedieron, aunque se basó en el concepto de “expoliación”. [76]

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Una vez más, se impone partir de una consideración teórica esencial: aun bajo la estatización mayoritaria de los medios de producción, el imperio de la ley del valor –producto de la doble presión del mercado mundial y de la necesidad interior– y la permanencia del trabajo asalariado, fundamento de la explotación, seguían presentes[77]       en las sociedades no capitalistas.

“La transición socialista es una compleja transformación revolucionaria, en la que la expropiación del gran capital –tanto más si inicialmente esto sólo ocurre en una región del mundo– representa un capítulo importante, pero de ninguna manera concluyente y mucho menos irreversible (…) el desarrollo de la revolución socialista y los problemas de la transición deben abordarse desde el supuesto fáctico y metodológico de la unidad del mundo y de la revolución mundial (…). En el terreno de la economía, esto implicaba comprender que la expropiación del capital no inauguró en la URSS –ni podrá hacerlo en ningún lado– un ‘modo de producción socialista‘ ni una ‘base económica‘ dotada de algún automatismo transicional”. [78]

Trotsky mismo asumía este ángulo de abordaje cuando sostiene que las “leyes económicas” que imperaban en Rusia (estatización, planificación, monopolio del comercio exterior, dinero, etc.), estaban supeditadas a “las leyes de la economía mundial”. La “ley de leyes” (a su vez fundamento de la teoría de la revolución permanente) no es otra que el imperio mundial de la ley del valor.

Porque, según Naville: “En la URSS subsiste el valor (…) La organización de la producción y de los intercambios dependen de ciertas relaciones de producción, es decir, de relaciones de clase, es decir, en definitiva de una determinada forma de apropiación semi-colectiva del producto y el sobreproducto. De esta apropiación hay que partir. Es verdad que en la URSS se produce de otra forma que en el capitalismo privado, pero ella se da aun de manera no socialista, porque estamos en un socialismo de Estado, limitado en todos los sentidos, y este socialismo no alcanza ni de lejos el nivel de las relaciones teóricas descritas por Marx. Como máximo provee algunas premisas (…) Si hay mercado (incluso un mercado de Estado…) en ese mercado hay también, además de los productos del consumo, la capacidad de trabajo (…). Pero este intercambio (…) no es por tanto intercambio del que habla Marx, intercambio que prescinde de toda noción de valor. Es un intercambio que sigue estando dominado por violentas coerciones debidas a la estatización, a las relaciones exteriores, a la persistencia de relaciones semicapitalistas en la agricultura, el comercio, etc., algo muy transitorio, lleno de contradicciones y conflictos y que deberá retroceder o progresar hacia la forma de la que habla Marx, lo que sólo podrá tener lugar a escala internacional”. [79]

Es decir que en tanto la revolución no se realice internacionalmente, este imperio (ley del valor y permanencia del trabajo asalariado) vale incluso para los verdaderos Estados obreros o sociedades de transición, en los que las imposiciones del trabajo por necesidad deben ir reduciéndose en función del incremento del tiempo libre. Donde la acumulación debe hacerse cada vez menos a expensas del consumo de la sociedad. Donde el trabajo muerto debe estar crecientemente subordinado al trabajo vivo. Todo lo cual requiere del desarrollo de las fuerzas productivas, del incondicional respeto por la democracia de los trabajadores y de la creciente dirección consciente de la producción mediante la planificación flexible [80]       como un elemento decisivo de las propias relaciones sociales de producción. Todo lo cual está a su vez subordinado, en última instancia, al imprescindible progreso de la revolución mundial.

Sin embargo, en las sociedades no capitalistas de posguerra la dinámica fue de hecho la opuesta: los mecanismos de “explotación mutua” y de autoexplotación “consensual” fueron reabsorbidos. Se relanzó la explotación del trabajo y la acumulación del excedente como plusvalía en manos de Estado (plusvalía estatizada), que quedaba en manos no de los obreros, sino de la burocracia. Naville se basa, de manera pedagógica, en el esquema de las cooperativas y de los mecanismos de autoexplotación connaturales a ellas para dar cuenta de cómo operaban las relaciones reales de producción detrás de la estatización. En las cooperativas –tal como ocurre bajo el capitalismo– en tanto que unidades productivas aisladas, sigue imperando la ley del valor y el trabajo por un salario, aun en ausencia del patrón.

En este marco plantea que “(…) se trata de saber si la explotación mutua, sucesora de la explotación capitalista, puede necesariamente engendrar un estado de cosas donde la explotación, en cualquiera de sus formas, deje lugar a alguna combinación inédita de creación y administración (…) A la utilidad o al uso mutuo (de las cooperativas), el capitalismo burgués en plena expansión los convertía en parabrisas de la explotación unilateral. Sin embargo, en la teoría de la utilidad mutua existe virtualmente… el esbozo de un estado de asociación que rompe con las leyes del intercambio capitalistas, valor por valor, y quiebra la relación fundamental del salario. La utilidad supone asociación. Pero funcionando productivamente puede dar lugar a una explotación mutua, continuadora a su manera de la explotación capitalista o dar lugar a la desaparición de toda explotación disociando los valores de uso y los valores de cambio (que desaparecerían).

En el segundo caso, “la utilidad mutua daría lugar a un valor de uso mutuo, o social, donde el reparto de los productos debe ser independiente de la contribución a su producción. La desigualdad (más bien se debería decir la diferenciación), fluidez de las capacidades y valores de uso, dejaría entonces de engendrar desigualdades de disfrute debidas a la igualdad de los valores de cambio. El mantenimiento de la función valor de cambio y la escasez o penuria de medios de producción y productos es lo que limita hasta ahora a las asociaciones cooperativas no capitalistas”. [81]

Ocurre que en el caso de las cooperativas bajo el capitalismo, o incluso en las sociedades cercadas por el capitalismo mundial, la necesidad se impone debido a que el bajo desarrollo de las fuerzas productivas (la vuelta al viejo caos) impide alcanzar la norma “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. Es decir, impide disociar la retribución del trabajo del valor que éste crea, y facilita, al mismo tiempo (en ausencia de toda democracia de los trabajadores), la apropiación del plustrabajo social por parte de la burocracia que cumple el papel de administradora del sistema de necesidades,       [82]       de administradora de la miseria.

Profundizando este enfoque, desde el punto de vista del “modo de producción”, podemos decir con Naville que: “La utilidad mutua, en principio, excluye la utilidad marginal. Pero, en la práctica, mantiene la posibilidad de una forma de explotación por desigualdad de apropiación, y reintroduce constantemente la idea de rendimiento óptimo, propia tanto del capitalismo como del socialismo de Estado. Esto explica que Marx pudo decir con claridad que ‘las fábricas cooperativas de los obreros mismos son, dentro de la forma tradicional, la primera brecha abierta en ella, a pesar de que, dondequiera que existan, su organización efectiva presenta… todos los defectos del sistema existente. Pero dentro de estas fábricas aparece abolido el antagonismo entre el capital y el trabajo, aunque, por el momento, solamente en una forma en que los obreros asociados son sus propios capitalistas, es decir, emplean los medios de producción para explotar su propio trabajo (…)”. [83] Y agrega que “el socialismo de Estado es una especie de agrupamiento de cooperativas funcionando según una serie de leyes heredadas del capitalismo y coordinadas con la mano brutal de una burocracia. Los trabajadores son de algún modo ‘sus propios capitalistas’ explotando ‘su propio trabajo’. Reproducen así el tipo de desigualdades características de las relaciones dominadas por la ley del valor, aunque no haya propietarios privados para asegurar esta reproducción”. [84]

En suma: en los países del Este imperaba la ley del valor (así como la naturaleza asalariada del trabajo), y, por tanto, un mecanismo de autoexplotación. Y la evaluación de si estas relaciones tendían a la emancipación del trabajo o significaban nuevas formas de explotación pasaba esencialmente por que los obreros “no se dejaran subyugar por una burocracia todopoderosa”; esto es, no dejen que ésta se apropie del excedente social. Por más que les parezca increíble a muchos “trotskistas”, el propio Trotsky era plenamente consciente de esto cuando afirmaba que “en la lucha por las normas europeas o americanas, los métodos clásicos de explotación, tales como el salario por piezas, se aplican bajo formas tan descubiertas y brutales que los sindicatos reformistas mismos no tolerarían en países burgueses. La observación de que los obreros en la URSS trabajan ‘por su propia cuenta‘ no está justificada sino en la perspectiva de la historia, y diremos que –anticipándonos a nuestro tema– con la condición de que no se dejen subyugar por una burocracia todopoderosa”. [85]

Con esta comprensión, y dentro de su esquema de las cooperativas, dice Naville respecto del rol de la burocracia: “Esta forma de explotación , la experiencia lo indica, es muy propicia a las expoliaciones parasitarias y los fraudes (…) Este tipo de explotación parasitaria es tanto más extendido cuanto extenso sea el campo de relaciones mutuales y cooperativas. Esta explotación, sin embargo, no es orgánica o funcional, puesto que las relaciones de trabajo no la implican obligatoriamente (…) La explotación mutua parasitaria es una forma avanzada de explotación, donde la extracción obligada por las relaciones de trabajo {capitalismo} se transforman en extracción posible por las relaciones de consumo (…)”. [86]

Resulta análogo al caso del administrador (o gendarme) en las cooperativas bajo el capitalismo: puede apropiarse del excedente producido por las figuras cooperantes o puede no apropiarse en caso del imperio de una verdadera democracia obrera y de un efectivo desarrollo de las fuerzas productivas, porque de otro modo, insistimos es mera “socialización de la miseria y vuelta al viejo fárrago” al que se refería Marx. Pues el lugar del administrador burocrático no es el de un propietario capitalista orgánico: “(…) La explotación implica dos fines o, más simplemente, dos condiciones en acción: que algunos acaparen productos en desmedro de otros; que algunos tengan poder de mandar sobre otros, es decir, de imponerles su propia voluntad (…) El socialismo de Estado es un sistema de explotación en el que los elementos de contradicción se sitúan en las relaciones de las categorías sociales cooperantes que se disputan el reparto de la producción (desde el nivel de la empresa al nivel nacional) bajo el arbitraje de una de ellas, elevada poco a poco a nivel de clase despótica. Podemos decir que este sistema, surgido de una forma cooperativa de manejo del capital acumulado, generaliza el fenómeno de explotación, unificando la forma de los intercambios en los terrenos de la producción y el consumo”. [87]

Pero es precisamente el interjuego de estas relaciones sociales de producción lo que tendía a perderse de vista en Trotsky, oscurecido bajo el concepto meramente jurídico de “propiedad estatizada”. [88] Lo propio sucedía con la disociación mecanicista –incluso idealista– de las normas de reparto y distribución de productos del consumo respecto de las relaciones de producción. Porque detrás de las relaciones jurídicas, según el clásico análisis de Marx y los principios teóricos y metodológicos del materialismo histórico, operan y no pueden dejar de operar las relaciones de producción, que son relaciones de hecho, materiales, del absolutamente imprescindible metabolismo social del hombre con la naturaleza. [89]

Al mismo tiempo, como decía Marx en la Introducción a la crítica de la economía política, existe una relación dialéctica entre producción, distribución, cambio y consumo; donde las leyes del reparto y distribución de los productos vienen desde el comienzo condicionadas por la previa distribución de las condiciones de la producción: medios de producción y fuerza de trabajo. Es decir, en manos de quién estén de manera efectiva los medios de producción y dónde estén aquellos que sólo poseen su fuerza de trabajo, los trabajadores asalariados, es decisivo para la posterior distribución de medios de consumo.

“En consecuencia, los modos y relaciones de distribución aparecen sólo como el reverso de los agentes de producción. Un individuo que participa en la producción bajo la forma de trabajo asalariado participa bajo la forma de salarios en los productos, en los resultados de la producción. La organización de la distribución está totalmente determinada por la organización de la producción (…). Según la concepción más superficial, la distribución aparece como distribución de los productos y, de tal modo, como más alejada de la producción y así independiente de ella. Pero antes de ser distribución de los productos, ella es: 1) distribución de los instrumentos de producción; 2) distribución de los miembros de la sociedad entre las distintas ramas de la producción (…). La distribución de los productos es manifiestamente sólo un resultado de esta distribución que se halla incluida en el proceso mismo de producción y determina la articulación de la producción”. [90]

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Porque, en definitiva, lo que manda es la distribución de las condiciones de la producción, mientras que el trabajador, en los países del Este, seguía separado de los medios de producción. En ausencia de democracia de los trabajadores, el trabajador entra al proceso de producción sólo como dueño de su fuerza de trabajo, y el burócrata como poseedor efectivo de los medios de producción. Y estas condiciones de producción desiguales en definitiva determinan las desigualdades del intercambio.

Es así que, en último análisis, “la cuestión del derecho de propiedad aparece relacionada y subordinada al concepto de relaciones de producción. Y, más allá de las palabras que se empleen, las relaciones de producción son relaciones de poder efectivas sobre las personas y las fuerzas productivas, antes que relaciones de poder legal. Precisamente, si se analizan las relaciones de producción que fueron impuestas en la URSS surge la inconsistencia de hablar de ‘Estado obrero‘. La propiedad del Estado dejó de ser una herramienta que el conjunto de los trabajadores podían utilizar para avanzar hacia la apropiación social de los medios de producción, y consagró formas imprevistas de apropiación que, sirviendo a la burocracia, mantuvieron al proletariado soviético en condición de clase oprimida y explotada. La cuestión de la propiedad estatal debe ser considerada en su relación con otras categorías centrales del materialismo histórico, superando el enfoque jurídico que se queda en la apariencia de las cosas”. [91]

La burocracia devino así, según la definición del propio Trotsky, la “única capa social privilegiada y dominante” de la sociedad soviética (y de todos los países del Este), encarnando no ya los intereses “objetivos” del “Estado obrero”, sino los suyos propios.

Dicho en otros términos, si bien es incorrecto concebir un Estado proletario ‘platónico‘, obviando la distancia de todo fenómeno real entre norma y hecho, esto no impide asumir criterios básicos para precisar qué fenómeno social es el que tenemos delante, de modo de poder definir un curso de acción para luchar por modificar la realidad. Porque “(…) los términos ‘dictadura del proletariado‘, ‘socialismo‘, ‘comunismo‘, encierran programas y llamados a la acción (…). La única forma de orientarnos en este terreno es establecer una serie de conceptos fundamentales que se derivan de la crítica materialista de la sociedad capitalista y del objetivo de acabar con la sociedad de clases. La dictadura del proletariado plasma, de forma conciente, este programa, y no puede suceder de otra manera, porque de los que se trata es de organizar el tránsito a una sociedad al que se concibe sin clases ni explotación”. [92]

Conclusión

A fines de la década del 30, en el marco de un justo criterio defensista de la URSS respecto de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky parecía listo para evaluar, en función del inmenso acontecimiento histórico que se avecinaba, el destino ulterior de la URSS, cuya definición como Estado obrero consideraba una “categoría histórica al borde de la negación”. Esto era coherente con un aspecto profundo de la teoría de la revolución permanente, basada en la concepción dinámica de ésta: si las conquistas anteriores no son seguidas por otras nuevas conquistas y progresos en el terreno de la revolución internacional e interior, el retroceso y aun la derrota son inevitables. Esta misma concepción había guiado a Lenin y Trotsky a insistir muchas veces, a principios de la década del 20, que estarían dispuestos a “cambiar la revolución rusa por la alemana”. En todo caso, el “Estado obrero contrarrevolucionario”, como lo define en la polémica con la fracción antidefensista del SWP estadounidense, no podía mantenerse de manera indefinida en ese estado de contradicción.

Trotsky lo planteaba en los siguientes términos: “Respecto de Aleksandrova, yo no creo que el problema de la definición de la URSS –“Estado obrero” o no– pueda constituir un obstáculo insuperable para un acercamiento político. En las mismas filas de la IV Internacional, muchos camaradas se levantan contra la definición de la URSS como ‘Estado obrero‘. En la fuente de este rechazo, hay –según creo, en la mayoría de los casos– una ausencia de dialéctica en la manera de abordar los problemas. En lo esencial, esos camaradas tienen sobre la URSS la misma apreciación que nosotros. Pero tienen la tendencia a emplear la categoría de ‘Estado obrero‘ como una categoría lógica o incluso algo ética, y no como una categoría histórica que ha llegado al borde de su negación. Será necesario un acontecimiento histórico de gran importancia, un cambio de situación en la URSS, el derrumbe de la camarilla estalinista, para que esos camaradas digan: ‘sí; hasta ahora teníamos un estado obrero degenerado ‘”. [93]

Con la Segunda Guerra Mundial, este limite histórico se traspasó y, en ausencia de la clase obrera consciente y de corrientes y partidos socialistas revolucionarios, no había forma de que las revoluciones democrático-nacionales y anticapitalistas pudieran ser “objetivamente socialistas”, una contradicción en sus propios términos, como hemos tratado de demostrar a lo largo de este ensayo. Porque en el caso de la revolución socialista, es axiomático para la mejor tradición clásica del marxismo revolucionario que la liberación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos. Esta es la gran lección que dejan las revoluciones de la segunda mitad del siglo pasado para las luchas revolucionarias del porvenir, junto con la de que la liberación de los trabajadores, lejos de ser pura espontaneidad, es un metabolismo complejo en el que la lucha revolucionaria por el poder de la clase trabajadora tiene como requisito indispensable –como aportara Lenin– sus organismos de autodeterminación y el partido de los socialistas revolucionarios.

 

 

[63].- Por poner un ejemplo, ahí esta el desastre de la cuestión democrático-nacional en todo el Este de Europa, llevada hoy al paroxismo por la restauración lisa y llana del capitalismo, pero también por la desastrosa herencia estalinista.

[64].- Moreno definió equivocadamente y de manera reduccionista, durante los 80, que lo que caracterizaría al trostkismo sería la “democracia obrera”, la “revolución internacional” o la “centralidad de la clase obrera”. Entre otros, O. Garmendia criticó correctamente esta concepción, en la medida en que, tomados de manera aislada, estos elementos no hacen a una teoría específica de la revolución.

[65].- Expresión, que sepamos, acuñada por los compañeros de Socialismo Revolucionario de Italia.

[66].- En este sentido, tomamos la crítica de Pierre Naville a Bruno Rizzi, polémica desarrollada hacia fines de los 50 y principios de los 60: “Rizzi fue el primero en haber presentado una concepción sistemática de la ‘burocratización‘ de la economía, y en consecuencia de la apropiación orgánica del sobreproducto social por una clase de burócratas (…) la burocracia de Estado es una clase explotadora sui generis (…). mi objeción es que este análisis superficial deja sin explicación el mecanismo de la producción y apropiación de la plusvalía, e incluso el de la repartición de la ganancia (…). A pesar de los cambios en sus sucesivas exposiciones, Rizzi no ha explicado nunca en qué consiste la ‘explotación burocrática’ salvo por referencias históricas (analogía con la servidumbre feudal), o descripciones externas”. Naville, cit., volumen 3, pp. 263-4.

[67].- Construir otro futuro, p. 112.

[68].- C. Rakovsky, cit..

[69].- C. Rakovsky, “Declaración en vista al XVI Congreso del PCUS” (12-4-1930). En A. Romero, Después del estalinismo, cit.

[70].- León Trotsky, La revolución traicionada, pp. 233-4. Resulta palmario que fue exactamente éste el rumbo de los acontecimientos históricos a lo largo de décadas de dominio de la burocracia sobre estos estados hasta la caída del Muro.

[71].- Andrés Romero, Después del estalinismo, p. 121.

[72].- Idem. Agrega Romero, citando a Henri Lefebvre: “La burocracia ¿es o no una clase? Falso problema. No existen ‘clases ‘ definidas estáticamente (…) Considerada dinámicamente, la burocracia: a) se refuerza con el Estado, a costa de otros estratos y clases, incluida la clase obrera (…); b) deviene, como Hegel lo previera, no un simple ‘estrato ‘ en el edificio social y político, sino el soporte-producto del Estado moderno (…); c) se identifica con el núcleo central de la clase media, a la que fortalece y refuerza rodeándola con un denso tejido social; d) se diferencia en estratos y sedimentos, sin perder por ello su función global: soporte e instrumento, productos en cuanto tales, del Estado”. Y añade: “Puede afirmarse que la burocracia tiende a constituir una realidad socio-política propia, a autonomizarse respecto al conjunto de la sociedad. Pero no alcanza a constituirse en clase”. Cit., p. 122.

[73].- Paradójicamente, casi toda la “ortodoxia” pasó por alto la advertencia de Trotsky de que “(…) las relaciones de propiedad establecidas por la revolución socialista están ligadas indisolublemente al nuevo Estado, que es su portador. El predominio de las tendencias socialistas sobre las tendencias pequeño-burguesas está asegurado no por el automatismo económico, del cual estamos todavía lejos, sino por la potencia política de la dictadura. El carácter de la economía depende, pues, enteramente del carácter del poder”.

[74].- L. Trotsky, La revolución permanente, pp. 7 y 11.

[75].- Cabe subrayar que Nahuel Moreno tenía en alta estima el trabajo de Naville, más allá de que, hasta el final de su vida, permaneció fiel a la definición de la URSS y los países del Este como Estados obreros.

[76].- Trotsky, hasta su muerte, se negó a aceptar que en la URSS se estaban comenzando a desarrollar relaciones de explotación (por eso habla de “expoliación”), que fue a nuestro entender lo que finalmente ocurrió, por más que estas relaciones de explotación no fueron orgánicas y no dieron lugar a una nueva clase explotadora, como sostenían los defensores de las teorías del colectivismo burocrático y del capitalismo de Estado.

[77].- En la década del 20 se desarrolló una riquísima y muy educativa discusión acerca de este problema; para una profundización al respecto, remitimos a Naville, El nuevo Leviatán, vol. 3.

[78].- Construir otro futuro, p. 111.

[79].- P. Naville, El nuevo Leviatán, tomo 2, capítulo 5, pp. 7-8.

[80].- Sólo esta planificación flexible basada en la más amplia democracia de los trabajadores es la verdadera introducción del principio de “racionalidad” en la producción al que se refieren, por ejemplo, los compañeros del PTS. Sobran ejemplos ilustrativos de que en la URSS, ante la total ausencia de esta democracia de los trabajadores, la planificación, más que introducir elementos de racionalidad, generaba mecanismos absurdos e irracionales de gestión sólo para alcanzar formalmente las metas del plan burocrático.

[81].- P. Naville, cit., tomo 2, capítulo 3, pp. 150-152.

[82].- Trotsky, en su crítica al primer plan quinquenal, distinguía en las relaciones de producción de la sociedad transicional –aunque nunca desarrolló hasta el final este ángulo desde el punto de vista teórico– tres elementos: el dinero, la planificación estatal y la democracia de los trabajadores. Por supuesto, esto implica partir de reconocer el imperio de la ley del valor, que para Trotsky, en oposición al voluntarismo estalinista de los 30, operaba “no menos, sino más” que antes de la revolución. Y aunque su formulación no fuera tan sistematizada o taxativa, es indudable que para Trotsky la planificación consciente y la democracia de los trabajadores eran parte esencial de las relaciones sociales de producción.

[83].- El capital, tomo III, en El nuevo Leviatán, cit.

[84].- P. Naville, idem, p. 152.

[85].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 104.

[86].- P. Naville, cit., p. 156.

[87].- Idem, p. 159.

[88].- Aunque de manera descriptiva, en La revolución traicionada (capítulo IX) Trotsky mostraba las diferencias materiales y de hecho que subsisten entre el dignatario (para el que la propiedad jurídica es todo) y la criada, para la que, en el límite, no era nada. Porque la estatización sólo había cambiado su situación jurídicamente pero no realmente.

[89].- En el universo categorial de Trotsky para el análisis del estado soviético se habla constantemente de las relaciones del reparto y de las fuerzas productivas. Pero queda ausente en lo conceptual, si bien no en la descripción, el análisis de las relaciones de producción, que son las que necesariamente estructuran en toda sociedad la relación metabólica de producción material del hombre con la naturaleza. La combinación de fuerzas productivas y relaciones de producción constituye el núcleo del modo de producción, en tanto base material de la sociedad, si bien, en el sentido histórico del término, los países del Este no conformaron un tipo ideal de modo de producción, sino que constituyeron formaciones sociales no capitalistas híbridas y desigualmente desarrolladas.

[90].- Karl Marx, Introducción general a la crítica de la economía política (1857), pp. 45-50. México, Pasado y Presente, 1984.

[91].- Construir otro futuro, p. 115.

[92].- R. Astarita, cit.

[93].- León Trotsky, “Cuestiones del trabajo ruso”, 17-2-39. Oeuvres, Tomo XX, París, ILT, 1980, p. 135.

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