Dólares

Con la caída de reservas, el gobierno acelera la devaluación

Por el pago de la deuda, la inflación y la mayor demanda importadora, las reservas del BCRA vienen en caída libre. El gobierno pone el pie en el acelerador de la devaluación.

Redacción de Izquierda Web.


BCRA

Se viven horas clave para el futuro inmediato de la economía. Terminando noviembre, el balance del BCRA arroja una pérdida de U$S 672 millones en el mes, redondeando una caída bruta de casi 4.000 millones en sus reservas en los últimos tres meses.

Si hasta agosto la entidad monetaria venía acumulando reservas, con el comienzo de los vencimientos de deuda con el FMI, la mayor demanda de dólares producto de la reactivación económica y las intervenciones en los distintos mercados de cambio para intentar contener la brecha con la cotización oficial produjeron una enorme salida de dólares que están encendiendo las alarmas de los funcionarios económicos.

El hecho de que el ritmo de la caída sea insostenible en el tiempo hizo que el gobierno tenga que salir a «apurar» los trámites con el FMI, así como empezar a convalidar, por ahora gradualmente, una nueva devaluación del peso. El interrogante es si el «gradualismo» cambiario del gobierno alcanzará para sostener la frágil situación.

Números que no cierran

El Central informó la tenencia de U$S 42.144 millones la semana pasada, pero sólo una pequeña parte son consideradas reservas netas (es decir, que son realmente patrimonio del BCRA y que están a su libre disponibilidad). De aquel número, casi la mitad corresponde al Swap con China, otra parte importante (unos U$S 15.000 millones aprox.) corresponden a los encajes en dólares de los bancos, así como lo que resta de los DEG otorgados por el FMI (que se utilizarán para cancelar los vencimientos con el organismo pautados para diciembre).

Descontando todos estos ítems, las reservas netas quedarían entonces en unos U$S 4.500 millones. Pero incluso de esta cantidad no todo está disponible inmediatamente: unos U$S 3.500 millones corresponden a reservas en oro. Claro que el BCRA puede vender ese activo y hacerse con los dólares si lo necesitase, pero como suele suceder en estos casos, hacerlo sería leído como una señal de que se están terminando las reservas, aumentar la desconfianza de «los mercados» (es decir, los grandes empresarios y los clientes corporativos de los bancos) y el remedio terminar siendo peor que la enfermedad.

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En este contexto, el BCRA comenzó a tomar medidas de carácter ultra-paliativo como para reducir un poco ritmo de caída de las reservas. La primera y la más polémica fue la suspensión de las cuotas sin interés para los viajes al exterior, justo al comienzo de la temporada turística. La medida buscó desalentar el turismo en el extranjero y de esa manera desacelerar la demanda de dólares que proviene de esa actividad. Claro que, lejos de perjudicar a «los chetos que viajan al exterior», la decisión afecta a los sectores ahorristas y a la clase media. Los «chetos» no compran en cuotas sin interés.

La otra medida consistió en obligar a los bancos a liquidar los dólares que poseen y cambiarlos a pesos. La decisión redundará en la recuperación de apenas unos 600 millones de dólares para el BCRA, una cifra exigua teniendo en cuenta el ritmo de caída de las reservas. Una fake new se difundió el lunes a raíz de esta medida, que pretendía instalar la idea de que el gobierno había decretado un «corralito encubierto» con los dólares depositados en los bancos. La entidad conducida por Miguel Pesce tuvo que salir a aclarar que la medida afectaba al patrimonio de los bancos, y no a los dólares de sus clientes.

La hora de la verdad

Eso es lo que explica el apuro con el que el gobierno salió a poner en agenda el acuerdo con el Fondo, ante la necesidad imperiosa de frenar la sangría de divisas. No se trata solo para «enviar una señal de previsibilidad», como les gusta decir a los «analistas» al servicio de los empresarios. La urgencia es mucho más material que simplemente una cuestión de expectativas: la principal causa de la enorme caída de reservas de los últimos meses fueron precisamente los distintos pagos de intereses de la deuda que el país enfrentó en el último tiempo.

Sólo los últimos tres meses, los pagos de deuda representaron una salida de $2.800 millones de dólares. El 22 de diciembre próximo se desembolsaran otros $1.800 millones, y con ellos los DEG recibidos con el FMI oficialmente se habrán esfumado en cuestión de pocos meses.

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Pero en enero ya hay que volver a pagar otros 730 millones con el FMI y unos 690 millones de la deuda privada renegociada por Guzmán el año pasado. Ni hablar de la absoluta imposibilidad de pagar los $21.000 millones que deberían pagársele al FMI durante todo 2022. Ante este escenario, el gobierno necesita apurar los trámites de la renegociación del acuerdo. Se espera que al menos un pre-acuerdo se conozca los primeros días de diciembre, cuando el gobierno envíe al Congreso el «Plan económico plurianual». La carta de Cristina vino a dar «luz verde» para avanzar con el ajuste que exigirá el Fondo y que el gobierno se apresta a hacer.

Lo que es un hecho es que el gobierno comienza a ceder ante la presión devaluatoria. Esto ya se confirmó cuando se conoció el Proyecto de Presupuesto 2022: mientras que durante estos dos años el dólar oficial vino devaluándose a un ritmo de 1% mensual, ahora la depreciación se acelerará hasta un 3% por mes, mucho más acorde al número de inflación, aunque aun por detrás. El gobierno decidió no esperara al año que viene para pisar el pie en el acelerador de la devaluación, y comenzó a hacerlo ya este mes.

De esta manera, desde el equipo económico del gobierno dan por hecho que será necesario devaluar, pero apuestan a hacerlo de manera «administrada» y «gradual», lo que no será nada fácil de lograr a este ritmo de caída de reservas. La apuesta del oficialismo es a llegar con aire a marzo-abril, cuando ingresen, se supone, los dólares de la cosecha.

Si el gobierno se queda sin cuerda para tirar hasta entonces, la propia gestión de Guzmán podría decidir un salto devaluatorio en el verano, intentando hacerlo de manera «controlada», como ya ha ocurrido otras veces y aprovechando la «relajación social» de los meses de vacaciones. Por supuesto, esto significará seguir apretando el torniquete del ajuste, mientras continúa la destrucción del salario y aumenta la pobreza. Los ganadores serán los exportadores que ya están especulando con que ello suceda.

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