De la traición nacional a «tomar el cielo por asalto»

En el pasado mes de febrero un joven repartidor de la cadena Glovo que exigía en las calles madrileñas el blanqueo para los trabajadores precarizados señaló además que “el año de pandemia demostró que el capitalismo no va más, el tema es con qué lo podemos reemplazar”. La Comuna de París fue el primer intento de respuesta práctica a ese interrogante.

Para comprender su importancia, echemos una rápida mirada al contexto histórico. Luego de la revolución francesa de 1848 que tuvo en las jornadas de junio los esbozos de la “primer revolución obrera” al decir de Marx, ésta acaba con el ascenso del sobrino de Bonaparte a la presidencia del país galo primero, y con su coronación como emperador, después.

Por otro lado la aun no unificada Alemania, que tenía en Prusia su centro neurálgico, de la mano de su canciller Bismarck y de los junkers que lo apoyaban, comienza su “revolución burguesa desde arriba” y el proceso de su conformación como estado nacional. La derrota y derrumbe del gobierno imperial de Napoleón III en la Guerra franco–prusiana (1870–1), provoca que París fuese sometida a un sitio de más de cuatro meses (19 de septiembre de 1870 – 28 de enero de 1871), que finalizó con la entrada triunfal de los prusianos –que se retiraron de inmediato– y la proclamación imperial de Guillermo I de Alemania en el palacio de Versalles.

A partir de allí –y un poco a semejanza de febrero de 1848– hay una parodia de “unidad nacional” francesa para la defensa de su capital, que provocará el armamento de gran parte del proletariado parisino. Este simulacro de coalición iba a durar lo que un suspiro, dejando en claro los intereses antagónicos que separaban a la burguesía francesa y a la clase obrera. Aquélla no podía permitir que los obreros se organicen y encima… ¡armados! Marx hará el siguiente balance de lo que está comenzando a suceder:

En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la defensa nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de la traición nacional. … Por eso había que desarmar a París… La gloriosa revolución obrera del 18 de marzo se adueñó indiscutiblemente de París. El Comité Central era su gobierno provisional”. 1

Desde ese momento, París conocerá una experiencia histórica inédita: la conformación de un gobierno de nuevo tipo, un gobierno de la clase obrera comandando a los sectores subalternos aliados (fundamentalmente campesinos, tenderos, pequeños comerciantes), que provocará la huída del gobierno “oficial” burgués encabezado por Thiers, que se refugiará en Versalles; a partir de allí convertido en el centro de la contrarrevolución comunera. ¿En qué consistió este gobierno de nuevo tipo, al que hacemos referencia? Oigamos a Lenin quien en su trabajo clásico sobre el estado y las formas gubernativas, señaló:

La Comuna de París aparentemente reemplazó el aparato estatal destruido ‘sólo’ por una democracia más completa: abolición del ejército regular; todos los funcionarios públicos sujetos a elección y revocación. Pero, en realidad, este ‘sólo’ representa el reemplazo gigantesco de determinadas instituciones por otras instituciones de tipo radicalmente diferentes. Este es precisamente un caso de ‘transformación de cantidad en calidad’ ; la democracia implantada del modo más completo y consecuente que puede concebirse, se convierte de democracia burguesa en democracia proletaria; de Estado (=fuerza especial para la represión de una clase determinada) en algo que ya no es el Estado propiamente dicho”. 2

Marx decía que el ejemplo de la Comuna también ponía sobre el tapete la necesidad del proletariado y sus aliados, no sólo de tomar el estado existente sino de destruirlo y crear –aquí su pensamiento se aleja de todo anarquismo– un estado transitorio que colocaría a dicha clase como dominante, en algo parecido a un semi–estado. El autor de “La guerra civil en Francia” (documento de la I Internacional, de la cual era su principal dirigente) afirmaba:

La variedad de interpretaciones a la que ha sido sometida la Comuna y la variedad de intereses que la han interpretado a su favor, demuestran que era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores de gobierno, que habían sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna, era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social.” (Negritas nuestras)

Marx alejado de todo “revolucionarismo” o pedagogismo pedante para con el que considera el sujeto social de la transformación; se niega a dictarle “recetas a priori” o “manual de órdenes” alguno. Por el contrario, siendo permeable a la realidad y aprendiendo de ella, entiende que la Comuna es “una forma política al fin descubierta”, o como bien señala Engels, se convierte concretamente en “la dictadura del proletariado”. Pero la forma política para que no sea una “impostura” deberá extenderse al plano económico social. Se deberá expropiar a los expropiadores, emancipar el trabajo, o lo que es lo mismo, deberán los trabajadores tomar el control directo y efectivo de las unidades productivas y de cambio que existan.

No una utopía sino una misión histórica

La clase obrera parisina, parte de su núcleo dirigente, pudo actuar de esa manera porque comprendía que lo que estaba realizando no era una utopía o una Icaria futurista, sino la misión histórica que el propio devenir de las relaciones sociales capitalistas le tenía reservada. El intento heroico (tomar “el cielo por asalto” y crear su propio gobierno como le escribirá Marx a su amigo Kugelmann) conllevaba dos necesidades implícitas: una, configurarse como fuerza social, acaudillando a los demás sectores oprimidos en un marco de amplia democracia proletaria; y otra no menor, la de recurrir a la violencia revolucionaria contra los intentos restauracionistas de la burguesía francesa y sus cómplices. Marx, en su exhaustivo análisis dirá con extrema lucidez:

Ésta era la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina –tenderos, artesanos, comerciantes– con la sola excepción de los capitalistas ricos… La Comuna tenía toda la razón, cuando decía a los campesinos: ‘Nuestro triunfo es vuestra única esperanza (…)’. La verdad que la Comuna no pretendía tener el don de la inhabilidad, que se atribuían sin excepción todos los gobiernos a la vieja usanza. Publicaba sus hechos y sus dichos y daba a conocer al público todas sus faltas. Pero también en todas las revoluciones, al lado de los verdaderos revolucionarios, figuran hombres de otra naturaleza… simples charlatanes que, a fuerza de repetir año tras año las mismas declamaciones estereotipadas contra el gobierno del día se han agenciado de contrabando una reputación de revolucionarios de pura cepa.”

Como ocurre en una huelga, la misma puede congregar a distintas corrientes de la clase obrera y por qué no, a algunos charlatanes como señalaba Marx, en una especie de frente único para la acción. En el marco también –y no menos importante– de un debate fraternal entre las distintas posturas políticas allí existentes. Todo revolucionario debe apoyar e impulsar dicho proceso. La Comuna, como vimos, no fue la excepción.

Los blanquistas que conformaban su mayoría, al menos en sus inicios, y una minoría compuesta por afiliados a la Primera Asociación Internacional de los trabajadores, entre los que prevalecían los adeptos a la escuela de Proudhon. Los primeros, al decir de Engels estaban “educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esto supone, partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, sería capaz de sostenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al puñado de caudillos”

Los proudhonistas –que lentamente iban ganando más influencia en desmedro de aquellos– privilegiaban las formas federativas y opinaban que el Comité Central como centro del gobierno provisional, provocaría caídas en un “estatismo autoritario” al que consideraban contra producente, siguiendo en esto a su ideal anarquista libertario.

Los marxistas (las cartas de Marx llenas de pasión y admiración, pero no exentas de advertencias, son un magnífico ejemplo) creían que en el medio de una guerra civil –y no otra cosa se avecinaba en el París comunero– la relación dialéctica entre democracia proletaria y centralismo, entre el consenso y la necesidad de acentuar el plano de la coerción contra el enemigo de clase; debería poner el acento en este segundo aspecto.

Pareciera que lo que termina ocurriendo, una de las más salvajes represiones y matanzas que Francia recuerde (la cifra de muertos ronda los 30000) con una posterior ley marcial que durará un lustro más, confirman lo anterior. En un párrafo no exento de ironía, Marx señala:

Hasta las atrocidades cometidas por la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la infamia indescriptible de 1871. El heroísmo abnegado con que la población de París –hombres, mujeres y niños– luchó por espacio de ocho días después de la entrada de los versalleses en la ciudad, refleja la grandeza de su causa, como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización de la que es el brazo vengador y mercenario. ¡Gloriosa civilización ésta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!” (Negritas nuestras)

Lenin, siguiendo a su maestro, insistirá en realizar un beneficio de inventario necesario para los casi dos meses de gobierno obrero y lo que habían dejado como enseñanza:

Pero dos errores destruyeron los frutos de la brillante victoria. El proletariado se detuvo a mitad de camino: en lugar de comenzar la ‘expropiación de los expropiadores’, se puso a soñar con implantar la justicia suprema en un país unido por una tarea nacional común; instituciones tales como, por ejemplo, los bancos no fueron incautados (…) El segundo error fue la excesiva magnanimidad del proletariado: en lugar de eliminar a sus enemigos, que era lo que debía haber hecho, trató de influir moralmente sobre ellos, desestimó la importancia que en la guerra civil tienen las medidas puramente militares, y, en vez de coronar su victoria en París con una ofensiva resuelta sobre Versalles, se demoró y dio tiempo al gobierno de Versalles para reunir las fuerzas tenebrosas y prepararse para la sangrienta semana de mayo.”

El rol de las mujeres en la Comuna

La invisibilidad de las mujeres en las gestas revolucionarias ha sido moneda corriente. La Comuna no fue la excepción, aún en crónicas sinceras y apasionadas escritas por socialistas… masculinos, dicha intervención estaba ausente. Una excepción fue el trabajo publicado en 1876 (no sin riesgos, por cierto) por el periodista socialista Prosper-Olivier Lissagaray  Histoire de La Commune3 Allí señaló:

Las mujeres fueron las primeras en avanzar, como en los días de la revolución. Las mujeres del 18 de marzo estaban curtidas a raíz del asedio –no en vano tuvieron que soportar una doble ración de penuria– y no esperaron a sus hombres. Rodearon las ametralladoras y dijeron a los soldados: ‘¡Es una vergüenza! ¿Qué hacéis aquí?’ Los soldados guardaban silencio. De vez en cuando decía un suboficial: ‘Andad, buenas mujeres, ¡largaros de aquí!’ El tono de su voz no era áspero, y las mujeres se quedaron… Un gran número de guardias nacionales, con las culatas de los fusiles en alto, acompañados de mujeres y niños, avanzaban por la rue des Rosiers. Lecompte (el general) se vio rodeado, ordenó tres veces abrir fuego. Pero sus hombres permanecieron con los fusiles en tierra. Cuando se acercó la multitud, confraternizaron, y Lecompte y sus oficiales fueron detenidos. (…) Participaban en la defensa, el abastecimiento y en la solución de todos los problemas cotidianos imaginables. El 21 de mayo, las tropas de Thiers entraron en París, después de haber bombardeado la ciudad repetidamente. Numerosas mujeres combatieron en las barricadas. Docenas de ellas caerán prisioneras y serán maltratadas y masacradas. Es imposible saber cuántas de ellas figuraban entre las 20.000 a 30.000 personas muertas.

Esa impronta tuvo sus frutos. Pese al poco tiempo que duró la experiencia comunera, ésta no estuvo ajena a intereses particulares de la mujer trabajadora. Enumera Lissagaray:

Una serie de resoluciones de la Comuna mejoraron la situación de las  mujeres. Estas podían obtener el divorcio de sus maridos mediante una simple declaración de voluntad y recibían apoyo material de la Comuna hasta que decidiera el tribunal. Maestras y maestros percibían el mismo salario. Las compañeras de guardias nacionales caídos en combate recibían de la Comuna la misma indemnización que las mujeres casadas.

Como sucederá luego en la revolución rusa con reivindicaciones sentidas por el aún incipiente movimiento de mujeres, la Comuna es un mojón también en ese aspecto.

La Comuna y el proyecto socialista del siglo XXI

El ejemplo del chico de Glovo y los cientos de miles como él, demuestran dos cosas: que la clase trabajadora existe, distinta a la de mediados del siglo pasado (más cercana en su precariedad a la época fundacional) y asimismo, esas nuevas camadas luchan por sus derechos y quieren encontrar una salida a un “capitalismo que no va más” para emplear sus propias palabras.

Las organizaciones socialistas revolucionarias, los trotskistas, tenemos el deber de marcar un camino, de plantear una salida, pues hemos recogido (aunque muchos lo hayan olvidado o tergiversado) la experiencia de los “ensayos socialistas” del siglo pasado. Ésa es “nuestra marca en el orillo”. Plantear estratégicamente este aspecto para que los trabajadores recuperen su memoria histórica y apuesten a una salida que no es la de los estados burocráticos que actuaron en su nombre y que fundamentalmente por eso, se desplomaron o marcharon hacia el capitalismo.

La dictadura del proletariado de la que hablaba Marx era precisamente la Comuna de París: la más amplia democracia de los trabajadores basada en sus organizaciones propias a partir de la destrucción del Estado burgués (…) Esto es, que no hay vía ‘reformista’ al socialismo por intermedio de la democracia burguesa que valga y que no hay presidente, comandante o burócrata que desde las alturas de su palco, hablándole las 24 horas del día ‘a la plebe’, pueda reemplazar la acción autodeterminada y autoorganizada de la clase obrera con sus organismos y partidos.

Digamos también, para culminar este breve balance, que aun en 1871 el sistema capitalista mundial parecía aun tener cierta sobrevida “natural” e incluso –lo que es más importante– lo mismo le cabía al propio capitalismo francés. Es lo que un trotskista galo denominó luego “el ya no más de la revolución burguesa pero el todavía no de la revolución proletaria”. La fase imperialista recién comenzaba a despuntar

Allí entonces está la clave de por qué los socialistas revolucionarios debemos recordar a la Comuna. Como un ejemplo a seguir… y a superar. Como una necesidad cada vez más acuciante en estos convulsionados momentos del siglo XXI.

1 Salvo indicación en contrario, las citas de Marx, Engels y Lenin son de La Comuna de París (selección). Editorial Anteo.

2 Lenin, V. El estado y la revolución. Varias ediciones.

3 Citado en Kellner, M: Las mujeres en la Comuna de París en Revista Viento Sur, 9/3/21

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