La Cumbre de las Américas, la cara diplomática de la dominación yanqui en América Latina

Un evento organizado por Estados Unidos que busca tener controlado su "patio trasero". Imperialismo disfrazado de diplomacia.

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Cumbre de las américas

Desde este lunes y hasta el próximo viernes se desarrolla la IX Cumbre de las Américas, organizada por la Organización de Estados Americanos (OEA). En esta oportunidad la sede es la ciudad de Los Angeles, California.

La Cumbre ha sido noticia en la previa debido a la confirmación de que el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, decidió no participar de la convocatoria. La decisión sería en repudio a la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua de la reunión.

Desde que surgió, la Cumbre de las Américas ha expresado los distintos momentos de cercanía o relativo alejamiento de los gobiernos latinoamericanos frente al poder imperialista del norte. Esta vez tampoco es la excepción, aunque las sintonías superan en mucho a los elementos disonantes.

Cuando la URSS se desplomó a principios de los ’90, el gobierno de Clinton tuvo la iniciativa de impulsar la Cumbre de las Américas, como forma de maximizar su influencia diplomática sobre los países que EE.UU siempre consideró su «patio trasero».

La Cumbre busca que el alineamiento de los países latinoamericanos con los dictados de Washington funcione de la manera más homogénea posible, ejerciendo presión aislacionista hacia quien muestre desobediencia a la Casa Blanca. A lo largo de la historia, la Cumbre no siempre cumplió con ese objetivo en la misma medida. Ni tampoco los distintos gobiernos yankees tuvieron la misma política hacia ella.

De Clinton a Trump

Durante sus primeros años de existencia, la Cumbre expresó sin miramientos la subordinación de la gran mayoría de los países latinoamericanos a los dictados de Washington. Claro, era la época de las «relaciones carnales», la hegemonía neoliberal que destruyó importantes conquistas de la clase trabajadora de nuestro continente. Imperaban las privatizaciones, las contrarreformas laborales y la extranjerización sin freno de las economías nacionales en favor de las grandes corporaciones norteamericanas. En esa época, la Cumbre de las Américas sirvió para que EE.UU. transmita los dictados de este programa político a su «patrio trasero» bajo el revestimiento formal de la diplomacia.

Con la implosión del modelo neoliberal, la ola de rebeliones latinoamericanas y la subsecuente llegada de gobiernos de tinte «progresista» a muchos países de Latinoamérica, la Cumbre vivió su peor momento político de la historia reciente. Muchos de los «peones» empezaron a rebelarse. Si bien ninguno de estos gobiernos rompió definitivamente relaciones con EE.UU, la Casa Blanca ya no podía imponer sus políticas tan fácilmente como la década anterior.

La cúspide de esta «ola de desobediencia» fue la recordada cumbre de Mar del Plata, en el año 2005, con Hugo Chávez hablándole a un estadio mundialista repleto y mandando al ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas) «alca-rajo». En aquella oportunidad, un bloque de países liderados por Venezuela, Brasil y Argentina hicieron que el Estados Unidos de Bush pierda la votación para el ALCA en su propio terreno, la Cumbre que creó precisamente para ejercer un mayor disciplinamiento político.

Con todo, la «desobediencia» de los progresismos no llegó mucho más lejos que en el ámbito diplomático, y ninguno de estos gobiernos cuestionó la dominación yanqui en sus cimientos económicos.

Con el advenimiento de Obama, EE.UU. adoptó una política más pragmática y dialoguista, intentando «hacer las pases» con estos gobiernos que se le enfrentaban a principios de los 2000. Lo que los Republicanos y Bush no pudieron «por las malas», Obama y los Demócratas lo hicieron «por las buenas». Pero en ambos casos se trataba de distintas formas de lograr lo mismo: garantizar la dominación política imperialista de América Latina. O dicho en otras palabras, garantizar que la política latinoamericana esté alineada con las necesidades político-económicas del imperialismo yanqui.

Cuando la experiencia de los gobiernos progresistas se agotó y la derecha tradicional alineada con Washington volvió al poder (Argentina, Brasil, Ecuador) o bien los progresismos entraron en una espiral de debacle (Venezuela) la Cumbre no retomó su senda imperialista «normal». Paradójicamente, ahora la desobediencia venía del propio EE.UU. La política exterior nacional-imperialista con rasgos aislacionistas del gobierno de Donald Trump dejó relegada a la Cumbre de las Américas, llegando incluso a ser boicoteada por el propio mandatario norteamericano.

La Cumbre de Biden

Con el retorno de los Demócratas a la Casa Blanca, el gobierno yanqui busca relanzar la Cumbre de las Américas retomando el camino pragmatista que siguió Obama. Como usualmente han preferido los gobiernos Demócratas, la táctica es mostrar un «imperialismo con rostro humano». No por nada el discurso de apertura de Luis Almagro, presidente de la OEA, aficionado a organizar golpes de Estado e insospechado de progresismo, hizo lugar para denunciar la discriminación contra «la población afro, las mujeres y la comunidad LGTB». Un pobre intento de lavarle la cara a la opresión imperialista utilizando causas justas.

Pero la estrategia pragmatista y dialoguista que busca retomar Biden enfrente serios problemas. El mundo no es el mismo que cuando Biden era el vicepresidente de Barack Obama. El escenario es de un mundo fuertemente polarizado políticamente, con menos espacio para el centro político. Y ni hablar del factor China, el rival estratégico de EE.UU que ya pisa fuerte en nuestro continente.

Además, claro, de que EE.UU vive sus propios dramas tanto en el frente externo como el interno que le ocupan buena parte de sus esfuerzos. En el externo, la agitada Europa que vuelve a vivir una guerra convencional en su territorio tras la invasión de Rusia a Ucrania. En el interno, la inflación deteriora los salarios de los estadounidenses. Mientras que la polarización político-social se recrudece, tal como expresa la reciente ola de masacres y tiroteos masivos que sufre el país norteamericano.

En todo este marco, la Cumbre que comienza hoy apenas puede decirse que tenga «desobedientes». López Obrador no participa, y eso es todo lo que puede decirse que haga. Alberto Fernández, como no podía ser de otra manera, logró nuevamente quedar mal con todo el mundo. Subiéndose al tren de AMLO, agitó la posibilidad de hacer una «contra-cumbre» de la CELAC. El propio Presidente de México se encargó de bajarle la espuma, diciendo que no iba a participar de ninguna contra-cumbre, a pesar de que tampoco asistirá a la oficial.

Pero Fernández siempre puede quedar peor. En vez de al menos imitar a su par mexicano… ¡Finalmente decidió participar de la Cumbre! Desde Washington levantaron le teléfono y los «desobedientes» vinieron al pie rápidamente. Los demás países (con la excepción de los excluidos Cuba, Venezuela y Nicaragua) también participan del evento.

Ninguno de estos gobiernos a los que ni siquiera puede catalogarse de «progresistas» encarnan un programa antiimperialista. Más bien al contrario, el acuerdo de Argentina con el FMI -que es prácticamente un alter ego de Estados Unidos- muestra que hay buena predisposición de ambos lados para fortalecer las relaciones. Aunque -todavía- no llegan a ser carnales.

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